AURELIANO SÁINZ
Este año, como todos sabemos, en la edición treinta y seis del Concurso de Narraciones Cortas que lleva el nombre de Luis Landero, el primer premio recayó en Alonso Telo, un joven alburquerqueño, alumno del Instituto Castillo de Luna, que había participado en otras tres ocasiones, según nos contaba.
Pude ver atentamente el vídeo en el que agradecía la concesión de esta distinción, al tiempo que en su corta intervención escuché, un tanto sorprendido, su alusión a la ‘creatividad’. Y digo sorprendido porque me parece que es la primera vez que se la oigo a un adolescente, lo que puede resultar un tanto extraño, dado que el próximo curso cumpliré cincuenta años como profesor de la Universidad de Córdoba, por lo que la mayor parte de mi vida he estado en conexión con la gente joven.
Además, esa palabra ha formado parte de mi lenguaje educativo, puesto que cuando me inicié como docente cayó en mis manos un magnífico libro que siempre cito: Desarrollo de la capacidad creadora, del psicólogo austríaco Viktor Lowenfeld.
Brevemente, quisiera apuntar que Lowenfeld, nacido en 1903, estudió Psicología y Arte, lo que le llevó en a sus inicios trabajar con niños ciegos en Viena. Puesto que era judío, cuando los nazis invadieron Austria en 1938 decidió abandonar su país para recabar en Estados Unidos, donde recibió la nacionalidad tras, en 1945, ser nombrado presidente de educación artística en la Universidad Estatal de Pensilvania, posición que ocuparía hasta su muerte, a la edad de 57 años.
La publicación de la obra citada cambió radicalmente la enseñanza de la educación artística con niños y adolescentes, puesto que sostenía -algo que yo siempre he defendido- que todos los seres humanos nacemos con capacidades creativas y de lo que se trata es de fomentarlas en el proceso educativo. Se rebelaba, pues, contra esa enseñanza memorística tan presente en las aulas, algo que, por desgracia, continúa en nuestros días.
Sigo con la convicción de que todos tenemos capacidades creativas, sea en las artes o en cualquiera de múltiples facetas de la vida. Todas las actividades, todos los trabajos bien hechos, suponen una aportación para uno mismo o para la sociedad. En el fondo, es la búsqueda de la belleza que necesitamos para hacer más gratas nuestras vidas. Así, desde el modesto artesano que cincela con sus manos hasta el afamado músico, pintor o escritor, necesitan de su afán de crear algo nuevo donde plasmar las ideas que previamente se han afianzado en sus mentes.

Puesto que corro el riesgo de extenderme en este tema, quisiera centrarme en el hecho concreto que ha dado lugar a que en la fotografía que ilustra este escrito aparezca un muchacho junto a Luis Landero, que, por sus edades, representan dos épocas distintas. El más joven, un tiempo en el que las tecnologías digitales forman ya parte de su presente y su futuro; mientras que el mundo literario del consagrado escritor está impregnado de la cultura oral dominante en su infancia, cultura en gran medida desaparecida, pero que ha sido un claro referente de su mundo creativo.
Ambos dos reivindican en valor de la palabra escrita, en un tiempo en el que la imagen se ha hecho obsesiva. Y lamento tener que decir esto, dado que, en mi caso, siempre he trabajado con imágenes…, pero desde un punto de vista creativo.
Imagino, finalmente, que el último galardonado en este premio, tan significativo para tantos estudiantes de bachillerato que a lo largo de los años han participado en él, habrá sido un verdadero honor este reconocimiento y que le servirá como aliciente para penetrar en ese amplio, complicado y fabuloso mundo que es la literatura.
Desde estas líneas quisiera decirle a Alonso Telo, aunque no la pronuncie, que la palabra ‘creatividad’ no deje de formar parte de su vocabulario, de su personalidad, de su trabajo, y que siempre le acompañe en la larga y fructífera vida que tiene por delante.
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