Aureliano Sáinz
El martes pasado, 21 de abril, se cumplieron diez años de la muerte de Prince, un genio de la música que naciendo en 1958 en Minneapolis (la ciudad en la que el ICE de Donald Trump mató a dos ciudadanos indefensos: Renee Good y Alex Pretti) llegó a cumplir 57 años, legándonos pequeñas maravillas musicales que merecen la pena recordar.
Como muchos de los grandes de su país, caso de Elvis Presley o Michael Jackson, falleció solo, en medio opiáceos o de barbitúricos que los hacían mantenerse en pie ante las inapelables exigencias de las avasalladoras industrias del disco y del espectáculo musical. En su caso, la causa de su muerte sería el fentanilo, que había obtenido con receta médica a nombre de terceros. Triste despedida, pues, de los no saben administrar una fama que, como cruel pesadilla, acaba llevándose a quienes se encumbraron en lo más alto de su cima.
Recordemos, no obstante, que su mundo creativo era enormemente amplio, pues abarcaba todo el espectro de la música blanca y negra, desde el hard-rock, jazz, psicodelia, funk, rap, llegando hasta el pop y las baladas. También, las puestas en escena, de un personaje de metro y medio y de cuarenta kilos de peso, eran espectáculos que no se olvidan fácilmente.
Por otro lado, no es necesario que ahora recurra a diseccionar su discografía, puesto que fácilmente se puede consultar por internet, al tiempo que para los que conocieron su trayectoria musical ya albergan en sus memorias los títulos de las canciones y discos más sobresalientes. Pero si hay una canción inolvidable de su repertorio es Purple Rain, que sirve como su seña de identidad y que podemos volver a escucharla de nuevo.
En mi caso, pude verlo el 21 de agosto de 1993 en la Plaza de Toros de las Ventas de Madrid. Actuación desbordante, increíble, de las que se guardan en la memoria de quienes acudimos al concierto. Fue su segunda venida a nuestro país, ya que la primera se produjo en 1990 y la última en 1998. Han transcurrido bastantes años, aunque siento que, a fin de cuentas, tuve una enorme suerte haber disfrutado de la música y la creatividad que desplegaba Prince en los escenarios.
No me extiendo más. Solo quisiera apuntar que, en estos tiempos, las actuaciones de las estrellas del mundo musical no se entienden sin los espectáculos que previamente han imaginado. Así, una vez que Prince falleció en 2016, cuando ya nos está con nosotros, no nos queda otro remedio que evocarlo en cualquiera de sus canciones que permanecen grabadas para siempre.
Con todo, pensando, por ejemplo, en Rosalía, que despierta tanto entusiasmo en nuestro país y fuera de él, llegando casi al fervor en sus incondicionales, creo que es de justicia reconocer que Prince fue uno de los pioneros en mostrarse en continuos cambios de imagen y de montajes escénicos en sus actuaciones frente al público. De este modo, música y puesta en escena formaban parte de la identidad de un genio que conviene recordarlo de alguna forma, tal como ahora hacemos con estas líneas.
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