Aureliano Sáinz
De un tiempo a esta parte, cada día nos despertamos con un desvarío de Donald Trump que parece que compite consigo mismo para ser el centro de atención de los ciudadanos de cualquier parte del mundo. Parece dispuesto a mostrarse como el punto nodal sobre el que gira el planeta Tierra, de modo que los bamboleos de la esfera en cualquiera de los sentidos acaban alterándonos e, incluso, desquiciándonos.
“¿Está loco este hombre?”, nos preguntamos porque no entendemos su forma de razonar que en ocasiones nos recuerda a la de un niño mimado de diez años que todavía carece de los instrumentos de la lógica con la que nos movemos los adultos.
Puesto que ningún psiquiatra se ha atrevido a explicarnos si padece alguna patología a la que agarrarnos, en mi caso, me vino a la mente un libro, La rebelión de las masas, de nuestro afamado pensador José Ortega y Gasset, dado que en su obra aparece una expresión, un tanto castiza, que creo viene como anillo al dedo para este personaje: el señorito satisfecho.
Previamente, tengo que apuntar que Ortega y Gasset era de pensamiento liberal, y que como tal defendía la democracia parlamentaria como sistema político, al tiempo que sostenía que los políticos deberían ser personas ilustradas, con sólida formación para ejercer sus cargos.
Desde 1927 estuvo publicando de manera regular en el diario El Sol, de modo que tres años después, es decir, en 1930, reunió esos artículos en un libro de gran éxito que tituló como La rebelión de las masas.
En esta obra, en el capítulo XI y con el título de La época del ‘señorito satisfecho’, nos habla de un “personaje que ahora anda por todas partes y dondequiera impone su barbarie íntima, es, en efecto, el niño mimado de la historia humana”.
Bien es cierto de que Ortega y Gasset se refiere a un tipo que parece extenderse socialmente por aquellos años; en cambio, en nuestra época, a la presidencia de Estados Unidos ha llegado un sujeto tal singular que es difícil encontrar algo semejante a él. De todos modos, las características que atribuye al ‘señorito satisfecho’, desde mi punto de vista, se ajustan a la perfección al magnate de pelo amarillo, que, ya cerca de los ochenta años, actúa como si fuera a vivir eternamente.
Para no alargarme, pasaré a exponer cinco ideas de las que habla en ese capítulo el escritor madrileño.

1. El señorito satisfecho cree que tiene derecho a imponer y dar por bueno todo lo que en él halla.
He hablado de la megalomanía desbocada de Trump. Está tan satisfecho consigo mismo que no tiene ninguna duda en ridiculizar, insultar, amenazar o atacar a quienes no siguen sus ideas y dictados. Sin embargo, con los rasgos de un niño mimado, acepta de buen grado a quienes le adulan, puesto que está convencido de tener siempre la razón.
2. Se siente perfecto. No se exige nada especial, porque está contento con ser como es.
Asombra verlo, con su gorra roja, marcando ante las cámaras movimientos sincopados con los brazos como si fuera una especie de robot ensimismado. Pero lo más sorprendente es que, si nos fijamos detenidamente, parte de los seguidores que acuden a sus mítines lo acompañan en esos gestos ridículos.
3. No reconoce instancias superiores a sí mismo; no escucha, no se somete, no aprende.
Recientemente, hemos podido comprobar que esa megalomanía le condujo a mostrarse como Jesús en un montaje realizado con Inteligencia Artificial que él mismo difundió y que he presentado parcialmente. Quedamos pasmados al comprobar que este individuo se coloca a la altura de una divinidad para mostrarnos su omnímodo poder atendiendo a un moribundo al que supuestamente curará de los males que padece.
4. Es el hombre cuya vida carece de proyecto, pero que, sin embargo, se cree con derecho a opinar acerca de todo.
En este caso, su proyecto es enriquecerse a cualquier precio, sin importarle los medios a utilizar. El dinero es poder; esta es su única convicción. Y lo ha comprobado desde muy pequeño, pues vivió en una familia cuyo padre, Fred Trump, se enriqueció en el sector inmobiliario, por lo que cree que la riqueza viene llovida del cielo para gente tan magnífica y única como es él.
5. Interviene en todo imponiendo su vulgaridad, sin respeto ni consideración.
No sé qué diría ahora Ortega y Gasset, quien creía que los cargos públicos deberían ocuparlos personas educadas, con buena oratoria y con capacidad para argumentar sus posiciones. Creo que se horrorizaría de la vulgaridad, simpleza y chabacanería del personaje que actualmente tiene en sus manos los destinos del mundo. Y, posiblemente, consideraría que Donald Trump es la reencarnación perfecta del ‘señorito satisfecho’ que imaginó y describió en una época de ascenso de los fascismos que acabarían de la manera más trágica: en una Guerra Mundial.
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