JOSÉ NARCISO ROBLES ORANTOS
Ytem mando que cuando la voluntad de Dios Nuestro Señor fueses servida de llevarme de esta presente vida a la eterna, mi cuerpo, hecho cadáver, sea sepultado en el convento de religiosos de Nuestro Padre San Francisco, en la capilla del Sr San José, como patrono que soy de dicha capilla en la sepultura que queda al lado de la epístola del altar mayor en ella.
Juan Francisco Mestre y Carrasco, Brigadier de los Reales Ejércitos de su Majestad, Capitán de ingenieros en Indias, Gobernador Militar de la plaza de Alburquerque y Coronel de sus ocho compañías de Milicias Urbanas se está muriendo. Apenas unos meses antes, en enero del presente año de 1806, Antonia, su hermana, en quien tanto apoyo había encontrado desde su llegada de Puerto Rico, principiando el siglo, se le ha adelantado en su carrera hacia la eternidad. El militar, consciente de la gravedad del mal que le aflige, se apresura a mandar recado al escribano con sus criadas, Juana, la Maya y Florencia Gallardo; son muchas las voluntades a ordenar, tantas como el legado a repartir, fruto de cinco décadas de carrera militar, la mitad en Indias, la mitad en España, todas al servicio de Su Majestad. Al poco rato, D. Jose Antonio Rol, dejando a un lado todo cuanto le ocupa se encamina, provisto de pluma, tinta y papel del sello cuarto, hacia la casa de su morada. A los bártulos de escritura ha añadido un inusitado interés que le está comiendo por dentro; no es cualquiera el que se muere.

Archivo General de Simancas
“…Yn Dey Nómini Amen. Sepan cuántos este público instrumento y postrimera voluntad vieren, como yo, el Brigadier de los Reales Ejércitos de Su Majestad, Director del Real Cuerpo de Ingenieros y Gobernador Militar de esta plaza de Alburquerque, marido y conjunta persona de doña María Teresa Balboa, hallándome como me hallo en las casas de mi habitación, calle de San Pedro de esta población, en cama, enfermo del cuerpo y sano de mi entendimiento y juicio natural, tal cual Dios Nuestro Señor fue servido y tuvo por bien de darme, creyendo, como firmemente y verdaderamente creo en el misterio de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas distintas y un solo Dios verdadero, y en todo lo demás que tiene, cree y confiesa nuestra Santa Madre la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, en cuya fe y creencia he vivido y protesto vivir y morir, y temiéndome de la muerte, que es cosa natural a toda criatura viviente, su hora incierta y dudosa, queriendo estar prevenido para cuando llegue este caso hago y ordeno este mi testamento en la forma y manera siguiente…”
Afirman sus biógrafos que nació en Alburquerque, hacia 1732, y acertando en lo primero, yerran por mucho en lo último, valiéndose de su hoja de servicio para calcular tal efeméride. Aseguraba, sin estarlo, en ella D. Francisco contar con 64 en los 96 años que iban del siglo. Con restar les ha bastado, pues, para lanzar el dato; pero no, vamos desde aquí a sacarlos de su ignorancia y al mismo tiempo a corregir el inicio de esta historia. Seréis vosotros, en absoluta primicia, os lo aseguro, quienes conozcáis la fecha exacta, sin flexibles preposiciones que todo lo aguantan.

“…En la villa de Alburquerque, a veinticuatro de diciembre de mil setecientos treinta se bautizó Juan Francisco Mestre y Carrasco, que nació a veintisiete de noviembre de este año…” Archivos diocesanos Mérida- Badajoz.
Hijo del teniente del Regimiento de Mallorca, agregado a la plaza de Alburquerque y capitán de llave en esta, Quirce Mestre, y de Ana Carrasco Rodríguez. Como tantos militares, acabó Quirce en estas tierras de frontera desde su Rosellón —o Perpiñán como otros documentos afirman— natal para, entre campaña y campaña, conquistar a la señorita Carrasco y casarse con ella. —Lía, según aparece en la partida, debe corresponderse con la actual Llivia, curioso pueblo gerundés rodeado, literalmente, de territorio galo que pudo conservar España por tener categoría de villa—
Tuvo el matrimonio una generosa y pareja descendencia; Antonio, Andrés, Francisco y Félix, Antonia, Catalina y María. Eligieron los primeros la carrera de las armas, a excepción de Antonio, quien tomo los votos en el convento descalzo de los padres franciscos, continuando el resto de hermanos la tradición militar de la saga, en un claro ejemplo del elevado destino de estas familias.
Fue Andrés (Alburquerque 10/06/1719 – Tucumán, Vrrº. de la Plata 1803) Mariscal de Campo de los Reales Ejércitos, Presidente de la Real Audiencia de Charcas y Gobernador de la Intendencia de Salta del Tucumán. A su llegada a Indias, en 1766, saneo la hacienda de la región modificando el impuesto de sisa que restaba un octavo de cada producto vendido de forma que el comprador pagaba el precio completo pero recibía una cantidad menor, quedando esa merma para el fisco. De este impuesto dependía el mantenimiento de los fuertes y la lucha contra las insurgencias de los indios, a los que se enfrentó, entre otras, a la promovida por el curaca – máxima autoridad étnica y política en los Andes– José Gabriel Condorcanqui Noguera, más conocido como Túpac Amaru II. A su gestión se debe la creación de un servicio postal, la mejora del hospital provincial y una cátedra de Filosofía. La hoja de servicios no quedaría completa sin citar sus campañas en Europa, principalmente en Italia España y Portugal, previas a su aventura americana
De Antonio, el fraile francisco, y su devenir nada más sabemos que lo dicho, dejémoslo entonces, ora et labora, en su apacible cenobio alejado de indios levantiscos, peligrosas singladuras allende los mares y males del siglo,
En cuanto a Félix, permitamos que él mismo nos dé razón de sus méritos y paradero. Así se dirigía a su majestad, Carlos IV, un 28 de marzo de 1789 solicitando permiso y medios para viajar a España por la muerte de su madre, Doña Teresa Balboa Duarte:
“…Don Félix Mestre, Teniente Coronel del Ejército y Capitán del regimiento fijo de Buenos Aires, hace presente a V.M. hallarse sirviendo en estos dominios desde el año 1765 que pasé de Teniente del de Mallorca, habiendo en este tiempo desempeñado encargos y comisiones que me han confiado mis superiores, y entre ellas, algunas de mucha gravedad y riesgo de la vida en las diferentes entradas que he hecho para contener las correrías de los Yndios Bravos. En todo es que he servido en la provincia de Tucumán, prefiriendo estás honrosas ocupaciones al impulso de la sangre y a las solicitudes con que mi difunta madre me instó repetidas veces para que, con real permiso, me trasladase temporalmente a España a fin de tener el consuelo de su última despedida, por no faltar a los deberes de mi obligación, imitando en ello a mis hermanos y ascendientes, que sirven y ha servido en la carrera de las armas. Y siendo indispensable arreglar algunas cosas que han quedado pendientes por muerte de mi madre y requieren mi asistencia personal para evitar discordias entre familias, suplico rendidamente a V.M. que en atención a los motivos que expongo, se digne concederme dos años de licencia, y que en primero de ellos pueda embarcar con mi familia, continuándose durante este tiempo los goces que disfruto, a fin de que con este auxilio pueda soportar los excesivos gastos de la navegación de ida y vuelta en que recibía Merced…”
Por lo que respecta a la rama femenina, Antonia, Catalina y María, pocos frutos se le conocen, ninguno a las dos primeras y de Antonia, fallecida en estado honesto (no conoció varón), que lo hizo un 6 de enero de 1806, en la casa de su habitación sita, a la sazón, en la calle de San Pedro. De su testamento —que también hemos localizado— se comprende que era dama distinguida, de piedad bien servida y mejor dotada de bienes; casas, oro, diamantes, esmeraldas y otras preciosidades de las Indias que, con generosidad y agradecimiento, repartió entre hermanos, cuñadas, sobrinos y sirvientes, a cada uno según su condición, aparecen relacionadas en el documento notarial. Entre las cláusulas que constituían la parte espiritual del instrumento hemos localizado una que dibuja, con la misma brevedad que precisión, la figura de Dña. Antonia:
“…Ytem mando se me despachen dos medias patentes que corran por la provincia de San Gabriel cuyo importe tengo en mi poder…”.
—En el contexto de un testamento antiguo español las medias patentes eran documentos oficiales, una especie de «carta de hermandad”, emitidos por las órdenes religiosas mediante los cuales se admitía a una persona como partícipe de los méritos espirituales de esa orden: sus misas, oraciones, ayunos, obras pías y demás sufragios. Al poseerla, el beneficiario participaba de todas las gracias e indulgencias que los frailes de esa orden ganaban con sus prácticas devotas, lo cual se consideraba de gran valor para la salvación del alma, especialmente en el Purgatorio. La patente entera otorgaba la participación plena, como si fuera un miembro de la orden, mientras que la media suponía una participación de menor grado, pero igualmente válida espiritualmente. Que la patente corriera por toda la provincia significaba que era reconocida y válida en todos los conventos de esa provincia, y que todos los frailes de ella quedarían obligados a incluir al difunto en sus oraciones y sufragios—.
En lo que dura este pequeño semblante de la familia Mestre, ha tenido tiempo nuestro escribano de llegar a la calle San Pedro. Vecina con la de su hermana Antonia, y también la de los Arce, tiene D. Juan Francisco la casa de su morada y en ella, recostado sobre cama con dosel, el veterano y cansado servidor de Su Majestad hace pasar al Sr. Rol Hernández quien, animoso y retórico —no en vano va a cobrar en función del número de palabras que contenga el instrumento— se dispone a escuchar y recoger su voluntad; es mucho lo que contar y escaso el tiempo para hacerlo.
Lo primero que llama la atención del extenso documento (Archivo Histórico Provincial de Badajoz, 1806. AHPB, en adelante) que vamos a utilizar como hilo conductor para reconstruir los pasajes más relevantes de su vida, es la renuncia expresa que, en sus postreros años, hace del ceremonial que por su condición de alto militar le correspondía:
“…Ytem también lo es, no se me hagan los honores militares que como Brigadier de los Reales Exercitos me corresponden…”
Y más abajo continúa:
“…Ytem es mi voluntad que mediante a que mi cuerpo ha de estar depositado en el convento para mi entierro, sin que sea conducido a él por mi cura castrense, quiero que esté con doce capellanes, me canten en su parroquia oficio de nueve lecciones y letanías y me digan tres misas cantadas, con secuencia, la primera, el día de mi entierro, otra, el día de mi oración —al día siguiente— y la otra el día de mi fin y cabo de año…”
También nos releva el manuscrito que, a la fecha de su redacción, a finales de agosto de 1806, cinco de sus hermanos, Antonio, Andrés, María, Antonia y Catalina, son ya difuntos, el sexto, Félix, será el único que le sobreviva a partir del 6 de septiembre de ese año, día en que nuestro ilustre vecino entregará su alma al Altísimo. Así, en uno de los numerosos Ytems en los que va desgranando su generosa voluntad, en lo tocante a repartir misas ruega:
“…Ytem por las almas de Fray Antonio, D. Andrés, Dña. María, Dña. Antonia y Dña. Catalina Mesteres, mis difuntos hermanos, cinco misas a cada uno…”
Una vez satisfecha la parte espiritual del testamento, encomendadas a Dios cuantas almas le fueron próximas a lo largo de su vida, dispuesto el ritual de su enterramiento, reconociéndose católico, apostólico y romano y creyente del misterio de la Santísima Trinidad, pasa D. Francisco a la parte material del instrumento. Refiriéndose a su esposa reconoce:
“…Declaro para el paso en que me hallo y como quien ha de dar cuentas a Dios, que todos los bienes existentes en Puerto Rico son propios de la referida Dña. María Teresa Balboa, mi mujer, por haberlos traído la expresada con calidad de dote a nuestro matrimonio…”
De ello se deduce que su matrimonio no quedó sujeto a Baylío, por renuncia expresa al fuero antes de contraerlo, o que se celebró fuera de Alburquerque. Asunto este no baladí para los que gozamos de tal singularidad y conocemos sus consecuencias. Y también que el paso a Indias, con 36 años, lo hizo acompañado de Dña. María Teresa y, posiblemente de una o dos de sus hijas. Se sabe que su único varón, D. Juan María de la Merced José Francisco, nació en Puerto Rico a 24 de septiembre de 1772. (AHN, Genealogías):

Escucha el Brigadier, entrecerrados los ojos, el rasgar de la pluma en un rincón, ufano y obediente el escribano a sus muchas palabras Este ras ras, y la suave penumbra que inunda la alcoba, abatidas las persianas de esparto en un intento de frenar la canícula agosteña, lo transportan lejos, muy lejos, en el tiempo y el espacio, a sus años de cadete y estudiante, a lugares que su padre bien conoce. Una a una, irán pasando delante suya las páginas de su juventud.
Mucho tiempo después, quienes se preocuparon por rescatarlo merecidamente del olvido lo contarán así:
Ingresó en el ejército con el grado de cadete (1 de diciembre de 1749), formando parte del Regimiento de Infantería de Mallorca —como su padre— donde fue ascendido a alférez (8 de marzo de 1753). Estudió en la Academia de Matemáticas de Barcelona hasta alcanzar el título de ingeniero delineador (enero de 1757). Su primer trabajo, con categoría de ayudante, consistió en la edificación de un arsenal en la ciudad de Cartagena (Murcia), construyendo varias baterías costeras y realizando un reconocimiento de la región, labor por la que fue ascendido a teniente e ingeniero extraordinario (22 de julio de 1760) y capitán e ingeniero ordinario (12 de julio de 1765). En septiembre de ese mismo año formaba parte de la Junta Consultiva de Fortificación y Defensa de Indias, celebrada en el Palacio de la Granja de San Ildefonso, en la que se aprobó el proyecto defensivo que, en el mes de mayo, había elaborado el mariscal de campo Alejandro O´Reilly, y el 15 de noviembre de 1765 recibía una Real Orden obligándole a desplazarse a Puerto Rico para trabajar en la construcción del sistema defensivo previsto en la capital. Embarcaría en la fragata de guerra El Águila, en el puerto de Ferrol, el 21 de enero de 1766.
También recuerda, con renovado anhelo, el trajín del puerto: disonantes voces que pugnan, con otras, por ser escuchadas, la brisa y la luz, tan diferentes a las de su infancia extremeña, olores nuevos, los mismos colores tornados distintos por el agua, uniformidad azul entre harapos de buscavidas portuarios pero, sobre todo, la imponente figura del navío de línea, que, meciéndose sobre la quieta bahía, apenas liberadas las velas de su arrío, le espera para llevarle a su aventura, y ventura, americana. A construir castillos lo manda el rey D. Carlos, el tercero de su nombre, y mucho sabe él de castillos; entre piedras, murallas y torreones del de Alburquerque, al que, capitán de llaves su padre, tuvo franco el paso, fue forjando el proyecto de su vida, ¡no ha de encontrar escenario mejor los infantiles sueños!
Y con tristeza el orgullo que hubiera sentido D. Quirce, difunto antes de tiempo, al conocer que sus tres hijos, a la par, prestarán al rey servicios en Indias: Andrés y Félix en el virreinato de Rio de la Plata, él en el de Nueva España; y el dolor, por encima de otras cosas, de su madre, Dña. Ana, desgaja la rama masculina de su tronco, repartido su servicio entre Dios y la corona.
“…En la villa de Alburquerque, a dieciocho días del mes de enero de mil setecientos sesenta y seis años, ante mí, el infrascrito escribano real y público y domiciliario de esta villa y ramo de guerra en esta plaza, y de los testigos que abajo se hará mención, fue presente Dña. Ana Carrasco, viuda de D. Quirce Mestre, capitán de llaves que fue de esta plaza, y dijo que D. Andrés Mestre, teniente coronel del regimiento de infantería América, D. Juan Francisco Mestre, capitán de ingenieros que va a Puerto Rico y D. Félix Mestre, teniente del regimiento de infantería de Murcia que va a Buenos Aires, todos tres sus hijos legítimos del dicho su difunto marido, han sido servidos para su precisa manutención y decencia [………] y calidad, el dicho D. Andrés trescientos reales de vellón, el dicho D. Francisco otra tanta cantidad y el referido D. Félix doscientos veinte reales de vellón mensuales, cuyas cantidades [………] ha de servir y cobrar según que se lo han mandado [………] sus hijos de la Tesorería General del Ejercito de Badajoz, y por cuanto no puede personalmente, por su estado, pasar a dicha ciudad al efectivo cobro de esas cantidades, desde luego y para cuando lleguen [……….] da todo su poder cumplido, el que de derecho sea necesario, más pueda y deba valer, a D. Bartolomé Bonilla y Donoso, regidor perpetuo de la ciudad de Badajoz, [……….] referidas cantidades mensuales por razón de los empleos que obtienen los referidos sus hijos, y de los maravedíes que cobrare pueda dar y dé los recibos a abonos que sean correspondiente en favor de la persona, o personas, por quien fueren satisfechos, con las cláusulas, fuerzas y firmezas, requisitos y circunstancias que fueren necesarias y tuviere por más convenientes expresado D. Bartolomé Bonilla…”
Superado el dolor que le supone la marcha de sus hijos, despedidas a las que nunca acabará de acostumbrarse a pesar de su condición de esposa, madre, y abuela de militares —Juan María, único descendiente masculino de nuestro protagonista es Capitán de Cazadores del regimiento de Barbastro— aparece la resignada fortaleza que precisa Dña. Ana, viuda y separada de varones por el servicio que prestan a la corona, para hacer valer en la metrópoli de los intereses de sus vástagos. La encontramos así en este otorgamiento de poder que, en nombre de sus hijos ausentes, concede a D. Bartolomé Bonilla y Donoso, Regidor perpetuo de la ciudad de Badajoz, para cobrar de la Tesorería General del Ejercito en dicha ciudad las cantidades asignadas a sus tres hijos, con las que sufragar los gastos que les supondrá la estancia en sus puestos de ultramar.
Este documento, que forma parte del protocolo de 1766 del escribano D. Pedro López de Acuña (Archivo Histórico Provincial de Badajoz. AHPB, en adelante. Alburquerque 1806) supone una interesantísima fuente que confirma el paso a Indias de los tres hermanos, así como los sueldos que le fueron asignados en su primer año de destino, dando por finalizada así la discrepancia que el asunto ha suscitado entre los eruditos. —“Ninguno de los autores que trataron la labor de este ingeniero en la ciudad de San Juan, mencionan el momento de su llegada a la isla, excepto el Diccionario Biográfico Español que la data en 1778”, afirmaba Nuria Hinarejos Martín en su trabajo “De Extremadura a Puerto Rico: ingenieros militares a ambos lados del Atlántico” y del que estamos extrayendo algunos de los datos biográficos ausentes de nuestros documentos—
A mediados del siglo XVIII destacó la presencia en la isla del ingeniero militar de origen extremeño D. Juan Francisco Mestre. Durante su estancia en Puerto Rico fue ascendido en varias ocasiones: teniente coronel (6 de julio de 1776), ingeniero segundo (25 de enero de 1778), coronel e ingeniero jefe (18 de julio de 1778) e ingeniero director (26 de noviembre de 1793), como consecuencia de su buena formación, excelentes dotes profesionales y su importante aportación al sistema defensivo de la isla. Su hoja de servicios militares —que hemos insertado al principio—permite conocer de primera mano información sobre su buen estado de salud, talento, buena formación teórica y práctica, excelente aptitud para el cuerpo, puntualidad y valor.
De este modo, lejano, aséptico, académico, continua Hinajeros describiéndonos la vida y obra de nuestro paisano, pero nosotros, que lo conocemos, que sabemos de sus afanes personales, del amor por los suyos, de sus debilidades y grandezas por haber compartido, separados por el tiempo un mismo espacio, no nos conformamos con la frialdad de unas fechas y destinos:
“…Ytem quiero igualmente que a Manuel Millán se le dé por una vez media onza de oro y le pido y encargo ha de estar siempre con mi mujer o con mis hijos…”
“…Y en atención al mucho cariño que le tengo a mi esclava Petrona Pineda, por haberla criado desde su tierna edad, es mi voluntad el dejarla como la dejo libre de su esclavitud para que por sí pueda contratar sin dependencia de persona alguna, para cuyo efecto me desapoderó del derecho de patronazgo que sobre ella tenía, y además quiero y es mi voluntad se le dé una onza de oro por una vez para que se haga un vestido y la pido me encomiende a Dios…”
Vuelven las imágenes, vívidas, a los ojos de nuestro Brigadier, ras ras de fondo, la pluma en el rincón. A pesar de que en los puertos ya los había visto en alguna ocasión nunca antes se había topado con tantos cuerpos negros, tintos, amembrillados, de pelos zedeños y encrespados, narices chatas y estatura de hasta dos varas. Entre las muchas cosas que le habían advertido a su llegada a la isla, recordaba claramente el consejo de que tomase a su servicio dos o más esclavos, y así lo hizo con la casi niña, por entonces, Petrona, y unos años más tarde con Tomás, de apenas12, y que acabaría generando en su corazón el mismo aprecio. A su muerte, Doña Teresa, quien lo había heredado como se hereda una casa, otorgaría su manumisión una año más tarde.
“…Sépase por quienes vieren esta pública carta como nos, Dña. María Teresa Balboa, viuda del brigadier de los ejércitos Don Juan Francisco Mestre, gobernador que fue de esta plaza, Dña. María del Pilar Mestre y Dña. Josefa Mestre, sus hijas, vecinas que somos de esta villa de Alburquerque, decimos que a la testamentaria del dicho Don Juan Francisco Mestre, nuestro esposo y padre respectivamente, corresponde un esclavo que se llama Tomás de Aquino, de color negro, nariz chata, grueso del cuerpo, alto de dos varas, edad como de treinta y dos años que hace como veinte años que lo compró dicho difunto señor en la ciudad de Puerto Rico de la Nueva España siendo bozal —sin bautizar— y después fue bautizado en dicha ciudad en el mes de enero de 1787, y por haberlo criado desde dicho tiempo y servido bien, hemos deliberado darle libertad a la sujeción y cautiverio en que está para que tenga efecto en la forma que más haya lugar en derecho y todo ello se lo donamos, cedemos y renunciamos y le damos poder irrevocable en su provecho y causa propia como se requiere para que trate y contrate, compre y venda, comparezca en juicio, otorgue escrituras y testamentos y haga todo cuanto una persona libre y no sujeta pudiera hacer usando en todo de su libre voluntad y nos obligamos a que nosotros ni nuestros herederos no la reclamaremos ni contradiremos en manera alguna; caso que lo hagamos por el mismo hecho no seamos oídos en juicio como no lo es quien ostenta derecho que no le pertenece, y sea vista haber aprobado y revalidado esta escritura, y añadiéndole fuerza a fuerza y contrato a contrato con todas las cláusulas y solemnidades necesarias para su firmeza pues aún con todo no sé remunera ni paga lo bien que nos ha servido y el haberse hecho Cristiano, acción digna de mayores agradecimientos que el que le mostramos en esta libertad…”
AHPB. Año 1807. Escribano José Antonio Rol Hernández.
Nos rebela el documento, al que hemos despojado de las redundantes fórmulas al uso, la manera legal de liberar a un esclavo, posesión que en España no fue abolida hasta bien entrado el siglo XIX (1837) debido, fundamentalmente, a la tardía incorporación de nuestro país al sistema esclavista a diferencia, por ejemplo, de Portugal e, Inglaterra.
Año 1766. Ciudad de San Juan Puerto Rico, en la isla del mismo nombre.
Se encuentra ya D. Juan Francisco instalado y a las órdenes de quien será su superior, el ingeniero irlandés, jefe de las Reales Obras de Fortificación, Tomás O´Daly. Con él compartirá esfuerzos hasta el fallecimiento de este, el 19 de enero de 1781, fecha en la que Mestre será nombrado sustituto y comandante de las obras de fortificación de la isla. Demos paso, de nuevo, a sus biógrafos. Serán ellos quienes nos cuenten la ingente labor que llevaría a cabo en tierra de Indias.

La situación de la bahía de San Juan estaba deteriorándose a lo largo del S. XVIII al disminuir notablemente la profundidad de sus aguas debido a los arrastres de tierras llevados por la lluvia. El 18 de agosto de 1783 incidía de nuevo sobre esta cuestión el ingeniero militar Juan Francisco Mestre, exponiendo al gobernador una serie de remedios proporcionados a esos daños producidos, sobre todo en la reparación del fondeadero. Consideraba que era necesario lograr un adecuado surgidero capaz de “contener una Escuadra en tiempo de guerra” y, como buen experto, indicaba algunos puntos básicos para solucionarlo. Estas obras, finalmente, adquirieron prioridad frente a los sistemas de defensa en los que, desde un principio y siguiendo la Real Voluntad se habían centrado los esfuerzos, pues se pensaba utilizar San Juan como un gran centro de acopio y de control naval del área.
Durante las casi tres décadas que permaneció en Puerto Rico, realizó varias reparaciones en la fortaleza de Santa Catalina, el castillo de San Felipe del Morro, los fuertes de El Cañuelo y San Jerónimo del Boquerón, la batería de San Antonio y el baluarte de San Justo.

Almacén de la pólvora, castillo San Felipe del Morro. Juan Francisco Mestres. 1787
Aunque sin duda la mayor aportación de este ingeniero al sistema defensivo de la isla fue la construcción de doce apostaderos erigidos sobre un terreno sólido de barro arcilloso, situado entre el canal de San Jorge y el puente de San Antonio, para evitar posibles desembarcos enemigos. Reforzó la defensa de los doce apostaderos con la construcción de tres líneas defensivas formadas por trincheras, dotadas de cortinas realizadas en mampostería y sillería protegidas por fosos. Fueron conocidas como primera, segunda y tercera líneas de defensas, cuya nomenclatura estaba relacionada con la proximidad de cada una de ellas con respecto al puente de San Antonio, erigido a finales del siglo XVI para facilitar la comunicación de los habitantes de la capital con el resto de la isla y el acarreo de materiales para la construcción de las nuevas fortificaciones de la ciudad

Batería del puente San Antonio. Juan Francisco Mestre, 1788
Una vez finalizadas dichas obras, proyectó la construcción de varias defensas exteriores en el castillo de San Cristóbal, conocidas como los fuertes de El Abanico, La Princesa y Santa Teresa, cuya finalidad era neutralizar un posible desembarco en la costa norte de la ciudad, a pesar de la abundancia de arrecifes, manglares e irregularidad del terreno, que constituían, de por sí, un notable obstáculo ante cualquier presencia indeseada.
Construyó el fuerte de El Abanico en el punto más elevado del glacis del castillo de San Cristóbal, dotado de un foso con estacada y un sistema de hornillos para volar el fuerte en caso de necesidad.
A la misma altura que El Abanico, levantó la batería de La Princesa, dotada de cinco piezas de artillería situadas hacia el frente de tierra y dos en su flanco derecho. Ambos fuertes estaban comunicados por un foso de poco más de 3,5 metros de ancho, al que se añadió un rastrillo para facilitar la retirada de su guarnición en caso de necesidad.
Finalmente, en la cota más alta del acantilado del mar del Norte, Mestre edificó la batería de Santa Teresa, defendida por cinco piezas de artillería, comunicada por el lado occidental con el fuerte de El Abanico y La Princesa, mediante un camino cubierto que permitía destruirlos en caso de ser ocupados por el enemigo.

Almacenes para pertrechos de artillería y sala de armas para la plaza de San Juan de Puerto Rico.
Juan Francisco Mestre,1792.

Plano de la ciudad San Juan de Puerto Rico y sus defensas. Juan Francisco Mestre, 1792.

Para forzar la defensa del lado norte de la ciudad, Mestre propuso rectificar el puente de Martín Peña como consecuencia del mal estado en que se encontraba, construyendo una batería provisional de tierra y fajina a la que denominó San Francisco de Paula, en el lado sur de la isleta de San Juan. 1784
La noticia de su construcción la daba Mestre a su jefe Sabatini en Madrid en estos términos:
“…En el Caño de Martín Peña, que corre desde la mar del Puerto a La Laguna grande que termina inmediata a la mar del norte, se construió un Puente de Arquería y amplitud suficiente inmediato a otro antiguo mal formado, que arriesgava el paso por él sobre maderas, siendo el único por tierra de comunicación de la Ysla a la Plaza; fue trabajosa su fundación a causa del mal terreno que contiene a uno y otro lado el Caño, circundado de Manglares pantanosos e inaccesibles precisando a formar sus pies derechos de buena sillería y dentro de Caxones que superaban las mareas vivas…”
En 1785 planteó la necesidad de realizar varias obras de mejora en el castillo de San Felipe del Morro; proyectó la construcción de varios almacenes de pólvora, para abastecer de municiones a las nuevas fortificaciones erigidas a finales de esta centuria y en septiembre de 1788, propuso reedificar la batería del puente de San Antonio.
La última aportación que conocemos de este ingeniero jefe al sistema de defensas de San Juan fue la elaboración de un plano fechado el 17 de noviembre de 1792, Se trata de una carta marina realizada tras su último reconocimiento ejecutado en la isla, fuente gráfica fundamental para conocer la orografía de la isleta de San Juan, islas y ríos cercanos a la capital, así como la profundidad de la bahía y el puerto de la capital.
Ese mismo año culminaría todos sus grandes proyectos, cerrando el recinto de la ciudad, con casi cuatro kilómetros de murallas y seis puertas de acceso.

Plano y sondeo del puerto de la plaza de San Juan de Puerto Rico. Juan Francisco Mestre, 1783.
Abandonemos, para siempre, la luminosa San Juan, dejemos el olor a mar, las flores de mil colores, el canto de las vistosas aves ocultas entre el verde dosel que abraza la ciudad por donde el mar no se lo niega. Negros, tintos, amembrillados… van desvaneciéndose entre las sombras de un crepúsculo fugaz que da paso a la noche más oscura. El canto virtuoso de los pájaros, obedeciendo a una intangible señal que se repite cada tarde, calla dando paso al metálico concierto de mil grillos y el monótono croar de igual número de ranas. Abandonemos la luminosa San Juan y entremos, arriando la estera de esparto que nos ha impulsado hasta Alburquerque, en la vetusta sala donde D. Juan Francisco hace memoria: casi tres décadas de servicio a la corona haciendo inexpugnable la plaza que se le encomendó, cuatro hijos, una madre muerta a quien no pudo velar. Llegada es la hora de volver a tierras de España, y con esa hoja de servicio y el debido respeto se dirigía así a Su Majestad para seguir sirviéndole a este lado del mar. Señor…

“…D. Francisco Mestre Coronel e Ingeniero en Jefe con destino en la Comandancia de los de esta plaza y Sus Reales obras de fortificación, puesto a la Real Providencia de Vuestra Majestad con la mayor sumisión y respeto, representa que hallándose con orden de Vuestra Majestad para restituirse a España a continuar su mérito y conviniéndole en razón de su dilatada familia el que su salida de este destino, en cumplimiento de la Real orden, fuese en derechura, y no habiendo en el mar proporción que la fragata Sonora de Su Majestad, o cualquiera otra del comercio que hacen fijo con efectos de esta isla para la compañía de Ámsterdam establecida en ella con que pueda verificarlo,
Suplica rendidamente a Vuestra Majestad se digne por un efecto de su benignidad, concederle la gracia de ser transportado con su familia en cualquiera de las embarcaciones expresadas, dejándolo en el primer puerto de España enseguida de su ruta a Ámsterdam, que será merced que espera por los servicios que en esta isla tiene hechos a Vuestra Majestad. Puerto Rico 12 de septiembre de 1792…”

Y quiso Su Majestad hacerle Merced, embarcando nuestro Brigadier, un 28 de febrero de 1793, en el puerto de San Juan para recalar, sin arribadas —desviarse a un puerto que no estaba previsto en la singladura inicial— en el de la Coruña, tras casi dos meses de navegación, el 24 de abril de ese mismo año. El tercero de su nombre lo había mandado a Indias y el cuarto de los Carlos lo recibía, en medio, tres décadas de mérito y servicio.


No desaprovechó Carlos VI la estancia de nuestro Brigadier en tierra gallegas. Así el 29 de junio de 1793 levantaba varios planos de la embocadura del río Miño y sus contornos hasta el castillo y villa de La Guardia, por parte de España, y hasta la plaza de Camiña, en la de Portugal.

Y aún llegó a tiempo, cruzando el norte, de externo a extremo, a tomar parte en la guerra del Rosellón (marzo de 1793 – 22 de julio de 1795) siendo encargado, en 1794, del mando de Ingenieros en la plaza de Colliure, donde dirigió las obras de mejora de sus fortificaciones. Terminada la guerra y aprovechando su presencia en estas tierras, fue destinado a la Dirección de Ingenieros de Cataluña, primero como brigadier, y tras su ascenso en la promoción del 4 de septiembre de 1795, desempeñando el empleo de ingeniero director.
Una vez destinado a su añorada Extremadura, con el mismo empleo y adscripción, nos dejó D. Juan Francisco la última prueba de su talento como ingeniero en un nuevo desplazamiento que, acatando la Real Voluntad, se vio obligado a realizar hasta el campo de Gibraltar, según consta en los últimos apuntes de su hoja de servicio.
El faro que luce en la punta de Tarifa, situado en la Isla de las Palomas, marca el punto más meridional de la Europa continental y separa el mar Mediterráneo del océano Atlántico. El proyecto definitivo para transformar en faro la antigua torre almenara, mandada a construir por orden del rey Felipe II en 1588, fue diseñado por el ingeniero de Marina Tomás Muñoz en 1799. Muñoz propuso duplicar la altura de la vieja torre y añadir los cuerpos superiores para albergar la linterna.
Esto dice la historiografía oficial, se olvidan, sin embargo, de nuestro Brigadier. Rindámosle el postrero honor que se merece:

Alburquerque, Extremadura. 1800–1806.
Galicia, un rio; Rosellón, una guerra; Cataluña, Campo de Gibraltar, un faro; y por fin, Alburquerque. Siete años tuvieron que transcurrir, aún, desde su arribada a costas españolas hasta llegar a la tierra de su infancia. En ella poco o nada queda de lo que fue su familia, muertos sus padres y cuatro de sus hermanos; el quinto, Félix, en Córdoba del Tucumán, sirviendo al Rey, solo le queda Antonia. En la extraña lucidez que precede a las brumas, mensajeras de una muerte que se acerca, recuerda como, avisada de su llegada por un correo de vereda, los estaba esperando en el camino de Badajoz. Fue su hermana quien le ayudó a instalarse de nuevo en la casona familiar de la calle del Señor San Pedro, junto a Dña. Teresa, su mujer, y Dña. Josefa, su hija, aún de estado honesto y con ellas compartió el honor, bien ganado, de su nombramiento como gobernador militar de la plaza de Alburquerque un 12 de mayo de 1800.
Luego el sosiego de una vejez acomodada, el respeto de unas gentes a las que, tras medio siglo de ausencia, ya no conoce. Historias de Indias y Corte que asombran y embelesan, por igual, a humildes e ilustrados, oídas de primera mano o rescatadas de lo que empieza a ser leyenda, la vetusta fortaleza, tan distinta a las que han salido de su ingenio, allende el océano, pero que siente tan próxima… Y ahora, silencio, cesado el ras ras de la pluma en su rincón.
—Señor, D. Francisco, hemos terminado, tiene que firmar el documento. —se dirige entre respetuoso y satisfecho el escribano—
—Aún no, D. José, aún no — ruega Mestre, fijos los ojos, ahora abiertos, como si hubiese regresado de un largo viaje, en la luz de las velas que, a esta hora de la tarde, da relevo a la que ha dejado de entrar por la ventana—
Y es la última voluntad de D. Juan Francisco, nuestro Brigadier, que se mande recado a Juan María, su amado hijo, Capitan de Cazadores del regimiento de Barbastro que quedó en Puerto Rico, implorando de su Divina Majestad el tiempo suficiente para poder despedirse…
D. Juan Francisco Mestre y Carrasco, Brigadier de los Reales Ejércitos de su Majestad, Capitan de ingenieros en Indias, Gobernador Militar de la plaza de Alburquerque y Coronel de sus ocho compañías de Milicias Urbanas, murió un 6 de septiembre de 1806, sin haber visto cumplida su última y más preciada voluntad.
Está documentada la presencia de Juan María Mestre en Alburquerque en diciembre de ese mismo año al aparecer como otorgante, junto a su hermana Josefa María, en las operaciones de partición de bienes por óbito de su señor padre.
“…Y por este testamento que al presente hago y otorgo, revoco, anulo doy por ninguno y ningún valor ni efecto a otro u otros testamentos, poderes o codicilos que antes de este haya hecho por escrito, de palabra o en otra forma, y para que no valgan, ni hagan fe en juicio ni fuera de él, y solo quiero valga por mi testamento o codicilo este que al presente hago y otorgo en esta villa de Alburquerque a 29 días del mes de agosto del año del señor mil ochocientos y seis…”

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