LLUÍS CASTAÑER
España vive instalada en una confrontación permanente. Descalificaciones cruzadas, bloques irreconciliables y una lógica de “los nuestros contra los otros” han sustituido al diálogo político. No hay búsqueda de consensos, solo concesiones tácticas a quienes, por interés coyuntural, sostienen al que gobierna. Los casos de corrupción aparecen a uno y otro lado del tablero, pero rara vez generan una reflexión compartida sobre la degradación institucional. En este contexto, lo exterior se ha convertido en una tregua: una válvula de escape que permite, por momentos, apartar la mirada del conflicto interno.
Antes fue Gaza, ahora Venezuela. Conflictos internacionales que irrumpen en la agenda y reordenan, aunque sea de manera temporal, las posiciones políticas. Lo llamativo no es solo la utilización de estos escenarios lejanos, sino comprobar cómo incluso los partidos que se suponen “de Estado” reaccionan desde la trinchera, no desde la responsabilidad común. Ya no hablamos de discrepancias ideológicas clásicas, sino de una incapacidad estructural para encontrar puntos de encuentro mínimos.

¿Dónde quedaron los Pactos de Toledo? ¿O los grandes acuerdos antiterroristas que, con enormes diferencias de fondo, supieron anteponer el interés general a la rentabilidad partidista? Hoy parece imposible imaginar al PSOE y al PP alejándose de sus respectivos extremos para reconstruir un espacio compartido. Falta altura de miras, y sobra cálculo a corto plazo.
En este escenario irrumpe Venezuela —y, como telón de fondo, Trump— ofreciendo ese “respiro” político que da mirar hacia fuera. El PSOE gana oxígeno e iniciativa al alinearse con la posición de la mayoría de países de la Unión Europea, condena el régimen de Maduro y, al mismo tiempo, marca distancias con los modos y la estrategia de Estados Unidos. Una posición cómoda, coherente con su discurso europeo y suficientemente matizada para no incomodar a su electorado.
El PP, en cambio, se ha movido con el pie cambiado. En un primer momento salió a defender la acción de Trump en Venezuela y a felicitar a María Corina Machado, quizá temiendo que Vox capitalizara ese espacio simbólico. Sin embargo, cuando se hicieron evidentes los planes y el enfoque de Washington, el partido tuvo que corregir el rumbo, matizar su posición y recolocarse en un marco más reconocible para sus aliados europeos. Una rectificación que, aunque lógica, transmite improvisación y dependencia del ruido político.

Vox, por su parte, se mantiene firme en su trumpismo sin complejos. No hay matices ni contradicciones: Estados Unidos como referente, mano dura como solución y una lectura del mundo dividida entre amigos y enemigos. Podemos, en el extremo opuesto, aprovecha el contexto para insistir en una idea que lleva meses repitiendo: la salida de España de la OTAN. Como si lo ocurrido en Venezuela fuera un argumento nuevo, cuando en realidad responde a una posición ideológica previa y bien conocida.
Así, mientras los actores políticos miran hacia fuera, la política española sigue sin resolver sus bloqueos internos. El conflicto externo sirve para ganar tiempo, para recolocar discursos y para disimular la ausencia de acuerdos estructurales. Pero es solo eso: una tregua aparente.
2026 enseña los dientes. Aún no vemos las uñas, pero están ahí. Y cuando el foco internacional se apague —porque siempre se apaga— España volverá a enfrentarse a sus propias carencias: polarización, falta de consensos y una política cada vez más incapaz de pensarse a sí misma más allá del enfrentamiento. La pregunta no es qué conflicto exterior ocupará mañana los titulares, sino si algún día volveremos a ser capaces de mirarnos hacia dentro sin convertir al adversario en enemigo.
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PORTADA: El autor echa de menos el diálogo y los grandes consensos políticos.
IMAGEN 2: Diputados de todos los grupos aplauden la aprobación del Pacto de Toledo.
IMAGEN 3: Intervención de EEUU en Venezuela para capturar a Maduro y a su esposa.
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