MOISÉS CAYETANO Y GABRIEL MONTESINOS (SEGUNDA PARTE DE LA ENTREVISTA)
Pasos señalados de una trayectoria en Ifni.
Las preguntas sobre su trayectoria nos llevan al inicio de su andadura, a la Academia de Infantería.
— ¿Cómo recuerda su paso por las academias militares?
— Era una vida dura, de mucha disciplina, de sacrificio físico y esfuerzo intelectual. Primero en la Academia General Militar de Zaragoza y después en la Academia de Infantería de Toledo. Pero cuando se es joven se aguanta todo con ilusión.
Seguimos linealmente su trayectoria. Primero su destino en África, que le ha marcado profundamente, y al que de forma reiterada vuelve para contar anécdotas de aquellos más de dos años que allí pasó, los de 1955 a 1958:
— En Ifni padecimos diversos asedios por parte de grupos pertenecientes al autollamado Ejército de Liberación de Marruecos, una organización no oficial, pero alentada por el propio Gobierno marroquí. En una ocasión duró veinte días, siendo auxiliados por un destacamento de la Legión, que los puso en rápida huida. El jefe de este “Ejército” era Ben Hammu, un antiguo suboficial o mercenario marroquí que sirvió en la Legión Extranjera francesa.
La colaboración francesa, precisamente, fue crucial para la eliminación de estas bandas rebeldes. En 1956 fue nombrado comandante en jefe de las Fuerzas Militares del África Occidental Francesa (AOF), con sede en Dakar, el General de División Charles Bourgund, y desde este puesto llegaría a un acuerdo con España para una operación militar conjunta que acabaría con ellas, fijando las fronteras al norte de Mauritania y del territorio español de la Saguía el Hamra. El entonces teniente Ezequiel Moro, ahora general de de brigada en la reserva, lo recuerda con agrado, por su valía profesional y su incondicional colaboración con España.
Los asedios, emboscadas, ataques por sorpresa se daban con cierta regularidad, y nuestro entrevistado recuerda algunos hechos luctuosos, como la muerte en emboscada de otro teniente, compañero suyo, Antonio Ortiz de Zárate y Sánchez de Movellán, primer oficial paracaidista del Ejército de Tierra español que allí murió en combate: el 26 de noviembre de 1957.

El teniente Antonio Ortiz de Zárate
Recuerdo -nos dice- la asistencia de su madre, Mariana Sánchez de Movellán, al entierro: con gran expresión de dolor y dignidad, manteniendo la compostura. ¡Una lección inolvidable para los que asistimos al sepelio!
Se dan las circunstancias de que ese joven teniente era hijo del coronel Joaquín Ortiz de Zárate López, que también murió en combate en 1936, durante la guerra civil española.
Pero el general Moro también nos cuenta otros hechos que “suavizan” estos recuerdos trágicos. Así, nos comenta cómo un brigada bajo su mando, pese a los asedios de las tribus bereberes de Ifni (Ait Baamarani: guerreros montañeses organizados en varias cabilas enfrentadas a las tropas españolas de Tiradores y a la Policía Territorial), pactaba con ellos una especie de “alto el fuego” para ir a comprar los jueves pollos al zoco local, atravesando las “líneas de combate” sin hostigamiento.
Y también recuerda cómo su asistente, un nativo, en una ocasión insistía en que se fuera a dormir al Cuartel (pues tenía vivienda aparte), y ante la negativa del joven teniente Ezequiel Moro, este fiel servidor permaneció toda la noche en la puerta de la vivienda, con el cuchillo en las manos para defenderlo en caso de intento de atentado. E igualmente rememora cómo pescaba para él en el mar tempestuoso de Ifni.
En cualquier caso, recuerda este territorio como hostil geográficamente, y habitado por tribus independentistas que no reconocían la ocupación española:
Me preguntaba muchas veces -nos señala-: yo qué hago aquí, qué hacemos aquí, frente a un mar ruidoso, tumultuoso, donde no se puede ni pescar y que a veces no te deja ni dormir, y que parecía la razón de la presencia española, aunque me daba la sensación de que lo que Franco no quería es ser menos que los franceses y lo tomaba como un enclave estratégico colonial.
Esta “vena de rebeldía” la enlaza con otra anécdota que tiene que ver con otro compañero de armas, el que en aquellos enfrentamientos también era teniente: Antonio Torrecillas Velasco. En 1958 resultó herido gravemente al pisar una mina “antipersona”, a resultas de lo cual perdió una pierna… y no la vida gracias a la intervención de Ezequiel Moro, que con su cinturón le hizo un torniquete para evitar que se desangrara. Antonio Torrecillas siguió en la vida militar, pero al aspirar al generalato fue recusado por esta mutilación. Ante ello, Ezequiel, también aspirante al mismo grado, se enfrentó al tribunal militar:
Este compañero militar ha perdido una pierna en acto de servicio, no en una juerga callejera. Si él no es digno de ascender, yo tampoco quiero el ascenso, exclamaría. Fue atendida la reclamación, y los dos consiguieron el generalato.

Antonio Torrecillas Velasco (ya fallecido), con uniforme de general
Por otra parte nos cuenta cómo uno de los reclutas que tuvo bajo su mando fue el badajocense Enrique Sánchez de León, que en el Primer Gobierno de la actual democracia sería Ministro de Sanidad, destinado, bajo su gestión, en la Policía Territorial. Policía en la que estaban destinados también nativos de la zona, de los que nos cuenta que terminaron por desertar prácticamente todos, llevándose además su armamento personal.
Los que desertaron de mi unidad -nos apunta- también lo hicieron con sus armas, pero su jefe (caid), llamado Abd el-Krim (como el famoso líder militar rifeño) nos devolvió todo el armamento robado.
La difícil estancia en el País Vasco.
Pasamos ahora a recordar su destino en el País Vasco. El general insiste en las diferencias entre estos dos primeros destinos: el de Ifni, con un enfrentamiento abierto y el enemigo “enfrente”, y el del País Vasco, con un grupo incipiente de oposición violenta que iba creciendo en esos finales años cincuenta del pasado siglo.
Vuelve a recordar a sus amigos asesinados, su comandante Diego Fernández-Montes y el Jefe de la Ertzaintza Carlos Díaz Aroca, en los años terribles de los atentados a Fuerzas del Orden, a servidores uniformados como él, a compañeros queridos, integrados en la sociedad, en el entorno; casado el primero con una vasca, y vasco el segundo.

— ¿En el País Vasco vivía acuartelado o en Residencia Militar? ¿Aislado de la población civil?
—- Vivía en la Residencia Militar de San Sebastián, en el barrio de Loyola, a orillas del río Urumea, que por cierto me sorprendió al verlo todo cubierto de espuma blanca, de las fábricas de papel de la zona. Y no estaba aislado de la población civil, sino que tenía buenos amigos vascos; en aquellos años aún salíamos a la calle vestidos de militar. E incluso tuve una novia vasca, aunque al saber el padre que su hija se relacionaba con un oficial del Ejército incluso le prohibió salir de casa.
—- ¿Cómo vivían los familiares de los militares la situación?
—- En esos años finales de los cincuenta ya había cierta inquietud, sobre todo entre los militares que tenían familiares viviendo con ellos. Eran los años de creación de la ETA, que luego se irían recrudeciendo.
Recuerda, ya en los años ochenta, siendo coronel destinado en El Pardo, que vivía en las cercanías del Puente de Segovia, con lo que el traslado cotidiano a su destino lo hacía en coche oficial, custodiado por dos motoristas delante y otros dos detrás, dadas las amenazas crecientes del grupo terrorista, así como los atentados con víctimas que ya se prodigaban. En una ocasión, al haber un atasco circulatorio en el Puente, una señora que llevaba niños en un coche en paralelo al suyo entró en ataque de pánico, gritando que se alejaran de allí, pues les estaba poniendo en peligro mortal. ¡Difícil alejamiento con todo lleno de vehículos sin posibilidades de avanzar satisfactoriamente!
En otra ocasión, los motoristas que iban detrás de su coche oficial, al sospechar de un vehículo que los estaba siguiendo, echaron sus motos a un lado de la calzada y sacaron su armamento, dirigiéndose a ellos… ¡y resultaron ser otra escolta de incógnito! Así era la situación de inseguridad en que vivían en esos “años de plomo”.
Llega el sosiego
Pasaron esas duras vivencias, para iniciar una larga etapa de mayor tranquilidad y satisfacción. Primero en su prolongada estancia en Badajoz, en la Brigada Extremadura, como capitán, comandante y teniente coronel, que ya vimos. Siempre querido por subordinados, compañeros de grado, superiores… Y, tras el paréntesis de coronel en Madrid, sus “etapas de madurez”: general de brigada desde mayo de 1989, con cargo de Jefe de Estado Mayor en la Región Militar “Sur”, con sede en Sevilla y, finalmente, Gobernador Militar en Badajoz desde marzo de 1991.
El 5 de mayo de 1993 pasa a la reserva activa, jurando por última vez bandera, en una emotiva ceremonia que cierra una larga etapa de servicio a España en destinos tan señalados como Ifni, el País Vasco, Badajoz, Madrid, Sevilla y otra vez y por último Badajoz, en donde contribuiría a gestionar la actual Base Militar de Bótoa.

Su vida apacible, a los 92 años de edad (nació el 4 de septiembre de 1933), está llena de recuerdos. Transcurre ahora, junto a Pilar, su mujer, principalmente en su querido Badajoz, donde goza del cariño de los que le conocieron directamente y los que han oído hablar de su buen hacer y capacidad humana y militar. Y, por supuesto, con la cercanía de sus tres hijas y un hijo, tan apegados a ellos, así como sus siete nietos.

Siempre da gusto encontrarse con unas personas tan cercanas, a la vez con tantas vivencias y altas responsabilidades, llenas de generosidad y espíritu de amistad, que nos ofrecen su tiempo y dan constante ejemplo de vitalidad y entrega. Y brindar con ellos por la vida, la salud y la paz.

Ezequiel Moro Cárdenas y Pilar García Doncel nos han hecho sentirnos como en casa en esa su casa del barrio de Pardaleras -antes vivieron diecinueve años en la finca familiar El Carpio-; siempre remansos de tranquilidad para ellos, que tanto se movieron de un lado y otro, sin que hayan perdido la querencia a los viajes, ahora proyectados como aventuras de placer.
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