JOSÉ NARCISO ROBLES ORANTOS
“…Muy señor mío y de mi mayor veneración; incluyo a Vuestra Merced la razón y noticia individual de las Hermandades, Cofradías y Congregaciones que hay en esta villa, que en carta del catorce de octubre se sirvió Vuestra Merced pedirme…”
Alburquerque y enero, 7 de 1771.
Besa la mano de Vuestra Merced su más obligado servidor.
Licenciado Carlos Pérez Mexes.
Sr. Don Manuel Santos Aparicio y García, Alcalde Mayor de la ciudad de Badajoz.
Siglo XVIII. Cofradías, hermandades y otras congregaciones religiosas proliferan sin freno desde el año 1600. A su frente, mayordomos, provisores y hermanos manejan abundantes caudales y rentas fuera del control de la Hacienda Real. La ilustración, que ha llegado hasta la corona, pretende poner coto a tales desmanes centrando sus esfuerzos en tres objetivos:
Un control económico e impositivo, identificando las rentas, propiedades y gastos de las cofradías para fiscalizarlas y limitar el sobreendeudamiento de las haciendas locales.
Una racionalización de los festejos, que erradique los gastos considerados superfluos u onerosos (convites, refrescos, ágapes y festejos profanos).
Una reformade la religiosidad, más sobria y articulada en torno a la parroquia, distinguiendo entre cofradías asistenciales y sacramentales y las puramente festivas o gremiales.
A partir de 1769 empiezan a enviarse órdenes a los corregidores, intendentes y justicias del reino para que llevasen a cabo un informe pormenorizado de las corporaciones existentes en su jurisdicción consignado, entre otros datos, el nombre de la hermandad o cofradía y su sede (iglesia, ermita o convento); la fecha u origen de sus ordenanzas y aprobación (ordinario, eclesiástico o real); sus ingresos y bienes; el número de hermanos; y los gastos anuales especificando cuánto se destinaba a cultos y cuánto a colaciones, vino, refrescos o cera.
Al frente de tal proyecto, como presidente del Consejo de Castilla durante el reinado de Carlos III, don Pedro Pablo Abarca de Bolea, IX Conde de Aranda.
Si para la administración real tal iniciativa constituyó un momentáneo alivio de sus cuentas, y para las autoridades locales un nuevo quebranto que venía a interrumpir su ya complicada gestión, no pudo imaginar don Pedro Pablo la tercera derivada que tal requerimiento y caudal de datos supuso para quienes nos empeñamos en retirar las capas de tierra y polvo que ocultan los más inesperados secretos de nuestro pasado. El que ahora nos disponemos a desenterrar supera, en profundidad y asombro, a cuantos hemos traído a la luz hasta la fecha.
De entre las muchas cofradías, hermandades y gremios que el documento cita, hemos extraído, por su relevancia y rivalidad, a las inmemoriales y poderosas congregaciones del Espíritu Santo, la Santa Misericordia y Nuestra Señora de la O —escindida esta última de la anterior en la primera mitad del silgo XVI y unidas, la primera y la tercera, a partir del XVIII, en una única comunidad; dependientes todas de Santa María del Mercado—. Lo que a continuación contaremos de cada una de ellas constituye uno de los capítulos más desconocidos y sorprendentes de los que conforman el edificio de nuestra historia. Acompañadme en el asombro.
Cofradía y Hospital de Nuestra Señora de la O (y agregada del Espíritu Santo)
“…Esta cofradía tiene su ermita propia y hospital en que se recogen los pobres mendicantes y enfermería en que se curan, así estos como los naturales del pueblo que no tienen para poderse curar ni alimentar en sus casas, señalándole a cada uno doce cuartos diarios, médico, cirujano, botica, y enfermero, y al que fallece en este santo hospital se le da la mortaja y le acompaña dicha cofradía de hermanos a su entierro y le asiste con seis cirios encendidos a su funeral…”
Empieza el relato exponiéndonos el carisma o instituto de esta cofradía —ya unificada con la del Espíritu Santo, principiando el siglo XVIII, como antes apuntábamos—. Su hospital, del mismo nombre, se encontraba, haciendo rincón, junto a la ermita Soledad, en la actual plaza de España. Vamos a ver que encontró el señor licenciado en el escudriño de su archivo:
“…Por lo tocante a la Cofradía de Nuestra Señora de la O no se ha podido averiguar su origen por haberse sólo encontrado una pequeña parte de las ordenanzas antiguas de esta cofradía, sin fecha y en cuarteta y como en papel de estraza.
Sí sabemos que a mitad del siglo XVI ya se encuentra pleiteando con la de la Santa Misericordia, de la que se había escindido en algún momento anterior a esa fecha —como también apuntamos— por motivos de preeminencia en las funciones religiosas y el privilegio de celebrar los funerales de gente principal. Pleitos que vamos a ver repetidos a lo largo de los siglos, así como diversas segregaciones y absorciones entre ellas. Todo un juego de tronos a nivel eclesiástico o, remontándonos a la vieja Roma, triunvirato, al modo de Cesar, Craso y Pompeyo.
“… Ytem cuatro bulas de indulgencias concedidas a esta hospitalidad y cofradía por los sumos pontífices que hubo desde el año de mil quinientos cincuenta y nueve hasta el de mil setecientos, cumplimentado este último breve por los jueces de cruzada y el ordinario de este obispado…”
Podríamos concluir, por lo expuesto hasta ahora y reiterándonos una vez más, que Nuestra Señora de la O surge, como escisión de Nuestra Señora de la Misericordia, en torno a la primera mitad de siglo XVI y que echando a andar el XVII, absorberá a la singular —en breve comprobaremos lo apropiado de este adjetivo— Cofradía del Espíritu Santo.
“,,,Ytem diversos autos y sentencias del ordinario y metropolitano eclesiástico desde el año de mil setecientos veinte hasta el de mil setecientos veinte y dos para que pueda nombrar esta cofradía veinte hermanos y que éstos puedan oír misa en el coro chico de la Iglesia parroquial de Santa María del Mercado, como antiguamente lo hacían, y tengan su asiento en dicha iglesia y a la derecha, conforme se entra hacia la capilla de Santa Catalina, y para que la Cofradía de las Ánimas no pueda enterrar, ni otra alguna más que esta, y la de la Santa Misericordia, pues son solo las dos que por sentencias definitivas tienen este privilegio…”
Efectivamente, Nuestra Señora de la O, junto a la Santa Misericordia, eran las dos únicas cofradías que podían organizar, acompañar y ejecutar el entierro de sus hermanos difuntos dentro de los espacios sagrados que le eran propios para depositar sus restos.
Ruego ahora la más profunda atención, despojaos de cualquier composición temporal que sobre el edificio religioso de nuestra villa pudieseis albergar en vuestro conocimiento. Unos breves comentarios aclarativos— cuando procedan— acompañando a sus palabras, habla en cursiva don Carlos:
“…Y por lo tocante a esta Cofradía y Hospitalidad del Espíritu Santo, agregado al de Nuestra Señora de la O —se refiere así a tal cofradía porque en el momento del informe esta es su condición, pero lo que va a contar es anterior, muy anterior, vais a verlo…— se encuentran unas piadosas ordenanzas en pergamino de letra antigua y como gótica, de difícil lectura, correspondientes a la Cofradía del Espíritu Santo, en la que se expresa que el rey fue confirmador de esta cofradía por remisión de sus pecados, en nombre de muchas personas y demás hombres buenos y cristianos, y que fue hecho el traslado de esta confirmación en el mes de mayo, era de mil doscientos y ochenta y seis, que corresponde al del nacimiento de Nuestro Señor Redentor Jesucristo de mil doscientos cuarenta y ocho, y es el más antiguo instrumento que se ha encontrado de esta cofradía y no consta del nombre del rey…”
En efecto, lo mismo he pensado yo. Vamos a dejar decantar las ideas que, en torbellino, nos tienen en un pasmo. Empecemos por ubicar en esa época a Alburquerque, recién salido de un tira y afloja entre la cruz y la media luna. Unas cuantas fechas siempre vienen bien en estos casos:

“…en la que se expresa que el rey fue confirmador de esta cofradía por remisión de sus pecados, y que fue hecho el traslado de esta confirmación en el mes de mayo, era de mil doscientos y ochenta y seis, que corresponde al del nacimiento de Nuestro Señor Redentor Jesucristo al de mil doscientos cuarenta y ocho, y es el más antiguo instrumento que se ha encontrado de esta cofradía y no consta del nombre del rey…” —repetimos el último extracto—.
Demos luz y contexto a este último aserto. En 1771 —fecha, recordemos, del informe de nuestras autoridades a la superior de Badajoz— no faltarían quienes, a buen seguro, supiesen el nombre de tal rey aun cuando este no constase en el documento. Distaba, sin embargo, nuestro licenciado de encontrarse entre tales sabedores. Para nosotros, —si lo olvidamos, o nunca llegamos a aprenderlo—, la revelación está a golpe de clic. Efectivamente, el traslado de la confirmación que da origen a la antiquísima Cofradía del Espíritu Santo lleva la inexistente firma de Fernando III, conquistador de Sevilla ese mismo año de 1248. En cuanto a los muchos pecados que le impelen a tal confirmación, puedo contaros que, preguntadas las fuentes por los mismos, contestan que han de buscarse principalmente en la guerra, casi fratricida, que mantuvo con su padre durante trece años por motivos de su sucesión en el trono.
Dada su antigüedad, y para ponerlo en un contexto temporal, podemos afirmar, con escaso o nulo yerro, que sus cofrades vieron levantar los primeros cimientos de Santa María en sus dos advocaciones: del Castillo y del Mercado.
Por otra parte, su remotísima y real confirmación acabaría infundiéndole la preeminencia suficiente como para erigirse en la congregación de referencia a la que estarían supeditadas, durante siglos, el resto de las que fueron surgiendo con el tiempo.
¿Se conserva, aún, tales piadosas ordenanzas? Sin más demora os digo que sí; yo las he visto; tocado incluso, con extremo cuidado. Y hoy, iniciando su primer día el otoño de este año 26, tras ardua brega y mayor lustre de estas páginas, he conseguido, al fin, una copia del manuscrito que, silente, descansaba en las oscuras salas donde la iglesia, con celo, atesora lo que le es propio.


“…Ytem consta la obligación y fianzas para hacer la iglesia, capilla, y retablo del Espíritu Santo y su hospital, año de mil cuatrocientos sesenta y dos…”
“…Ytem una provisión de su Señoría y Señores del Supremo Consejo, en tiempos del Señor D. Carlos (V) Rey de Romanos, Emperador Semper Augusto y Rey de Castilla, mandando que el eclesiástico de la ciudad de Badajoz otorgara la apelación que había interpuesto la Cofradía del Espíritu Santo por qué se le impedía hacer Hospital para recoger y curar pobres junto a una casa de mujeres recogidas que se decían monjas, año de mil quinientos veinticuatro…”
Mas de doscientos años transcurren, desde su acta fundacional, en los que el Espíritu Santo peregrina de acomodo en acomodo sin contar con iglesia propia, probablemente al abrigo de las murallas. En el ínterin, desbordado este pétreo corsé que las ha constreñido durante siglos, las primeras casas empiezan a desparramar la villa hacia el norte, corre el año 1462.
Eligiendo para su emplazamiento la llanada que se extiende tras ellas, —y que a partir de entonces llevará su nombre—, se otorgan las escrituras de obligación y fianzas que facultan las obras del que será su templo matriz. Con escasa variación podemos afirmar también que sobre sus antiguos cimientos descansan hoy la guardiera infantil y el conjunto de casas aledañas que la flanquean, en el extremo más occidental de la plazuela.
En un momento indeterminado —siempre posterior a 1641, año en el que se inician los trabajos de ampliación del convento de la Anunciación para acoger a una comunidad en crecimiento y apremiada por la estrechez de sus primeras casas— la iglesia del Espíritu Santo, probablemente medio arruinada, es anexionada por el nuevo edificio y su fachada exterior modificada para dotar de uniformidad arquitectónica al conjunto.
Finalmente, a principios del siglo XVIII y por real orden de Felipe V, la ampliación promovida por las monjas y el decadente templo serían declarados y habilitados como hospital.
El segundo de los ítems, preñado, a más no poder, de relevantes y esclarecedores datos —y que ya hemo utilizado anteriormente para datar el convento de Nuestra Señora de la Anunciacion y sus comienzos como beaterio— nos rinde un último e impagable servicio.
Sabíamos, por el primero, que el Espíritu Santo no solo quiere construir iglesia, sino que para poder ejercer uno de los carismas de su instituto, cual es el cuidado y asistencia de enfermos, también otorga escritura de obligación y fianza para levantar su hospital.
Si la edificación del templo no encuentra obstáculo alguno, no ocurrirá lo mismo con la institución de caridad, pues no será hasta el año 1524, y con la provisión de Su Señoría y Señores del Supremo Consejo, cuando se demande al eclesiástico de la ciudad de Badajoz el otorgamiento a la apelación que había interpuesto dicha cofradía “por la que se le impedía hacer Hospital para recoger y curar pobres” Desconociendo los motivos que retrasaron tan piadosa iniciativa, estamos en disposición de ubicar y datar al segundo de los edificios de este mágico espacio; el Hospital del Espíritu Santo —del que aún existente gran parte de su fábrica—. Se encuentra, como todos sabemos, colindante, por el costado derecho, según miramos su fachada, al conjunto de las antiguas casas que conforman otro emblema de nuestro pueblo, la querida, añorada y resiliente Tahona. Anotad tal año de 1524 como el de su nacimiento o, al menos, concepción.
Como corolario, aunque no sea este el lugar de su abordaje —ya lo hicimos en un capítulo propio— se despide el fértil ítem prestándonos un último servicio al afirmar que tal hospital de pobres se encontraba “junto a una casa de mujeres recogidas que se decían monjas, año de mil quinientos veinticuatro” Lo que nos permitió, dentro del trabajo al que hacemos referencia, conocer el momento exacto en que nuestras piadosas beatas, instaladas en las humildes casas de su inicial acomodo —la más que citada y conocida actualmente como Tahona— dieron el paso de tomar hábitos y profesar como monjas, detonante de la apasionante singladura que vino después y que ya hemos contado con el rigor, ilusión y respeto a los que se hicieron acreedoras.
“…Ytem tres bulas en pergamino de diferentes sumos pontífices — principalmente Clemente VIII y Paulo V y fechadas en 1621— conteniendo Indulgencias y Gracias a esta cofradía del Espíritu Santo desde el año de mil quinientos setenta cinco hasta el de mil seiscientos veinte y uno…”
“…Consta asimismo la licencia del ordinario eclesiástico para que esta cofradía del Espíritu Santo se uniera, como lo está, a la de Nuestra Señora de la O, y hay prueba de deberle preceder esta del Santo Espíritu a la Cofradía de las Animas, y que la plazuela del llano del Espíritu Santo era suyo, y el cementerio de su iglesia desde el año de mil quinientos ochenta y ocho hasta el de mil setecientos veinte…”
Un nuevo torrente de reveladores datos se deslizan de la profusa descripción que nuestro licenciado, Pérez Mexes, nos hace del bien conservado, para nuestro gozo, archivo de la cofradía. Afirma, por una parte, la existencia de “tres bulas conteniendo Indulgencias y Gracias a esta cofradía del Espíritu Santo desde el año de mil quinientos setenta cinco” y, por otra que “la plazuela del llano del Espíritu Santo era suyo, y el cementerio de su iglesia desde el año de mil quinientos ochenta y ocho hasta el año mil setecientos veinte”
Era común que la consagración y dedicación de un templo, concluida la obra, llevase aparejado el otorgamiento de gracias jubilares e indulgencias a la congregación titular del mismo, quien estaba facultada para hacerlas extensibles a los fieles que acudiesen a tales ritos y a todos aquellos que hubieran contribuido a su edificación y sostenimiento. El hecho de contar, desde 1575, con tales bulas, gracias e indulgencias papales, nos hace proponer esta fecha como la de su terminación, y con ella, la posesión —sino de derecho, sí de hecho— del llano donde se asentaba tal edificio. Finalmente, como un paso más en la secuencia constructiva que regía estos complejos, una vez levantada la iglesia se emprendió la tarea de dotar al conjunto del preceptivo camposanto en 1588, como, esta vez, de manera inequívoca, se nos está indicando.
Que fuese suyo hasta 1720 no es tampoco dato baladí. Viene a confirmarnos, como ya proponíamos con profusión de datos en el capítulo dedicado al Hospital y, de manera más sucinta, anteriormente, que la ampliación del edificio religioso lo hizo quedar situado de manera adyacente al complejo —iglesia y cementerio— del Espíritu Santo, de forma que, al acometerse las necesarias obras del hospital, en 1721, ya constituían una unidad estructural sobre la que actuar.
Finaliza don Carlos afirmando que el número de hermanos que la componían (20) no pagaban nada por su entrada, teniendo la obligación de asistir a todos los entierros de los vecinos que morían, pues solo esta cofradía y la de la Santa Misericordia tenían este privilegio —ninguna otra— por pleitos y sentencias definitivos.
Nada nos cuentan los documentos de la fábrica y aspecto de esta primitiva iglesia. Sin embargo, como la historia aprieta, pero no ahoga, y donde ahora nos quita, luego nos da, basta perseverar lo suficiente para acabar encontrando indirectos testimonios que satisfagan nuestras ansias de conocimiento.
De esta forma, en 1721, reconvertida ya la primitiva ampliación del convento de las monjas isabelas en Hospital Real por orden del primero de los Borbones, Felipe V, a principios del siglo XVIII, nos encontramos con unas providenciales escrituras otorgadas para la ampliación y acondicionamiento de tal espacio, cuyas condiciones facultativas recogen inestimables datos sobre la arquitectura y ornamento de tan ignorado, inmemorial e inédito templo; adjetivos que pareciesen hechos exprofeso para el extenso legado alburquerqueño, que viene ahora a pedirnos cuentas por haberle negado, adormecidos por la desidia, acomodados en la aniquilante inercia, su lugar en la historia.
Dicen tales condiciones que los maestros constructores han de ser obligados a:
“…enladrillar de nuevo la iglesia e dicho hospital enlucirla y retecharla con vigas y tablazón nueva de castaño y todas las tejas asentadas con cal…”
“…tapiar la puerta principal de dicha iglesia, abriendo en su lugar una ventana con sus puertas, arcos y encerados de vara de alto y del ancho a proporción…”
“… deshacer los cuatro altares y los poyos que hay en dicha iglesia para dar mayor anchura a las camas…”
“…dar más abertura a las dos claraboyas que están de los dos lados del altar mayor de dicha iglesia poniéndolas a sí mismo sus marcos y encerados…”
“…componer el doblado de la sacristía de dicha iglesia con lo mejor del maderaje del desecho de dicha iglesia como también una ventana pequeña de la enfermería que cae al camposanto y hacer una puerta para la entrada de la referida iglesia –desde el camposanto–…
Y esta adicional que ser reservaba el otorgante: “…que después de fenecidas todas las dichas obras los despojos que hubiere han de ser del dicho José Sánchez Vicioso —el maestro alarife, que otorga el documento—, excepto las puertas de la puerta principal de la dicha iglesia, como la barandilla que tiene una de las dichas capillas…”
Resulta evidente que estamos hablando de un templo de mediana fractura, con suelo de ladrillo, posiblemente dispuesto en espiga, al modo en que se llevó a cabo en la aledaña y posterior iglesia del convento de la Anunciacion.
De paredes enlucidas y un bajo tejado de madera noble (castaño). Con cuatro altares laterales y sus correspondientes aras —“los poyos que hay en dicha iglesia”, como se refiere a ellos la tercera condición—, lo que implica que contaba, al menos, con otras tantas capillas laterales, al margen de un altar principal flanqueado por dos claraboyas, elementos que le presuponen cierta entidad. Con su propio camposanto a las traseras del templo, en dirección al septentrión, y una valiosa rejería adornando una de las capillas laterales.
Completaría la propuesta una elaborada puerta de dos hojas, a buen seguro de castaño u otra madera noble, pues el estado en que se encuentran, desde el lejano año de 1575 en que proponemos la finalización de la obra, hace que la cofradía pretenda conservarlas.
Posiblemente, el estado de preservación en el que se encontraba el edificio, tras la agregación de la cofradía del Espíritu Santo, su propietaria, a la de Nuestra Señora de la O, el carácter secular de tal congregación, frente al regular de las monjas isabelas que tenían por vecinas —lo que dificultaba y al mismo tiempo las protegía de un posible traslado— y el hecho de contar con su propio cementerio, lo convirtieron en el espacio ideal hacia el que crecer y extenderse el, cada vez más, demandado y necesario Hospital Real.

Posible disposición de la planta de la Iglesia del Espíritu Santo en su plazuela homónima. 1462 -1721.
Cofradía de la Santa Misericordia.
“…Relación que da don Sancho Manuel De Osma Cuéllar y Folleco, como proveedor que es actualmente de la Cofradía de la Santa Misericordia de esta villa de Alburquerque, de las rentas y fondos de que se compone con arreglo a l0 ordenado por el señor alcalde de la ciudad de Badajoz…”
“…Esta cofradía tiene su iglesia propia, con el título de Santa Ana, que es la más antigua de esta villa —se refiere a la cofradía—. Por ser tal no hay memoria por haberse perdido algunos papeles con las guerras pasadas con Portugal, cuyas armas dominaron esta villa y su plaza. Esta cofradía por su notoria antigüedad preside a todas las de esta villa en cuanto a funciones se ofrecen. Tiene el privilegio de que no entra cruz de parroquia en esta iglesia porque las funciones que tiene se celebran con los capellanes que tiene, los cuales todos los días festivos celebran misas en ella rezada, y los días miércoles de cada semana celebran misas cantadas por los bienhechores que le han dejado los bienes y rentas que tiene…”.
Nuestro paisano, Jose Manuel Ambroz Andujar, en la revista AZAGALA número 14 de abril de 2009, sitúa su fundación en el año 1474, según Ordenanza de don Fernado V de Castilla (II de Aragón), que ese mismo año asumiría la corona del reino castellano tras la muerte de Enrique IV. —No es otro este Fernado que el consorte masculino de los Reyes Católicos— Y coincide Ambroz con nuestro cronista, Pérez Mexes, en otorgarle el título de cofradía más antigua de la villa. Debemos de eximir y eximimos a don Jose Manuel de toda culpa, desconocedor, a buen seguro, del documento que nosotros manejamos. No podemos, sin embargo, mostrarnos indulgentes con don Carlos, pues, el mismo hace inequívoca referencia a la fecha del documento encontrado en los archivos del Espíritu Santo. Haciendo justicia, desposeemos en este momento de su título a la Cofradía de la Santa Misericordia, para entregarlo a la del Espíritu Santo que así lo acredita y merece, superando en nacimiento, esta última a la primera, por dos Fernandos y más de 200 años.
Nos cuenta también Ambroz que su templo titular estaba situado intramuros, entre la iglesia de su mismo nombre y el Cuerpo de Guardia de la Puerta de Valencia —algunos restos de tal iglesia, constituidos por arcos y columnas, pueden observarse hoy en día, embutidos y parcialmente recuperados, en la fachada de una de las casas próximas al pozo de Alcántara, lo que permite situar el primitivo solar de esta congragación— y que una vez secularizada tal iglesia, Cofradía y Hospital de la Santa Misericordia, se trasladan al solar izquierdo de la ermita de Santa Ana, en las traseras del iglesia de Santa María del Mercado. Sabemos que las primeras secularizaciones en España se inician en el siglo XVIII, durante el reinado de Carlos III y su decreto de expulsión de los Jesuitas (1767), continuando, en el siglo siguiente, con los distintos procesos de desamortización. Sin embargo, disponemos de documentación para adelantar tal traslado dos siglos antes y dar una fecha concreta. El 19 de junio de 1570, Santa María del Mercado, iglesia matriz de la villa a la que pertenecía el templo de Santa Ana, lo concede a la Santa Misericordia para que celebre en él sus funciones y ejerza los carismas de su instituto (Archivos Diocesanos Mérida-Badajoz —A.D.M.B. a partir de ahora—, Santa María del Mercado, Caja 71. Censos Cofradía de la Santa Misericordia, libro II folio 195 vuelto) En el mismo documento, más adelante, se nos cuenta que en 1770 dicha ermita se encontraba en estado de ruina. Aun así, soportando el embate de los tiempos, en 1929, perdido ya su antiguo esplendor, prestaba servicio como asilo a pobres transeúntes.
“…A todos los pobres que mueren en esta villa, y los que se acogen a ella forasteros, y a los que traen muertos de tiro, enfermedad u otro acaso, se llevan a esta ermita poniéndolos en su féretro, fuera de la puerta de ella, dándoles a unos y otros su mortaja, desde donde esta cofradía les acompaña con seis cirios, su campana, estandarte y, en tiempo de guerra, o cuando se ofrece, sale plena esta cofradía a recoger los cadáveres de los que castigan o ajustician A estos se les da sepultura en dicha iglesia, y a otros del pueblo que mueren en él les acompaña en los mismos términos hasta darles sepultura en la parroquia donde corresponde…”
“…Esta cofradía no tiene número fijo de los hermanos que debe de tener y hoy —año 1771— se compone de veinte y nueve hermanos, con su secretario, los que no pagan nada por su entrada y les asiste esta cofradía a sus entierros y a los de sus mujeres con doce cirios y se les dice una misa cantada por limosna de trece reales, y estos hermanos tienen obligación de asistir a los entierros de todos los vecinos que mueren, pues únicamente esta cofradía y la de Nuestra Señora de la O —junto con la agregada del Espíritu Santo, recordemos— tienen este privilegio y no otra alguna de esta villa, por diferentes pleitos vencidos sobre ellos. Estos hermanos son de los primeros distinguidos de este pueblo los cuales, indispensablemente, tienen la obligación de pedir en todos los días festivos, cuya limosna se invierte y reparte entre los pobres menesterosos y necesitados de esta villa, naturales y forasteros…”
Conocemos el nombre de algunos de sus miembros y las fechas en las que fueron nombrados hermanos. Pido disculpas por la repetición del apellido —lo que ocurre por formar parte de otra investigación que aprovecho para ilustrar este capítulo— pero aclaro que son otros muchos los que aparecen en sus extensos listados:
Juan Orantos, en 6 de marzo de 1785 y 6 de abril de 1806.
Nicolás Orantos, en 21 de abril de 1794 y 1 de enero de 1821.
Pedro Orantos, en 14 de abril de 1800, 1 de enero de 1814 y 1 de enero de 1829.
“…El Viernes Santo concurre plena esta cofradía a la función del entierro de Cristo con toda su cera bandera y estandarte, cuya función se hace en la ermita de Nuestra Señora de la O, —posiblemente se esté refiriendo a la ermita de la Soledad, levantada a principios del siglo XVIII , junto al hospital de tal nombre— en donde preside a todas las de este pueblo esta cofradía, llevando sus hermanos la cruz y rótulo donde se pone a Cristo pendiente y dos varas del palio y su proveedor va presidiendo en todo por pleito vencido que sobre ello tiene ante el señor metropolitano…”
“…Tenía muchas más rentas que las que al presente tiene porque en tiempo que dominaron esta plaza los portugueses por el sitio que pusieron a esta plaza le cayeron muchas casas que tenía, unas con los tiros de la artillería y otras que mandaron caer como es notorio en este pueblo…”
“…Tiene diferentes bulas pontificias de muchos Santos Padres de tiempo inmemorial, por las que se le conceden muchas gracias e indulgencias a esta cofradía las que, por su mucha antigüedad y estar en pergaminos, tienen la letra muy desvanecido su color que apenas no se perciben, y solo una se lee del señor San Gregorio Papa XIII, del año de 1575, por la que se le conceden muchas gracias e indulgencias a esta cofradía cumplimentada por el ordinario…”
“…Tiene esta cofradía el privilegio de poner su proveedor su silla y bancos para los hermanos de ella en la función de los Jueves Santo y lunes Santo en la parroquia de San Mateo en seguimiento de los asientos de la justicia de su villa, como consta del señor metropolitano y aprobación del ilustrísimo de este obispado, y el Domingo de Ramos asiste a los oficios en la de Señora de Santa María del Mercado, donde se le pone al proveedor su silla y asientos para los hermanos de esta cofradía al sitio que en ella tienen señalado para dicha función…”
Continúa Ambroz Andujar su crónica afirmando que, una vez exclaustrado el templo de Santa Ana, y por su estado de ruina —añadiríamos nosotros—, las funciones de la Cofradía de Nuestra Señora de la Misericordia pasaron a celebrarse en la ermita de Nuestra Señora de la Soledad perteneciente, como ya sabemos, a la Cofradía y Hospital de Nuestra Señora de la O, y su agregada del Espíritu Santo, en otro giro inesperado de la historia. Administrado por su cofradía homónima, “en él podían curarse los vecinos pobres, y aún los forasteros, además de asistir a las ejecuciones de los reos”. Y la termina aseverando —con razón— que, con el comienzo de la beneficencia pública, organizada por Carlos III, se inicia un proceso de búsqueda en el centro de las poblaciones de casas de hospitalidad para traspasar su titularidad y gestión a la corona. A nuestro Hospital de la O, levantado tras la culminación de la aledaña ermita a principios del siglo XVIII, le llegaría la Real Solicitud de compra un 13 de junio de 1773. Tenemos la localización —A.D.M.B. Santa María del Mercado, Cuentas de Fábrica, Caja 50— y contenido del documento. Dice así:
Muy Señores Míos:
“…Recibida de la de Vuestra Señoría el 12 del corriente, e instruido de la Real Orden de su Majestad de 5 de mayo último, comunicada a Vuestra Señoría por el Excelentísimo Señor Conde de Ricla (1), sobre la venta o enajenación de la Casa Hospital de Nuestra Señora de la O, he venido gustoso a conceder facultad a don Diego Rodríguez de Amarilla (2), como administrador de dicha casa pía, para otorgar la correspondiente escritura de venta a favor de su Majestad y su Real Hacienda. Con esta ocasión logro la de ofrecerme muy de veras a la disposición de Vuestra Señoría para complacerle en cuanto lo sea de su mayor obligación.
Nuestro señor que a Vuestra Señoría alargue la vida muchos años.
Badajoz 13 de junio de 1773. Juan, obispo de Badajoz (3)
(1) Ambrosio de Funes Villalpando, secretario de guerra durante el reinado de Carlos III.
(2) Diego Rodríguez de Amarilla, regidor capitular de Alburquerque en 1773.
(3) Juan José García Álvaro, obispo de Badajoz entre 1750 y 1784.
Visitas: 15
