JUAN ÁNGEL SANTOS
“Hay que recuperar, mantener y transmitir la memoria histórica,
porque se empieza por el olvido y se termina en la indiferencia.” José Saramago
“Son cinco minutos. La vida es eterna en cinco minutos” cantaba aquella bella canción de Víctor Jara en 1969, titulada Te recuerdo Amanda. Condensar la historia de un pueblo en poco más de cinco minutos es como querer meter el universo en una mochila o la intensa vida de un artista en una cápsula de nolotil, sin embargo, todo puede sintetizarse, resumirse hasta el punto de ser útil sin resultar espeso.
En estos tiempos de incertidumbre, en los que se reclama la presencia en la sala de la Historia como elemento moralizante o como herramienta de disuasión, es conveniente saber que ni sirve para lo uno ni para lo otro, menos aún si se la reclama sin conocimiento de causa o con descarado interés. La Historia es, ante todo y por encima de todo, una ciencia sin dueño, un terreno comunal; una disciplina libre y objetiva en constante evolución y siempre al servicio de la humanidad; un “diálogo continuo entre el presente y el pasado” que decía Edward H. Carr, un diálogo que no puede encadenarse a la privada conveniencia de un soliloquio.
La Historia es también una asignatura pendiente en la educación pública. No porque se pretenda como magister ómnium, ni siquiera porque su desconocimiento pueda llevar a la repetición de errores pasados, por otra parte, crónicos, sino por la imperiosa necesidad de formar una sociedad crítica, rigurosa, tolerante y educada para evitar que nuestro futuro sea una incesante vuelta al pasado como diría Tucídides. Este pequeño proyecto que, como un bizcocho para un aprendiz de cocina, es el resultado de sumar lo que se sabe, lo que se intuye y lo que se desconoce, es un instrumento didáctico para perezosos, porque cada vez cuesta más leer, cuesta más enseñar, y resulta más difícil y cuestionado, aprender.

Además de pedagógico, este enredo, es un tributo en voz alta a aquellos que, desde cualquier posición y medio, contribuyen a divulgar la historia, la antropología, las raíces y las costumbres de nuestro pueblo. Aurelio Cabrera y Lino Duarte como precursores del trabajo de investigación, pero también el bueno de Eugenio López Cano, una de esas figuras locales que, lamentablemente, ha sido colocada en lista de espera no preferente y pospuesto su reconocimiento sine die o post mortem como de uso y costumbre se hace con la gente valiosa. La silla vacía de cronista oficial de la villa de Alburquerque le está esperando hace años, Eugenio es un magnífico candidato y méritos acredita sobradamente para el puesto. Parte de la información contenida en este escueto relato es producto de la extensa labor investigadora de Eugenio, pero también es de agradecer el trabajo de fotografía, las publicaciones cortas, las referencias documentales que, en diversos foros, de la mano de diferentes autores, y gracias a las nuevas tecnologías, han sido de utilidad.
Espero de su benevolencia en la parte técnica, porque el resultado es fruto de un combate en desventaja en el complejo territorio de la inteligencia artificial. En relación con el relato histórico, debo decir que, si bien los hechos son inmutables en la historia, su interpretación, como en cualquier ciencia, está expuesta a un permanente trabajo de investigación, revisión y esclarecimiento. Es posible que algunos de ustedes tengan otros hechos, otro relato, otra historia, otra interpretación, ¡bienvenida sea!, así surge el debate y así crece el conocimiento. “El aburrimiento es la explicación principal de por qué la historia está tan llena de atrocidad.” decía Fernando Savater; aunque este proyecto sea la consecuencia de un tropiezo, de un momento de relajación, deseo que los equívocos los tomen por involuntarios y que no lleguen, en ningún caso, al rango de atrocidad quedando sólo en un perdonable contratiempo.
(Este es el extraordinario vídeo creado por Juan Ángel Santos con inteligencia artificial)
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