Aureliano Sáinz
Claro está, me refiero a las clases en la Universidad de Córdoba, puesto que en los otros niveles educativos tienen que esperar a bien avanzado el mes de junio para cerrar las aulas. Así estarán hasta que de nuevo en septiembre se abran, para volver a este retorno cíclico que no termina nunca, puesto el largo camino del aprendizaje continúa generación tras generación.
En mi caso, en el próximo curso, es decir, en el 2026/27, cumpliré cincuenta años como profesor en la Universidad, algo que me asombra bastante, puesto siempre en los inicios de cada curso espero acoger a los nuevos alumnos con el deseo de que vengan con cierto deseo de aprender y algo de entusiasmo. Esto lo digo ya que la sociedad en la que ahora nos movemos ha marginado a los jóvenes de las expectativas para la construcción de una autonomía personal tan necesaria para que se afiance la confianza en el futuro.
Tantos años en este mundo de la enseñanza darían lugar para un extenso libro en el que podría recoger los diferentes modelos educativos, los cambios generacionales, la relación entre el profesor y el alumno, la vida interna de la universidad, etc.
Sin embargo, quiero ser breve y centrarme en algo que siempre ha permanecido en mi planteamiento educativo: me desagradan o, más bien, detesto los exámenes como medio de evaluación de los aprendizajes del alumnado. Es por ello que he seguido el modelo de evaluación continua a partir de trabajos, tanto en la teoría como en la práctica, de las asignaturas, siendo, a mi modo de ver, la mejor forma adquisición de los conocimientos.
Sé que este modelo docente exige mayor trabajo que la fórmula tradicional de los exámenes a base de preguntas y repuestas. Respuestas que, en muchas ocasiones, parecen diluirse sutilmente con el transcurrir de los días posteriores a las pruebas.
Por otro lado, como no todos los alumnos responden adecuadamente a este criterio de evaluación continua, dado que su presencia es fundamental en las clases, puntualmente les informo que tendrán que acudir al examen quienes aparecen poco por clase. Esto es algo que ellos temen, ya que son conscientes de que, aparte de la obligación de presentar los trabajos realizados a lo largo del curso, no se encuentran preparados, dado que muchos de los conceptos se han expuesto en la clase, por lo que la mera memorización no sirve para demostrar que se han formado en la asignatura correspondiente.
El proceso de evaluación continua tiene otra ventaja. Por estas fechas, y mucho antes de las indicadas oficialmente para los exámenes, ellos ya conocen las calificaciones que han obtenido, por lo que una amplia mayoría no tiene que presentarse a ellos, pues saben la nota final, por lo que se “quitan” una asignatura, tal como manifiestan.
Así pues, tengo el sentimiento de haber realizado bien un trabajo que me apasiona. Trabajo del que se suele pensar que es sencillo y que cualquiera puede ejercerlo; y, sin embargo, no hay nada tan complejo y agotador como es el de educar… tarea que conocen muy bien los padres y madres cuando piensan en cómo hacerla con sus hijos.
Para cerrar este escrito, quisiera indicar que la portada se la debo a Almudena, quien ha realizado un magnífico diseño para mi Facultad, con la finalidad de que sirva para aquellos regalos que el centro quiera ofrecer a quienes lo visitan. Ni que decir tiene que la imagen recoge todo el encanto, la creatividad, la imaginación y la ingenuidad de una infatigable adolescente que ha construido visualmente un mundo tan personal que es casi irrepetible.
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