martes, julio 7, 2026

EL HOSPITAL

JOSÉ NARCISO ROBLES ORANTOS

Real, militar y lo que vino después.

Antes de referirnos a esta institución sanitaria con el nombre que encabeza el apartado, es preciso arrojar la luz suficiente sobre su historia anterior para evitar confusiones de uso y pertenencia. Tal edificio, en su origen, constituyó una dependencia más del recinto religioso que las monjas Isabelas de la Tercera Orden de San Francisco, estaban construyendo en el llano al que posteriormente darán nombre, esto es, el Llano de las monjas. Veamos sus antecedentes:

Discurriendo el año 1503, en unas antiguas casas situadas a la derecha –mirando de frente– de la ya existente por entonces, iglesia del Espíritu Santo, y, separadas ambas edificaciones por una calleja, encontró la comunidad religiosa, formada entonces por beatas, su inicial acomodo. Muchos años después, y ya convertidas en mojas desde1525, acometerían las primeras obras correspondientes a la iglesia del ya convento de Nuestra Señora de la Anunciación, trabajos que situamos en torno a 1560.

Para justificar dicha datación, y a modo de síntesis, pues en el capítulo dedicado a este cenobio se expone toda la argumentación con la correspondiente cita de los documentos consultados, diremos que, tras un largo periodo de beaterio y obtenida la licencia del correspondiente obispo para su conversión en monjas, comienza la congregación a poner los cimientos de la que será iglesia de su convento. Sin embargo, la falta de medios derivada de la inexistencia de un benefactor o patrocinador relevante hace que los trabajos se lleven a cabo de una manera apresurada, incompleta y con una mala planificación. Llegamos así a 1576, fecha en la que el edificio, ya terminado, se encuentra en disposición de albergar el modesto retablo con el que D. Juan Sánchez Bejarano el Viejo, mayordomo del duque, pretende agasajarlas.

Levantada, con mayor o menor acierto la primera fase del enclave religioso, nos encontramos unas décadas después, en 1642, con la necesidad de acometer importantes obras de mantenimiento y ampliación que quedaron recogidas en la escritura que la abadesa y la procuradora del cenobio firmaron con los maestros alarifes y de cantería. Entre las distintas actuaciones que se detallan, dirigidas fundamentalmente a la iglesia del convento, que ya sufría graves deficiencias, hay dos de relevante importancia para trazar la historia del edificio –hospital– objeto de este trabajo. Atención a la cuarta y quinta condición.

En la condición cuarta a cumplir por los maestros se dice:   

“…en la capilla mayor, al lado del evangelio, –el que queda a la izquierda según se mira de frente al altar– se ha de romper la pared para hacer una sacristía en una calleja que linda con la dicha iglesia y la del Espíritu Santo, que dicho maestro haya de erigir esta sacristía con todo el sitio que hallare entre los estribos y formar sus paredes de una vara de grueso, y en la altura que más convenga cerrará una capilla de luneta o de arista porque así conviene a buena obra…”

Y en la quinta:

“…que la portada de esta sacristía ha de ser de cinco cuartas de ancho y diez de alto, la cantería de un pie de grueso y de paramento pie y medio, y para recoger la pared y quede seguro, asentara sus almeres -piezas que sobresalen en la coronación de un muro– de cantería cerrando lo demás de una hoja de ladrillo porque así conviene a buena obra…”

Ordenemos los hechos: en 1642 aún había una calleja en el lugar donde se levantó esta construcción, que separaba el convento de la Anunciación, a la derecha, de la iglesia del Espíritu Santo, a la izquierda – y como corolario, podemos afirmar, además, que iglesia y hospital del Espíritu Santo estaban separados, y en medio de ambos el cuerpo formado por la parte más antigua del convento de la Anunciación, su iglesia y el futuro edificio habitacional para las monjas que, posteriormente se convertiría también en hospital. Aclaremos esta propuesta en el siguiente esquema, al que añadiremos una breve explicación sobre la datación de ciertos edificios:

Durante el periodo ilustrado, bajo el reinado de Carlos III, se pretendió ejercer un mayor control sobre el estamento eclesiástico que racionalizara sus finanzas y con ello el endeudamiento de los pueblos. Una de las herramientas más significativas fue el Censo de cofradías que exigía de los regidores de las grandes ciudades una exhaustiva relación de las cofradías, hermandades y congregaciones distribuidas entre los pueblos de su demarcación. A la autoridad eclesiástica de Alburquerque, procedente de la civil de Badajoz, llegó tal requerimiento a finales de 1770. Entre las respuestas ofrecidas a tal cuestionario hay dos que convienen, y de qué manera, a este trabajo:

Ytem consta la obligación y fianzas para hacer la iglesia, capilla, y retablo del Espíritu Santo y su hospital, año de mil cuatrocientos sesenta y dos.

Ytem una provisión de su Señoría y Señores del Supremo Consejo, en tiempos de D. Carlos (V) mandando que el eclesiástico de la ciudad de Badajoz otorgara la apelación interpuesta por la Cofradía del Espíritu Santo por que se le impedía hacer Hospital para recoger y curar pobres junto a una casa de mujeres recogidas que se decían monjas, año de mil quinientos veinticuatro.

Por lo tanto, podemos concluir que la construcción del edificio conocido posteriormente como Hospital Real —originalmente un anexo más del convento, destinado a sustituir, por inhabitables, las originales celdas de las, inicialmente, beatas— debió ser, necesariamente, posterior a 1642. En cuanto a su cambio de uso, los documentos lo mencionan ya como hospital en 1721, fecha en la que se sacan a licitación unas importantes obras de adecuación destinadas a tal fin.  Revisada la historia bélica de este periodo y centrándonos en los conflictos internos, podríamos apuntar la Guerra de Sucesión española como detonante de tal cambio y los primeros años del siglo XVIII como fecha más precisa.

“…En la villa de Alburquerque, a veinte  y dos  días del mes de diciembre de mil setecientos veinte y uno, ante mí, el escribano público y testigos, parecieron presentes  José Sánchez Vicioso,  que así dijo llamarse, y vecino que dijo ser de la villa de Valencia del orden de Alcántara y maestro de carpintero en ella y estante al presente en esta de Alburquerque como principal,  y Juan Fernández, vecino de esta villa de Alburquerque y maestro  herrero en ella, como su fiador principal y pagador, y estando a sí mismo presente el señor D. Blas Antonio de Badillo, secretario de Su Majestad y comisario real de guerra de sus ejércitos, asistente en esta de Alburquerque,  dijeron que de orden de su señoría el señor D. Diego Merino de Rosas, intendente general de esta provincia,  se han publicado diferentes obras en el Hospital Real de esta villa las cuales habían andado en los carteles de las paredes más públicas de ella…”

(Escritura de remate y adjudicación de las obras del convento. Archivo Histórico Provincial de Badajoz. Año 1721. Escribano Manuel Díaz Lucio).

  Afirmábamos, hace unos párrafos, que tal edificio, en un momento determinado, acabó por integrar la adyacente iglesia del Espíritu Santo en su planta. Veamos en las condiciones facultativas de la escritura, donde se les adjudica la obra por 3.750 reales de vellón a los maestros Sancez Vicioso y Fernández, los motivos que nos llevan a tal planteamiento:

“…Primera condición es que han de ser obligados a enladrillar de nuevo la iglesia de dicho hospital enlucirla y retecharla con vigas y tablazón nueva de castaño y todas las tejas asentadas con cal…”

“…Segunda condición es que han de ser obligados a tapiar la puerta principal de dicha iglesia, abriendo en su lugar una ventana con sus puertas, arcos y encerados de vara de alto y del ancho a proporción…”

“…Tercera que han de ser obligados a deshacer los cuatro altares y los poyos que hay en dicha iglesia para darle mayor anchura a las camas…”

“…Cuarta que han de ser obligados a dar más abertura a las dos claraboyas que están de los dos lados del altar mayor de dicha iglesia poniéndolas a sí mismo sus marcos y encerados…”

“…Quinta que han de ser obligados a componer el doblado de la sacristía de dicha iglesia con lo mejor del maderaje del desecho de dicha iglesia como también una ventana pequeña de la enfermería que cae al camposanto y hacer una puerta para la entrada de la referida iglesia –desde el camposanto–

Y esta adicional que ser reservaba el otorgante: “…que después de fenecidas todas las dichas obras los despojos que hubiere han de ser del dicho José Sánchez Vicioso, excepto la puerta de la puerta principal de la dicha iglesia, como la barandilla que tiene una de las dichas capillas…”

Resulta evidente que se está actuando sobre una iglesia completa, con todos los elementos que le son propios –altar, sacristía, camposanto incluso…– y un acceso directo desde el exterior, con una valiosa puerta de entrada e importante rejería, no sobre una pequeña capilla que las monjas pudieran erigir, de manera adicional para su propio servicio, al margen de su iglesia de referencia. Y que este templo no es el de la Anunciación. Ha de tratarse, por tanto, como venimos proponiendo, del edificio del Espíritu Santo, que quedaría incluido en el conjunto del convento en alguna de las fases constructivas que supusieron su ampliación.  

Avanzando en el tiempo llegamos a 1761, fecha en la que el catastro de la riqueza pública adjudica su propiedad a la cofradía de Nuestra Señora de la O y la Santa Misericordia –desconocemos el modo en que llegó a sus manos– confirmándolo así también varias sentencias dadas a su favor desde las reales Chancillerías, a las que, sin duda, acudieron todos aquellos que pretendieron derecho sobre tal sanatorio. El rey, a la sazón Carlos III, pagaba en estas fechas 250 reales anuales a la referida cofradía por el alquiler del edificio al carecer Badajoz de una instalación similar. A este real arrendamiento, que se remonta a principios de siglo con la llegada al trono de Felipe V, debe su sobrenombre el hospital. Con tal dinero la hermandad socorría a pobres, enfermos y heridos. 

En 1800 ya albergaba un hospital militar antes que la Junta Suprema, en 1810, con motivo de la Guerra de la Independencia, lo declararse sanatorio de referencia y lo dotase de personal –médicos, practicantes, enfermeros…– instrumental para intervenciones y remedios de lo más variopintos para aplicar a las curas.

Ha llegado el momento de plantarnos delante de su hermosa fachada y, tras admirarla como merece, pasar a su interior para conocer la disposición del edificio y acompañar en sus tareas al personal que, con más voluntad que recursos, brega con heridos, mutilados y enfermos.

Al tratarse, en origen, de un complejo religioso, la construcción obedecía al tipo denominado palaciano formando un cuadrado casi perfecto (33,5 m de fachada por 34 de fondo) levantado sobre dos plantas que se abrían a un patio central. Cada una de ellas se dividía, a su vez, en una serie de cuartos individuales para el alojamiento de los enfermos dotados de hermosas hornacinas, a modo de ventanas, que los comunicaban con el exterior en busca de la necesaria iluminación y aireamiento.

 La puerta principal de acceso quedaba resuelta mediante un arco de medio punto de cantería fina escoltada por sendas columnas que se prolongaban hasta la cornisa, y una rampa de acceso para salvar el desnivel con respecto a la plaza que se situaba a una cuota inferior. Completaba el conjunto, a nivel de la planta baja, dos vanos abocinados a la izquierda y cuatro a la derecha, todos con arco de medio punto y protegidos por rejas de gruesa forja. Sobre la puerta principal, formado parte de la planta alta, se disponía una hornacina de regulares dimensiones con barandilla y puerta de acceso que daba cobijo al conocido cristo de talla románica Nuestro Señor de Borrero, más conocido popularmente por «El Aceitero», «Cristo de la Capuchina», de las «Velas» y de los «Faroles”, apelativos que le venían dados por los tipos de iluminarias que tuvo a lo largo del tiempo. Esta imagen fue muy venerada por parte del vecindario, en petición de ayuda y haciéndole diversas ofrendas. –En 1947 fue mandado a colocar en el lienzo sur del patio de armas del castillo– Completaba la decoración de la fachada un bajorrelieve de granito representando a Adán y Eva entre la serpiente y el árbol del paraíso, desaparecido a la fecha de esta descripción.

 El resto del tramo superior, rematado con cornisa con molduras en voladizo, se completaba con varios vanos abocinados, con arcos de medio punto a cada lado del Cristo: dos a la izquierda y cuatro a derecha; de estos, en alternancia, dos con balcones volados con antepecho, el primero de forja y el segundo de mampostería.

Nada más franquear la puerta nos encontramos con el vestíbulo. Ordenado con una hermosa bóveda de rosca sostenida por cuatro arcos de medio punto rebajado, sobre columnas, servía de tránsito al patio y a las piezas laterales de la planta baja correspondientes a la fachada principal. Un cuadrado de 10 m de lado conformaba el claustro, resuelto mediante arcos de medio punto –tres en cada uno de los frentes– con columnas de granito y bóvedas de cañón sobre las que se sustentaban las cuatro crujías superiores.

Los corredores altos se protegían, a su vez, con una balaustrada de ladrillo, formando figuras de rombos, e intercalada por una serie de pilastras sobre las que descansan los arcos de medio punto además del rollizo y tablazón de la cubierta a dos aguas. Mas allá del claustro y alejado de la entrada, un patio lindero con el del adyacente convento. Sendos pozos, uno de canales con petril de granito y otro de mampostería y sillarejo, dispuestos, respectivamente, en los últimos espacios descritos, prestaban servicio al hospital, sin olvidar el posible pozuelo de nieve donde almacenar elemento tan ventajoso para ciertos alivios.

(Debemos esta técnica y precisa descripción a D. Eugenio López Cano).

Y ahora, para hacernos una idea, aunque sea de manera limitada, sobre los medios materiales y humanos de los que pudo disponer en distintos momentos de su existencia, así como el diagnóstico y abordaje de algunas enfermedades, vamos a servirnos de dos interesantes documentos.

De haberse conservado su archivo, habríamos accedido, sin duda, a expedientes que nos sorprenderían por lo precario de los tratamientos y lo singular de algunos diagnósticos. Aportamos aquí dos de ellos como muestra, localizados, de manera indirecta, revisando protocolos notariales y de la contaduría del ejército en el Archivo Histórico Provincial de Badajoz. La sensación de vulnerabilidad es total.

El primero, fechado en 1802, siendo ya hospital militar, lo constituye un contrato por tres años entre los boticarios locales, Nicolás García de Thomas y Mariano Cortés García de Thomas, y el ejercito a través de su contaduría –órgano responsable de racionalizar las cuentas y controlar los recursos financieros del ejército, mediante la recaudación de impuestos, la gestión de pagos y la elaboración de informes contables–. El segundo es un curiosísimo certificado médico.

Documento I. Contrato.

Condiciones por las cuales nosotros, D. Nicolás García de Thomas y D. Mariano Cortés García de Thomas, boticarios de esta villa y su plaza de Alburquerque, nos obligamos a suministrar desde nuestras boticas todas las medicinas simples y compuestas, internas y externas, que receten los médicos y cirujanos para los enfermos del hospital militar de dicha plaza.

 Principia en 1 de octubre del presente año de 1802.

Se nos ha de entregar un formulario de las medicinas y ungüentos qué acostumbren a recetar el médico y cirujano del hospital a los militares enfermos para que, con arreglo a él, despachemos y suministremos lo que dispusieren según previene el reglamento de hospitales.

Ha de ser de cuenta de la Real Hacienda la suministración de vino, aguardiente para baños y apósitos, leches, limones para limonadas, pollos y valdeses para vilmas(*) y fregados, que se necesiten y receten para los referidos enfermos.

Se nos ha de satisfacer en fin de cada mes por la Real Hacienda, el importe de las estancias que se causaren en dicho hospital, a razón de real y medio por cada una, sean muchas o pocas.

Esta obligación durará el término de tres años, que empezarán a contarse desde el primero de octubre próximo pasado, y desde dicho día tendrá su debido y puntual cumplimiento, mediante a que el señor Intendente de este ejército y provincia aprobó las precisadas condiciones en 21 del corriente mes.

  En cuyos términos nos obligamos al cumplimiento de esta contrata, y que para ello se nos compela y apremie sometiéndonos a la jurisdicción de dicho señor Intendente, y así conformes, en virtud de disposición del señor Comisario de Guerra, Don Vicente Istúriz, a su presencia, y con la intervención contador del mismo hospital, D. José Soliva, lo firmamos a veinte y nueve de noviembre de 1802…”

(*) Vilma es un vocablo que viajó con los cirujanos de las primeras expediciones al continente americano. Como otros muchos, ha permanecido en el acervo cultural de Hispanoamérica mientras aquí cayó en el olvido por desuso. Veamos que nos dice el Diccionario Enciclopédico de la Medicina Tradicional Mexicana sobre el:

Popularmente se denomina así al procedimiento utilizado para inmovilizar zafaduras de huesos y mantener en su posición órganos internos que hayan sufrido algún desplazamiento. // Preparado de consistencia espesa que se vierte sobre un lienzo de algodón, hasta quedar impregnado, para colocarlo sobre una pierna o brazo –a modo de moderna férula–   Nunca se aplica cuando hay heridas.

 Su uso también es recomendable en el caso de la enfermedad llamada “relajado”. El curandero, después de haber sobado y acomodado el estómago del paciente, le aplica una vilma ancha que cubra todo el estómago y lo inmoviliza durante veintidós días.

Asimismo, es utilizada en el tratamiento de “caída de mollera”. Después de haber «chupado la mollera» del niño –entendemos que con alguna especie de ventosa– se coloca la vilma envolviéndole la cabeza.

Documento II. Certificación médica.

“Don Juan Ramos, médico ordinario del ejército de Su Majestad y del Hospital Real  de esta plaza, certifico haber reconocido el efecto morboso habitual que padece Marcos Miguel Barrantes, vecino de esta villa, siendo en su esencia un vértigo o escothomio, sin ningún aviso interior con alguna giración de los objetos engañando las especies en movimiento vicioso a la imaginación que las percibe, girando y moviéndose circularmente qué es en lo que consiste formalmente dicho morbo, en fuerza de la  depravación de los órganos. Todo producido por su constitución, como causa material de los espíritus irritados y vapores ofensivos del cerebro, por lo que le contemplo inhábil para viajes dilatados pues de hacerlos se arriesga su vida, qué es cuanto se me ofrece exponer y certificar sobre el referido achaque. Y para que conste en donde convenga, doy la presente de este mi estudio a pedimento del referido a Marcos Miguel Barrantes. En esta villa de Alburquerque, a 21 días del mes de mayo de 1768.  Juan Ramos, médico.

Marcos Miguel Barrantes lleva cuatro años como aprendiz de escribano en la notaría de D. Juan Antonio del Villar con excelente desempeño, a opinión de este. Para obtener el título deberá desplazarse hasta la Villa y Corte de Madrid, donde será examinado. Consciente de que su padecimiento se lo impide, acude a la consulta del médico militar en busca del correspondiente documento que así lo acredite y solicitar, de este modo, una prueba de conocimientos en la más cercana ciudad de Badajoz.

Como cosa curiosa, aunque no sea objeto de este capítulo, para poder acceder al oficio de escribano …debía ser reputado por cristiano viejo, limpio de toda mancha de judío, moro, morisco y de los convertidos nuevamente a nuestra Santa Fe Católica. No ser negro, ni mulato, ni mestizo. Tampoco haber desempeñado oficios indignos o infames –ser carnicero lo era–.  No haber sido castigados ni penados por el Santo Tribunal de la Inquisición de la ciudad de Llerena, ni haber cometido crimen por dónde estuviese prohibido el obtener honrosos cargos.

Y con tales funciones permaneció hasta su desamortización (Mendizábal 1835- 1837) cuando fue comprado por D. José Landero Corchado, hijo del pueblo y ministro de Gracia y Justicia, con la intención de donárselo al municipio, regalía que no llegó a materializarse por la dejación de sus derechos que, una vez más, hizo el ayuntamiento, acabando el edificio en el Ramo de la Guera, al que, presumiblemente, lo revendió nuestro prócer local.

Tiempo después pasó a convertirse en cuartel de carabineros –cuerpo que se había creado en 1829– y su planta superior, diáfana y desocupada, en improvisado salón de señalados bailes como los del carnaval.

En 1876, recién acabada la tercera Guerra Carlista, el ayuntamiento dirige una carta a su Real Majestad, Alfonso XII, rogándole en estos términos:

“…por esta razón este municipio, como patrono de la hermandad de Nuestra Señora de la O, ve llegado el momento de acudir a Vuestra Majestad suplicando se digne mandar le sea devuelto el hospital de las monjas a fin de edificar en él otro municipal y los locales necesarios para cuatro escuelas públicas con todas las condiciones reglamentarias, gracia que no duda en alcanzar de la reconocida bondad de Su Majestad, cuya preciosa vida guarde el cielo muchos años para bien de los españoles…”  Sesión de 22 de junio de1876.

En 1904 fue ofrecido gratuitamente al ayuntamiento, por Real Orden de 26 de 6 de enero de 1904, a través de la Capitanía General de Castilla la Nueva, ofrecimiento que fue rechazado por carecer la corporación de los recursos necesarios para las obras que el edificio necesitaba.

Llegados a 1934 el edificio ya había sido clausurado por el estado de ruina en que se encontraba, a pesar de lo cual, en 1939, se constituye en depósito para detenidos y mujeres víctimas de la Guerra Civil.

En 1943, y mediante su previo acondicionamiento, se propone trasladar hasta este espacio el cuartel de la Guardia Civil –ubicado en la calle Primo de Rivera, actual San Antón–.

Y en 1948 se negocia con el Ministerio del Ejercito una permuta por un solar en la dehesa para la construcción de dicho cuartel destinado al benemérito cuerpo.

 En 1969 es el Colegio de segunda enseñanza libre adoptado quien opta como candidato para ocupar las, aún más deterioradas dependencias del vetusto edificio, decidiéndose finalmente que permaneciera en el anexo al edificio de la Iglesia de San Francisco –donde se encontraba– remodelando y ampliando este último.

En 1974 se solicita al Ministerio de Hacienda, su nuevo propietario por transmisión desde el del Ejercito, su cesión gratuita para derribarlo y crear una calle que diese acceso a los nuevos grupos escolares, Francisco Franco, que habían sido recepcionados en 1968. 

Finalmente, en 1977, y ante la negativa del Ministerio, es adquirido por 136.275 pesetas y enterrada, para siempre, la historia oculta entre sus derruidos muros.

PRINCIPALES HITOS ACAECIDOS EN LA HISTORIA DEL EDIFICIO

1642. En esta fecha se hace mención, de manera indirecta, a una calleja que separa las iglesias de la Anunciación, a la derecha, y el Espíritu Santo, a la izquierda, con el objeto de erigir en la primera una sacristía ocupando parte de dicha calleja.

1705? El antiguo edificio, que acogía las celdas y refectorio de las monjas, es destinado a hospital por voluntad real -Felipe V- a cambio del pago de un alquiler anual que, en 1761, ascendía a 250 reales. Nace el Hospital Real

1721. Se llevan a cabo importantes obras de adecuación del antiguo cenobio con objeto de ampliar y mejorar las dependencias sanitarias que ya funcionan el mimo, principalmente, sobre la nave de la absorbida iglesia del Espíritu Santo. 

1761. El catastro de la riqueza adjudica la propiedad del edificio –ya hospital– a la cofradía de Nuestra Señora de la O y la Santa Misericordia.

1800. Los documentos ser refieren al edificio como Hospital Militar en un cambio de denominación, que no de uso.

1810. La Junta Suprema, creada tras la invasión francesa de 1808, lo designa como hospital de referencia, ampliando su plantilla y dotándolo del material necesario para su funcionamiento.

1836. El edificio queda desamortizado bajo las leyes de Mendizabal y es comprado por D. José Corchado Landero para regalarlo a la villa. –En 1845, Madoz lo cita en su Diccionario, indicando que era de propiedad particular. –  Nuestro prócer debió cambiar de idea y venderlo, nuevamente, al Ministerio del Ejército.

Tras la creación del cuerpo de carabineros, en 1829, pasa a constituirse como dependencias de este instituto que lo habita durante varios años.

1876. El ayuntamiento solicita de la gracia real -Alfonso XII- que el edificio revierta a la propiedad del municipio para reconvertirlo en un hospital municipal.

En 1904 fue ofrecido gratuitamente al ayuntamiento, por Real Orden de 26 de 6 de enero de 1904, a través de la Capitanía General de Castilla la Nueva, ofrecimiento que fue rechazado por carecer la corporación de los recursos necesarios para las obras que el edificio necesitaba.

Llegados a 1934 ya había sido clausurado por el estado de ruina en que se encontraba, a pesar de lo cual, en 1939, se constituye en depósito para detenidos y mujeres víctimas de la Guerra Civil.

En 1943, y mediante su previo acondicionamiento, se propone trasladar hasta tal edificio el cuartel de la Guardia Civil y en 1948 se negocia con el Ministerio del Ejercito, una permuta por un solar en la dehesa para la construcción de dicho cuartel para el benemérito cuerpo.

 En 1969 es el Colegio de segunda enseñanza libre adoptado quien opta como candidato para ocupar las, aún más deterioradas dependencias del vetusto edificio.

En 1974 se solicita al Ministerio de Hacienda, su nuevo propietario por transmisión desde el del Ejercito, su cesión gratuita para derribarlo y crear una calle que diese acceso a los nuevos grupos escolares, Francisco Franco, recepcionados en 1968. 

Finalmente, en 1977, y ante la negativa del Ministerio, es adquirido por 136.275 pesetas y enterrada, para siempre, la historia oculta entre sus derruidos muros.

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