JOSÉ NARCISO ROBLES ORANTOS
Introducción
Han sido pocos, a lo largo de los siglos, los acontecimientos que cambiaron la historia donde un alburquerqueño no figurase en la nómina de aquellos que lo hicieron posible. El descubrimiento y conquista del Nuevo Mundo, la posterior evangelización de las tierras incorporadas a la Corona, el gobierno de los extensos virreinatos en los que se organizó el territorio y la defensa de las posesiones de ultramar frente a naciones, en las que nuestra gesta despertó la misma admiración que envidia, han contado —y no desde las últimas filas— con un hijo de Alburquerque.
La nómina es extensísima:
Don Juan Ruiz de Arce, quien, en persona, junto a otros cuantos extremeños, capturó el inca Atahualpa en el episodio quizás más novelesco de la conquista del Perú.
Fray Bernardo de Alburquerque, dominico, uno de los primeros frailes llegados a Nueva España, tras su reciente conquista, donde llegó a ser obispo de la ciudad de Oaxaca.
Fray Agustín de Alburquerque, agustino, de los primeros misionero en propagar la religión católica en las islas Filipinas y, junto a Martin de Rada, pionero de esta labor apostólica en la cerrada y hostil a extranjeros, China. Cuando llegar a esos remotos lugares, donde el mundo parecía darse la vuelta, era tarea comparable a clavar una bandera en la superficie de la luna.
Don Pedro de Alvarado, sobrino del conquistador de su mismo nombre, juez de difuntos y casados de San Salvador y San Miguel, en el virreinato del Perú.
Don Juan Alonso de Bustamante Gobernador y Corregidor de la provincia de Arequipa en el mismo virreinato.
Don Pedro de Meneses y Santa Cruz. Oidor, alcalde y fiscal en Lima, también en el virreinato del Perú.
Fray Lorenzo de Alburquerque, franciscano, de continuador de la labor pastoral y evangelizadora de Fray Agustín en China.
Don Andrés Mestre Rodríguez, militar en las campañas de Italia (Guerra de Sucesión Austriaca) y Portugal (Guerra de los Siete Años) y gobernador de la región de Sala del Tucumán en el virreinato del rio de la Plata.
Don Joaquin del Manzano y del Manzano, desconocido y laureado héroe de las Guerras Carlistas y defensor de la isla de Cuba en los primeros intentos de injerencia estadounidense.

Afirman sus biógrafos que nació en Alburquerque, en torno al año 1500, y falleció en Oaxaca, México, el 23/07/1579, en cuya catedral, en la capilla de San Pedro, descansan sus venerables restos. En cuanto al apellido, unos sostienen que lo tomó de su pueblo natal por desconocer quienes fueron sus padres, y otros, menos desnortados pero igual de perdidos, “que se ignoran los nombres de sus padres, aunque se sabe que pertenecía a la ilustre familia de los Holgado, y que con el apellido de Alburquerque pretendió ocultar su nobilísima cuna”.
Desde niño mostró una gran vocación por la carrera religiosa, —continúan—, iniciando sus estudios en la universidad de Alcalá de Henares, institución que tuvo que abandonar por no contar con los recursos necesarios y, anhelando llevar esta vida, decidió ingresar en la Orden de Predicadores (dominicos) de la ciudad de Salamanca.
En lo poco que va expuesto hay varios yerros y entuertos que enderezaremos más adelante, pero vamos a completar, primero, y de manera sucinta, el resto de su trayectoria vital —que a quienes interese, podrán conocer de manera más amplia, en alguna de sus muchas biografías, con la precaución necesaria, eso sí, según las correcciones a que acabamos de obligarnos—
Ordenado sacerdote cuando la conquista de México estaba aún reciente, fue uno de los primeros frailes dominicos que llegaron a la Nueva España, en 1536, dirigiéndose hacia la región de Oaxaca, donde la orden ya contaba con un convento. Una vez establecida su residencia en la ciudad, inició la tarea evangelizadora predicando por los pueblos la doctrina cristiana. A la limitante inicial que suponía el desconocimiento de los idiomas indígenas, supo poner remedio con prontitud no tardando en aprender la lengua zapoteca idioma en el que llegó a publicar un catecismo.
Hacia 1556, fray Bartolomé de las Casas, obispo de Chiapas, se presentó en la corte del emperador Carlos V para defender la causa indígena frente los abusos de los conquistadores. Aprovechando esta audiencia recomendó a Albuquerque, quien también se había destacado en la protección de la población nativa, para ocupar el cargo de obispo de Oaxaca. Convencido el emperador lo presentó a la Santa Sede, siendo nombrado segundo obispo de Oaxaca en 1562, ministerio que desempeñaría hasta 1579.
Lejos de acomodarse a las prebendas y comodidades que el cargo le brindaba, nada más tomar posesión de su diócesis, donó su casa obispal, con la autorización del papa Gregorio XIII, para la fundación de un convento de monjas dominicas que acabaría convirtiéndose en el emblemático convento de Santa Catalina de Siena, proyecto al que dedicó los últimos días de vida.
SIGLO XVI


“En la gran ciudad de México de la Nueva España, a catorce días del mes de agosto de mil e quinientos e cincuenta e nueve años, ante el Ilustrísimo Señor don Luis de Velasco, visorrey, gobernador y capitán general por su Majestad. En esta Nueva España, y presidente de la audiencia Real que en ella reside, e por presencia de mí, Antonio de Turcios, escribano mayor de la dicha real audiencia, gobernador de esta Nueva España, pareció Fray Bernardo de Alburquerque, de la orden de Santo Domingo, electo obispo de la iglesia catedral de la ciudad de Antequera del valle de Guaxaca, e presentó una petición e un interrogatorio con ciertas preguntas ,por dónde pidió que se examinen los testigos que en este caso hubiere de presentar su tenor, de la cual petición e interrogatorio es este que se sigue:
Fray Bernardo de Alburquerque, de la orden del señor Santo Domingo, natural de la villa de Alburquerque, hijo de Pedro Alonso Holgado y de María [Alonso] Bejarana, dijo que a la majestad real del Rey don Felipe, nuestro señor, ha sido servido de me presentar al obispado de la ciudad de Antequera, del Valle de Guaxaca, que vacó por fin y muerte de don Juan de Zárate, primer obispo del dicho obispado, e por servir a dicho mío señor y cumplir lo que me es encargado, yo he aceptado, como por la presente acepto, el dicho obispado y conviene enviar ante su majestad y los señores de su real Consejo de Indias información del tiempo que estoy en la religión y de mi vida, costumbres e linaje, para que se envíe a Roma y conste de ello a mi muy Santo Padre y despachen las bulas del dicho obispado”.
Y ahora a por los hierros y entuertos. Efectivamente, como algunos biógrafos apuntan, sus padres, eran de noble cuna, hijosdalgo, por más señas y, ¡oh sorpresa¡ no de Alburquerque, sino de la vecina villa de Arroyo de Puerco (Arroyo de la Luz), que abandonaron para avecindarse en la nuestra unos pocos años antes de que naciera Fray Bernardo, en torno a 1509 y no 1500, lo que deducimos por la edad —unos 50 años—, que varios de los testigos presentes en el interrogatorio coinciden en adjudicarle al responder a tal pregunta. Tal nacimiento, por otra parte, rebajaría su longevidad hasta los 70 años, pareciéndonos 79 demasiados para la época y vicisitudes por las que debió pasar. De padres arroyanos, pues, pero Bernardo, de Alburquerque.
Y, por supuesto, ni nuestro protagonista desconocía a sus progenitores, ni la carencia de medios le hizo abandonar Alcalá de Henares. Todo lo contrario. En el documento que citamos, y del que mostramos su primera página, compuesto principalmente por testimonios de testigos sobre méritos, servicios, vida, costumbres y naturaleza de Fray Bernardo, se hace alusión a como en repetidas ocasiones D. Pedro, su padre, compartía con sus vecinos la noticia de tener un hijo en Salamanca. Es evidente que no fue la falta de medios la razón de su prematura partida de Alcalá, debiendo centrar los motivos en su anhelo de abrazar cuanto antes la vida religiosa. Y en lo referente al toponímico que acompaña a su nombre era esta costumbre muy difundida entre religiosos, militares y nobles —Fray Hernando de Talavera, Juan de Arce o de Alburquerque…— como homenaje o identificación al lugar de su naturaleza, por lo que hay que descartar supuestos ocultamientos de linaje o, en el extremo, casi opuesto, adopción por su condición de expósito.
Finalmente hemos de sumarnos aquí a la corriente minoritaria que postula a Felipe II, en lugar de Carlos V, como el monarca que lo presenta a la Santa Sede para su nombramiento como obispo, por dos razones: la primera porque el reinado del Segundo de los Felipe había comenzado el 16 de enero de 1556 por abdicación de su padre, y la segunda porque el propio Fray Bernardo así lo reconoce: “… que a la majestad real del Rey don Felipe, nuestro señor, ha sido servido de me presentar al obispado de la ciudad de Antequera, del Valle de Guaxaca…”

Este día se despachó un privilegio de armas para Juan Ruiz de Alburquerque, conquistador de la provincia del Perú, en que había un escudo hecho dos partes: en la primera alta, un ave fénix en campo de oro, y en la otra parte baja, un león de oro en campo azul, y por orla ocho granadas de oro con unas ramas de verdes en campo colorado, y por timbre un yelmo cerrado y encima del un rollo torcido de colorado y oro, y por divisa la dicha ave fénix con sus dependencias y follajes de azul y oro. Firmado de la emperatriz Nuestra Señora y refrendado de su mano y firmado de Beltrán y Aguirre Velázquez.
Doña Ysabel, por la gracia de
Dios, emperatriz y reina de las
Españas, de las dos Sicilias…

…Una estancia llena de oro. Hasta donde alcance mi mano. Por mi vida …
La primera vez que escuché esta angustiosa promesa, por boca de don Antonio, mi maestro de historia y geografía, tenía 11 años y me pareció un cuento, tanto fue así que, acabada la clase, me acerqué a su mesa y le pregunté si aquello había pasado de verdad. Viendo mi interés se levantó, cerró la puerta de la clase, me hizo sentar a su lado, no enfrente, y me contó la historia entera. Traspasaron de tal modo aquellas gestas mis infantiles pensamientos que Salgari y sus corsarios empezaron a parecerme poca cosa, el Cachorro, de García Iranzo, un grumete de agua dulce y el del trueno y el antifaz justicieros de segunda. Y un irrefrenable deseo de haber podido ser testigo directo de lo que don Antonio me contó —ahora sé que ahorrándose algunos detalles— empezó a apoderarse de mi voluntad, ávida de ver, saber y sentir, ignorante entonces de que alguien que, no solo estuvo allí, sino que formó parte destacada de la historia, nos la dejó por escrito, casi al alcance, literal, de nuestra mano, tan próximo a nosotros, tan de Alburquerque, tan olvidado.
Efectivamente, en ninguna de las muchas relaciones de conquista de las Indias que la epopeya inspiró se hace mención a la figura de don Juan Ruiz de Arce. Sin embargo, como si nuestro ilustre paisano barruntase tal agravio y para poner remedio a la desmemoria de los siglos, entre singladuras y batallas, fue capaz de encontrar el solaz necesario para, cambiando trastes de matar por bártulos de escritura, tomar nota de todo cuanto le causó asombro, fatiga y gloria.
Entra Atabalica en la plaza con tanto poderío, que era cosa de ver. En medio de la plaza se paró. Como el Gobernador vio aquello, envióle un fraile, para que llegase más adelante a hablar con el Gobernador, porque se saliese más de la gente. El fraile fue y le dijo estas palabras: …
Sería don Antonio del Solar y Taboada, marqués de Cidoncha, quien, en 1933, rescatara y diese luz al inédito, hasta entonces, manuscrito —diario de conquista— elaborado por Ruiz de Arce. Así se lamentaba, tras su excepcional hallazgo, del desprecio y el olvido por lo propio:
“El polvo de los siglos, cayó sobre su nombre en tal forma, que, en su pueblo natal, sin duda uno de sus amores, la generación actual no tiene ya de él noticia; ni buscando viejos papeles en los archivos generales y particulares hemos encontrado casi estela de su paso por el mundo”
Tal como hizo el marqués, y sirviéndonos de su trabajo, entremos nosotros ahora en el relato de Juan Ruiz de Alburquerque para levantar el polvo de los siglos: que su nombre y gesta ocupen en nuestra memoria y corazón el lugar que merecen.
Para empezar, diremos que la crónica de Ruiz de Arce no tiene título autorizado, pero él mismo se refiere a ella como Memoria, y así la llamaremos nosotros. Se trata de una relación de sus servicios en Indias, durante la década de 1525 a 1535, y que escribiría en torno a 1543 (Eva Stoll, “La Memoria de Jun Ruiz de Arce”, cuyo esclarecedor trabajo recomendamos vivamente.)
Añadiremos también que la supervivencia del documento se debe, en gran medida, a su tataranieto, Juan Ruiz de Arce y Sandoval quien, en 1664, sacó una copia del manuscrito original cumpliendo así con el ruego de su antepasado de mantenerlo «continuamente nuevo».
Finalmente, de sucesor en sucesor, acabó llegando a manos de uno de sus descendiente del siglo XX, el segedano Antonio de Salazar y Fernández, cuya familia lo custodia actualmente, salvándose así de la pérdida a la que se enfrentaron tantos otros papeles de nuestro archivo.
Juan Ruiz de Arce, llamado también Ruiz de Alburquerque, por la villa de su naturaleza y vecindad, nació hacia 1507, según lo declaró él mismo ante el zalmedina y juez de Zaragoza, doctor Micer Miguel de Anchías, en aquella ciudad, el día 19 de octubre de 1542.
Fue su padre don Martin Ruiz de Arce, quien sirvió en las guerras de Navarra, Portugal y Granada, y su abuelo, natural de Santander, noble hijodalgo de sangre y poseedor, por blasón de su baronía, del antiquísimo linaje montañés de Arce, muerto en la batalla que se dio al rey don Alonso V de Portugal, entre Toro y Zamora en 1525.
Ya huérfano, contando solo con 18 años de edad, sale Ruiz de Arce de su patria natal para embarcarse en Sevilla hacia su ventura y aventura americana. Sus primeros destinos lo sitúan en las Isla de Santo Domingo y Jamaica y en Honduras, donde el mal tiempo y diversas escaramuzas con los indios lo retienen y privan de empresas mayores.
Tras fallecer el gobernador Diego López de Salcedo, junto con ochenta hombres, consiguen abandonar las costas hondureñas para iniciar un nuevo deambular entre islas y puertos, casi desconocidos, del que son recatados por el mal afamado Pedrarias Dávila, gobernador de la región que hoy correspondería a Nicaragua.
Allí, precisamente, tomaría nuestro héroe conocimiento de la empresa de Francisco Pizarro, y, con catorce compañeros, decide unirse a la leva que Hernando de Soto había estado reclutando para reforzar al trujillano, bajo las órdenes, todos, del gobernador Pedrarias. Tras recorrer en ocho días las 400 leguas que separan las costas nicaragüenses de la bahía de San Mateo, y con grandes penalidades que les obligan, incluso, a comerse sus caballos, encuentran a Pizarro y lo que quedaba de su gente; ni doscientos, y muy enfermos, de los 600 hombres que partieron. Eran las tierras de la reina Achira —en la zona norte de la costa del actual Ecuador y próximo a la frontera con Colombia— y 1532 el año.
Si Hernán Cortés encontró un país dividido y agotado por las guerras ente mexicas y tlaxcaltecas, en un intento de los primeros por someter al resto de los pueblos bajo una única autoridad, también Pizarro contó con el favorecedor escenario de un confrontamiento civil, en este caso por razones sucesorias entre Huascar y Atahualpa, pero igual de propicio para los intereses del conquistador, quien contaría también con el apoyo de uno de los bandos: las tropas huasqueñas.
Año 1533, agosto, Jauja; septiembre, Vilcaushamán; octubre, Vilcaconga; noviembre, Anta y la celada de Cajamarca, donde Atahualpa es apresado por los hombres de Pizarro, y, finalmente, Cuzco, la capital, en cuya toma también participará el de Alburquerque acompañando a Hernando de Soto.
Testigo privilegiado del apresamiento del líder inca, no en vano formaba parte de la embajada previa a su captura, nos relata en su Memoria el encuentro con Atahualpa, la promesa de una habitación llena de oro a cambio de su libertad y la decepción que le produjo el luctuoso desenlace al afirmar que: “este cumplió muy como señor, aunque no se hizo con él como era razón.»
Dice así nuestro ilustre conquistador:
“…Entra Atabalica en la plaza con tanto poderío, que era cosa de ver. En medio de la plaza se paró. Como el Gobernador vio aquello, envióle un fraile, para que llegase más adelante a hablar con el Gobernador, porque se saliese más de la gente. El fraile fue y le dijo estas palabras:
—Atabalica: el Gobernador te está esperando para cenar y te ruega que vayas, porque no cenará sin ti.
El respondió:
—Habéisme robado la tierra por donde habéis venido y ahora estame esperando para cenar. No he de pasar de aquí si no me traéis todo el oro y plata y esclavos y ropa que me traéis y tenéis, y no lo trayendo téngoos de matar a todos.
Entonces le respondió el fraile y le dijo:
—Mira, Atabalica, que no manda Dios eso, sino que nos amemos a nosotros.
Entonces le preguntó Atabalica:
—¿Quién es ese Dios?
El fraile le dijo:
— El que te hizo a ti y a todos nosotros. Y esto que te digo lo dejó aquí, escrito en esté libro.
Entonces le pidió Atabalica el libro y el fraile se lo dio. Y como Atabalica vio el libro, arrojólo por ahí, burlándose del fraile. Tomó su libro el fraile y volvió llorando y llamando a Dios donde el Gobernador estaba.
De sus descripciones de arquitectura indígena podemos señalar la que hace de la casa fuerte de Túmbez, con sus pinturas, y el jardín con su fuente ingeniosa, obra del arquitecto Gutima, la descripción de la casa de placer de Atahualpa, en Cajamarca, llena de sus suntuosos aposentos y estanques con corrientes de agua fría y caliente, y la sobrecogedora pintura con la que retrata Cuzco, donde había tantos tesoros acumulados que hasta sus tejados tenían planchas de oro:
“…Allí, en el Cuzco, tienen un monasterio, donde todos los señores se entierran. Allí están muchas hijas de señores, retraídas. La costumbre que tienen es ésta: cada una tiene su celda y sus mujeres de servicio. En el medio del monasterio está un patio grande; en el medio del patio está una fuente y junto a la fuente está un escaño. Este escaño era de oro, pesó dieciocho mil castellanos. Junto al escaño estaba un ídolo. A mediodía quitaban el cobertor que tenía el escaño, llevaba cada monja un plato de maíz y otro de carne y un jarro de vino, y ofrecíanlo al ídolo…”
Relataba el conquistador las diferencias de las tribus en el vestir, peinados, pelo, etc., y nos refería como “…cada una tiene su idioma particular y uno general, que procuraban todos aprender, para entenderse, que era el de Guainacava, el padre de Atahualpa…”
En cuanto a los tesoros que se hallaron en el monasterio-panteón Real del Cuzco, después de la fundición, “… le correspondió al Emperador un millón de pesos, habiendo muchos conquistadores que de esta y de la otra percibieron cuarenta mil castellanos; otros, treinta, veinte, quince y algunos nos diez por lo menos…”
Y poco antes de separarse en Cuzco, Pizarro, para irse a Jauja y los setenta conquistadores que con Ruiz de Arce regresaron a España, habla de otra fundición, consecuencia de la cual “…su grupo trajo cada una cuarenta mil; otros, treinta mil, y otros, veinticinco mil castellanos…”
En 1535, remontando el Guadalquivir, regresa Juan Ruiz, a su patria. Enterados de la expedición que Carlos V prepara contra Barbarroja para socorrer al rey de Tunez, los 60 conquistadores que le acompañan se desprende de los 800.000 ducados que traían a petición del emperador, quien, a cambio les reconocerá rentas perpetuas. Ese mismo año Isabel, la emperatriz, regente por hallarse Carlos en la Jornada de Túnez concedería a nuestro conquistador el escudo de los Arce.

Este día se despachó un privilegio de armas para Juan Ruiz de Alburquerque, conquistador de la provincia del Perú, en que había un escudo hecho dos partes: en la primera alta, un ave fénix en campo de oro, y en la otra parte baja, un león de oro en campo azul, y por orla ocho granadas de oro con unas ramas de verdes en campo colorado, y por timbre un yelmo cerrado y encima del un rollo torcido de colorado y oro, y por divisa la dicha ave fénix con sus dependencias y follajes de azul y oro. Firmado de la emperatriz Nuestra Señora y refrendado de su mano y firmado de Beltrán y Aguirre Velázquez.
Doña Ysabel por la gracia de Dios emperatriz y reina de la Españas, de las dos Sicilias…
Ya asentado en Alburquerque, la historia vuelve a bridarle una ocasión para demostrar su lealtad a la corona cuando Carlos de Gante, retirado en Yuste, vuelve a necesitar de sus fieles para combatir con Francia. Abandona Arce las holganzas y comodidades del hogar y se presenta, el día 24 de septiembre de 1542, ante don Alonso Pérez, su alcalde ordinario, por el duque don Beltrán de la Cueva, y como tal caballero y hombre hijodalgo, se ofrece con su persona, armas y caballo, más otras dos lanzas que portan sus sobrinos, don Diego y don Francisco Ruiz de Arce, hijos de su hermano Luis, firmándose el acta con testigos y autorizada por el escribano Gonzalo Hernández.
Es en ese viaje, al llegar a Zaragoza, cuando Ruiz de Arce se declara ante el juez y zalmedina de la ciudad, doctor Micer Miguel de Anchías y su notario, Juan de la Maza, «caballero natural, vecino y morador de la villa de Alburquerque”, al hacer constar su concurrencia para la guerra al llamamiento del Emperador, en un acta y testimonio que se firmó el 19 de octubre de 1542
El premio a su empresa, o producto de ella, fueron los seiscientos ducados de renta, de juros perpetuos situados en las alcabalas de Se villa y de Jerez de los Caballeros, que el Emperador le reconoció, como consecuencia de su préstamo, para la empresa de Túnez, dándole la Emperatriz licencia para vincularlos en forma de mayorazgo, que hizo en cabeza de su hijo Gonzalo Ruiz de Arce, para sí y sus descendientes, a quienes encarga y manda el servicio del Rey, corno había servido él, su padre y abuelos.
Como cotilleo final, en un documento de información genealógica de su bisnieto, Gonzalo Ruiz de Arce, se dan curiosos detalles por testigos que frecuentaban su casa en Alburquerque, afirmando que:
“…Juan Ruiz de Arce, a su regreso del Perú, tenía doce escuderos que le servían a la mesa y además muchos criados, pajes, lacayos, negros y esclavos; armería y gran vajilla de plata y oro; muchas mujeres a su servicio y los cántaros que enviaba a la fuente todos eran de plata de mucho valor; cuando salía de caza o a otras partes, llevaba mu ha gente a caballo, lo principal de la villa, y sus escuderos y criados. Tenía montería de perros, volatería de caza y azores, caballos, papagayos…”
Uno de los testigos de dicha información, doña María González, mujer de don Manuel Rodríguez Tocino, vecina de Alburquerque, continúa de este modo:
“que el conquistador Juan Ruiz de Arce, fue preso por unos cintarazos que había dado al Alguacil mayor de la villa, y queriéndole poner en libertad la Justicia de ella, no quiso ser suelto, ni aun por el empeño del Duque, hasta que envió a su sobrino a los Estados de Flandes, donde estaba el Emperador y de él trajo el «duelo» particular para ser libertado…”
El pasaje citado ilustra con claridad el carácter de nuestro compatriota y el estatus privilegiado que logró consolidar en la corte; una posición derivada, indiscutiblemente, de su gesta en América y de su presteza para respaldar los intereses del emperador, tanto con su patrimonio como por la vía de las armas».
Cuando vivió en Badajoz, hecho contrastado, no pagaba pechos ni tributos por su calidad de hidalgo. Casado con María Gutiérrez, murió retirado en Alburquerque hacia 1570.A su muerte vistió y dio luto a veinticuatro personas y a todos sus criados y escuderos.



Separadas sus cunas apenas unas leguas y compartiendo nombre y apellido, se repartieron Lobón y Alburquerque la gloria de los Pedro de Alvarado; quedose el primero con el lustre de la toma por las armas y nosotros con el brillo que desprende el buen gobierno.

Relación de Méritos y servicios de Pedro de Alvarado, natural de Alburquerque, alcalde de sacas y cosas vedadas, juez de difuntos y casados de San Salvador y San Miguel.
Archivo General de Indias. INDIFERENTE,161, N.513
Pide la alcaldía mayor de las minas de Guasucarán y tiene decreto particular para ser consultado en este oficio.
“…Por información hecha en ocho de este mes de mayo ante el licenciado don Joaquín de Chávez y Mendoza, alcalde de Casa y Corte, con seis testigos, algunos de ellos caballeros portugueses y los demás extremeños, consta que es natural de la villa de Alburquerque y que en las provincias de Comayagua, Nicaragua, y ciudades de San Salvador y San Miguel, sirvió de juez de difuntos y casados que estaban ausentes de sus mujeres, y de los que contravenían a lo mandado por su majestad en hacer incitación con los indios. Y que en los reinos en Extremadura, en sierra de Gata, obispado de Coria y maestrazgo de Alcántara, fue alcalde de sacas y cosas veladas, de que dio muy buena cuenta, y de lo que presenta el título original. Y que Francisco de Alvarado, su padre legítimo, firmó al rey don Manuel de Portugal de capitán de infantería en la conquista de África y cabo de Gué [de Aguer], donde lo cautivaron, y al cabo de más de tres años fue rescatado a su propia costa, y después, habiendo vuelto a Portugal, sirvió de cabo de cuatro galeras en el cabo de San Vicente, y que cuando aquella corona se agregó a esta de Castilla, vino a esta corte a pedir un hábito donde murió sin habérsele hecho merced de él, y que su abuelo, García de Alvarado, comendador que fue del Montijo, de la orden de Santiago, sirvió en cosas de mucha importancia, y que Antonio de Alvarado, su tío, se halló así mismo en la dicha conquista de cabo de Gué, siendo capitán de caballos y allí murió peleando, y que es sobrino del adelantado don Pedro de Alvarado, que en compañía de Hernando Cortés conquistó la Nueva España y la provincia de Honduras y la pobló, y cuñado del licenciado Pedro Navarro, marido de doña María de Alvarado, su hermana, que sirvió más de treinta y cuatro años de relator de la Audiencia de Guatemala y murió sin premio alguno y sin dejar hacienda (respecto de su rectitud) ni hijos, ni otro que le sucediese en su servicios, y que es primo de doña Catalina de Alvarado, mujer de Juan de Ariza, secretario del Consejo de Estado, y que él y todos sus pasados han sido siempre tenidos y reputados por caballeros hijosdalgo…”
“…Y que Francisco de Alvarado, su padre legítimo, firmó al rey don Manuel de Portugal de capitán de infantería en la conquista de África y cabo de Gué [de Aguer], donde lo cautivaron…”
“Y que Antonio de Alvarado, su tío, se halló así mismo en la dicha conquista de cabo de Gué, siendo capitán de caballos y allí murió peleando…”
Año 1505, Joao López de Sequeira, aventurero y comerciante portugués, aprovechando la cercanía del mercado bereber de Souk el-Arba, establece un pequeño fuerte y factoría en el lugar conocido como Santa Cruz do Cabo de Gué bajo la protección d’ O Venturoso rey Don Manuel.Su situación privilegiada para el comercio de esclavos y mercancías hace que el monarca ponga sus ojos en ella, adquiriéndola y asumiendo directamente su administración en 1513. Sin embargo, lo que resultaba apetecible para la Corona portuguesa también lo fue para el sultán saadí Muhammad al-Shaykh, quien terminaría arrebatándosela a los lusos en 1541, tras décadas de tensiones y escaramuzas. —La moderna de Agadir nació sobre las ruinas de aquella fortaleza—. Es en este escenario y momento, durante la jornada de Santa Cruz do Cabo, donde debemos situar a los hermanos, D. Francisco y D. Antonio cautivo uno, muerto el otro.
“…Y después, habiendo vuelto a Portugal, sirvió de cabo de cuatro galeras en el cabo de San Vicente, y que cuando aquella corona se agregó a esta de Castilla, vino a esta corte a pedir un hábito donde murió sin habérsele hecho merced de él…”
12 de noviembre de 1543. El futuro Felipe II y la infanta María Manuela de Portugal, su prima hermana, contraen matrimonio en un intento de alcanzar la perseguida unión peninsular. No quiso Dios, sin embargo, y sus secretos juicios, la unión de cristianísimos reinos, desbaratando al poco tiempo el matrimonio, al llevarse a doña María Manuela tras un complicado parto. Era el 12 de julio de 1545. A este breve periodo hace referencia la crónica cuando afirma que aquella corona se agregó a esta de Castilla. Una unión más deseada que real. Y en el cabo de San Vicente, en labores de patrullaje, volvemos a encontramos a don Antonio al frente de cuatro galeras.
“…Y que su abuelo, García de Alvarado, comendador que fue del Montijo, de la orden de Santiago, sirvió en cosas de mucha importancia…”
En el Convento de San Agustín, hoy parroquial de Santa María la Real, en Badajoz, gozaron los Alvarado de la Capilla de Nuestra Señora de Gracia, que fundó el comendador del Montijo, García de Alvarado junto a su primera mujer, doña Beatriz de Tordoya, para sí y sus descendientes. Los escudos de sus armas —cinco lises, dos en pal y tres en punta, y el franco cuartel grande, y en él cuatro fajas ondeadas— aparecen en la reja y flanqueando a derecha e izquierda el retablo que se ubica en el altar. Por bordura esta inscripción: «Aquí yace el yllustre cavallero García de Alvarado, comendador que fue del Montijo y su hijo, que murió a primero de Agosto Año de 1520”.
“Pide la alcaldía mayor de las minas de Guasucarán y tiene decreto particular para ser consultado en este oficio…”
“…Consta que es natural de la villa de Alburquerque y que en las provincias de Comayagua, Nicaragua, y ciudades de San Salvador y San Miguel, sirvió de juez de difuntos y casados que estaban ausentes de sus mujeres, y de los que contravenían a lo mandado por su majestad en hacer incitación con los indios…”
Tuvo San Salvador dos fundaciones, la primera en abril 1525, ordenada por el adelantado Pedro de Alvarado tras la conquista del Señorío de Cuzcatlán, y materializada por su hermano, Gonzalo de Alvarado. Sin embargo, fue un asentamiento efímero, que tuvo que ser abandonado al año siguiente debido a una fuerte rebelión indígena. La refundación definitiva (1528), correspondió al el capitán Diego de Alvarado —primo de Pedro—, que logró pacificar la zona y refundar la villa de San Salvador de forma definitiva en el valle de La Bermuda.
En cuanto a San Miguel de la Frontera, nació como un bastión militar estratégico, fundado por tropas al mando del capitán segedano Luis de Moscoso, el 8 de mayo de 1530. Pedro de Alvarado lo envió con unos 120 soldados para asegurar el control de este territorio oriental.
Hecha la conquista y fundación por su tíos, es nombrado nuestro Pedro “juez de difuntos y casados que estaban ausentes de sus mujeres” en torno a 1550. Bajo este llamativo título se constituía una de las instituciones más singulares y rigurosas de la burocracia colonial española. Esta magistratura, civil y judicial, se dividía en dos funciones orientadas a proteger la cohesión social y el patrimonio de la Corona. Vamos a verlas:
Muchos de los hombres que pasaban a Indias prometían enviar a buscar a sus esposas, pero al encontrar fortuna —o lo contrario— se asentaban de forma indefinida, dejando a sus familias desamparadas en la Península. El juez tenía la obligación de localizar, multar y, si era necesario, arrestar y deportar a quienes llevaran varios años viviendo en América sin sus legítimas esposas. En las demarcaciones mineras, como la codiciada Guasucarán, el celo institucional era aún más estrecho; se pretendía garantizar que las fortunas retornaran a la Península y se consolidaran en núcleos familiares estables. A mayores caudales repatriados, mayor premio para el regidor que así lo obrase. Esto explica que don Pedro, valiéndose del ascendiente de sus tíos ante la Corte, se hubiese procurado los mejores valimientos y cartas de favor para asegurarse el cargo.
Cuando un español fallecía en las Indias sin testamento, o sus herederos residían en España, el juez de difuntos intervenía confiscando e inventariando minuciosamente todas sus posesiones. Posteriormente, se subastaban en pública almoneda en la plaza de la ciudad. El dinero obtenido de la subasta, tras deducir los impuestos reales y los costes del entierro, se enviaba a la Casa de la Contratación de Sevilla para que sus familiares legítimos en la península pudieran reclamarlo.

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