JOSÉ NARCISO ROBLES ORANTOS
Antecedentes
Muchos de vosotros los habréis visto alguna vez al entrar al salón de plenos del ayuntamiento. Desde la pared de enfrente, en uniforme de gala, recibe don Alfonso al visitante, puesta la mirada en algún lejano punto por encima de su cabeza. Y doblando, a la derecha, la geminada puerta que da acceso al recinto, el Infante de Aragón, don Enrique. En actitud pensativa, respetuoso y grave, escucha del Obispo de Coria la lectura de un pergamino; su contenido no le es ajeno, no en vano ha sido él el otorgante de tal merced.
Constituyen ambas obras —junto a otras a las que se harán mención— el jubiloso final de un desenlace largamente esperado. Y aun respondiendo todas a un mismo deseo, excepción hecha del misterioso y discordante quinto cuadro, recorren sus historias la más variada paleta de epílogos y desenlaces.
Para adentrarnos en esta crónica, es necesario apartar la atención de tan regios personajes y, torciendo, esta vez, a la izquierda de la puerta, situarnos frente al discreto cuadro que, olvidado, cuelga del muro adyacente. Nada comparte con sus vecinos de galería, ni siquiera autor y su interés estético, escaso, por no decir ninguno; sin embargo, tal simpleza queda de sobra compensada por el peso de su importancia, que no descansa en la brillantez del retrato, sino en el personaje retratado. Tanto es así, que a él deben don Alfonso y don Enrique su existencia. No tiene títulos, no tiene honores, no tiene historia, pero con él se escribirá uno más de los innombrables capítulos que la componen. Es don Miguel Fernández Jiménez.

De todos es sabido que desde que el Infante don Enrique otorgase el disfrute de los Baldíos al común de los vecinos, en el lejano año de 1432, muchas fueron las dificultades para el efectivo aprovechamiento de estas tierras por parte del estamento social al que estaba destinado. Si hay que explicar con sencillez el motivo de tal estorbo —y así hay que hacerlo para no desvirtuar el meollo de este relato— diremos que el pecado nace de la división de tal aprovechamiento en los infaustos derechos (siembra, hierbas, pastos y arbolado) siendo el primero el más relevante al pertenecer sus titulares el estamento más numeroso y empobrecido, de tal forma que el ejercicio de tal derecho llegó a constituir, en muchos casos, su único medio de subsistencia.
Situémonos, ahora, en el año 1926, pues aquí arranca nuestra historia. Han pasado casi 500 desde que se subió el telón y la tierra, la propiedad y el disfrute han derivado en múltiples configuraciones; propietarios de la tierra con pleno dominio sobre ella, propietarios con solo el derecho de siembra y derechos de hierbas y pastos pertenecientes a una segunda y/o tercera persona.
A este desbarajuste vendrían a poner orden —ya se había intentado en ocasiones anteriores con escaso éxito— una Real Orden de 21 de febrero de 1924 y un Real Decreto Ley de 16 de junio de 1926. En esencia, proponen que aquellos propietarios, que ya lo son de parte de los derechos, previa justificación de la posesión, compren todo el arbolado que vegete en sus tierras, así como los derechos de pasto, si aún no lo había hecho, redimiendo los restantes usos hasta adquirir la plena, única y total propiedad; esto es, una refundición de derechos, so pena de expropiación de todos aquellos terrenos, no unificados, transcurridos dos años desde la proclamación de tal R. D. Paralelamente, se establece también la creación de una dehesa, de unas 6.000 fanegas de tierra, adquiridas con las cantidades recaudas por las citadas redenciones.
Tras cinco siglos de desorden y lucha de intereses entre propietarios y labradores, la miseria, el hambre, la ruina y, con ellas, el odio y la violencia, han enturbiado la convivencia, y los múltiples intentos de encauzar la situación, por la oposición de algunas de las partes, han acabado en sonoros fracasos. Ahora, una Orden y un Decreto, respaldados por un acuerdo satisfactorio para todos, han puesto fin a un despropósito que a humildes, pudientes, legisladores y autoridades, ha traído de cabeza.
¿A quién debe Alburquerque esta dicha? Permitidme que os lo cuente alguien que, como regidor, propietario y entendido en leyes, estuvo triplemente afectado. No es de extrañar su panegírico:
Abierta públicamente la sesión y tras saludar a los señores que la integran,
“…propone que conste en acta la gratitud de toda la corporación a los señores presidentes del Consejo de Ministros, Excmo. Sr. D. Miguel Primo de Rivera y Excmo. Sr. general Martínez Anido, ministro de la Gobernación, por el cariño e interés que han puesto en el estudio y resolución del complicado problema local, conocido en este pueblo y fuera de él, con el nombre de cuestión o asunto de los Baldíos de Alburquerque…”
Y Continua el Sr. alcalde con una segunda propuesta,
“…que, habiendo llevado el peso y dirección de este expediente en el Ministerio de la Gobernación el Ilmo. Sr. D. Miguel Fernández Jiménez, se rinda a este señor un homenaje especial que acredite la gratitud y cariño que guardan, obligados, el ayuntamiento y vecindario de Alburquerque, por las constantes muestras de afecto que ha demostrado en todo momento hasta la terminación del referido asunto. En su consecuencia, la presidencia propone a la corporación que sea ofrecido a dichos señores un banquete como prueba de adhesión y gratitud y, además, que a tres calles de esta población se les dé los nombres de D. Miguel Primo de Rivera, General Martínez Anido y D. Miguel Fernández Jiménez, nombrándose a este último hijo adoptivo de Alburquerque, y que por el alcalde presidente, en representación de la corporación, sea ofrecido un banquete de agasajo a los citados señores dejando a elección de estos, en atención a sus elevados cargos y sus muchas ocupaciones, el designar el lugar y la fecha para la celebración del mismo…”
Don Francisco Izquierdo Guzmán, sesión extraordinaria, 27 de septiembre de 1927. Amén.
Compartid el entusiasmo del alcalde; a partir de este momento, no hay espuertas en el pueblo para acarrear el dinero que llega hasta el ayuntamiento. Obligados, como estaban por ley, a redimir los derechos que aún no les pertenecían si querían consolidad su propiedad y evitar la expropiación, los dueños de las fincas, secularmente remisos a tal justicia y amparados tras pleitos, recursos y demás dilaciones, se agolpan, ahora, a las puertas del consistorio y, generosamente, se rascan el bolsillo. —Los hay por centenares, sus nombres quedaron registrados en otras tantas páginas—.
Las crónicas


Del contenido del amplio proyecto, centrémonos en el asunto que nos ha llevado hasta aquí: la pequeña pinacoteca que el ufano municipio ha encargado al artista; un estético colofón, para la nueva sala que ha de servirles de audiencia. Dice así el texto de la sesión extraordinaria celebrada el 16 de junio de 1928 : “…Igualmente se dio cuenta de la proposición de pintura que presenta el laureado pintor de Badajoz D. Adelardo Covarsí Yustas, comprometiéndose a ejecutar, por su mano, para el salón de sesiones del nuevo Palacio Municipal, las obras de un retrato de su Majestad el rey don Alfonso XIII, al óleo, a todo color, sobre lienzo que medirá 2 m de alto por 1, 10 m de ancho, sobre bastidor de madera, sin marco. Vistiendo su majestad uniforme de gala de infantería, de pie, en cuerpo entero, por el precio de 3.000 pesetas. Un cuadro histórico que representará la concesión de los baldíos al pueblo de Alburquerque en 1432, y el que medirá 2 m 40 cm de ancho por 3 m 30 cm de alto, a un precio de 7.000 pesetas. Otro cuadro de costumbres, cuyo asunto responderá al título de Alburquerque devoto de la Virgen de Carrión, de época actual, de 2 m 50 cm de ancho por 3 m y 30 cm de alto, en 5.000 pesetas y otro cuadro, compañero del anterior, de asuntos también de costumbres de Alburquerque, época actual u otro que pudiera parecer mejor, siempre de época Contemporánea, en 5.000 pesetas. comprometiéndose también en realizar estos trabajos en el plazo de año y medio…”
Cuatro fueron, pues, los cuadros, como queda expuesto, que encargó el ayuntamiento al artista en 1928: Una figura real con uniforme de gala, un cuadro histórico, de importantísima carga simbólica para el pueblo, una obra devocional de nuestra Patrona que, por supuesto, no podía faltar —a su intercesión atribuía, el alcalde don Francisco, la feliz resolución del asunto de los Baldíos en otro de su elocuentes discursos a la corporación— y un cuarto, que no se concreta, pero que acabó recogiendo el único y más representativo símbolo que faltaba, el castillo.
Lo que nadie sabe —y quienes pudieron verlo y contarlo ya no está entre nosotros— es que unos años más tarde, durante el gobierno de la República, se solicitó del artista la ejecución de un de un quinto cuadro. Si el relato que haremos de los cuatro primeros constituye un repaso de su historia, asombrosa la de algunos, lo que contemos de este último va un paso más allá pues, no la recrea, simplemente la construye, rellenado una nueva página donde nada había escrito. Volveréis a ser testigos de lo inédito, en una de esas escasas ocasiones en que, tras siglos de estudio y trasteo, consigue la historia escapar de los mil ojos que la escrutan.
I. Concesión de los Baldíos de Alburquerque por el Infante D. Enrique de Aragón. 1930

Salvo el titulado Concesión de los Baldíos de Alburquerque por el Infante D. Enrique de Aragón, que fue ejecutado, entregado y satisfecho su importe en el plazo acordado, los restantes sufrieron azarosas andaduras, con el denominador común de su desaparición, temporal o para siempre, que vamos a utilizar para presentaros cada uno de ellos.
II ¿Dónde estás Alfonso XIII? (finalizado en 1928)

Es evidente que este no es el nombre del cuadro, pero cuando conozcáis la historia de esta pintura, disculpareis la pequeña licencia de este juego de palabras. Su periplo, una suma de circunstancias políticas, golpes de suerte, disputa entre administraciones y tesón, mucho tesón personal, nada tiene que envidiar al mejor argumento de un documental o película del género.
Como tantas veces, es necesario que me acompañéis en un viaje en el tiempo y a un lugar que tampoco os es desconocido; el salón de actos del ayuntamiento es 18 de junio de1932. Desde abril del año anterior gobierna el municipio una coalición de republicanos y socialistas a los que la presencia del rey, que los mira altivo por encima de sus cabezas, les resulta, como poco, incómoda.
Consecuentes, pero sensibles con todo lo bello o que nace del esfuerzo o la genialidad del ser humano, deciden —en la fecha que se indica— bajarlo de su privilegiada atalaya y entregarlo, en depósito, al Museo Provincial de Bellas Artes de Badajoz. Recibida la obra, la institución remite el correspondiente resguardo al ayuntamiento de Alburquerque donde queda archivado.
Lo que ocurrió unos años más tarde no es preciso narrarlo aquí, de sobra es conocido por todos y sufrido por muchos, y cae el cuadro en el olvido, como caen en el olvido las risas, los juegos, los bailes y todo cuanto el olvido exigió que en él callera.
Pasemos, de un saludable plumazo, 45 años de nuestra historia y situémonos en el mismo lugar, pero un 20 de diciembre de 1977.
Leed con atención y pasmaos:
“…Seguidamente se da cuenta por el señor presidente de que con motivo de los trabajos de expurgo clasificación y ordenación del archivo general de este ayuntamiento, que están llevando a cabo los funcionarios D. Alejandro Rubio Matador y D. Juan Bueno Cordero, se había localizado escrito de fecha primero de junio de 1932 del Sr. presidente accidental de la Junta de Patronato del museo provincial de Bellas Artes de Badajoz, declarando haberse recibido en el referido museo provincial, en concepto de depósito del Excmo. ayuntamiento de Alburquerque, un retrato al óleo del ex Rey de España D. Alfonso de Borbón, firmado por el pintor Adelardo Covarsí, pintado sobre lienzo y con moldura dorada. Sigue diciendo el escrito que dicha obra, entregada a dicha Junta por su autor, en nombre de la corporación municipal de Alburquerque, será devuelta a la misma a su petición, cuando lo estime oportuno, mediante el justificante debido. El escrito va dirigido al alcalde de Alburquerque y en el mismo hay una nota que dice: la obra a que se hace referencia ingresó a este museo de mi cargo y quedó expuesta en el mismo. Firmado A. Covarsí…”
Se congratula el ayuntamiento de tal hallazgo y tras felicitar a sus autores y al auxiliar José Mayo Aspano, que les ha ayudado en la tarea, acuerdan iniciar los trámites necesarios para reclamar la devolución del cuadro.Es remitido, en consecuencia, un escrito a la Excma. Diputación Provincial de Badajoz, a la que pertenece el museo donde se expone la obra, argumentado sus legítimos derechos sobre el mismo y solicitando la devolución a la mayor brevedad posible. Reunida la diputación en sesión plenaria el 31 de marzo de 1978, para decidir sobre el asunto acuerdan que:
“… reconocido, sin lugar a duda, al Ayuntamiento de Alburquerque como el verdadero y legítimo propietario del cuadro que se representa a su Majestad el Rey S. Alfonso XIII, del que es autor el insigne pintor extremeño Adelardo Covarsí, puede disponer de él en el momento que considere oportuno. Si bien, se deja en acta un ruego especial a aquella corporación municipal a fin de que sea reconsiderada su petición, con objeto de que esta obra permanezca en las galerías del museo provincial de Bellas Artes de esta Diputación Provincial, toda vez que en las mismas existe una importante colección de aquel pintor con lo que además se coadyuvaría a la difusión de la cultura pictórica, por cuyo motivo la Diputación Provincial quedaría altamente agradecida a dicho ayuntamiento, con su especial reconocimiento, o en otro caso, se sugiere la posibilidad de adquisición de dicho cuadro a los fines anteriormente expuestos…”
Este acuerdo, que la diputación traslada a nuestro ayuntamiento, es leído por el alcalde presidente, don Jesús Gago Vinteño, al resto de los miembros de la corporación el 22 de abril de 1978 para someterlo a su consideración. Por unanimidad se acuerda requerir de aquella el reintegro de la obra, pero recogiendo también la posibilidad ofrecida de realizar gestiones para su venta en un futuro, extremo este último que cuenta con la única oposición del concejal don Ángel Santos Pocostales. Veamos como finaliza este periplo, es 17 de octubre de 1978:
Dado cuenta entrega verificada por Excelentísima Diputación Provincial del cuadro del pintor “Covarsí” sobre retrato de S. M. Alfonso XIII. Por el señor presidente se da cuenta de que el pasado día 17 de octubre último se había procedido a la entrega, por la Excelentísima Diputación Provincial de Badajoz a este ayuntamiento, del cuadro que esta corporación tenía cedido en depósito al Museo de Bellas Artes representando a S.M. el rey Alfonso XIII, del ilustre pintor extremeño Eduardo Covarsí Yustas; cuyo cuadro ya podía admirarse en el salón de actos de este ayuntamiento en perfecto estado de conservación.
III. Alburquerque, devoto de la virgen de Carrión (finalizado en 1930)

Cuando el pintor finaliza este cuadro, en 1930, ya mantiene con el ayuntamiento una difícil relación por las cantidades que se le adeudan de dos obras anteriores, terminadas y en poder de la corporación —el retrato del Rey Alfonso XIII, finalizado en 1928 y ajustado en 3.000 pesetas, y el de la Concesión de los Baldíos, contratado por 7.000 pesetas y entregado a lo largo de 1930—.

—El 19 de abril de 1931, tras las elecciones de ese año, la nueva corporación de republicanos y socialistas que accede al ayuntamiento se encontraría al Sr. Covarsí como uno de los acreedores de las cantidades adeudadas por los gobiernos anteriores a 31.12.1930. En la auditoría realizada al efecto aparece una deuda de 1.667 pesetas de las 10.000 que importaron ambos cuadros—.
Por las continuas dificultades que encontró el pintor para cobrar su trabajo, esta obra nunca llegó al consistorio, acabando en manos de un particular de identidad desconocida tras ser presentada en la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1930. No sería aventurado afirmar que bien pudiera tratase de alguien con gran vinculación con Alburquerque. ¿Algún apellido ilustre de la villa?
IV. La leyenda del castillo (finalizado en 1929)

“…y otro cuadro, compañero del anterior, de asuntos también de costumbres de Alburquerque, época actual u otro que pudiera parecer mejor, siempre de época Contemporánea, en 5.000 pesetas…”
Esto exponíamos cuando hacíamos la descripción de la pequeña pinacoteca encargada por el Sr. Izquierdo en 1928. Quedaba el asunto del contenido del cuarto cuadro, pendiente de acordar para mejor ocasión, decidiéndose, finalmente, que fuese la figura del castillo —símbolo por excelencia de la villa y ausente, como protagonista, de todos los anteriores— quien lo ocupara.
No alcanzaría don Francisco a ver culminada su obra. La postrera dimisión del general pone fin a su dictadura y un ayuntamiento de signo distinto —a caballo entre los primorriveristas de nuestro ilustrado alcalde y la coalición de izquierdas que vendría tras la elecciones de abril de 1931— consigue llegar a un acuerdo con el pintor eliminándolo del contrato y consignando, así, el ahorro de 4.999 pesetas en la correspondiente partida de gastos. (Recordemos que esta obra estaba presupuestada en 5.000).

Como en el caso anterior, el cuadro tampoco llegaría al ayuntamiento, pero, esta vez, hemos podido seguir el camino recorrido hasta su actual ubicación. Sin ningún demandante local, a pesar de la gran significación y simbolismo para el pueblo, formó parte también de la colección que el pintor llevó a citada exposición de 1930, y en la que sería adquirido por el coleccionista de Madrid don Ignacio Martínez. Después de un largo silencio documental volvemos a localizarlo en el año 2012, en la sala de subastas de la capital, Fernando Durán, con un precio de salida de 50.000 € —unos meses antes se había intentado su venta, sin éxito, en otra almoneda, por un importe bastante inferior, 4.500 € —. Hasta allí acude un comisionado del museo de Bellas Artes de Badajoz, quien, a cambio de una cantidad final que ignoramos, consigue su adquisición para la pinacoteca pacense en la que, afortunadamente, se encuentra desde entonces.
V. La Alegoría de la República. El misterio del quinto cuadro

Todo lo que rodea a este cuadro, es un enigma y, si nadie arroja luz sobre el mismo, lo seguirá siendo para siempre. Nada sabemos de la identidad de quien lo encargó, ni el momento exacto en que lo hizo. Tampoco de su composición exacta, pues el que ilustra este capítulo es otro similar, que la Excma. Diputación de Badajoz, en 1935, le encarga a Covarsí, para decorar su salón de sesiones y que también tiene una curiosa y triste historia, aunque no tanto como la del nuestro. Su temática, Torre de Espetaperros (Badajoz) y Teatro Romano (Mérida), y el extracto de sus actas de sesiones —que hemos consultado— descartan cualquier intento de identificar la obra de Alburquerque con el que actualmente se expone en el MUBA, su actual propietario.
Y, sin embargo, el cuadro existió. Vais a convertiros en privilegiados espectadores de esta obra tan inédita como efímera e incorpórea. Remendadas con escrúpulo sus lagunas, esta es su historia.
Remendadas con escrúpulo sus lagunas…
Ni siquiera en el museo de Bellas Artes, donde, con toda seguridad, estuvo expuesto desde mayo a agosto de1935, quedan registros. Interpelada su directora y uno sus conservadores —a quienes me dirigí emulando a los esforzados funcionarios del año 77— afirmaron que la documentación referida a la entrada y salida de obras de esa fecha había desaparecido de sus archivos… Tampoco su nieta, Dña. Carmen Covarsí, supo arrojar luz sobre el número de cuadros que su abuelo había pintado con este título, cuando, amablemente, me dedicó unos minutos para abordar el asunto.
Sin embargo, el propio pintor nos confirma su existencia cuando, el 7 de mayo de 1935, dirige una tarjeta al ayuntamiento dando cuenta de tener a punto de terminar el cuadro Alegoría de la República, y solicitando, al mismo tiempo, su permiso para exponerlo en el museo —de Bellas Artes— del que era director, antes de enviarlo hasta Alburquerque, lo que certifica que el cuadro pertenece al municipio.
La forma en que el cuadro regresa hasta Alburquerque, en agosto de ese mismo año, tras su paso por el museo, podéis leerla vosotros mismos en el documento que la recoge. Se trata de una lista de pagos que registra el ayuntamiento el 20 de agosto de 1935. Entre ellos, dos que no tienen desperdicio:

“…Treinta y cinco pesetas que se pagan a Domingo Caldito por elaborar la caja y el embalaje y diez pesetas a La Estellesa por el transporte del cajón con el cuadro La alegoría de la República dentro…”
Es preciso dejar claro que, a partir de este momento, entramos en el ámbito de la hipótesis, pero también es cierto que toda teoría va precedida de la observación y el análisis más exhaustivo. Afirmado lo anterior y con la mayor humildad y prudencia posible, vamos a intentar rellenar los huecos que salpican el derrotero del quinto cuadro del pintor para que esta obra tenga también una memoria que pueda ser recordada.
¿Quién haría el encargo de tal pintura?
En primer lugar, el propio cuadro lo anuncia, se trata de una exaltación de la República, representada por una mujer, rodeada de sabiduría, justicia e igualdad.
Por otra parte, hay que tener en cuenta que la coalición de partidos de izquierda que gobernaba el ayuntamiento en el momento de encargar la obra estaba constituida por una mayoría de personas de ascendencia humilde y esforzadas, tanto que poco o ningún tiempo —ni ganas— le quedarían para la sensibilidad y el gusto por el arte.
Por tanto, estas cualidades debían de venir ya impresas en su promotor desde la primera juventud, como producto de una formación e interés por la cultura en todas sus disciplinas. Formado, de amplio horizonte, como bagaje de su periplo a lo largo de la geografía peninsular, y adscripción republicana, un único candidato se nos ofrece: don Martín Casanovas Moner.
¿Cuál sería la fecha del encargo?
Conviene hacer aquí una pequeña recapitulación antes de responder. El primer acuerdo al que llegaron pintor y ayuntamiento, en 1928, comprendía la confección de cuatro cuadros; Alfonso XIII, entregado en 1928; La Leyenda del Castillo, finalizado en 1929 y, por los motivos ya expuestos, excluido del acuerdo inicial y vendido en subasta; Concesión de los Baldíos de Albuquerque, que llega en 1930, y un cuarto cuadro, Alburquerque devoto de la Virgen de Carrión.
Nos consta que este último ya estaba bastante avanzado, si no terminado, en octubre de1930 —fecha en la que un corresponsal del periódico El Correo Extremeño, visita el estudio del artista para hacer una crónica del cuadro de los Baldíos, antes de su entrega, reparando en el citado de la Virgen, cuya descripción y estado, incluye en la nota que manda al periódico— Por las consabidas dificultades para cobrar sus trabajos, este cuadro tampoco llega a Alburquerque y, una vez terminado, es adquirido en la exposición de 1930, como también hemos expuesto.
Tras un largo periodo de ausencia de noticias pictóricas, el 12 de marzo de 1932 y bajo la presidencia del Sr. Casanovas, llega hasta el ayuntamiento una sorprendente petición del artista. En ella solicita a la corporación un cambio de tema en el cuadro que se le tiene encargado:
…“por no amoldarse a las circunstancias del momento puesto que se trata de la Procesión de la Romería de Carrión” …,
sugiriendo además que el nuevo sea una escena que represente el aprovechamiento de los baldíos de Alburquerque.
Tiene motivos Covarsí para tal solicitud: por una parte, ya ha vendido el cuadro de la Virgen —según queda apuntado— y, por otra, la diferencia ideológica entre el primer gobierno que le hace el encargo (Dictadura de Primo de Rivera) y el actual (República) así lo aconseja. Es cierto que el plazo de tiempo al que se comprometió para finalizar las cuatro obras está más que vencido —lo hacía en diciembre de 1929—, pero, no lo es menos, que fue el ayuntamiento quien primero incumplió lo pactado no atendiendo a los pagos, por lo que el contrato, a pesar del tiempo transcurrido, puede considerarse vivo, lo que explicaría esta postrera e inesperada irrupción del pintor, necesitado, quizás, de nuevos encargos que cobrar.
La corporación acuerda que la petición quede sin resolver para estudiar la situación en que se encuentra dicho asunto, sin embargo, su retraso en dar una respuesta obliga a Covarsí a dirigirse de nuevo al ayuntamiento el 28 de mayo de 1932 —en este intervalo, don Martín ha presentado su dimisión …por sus muchos quehaceres y por la pérdida de confianza que el vecindario le ha demostrado por el escaso número de asistentes a los actos del día de la conmemoración de la República…, planteando que se quedará en el ayuntamiento como concejal, siendo elegido para sustituirlo don José Castro Canchales— .
En su segunda nota insiste el pintor en que se resuelva la instancia que presentó hace meses, solicitando autorización para cambiar el tema del cuadro que va a pintar para este ayuntamiento. La corporación, sin perjuicio de que se haga un estudio detenido sobre la situación en que se encuentra el asunto —otro más— acuerda autorizar que el lema de dicho cuadro sea el de aprovechamiento de los Baldíos de Alburquerque en vez de la procesión de la romería de Carrión.
Revisadas exhaustivamente las actas, la relación de pagos efectuados por el ayuntamiento y todo documento que pudiera arrojar luz sobre el asunto —incluidas una nueva visita al MUBA y otra a la nieta del pintor— no hemos encontrado evidencia alguna de contactos entre ayuntamiento y artista en el intervalo comprendido entre las instancias enviadas por Covarsí en marzo y mayo de 1932, donde solicitaba un cambio de escena para el cuadro (sugiriendo los Baldíos), y la comunicación de mayo de 1935, pidiendo permiso para exponer en el museo una obra que, además, nada tiene que ver con la propuesta (Ahora es una alegoría de la República).
Tampoco está catalogado, por otra parte, en la obra de Covarsí, cuadro alguno que recoja el lema propuesto en 1832 (Aprovechamiento de los Baldíos). Cabe plantear, entonces, como hipótesis de trabajo, que en este intervalo, y a propuesta o sugerencia del promotor que apuntamos, debió llevarse a cabo tal cambio —de los Baldíos a la Alegoría de la República—, y elegir, después, el momento de entregar el cuadro, sorteando la inestabilidad política y alternancia de gobiernos que pasan por el ayuntamiento a lo largo de estos tres años.
¿Dónde y cómo acabó el cuadro?
“…En la villa de Alburquerque, 17 de agosto de 1936, siendo las 12 de su mañana, se constituyó en el despacho oficial de la alcaldía el señor teniente de la Guardia Civil, D Rafael Quintanilla, como Comandante Militar designado para encargarse del mando de esta plaza después de reconquistada por las patrióticas fuerzas de Requetés, Guardia Civil, Falange española y Legionarios, que constituyen actualmente el Ejército Salvador de España, y que en efecto consiguieron restablecer en esta el orden conculcado por las hordas marxistas aplastando totalmente sus peligrosos y criminales proyectos…”
La Alegoría de la República (agosto del 35 – agosto del 36) que muy posiblemente ocupara el mismo trozo de pared que había dejado vació su Majestad, Alfonso XIII, en el pasado año 32 —y que tan correcto trato recibió de la corporación socialista – republicana, procurándole un apacible exilio en el museo de Bellas Artes—debió ser uno de los primeros objetos que salió volando por la abierta ventana del salón de plenos, para caer sobre la hoguera que ardía, como en tantos otros lugares del pueblo, a las puerta del ayuntamiento.
El cuadro que nos ha servido para ilustrar este pasaje —con el mismo título y autoría— ubicado en el Salón de Plenos de la Diputación cuando se produjo la toma de Badajoz, corrió mejor suerte, infinitamente mejor, y solo hubo de lamentar un pequeño repinte que convirtió la franja morada de la bandera tricolor en gemela de la roja ya existente. La pericia del artista impidió apreciar esta transmutación, que no fue detectada hasta la separación del lienzo de su marco. En su borde derecho aún se aprecian restos de pigmentos violeta, testigos de otra época. Desde entonces el cuadro se exhibe desnudo, sin contorno.
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