JOSÉ NARCISO ROBLES ORANTOS
Ytem mando que cuando la voluntad de Dios Nuestro Señor fueses servida de llevarme de esta presente vida a la eterna, mi cuerpo, hecho cadáver, sea sepultado en el convento de religiosos de Nuestro Padre San Francisco, en la capilla del Sr San José, como patrono que soy de dicha capilla en la sepultura que queda al lado de la epístola del altar mayor en ella.
Durante meses, desde que descubrí el testamento en el Archivo Histórico Provincial de Badajoz, en la sección de protocolos notariales, he dispuesto de tal información, sin que, por algún motivo que se me escapa, quizás por estar más centrado en contar su historia que en buscar sus restos, me decidiese a seguir las claras indicaciones contenidas en este Ytem, uno de los muchos que recogen las últimas voluntades de nuestro ilustre y desconocido antepasado. Pero, una vez narrada su ventura y aventura americana, y su vinculación con Alburquerque, alfa y omega de su trayectoria vital, apareció, como un destello, la necesidad de prestar atención a este exhorto que, rebosante de evidencias, pareciese estar diciendo:
—¡Venid a por mí, encontradme, aquí es donde reposo!
Y a pesar de haber tenido múltiples ocasiones de seguir tan sencillas e inequívocas instrucciones in situ, decidió el deseo, imperioso, inundarme encontrándome alejado de la villa. Y una vez que entró en mi cuerpo ya no hubo forma de esperar hasta la próxima visita.
…en la capilla del Sr San José, como patrono que soy de dicha capilla en la sepultura que queda al lado de la epístola del altar mayor en ella…
—Francis, tú que estás allí, cuando tengas ocasión, tienes que buscar restos o indicios de antiguos enterramientos en el muro lateral de la nave que queda a la derecha, según se entra al templo. —Así me dirigí a quien habría de ser mis piernas y mis ojos en el campo de trabajo: yo daba instrucciones, él las ejecutaba sobre el terreno—.
Sin embargo, tal instrucción contenía dos graves yerros: uno de ignorancia, el otro de ortodoxia. Del primero nos sacó Salustiano, persona sensible al arte y al patrimonio, capaz de empaparse de la sabiduría que emana del entorno, cuando se mira este con interés y pasión, y de la tradición oral, a la que ha sabido otorgarle el valor que merece y encontrarle en su interior el acomodo necesario, convirtiéndose así en un eslabón más de esa denostada cadena de transmisión del saber.
— Las orientaciones que se facilitan dentro de un templo se hacen desde el altar hacia los fieles y no al contrario; Francis, por tanto, tienes que mirar en el muro contrario al que lo estás haciendo —nos ilustró, durante la coincidencia de ambos en el templo el día del Corpus Christi—.
El segundo estuvo provocado por un intento de interpretar, paso a paso, las claras indicaciones de nuestro Brigadier (epístola, altar, evangelio…), quizás, como inercia del meticuloso proceso de análisis que pretendo en todos los trabajos, cuando lo sencillo, pues también lo expone con total claridad D. Juan Francisco, hubiese sido preguntar directamente por la más que conocida capilla de San José, y dejarse de orientaciones y muros evangelistas o epistolares, achaques, como digo, de un abordaje más racionalista que audaz e intuitivo.
En mi defensa diré que, a diferencia de la adyacente capilla de la Piedad, donde la familia de los Pizarro —una rama lateral del conquistador—, aparece perfectamente identificada en una loseta funeraria, en la de San José no existe la más mínima referencia al linaje que allí descansa, y también que, después de tanto tiempo —220 años— no esperábamos encontrar evidencias tan claras y manifiestas como las que más que más tarde acabaríamos descubriendo.
Buscábamos, en fin, añejos e interpretables restos, pero no el monumento funerario que, notorio y perfectamente conservado, —sin cartela, eso sí—, llevaba siglos inadvertido a nuestros ojos.
Lo que los paños esconden

Se encuentra Francis en la impoluta y conservada capilla de san José, tan notoria como muda, al menos en apariencia. Ni una placa, ni una lápida, ni una evidencia. ¿Qué buscamos? Un enterramiento en el suelo, en la pared, en una urna… Sabemos que estamos en el sitio correcto, pero ha pasado tanto tiempo, desamortización y guerras de por medio… Sin embargo, otra vez lo evidente, por evidente, se nos escapa. Basta con alejarse unos pasos para convertir en pétreo sarcófago lo que siempre hemos interpretado como pedestal de imagen.
No se aún que le impulsó a ello —ni yo se lo he preguntado, ni el me lo ha contado— pero, por algún motivo, con el cuidado y respeto que el lugar merece, Francis retiró los candelabros y cuadros que descansan bajo el santo y, al hacer lo propio con el blanco paño que ornamenta el pedestal, apareció ante sus ojos algo que nunca hubiésemos imaginado encontrar; intacto, virgen, ajeno al paso de los años y la mano de los hombres. Voy a mostrároslo, como si estuvieseis allí, después seguiré con el relato, cuya fascinación no ha hecho más que empezar.


Es más que evidente que el elemento original que cubría tal receptáculo debía de tratarse de una rica y esculpida losa de mármol, donde se irían añadiendo, según la Divina Voluntad, el registro de los que allí encontrarían eterno acomodo, para admiración de fieles y vecinos y regocijo de postreros historiadores y curiosos. Pero en algún momento, y por motivos que se nos escapan, aunque apuntaría el expolio entre los primeros de la lista, tal losa desaparece, sellándose la oquedad con un mortero de cal y humildes planchas de pizarra. Solo en el pequeño registro que hemos visto, se sustituye la sencilla bituminosa por un cuadrado marmóreo, insignificante reminiscencia de lo que un tiempo debió ser el remate de este pequeño mausoleo.
Y este mismo ¿expolio? que hemos descrito para la lauda de los Mestre debió repetirse con el resto de los sarcófagos que el templo alberga, porque, efectivamente, la nave está llena de ellos. Solo hacía falta encontrar uno para, por analogía, descubrir el resto. Y aquí continúa la fantasía y el asombro del relato prometidos. Bajo la Piedad, en la capilla adyacente, bajo San Antonio, bajo San Pedro… uno tras otro, cubiertos por impolutos y níveos paños que, con la misma consideración y reverencia que el primero fuimos retirando, aparecieron, en lo que parecían pedestales, innombrados sarcófagos, moradas eternas de desconocidas e importantes familias locales, donde, sin fantasear en exceso, aún deben descansar sus hidalgos, ilustres y señoriales restos.

Nada sabemos, aunque lo intuimos, como queda dicho, de los motivos de la desaparición de las losas funerarias, donde, esculpidas por manos diestras, aparecería meridianamente clara las sagas de quienes allí encontraron descanso; pero si cuando se produjo tan degradante recambio.
Y lo sabemos de una manera que no desmerece a la empresa que aquí se cuenta. Si en lugar de un sencillo dibujo, como se hizo en el sepulcro de los Pizarro, el maestro alarife, aprovechando aún la blandura de la pasta, hubiese registrado con la punta del paletín la fecha de su encargo en la de los Mestres, nos hallaríamos ante una indiscutible pero insulsa referencia de tal hecho, como en tantas chimeneas, muros y cumbreras han venido haciendo generaciones de albañiles.
Pero nosotros, a quienes tanto nos gusta el misterio y el reto que suponen completar el pentáculo del “qué”, del “cómo”, del “cuándo, del “dónde” y del “por qué”, hemos tenido la suerte de que nos tocase un albañil ilustrado, o al menos leído, y no, no dejó una simple fecha impresa en el revoque, nos dejó algo mucho mejor:


_________
PORTADA. Capilla de San José, en la iglesia de San Francisco.
Visitas: 31
