Aureliano Sáinz
¿Queda algo por decir o saber sobre Donald Trump que no se haya dicho o visto en todo este tiempo en el que de manera ininterrumpida lo hemos tenido que soportar con sus elucubraciones y bravuconerías? ¿Qué pasa por su cabeza cuando quiere ser continuamente el protagonista de todos los eventos, como aconteció en la entrega del trofeo a la selección española ganadora del Mundial?
A pesar de que creemos estar suficientemente informados de su arbitrario modo de actuar, siempre es posible acceder a otras fuentes que nos aporten nuevas luces sobre la particularidad de este singular sujeto. Sabemos, por ejemplo, que hay una disciplina, la grafología, que entre sus objetivos se encuentra el estudio de los rasgos de la personalidad a través de la escritura, teniendo siempre en cuenta que los seres humanos somos muy complejos, de modo que con el análisis de la rúbrica se alcanzan los rasgos más significativos.
Y si me remito concretamente a la firma se debe a que uno de los gestos conocidos de Trump es plasmándola en un documento a doble página, con rotulador bien visible y siempre negro, para, posteriormente, levantarlo y mostrarlo con gesto contundente, evocando la icónica y cinematográfica imagen de Moisés bajando del monte Sinaí y presentando al pueblo judío las Tablas de la Ley como mandato divino.
Pienso que esta secuencia, muy repetida, no es nada improvisada, puesto que el magnate inmobiliario, que hace negocios incluso como presidente de Estados Unidos, fue durante años protagonista de programas televisivos de canales en ese país, por lo que está muy curtido en mostrarse con las apariencias escénicas que impactan en los espectadores.

Pasando al análisis de su rúbrica, quisiera apuntar que la primera impresión que nos provoca está asociada a la de una especie de sierra por las formas angulares, puntiagudas e hirientes, que se repiten de manera reiterativa a lo largo del nombre y del apellido, trazando a ambos sin separación, como si fuera un ser único e irrepetible. Solamente en los extremos y en el medio del grafismo se agrandan esas líneas como picos destacados.
Además, resulta curioso que no utilice ninguna forma redondeada en todo el trazado, teniendo en cuenta que, por ejemplo, la inicial de su nombre –“D” mayúscula- y la primera vocal –“o” minúscula- son curvadas; aparte de que la curvatura se vuelve a repetir en otras letras. Pero la renuncia que hace de esos trazos se debe a que las formas curvadas son agradables tanto a la vista como al tacto; a diferencia de las puntiagudas que provocan, tal como he indicado, una sensación hiriente.
Esto nos lleva a pensar en el carácter fuertemente agresivo de Trump, puesto que utiliza reiteradamente, como si fuera un alambre de espinos, los ángulos punzantes de su firma. A ello se suma la constante y monótona repetición de esos ángulos agudos, hacia arriba y hacia abajo, lo que es indicio de un individuo intolerante y fanático, que no admite otra opinión que no sea la suya. De ahí su facilidad para el insulto y el desprecio, ya que con su modo de razonar divide a las naciones en “poderosas” y “débiles”, y a los individuos en “triunfadores” y “perdedores”. Y él, lógicamente, se encuentra en los triunfadores.

También, cabe preguntarse: ¿Por qué transforma la “D” inicial en un pico elevado y la “p” del final del apellido en otro similar? ¿Qué sentido tiene que también en el medio de la firma haya una altura destacada? A mi modo de ver, el conjunto, con los tres picos indicados, ofrece una connotación curiosa (aunque Trump no sea consciente de ello). Podemos afirmar que se asemeja o evoca la corona de tres picos que utilizaban algunos monarcas medievales en el frontal de sus coronas.
En el fondo, muestra el deseo de ser y de actuar como un rey o un emperador, lo que nos conduce hacia su megalomanía y a su aspiración de omnipotencia. Lástima que él viva en una república, lo que le impide ser, por ejemplo, como Julio César, o Carlomagno o Napoleón Bonaparte.
De esto ya se ha dado cuenta un amplio sector de estadounidenses. No es extraño, pues, que en algunas manifestaciones en Estados Unidos en contra de sus políticas hayamos podido ver pancartas en las que aparecía escrito: “No Kings”. Y es que allí no quieren autócratas ni reyes ni emperadores, hay que ese enorme país que comenzó como república federal el 4 de julio de 1776, es decir, hace 250 años.
Podría continuar aportando más detalles que se deducen de su firma, pero creo que lo indicado confirma lo que ya intuíamos de este octogenario: que no es consciente de sus grandes limitaciones -físicas, morales e intelectuales- y que no basta con ser un ricachón para pasar a la historia con la grandeza con la que han entrado otros, hombres y mujeres, que ya son claros referentes de las mejores cualidades humanas.
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