Aureliano Sáinz
Suelo ir con relativa frecuencia a Madrid dado que mi mujer nació en esta ciudad y tiene a su familia en ella o en ciudades del entorno. En la última ocasión, fuimos de los primeros en visitar la Galería de las Colecciones Reales, puesto que hacía muy poco que se había abierto al público. Todo un disfrute, tanto del edificio proyectado por el arquitecto Emilio Tuñón como por el conjunto de lo que se expone en ella.
Pero no es de esto de lo que quiero hablar en esta ocasión, sino de una pequeña escena que contemplamos en una de las calles del centro y que nos llamó la atención, que imagino pasa desapercibida a la mayoría, pero a quienes somos docentes puede hacernos reflexionar un poco.
Íbamos por una calle peatonal cuando de pronto vimos a una madre joven tirando insistentemente del brazo de su hijo pequeño, quien desconsolado quería deshacerse de la mano de su madre al tiempo que le decía gritando: “¡¡Mentirosa, que eres una mentirosa!! ¡¡Me has mentido, me has hecho trampas!!”, intercalando estas expresiones con un llanto que encogía el corazón a quienes contemplábamos esta escena.
Lógicamente, no podíamos hacer nada, pues era interferir el algo cuya causa desconocíamos. De todos modos, me hizo pensar en el dolor que supone para un niño saber que tu padre o tu madre te ha mentido, te ha engañado y no ha cumplido lo que te había prometido con tal de conseguir lo que se proponía.
Relacioné este suceso con el mundo de los mayores, en el que mentir o hacer trampas para algunos es algo totalmente normal y necesario con tal de lograr los objetivos deseados. Entonces, me vino a la mente la escena de un cuadro colgado en el Museo del Prado y en la que se narra el engaño y las trampas que sufre la protagonista para ser conquistada por su pretendiente.
Se trata del lienzo de grandes dimensiones que lleva por título Atalanta e Hipómenes, que pintó el italiano Guido Reni (1575-1642) en homenaje a este mito griegoy que aparece descrito en las Metamorfosis del poeta latino Ovidio.
Paso ahora a relatar brevemente este relato, pues así se entiende el significado del cuadro.

Según la mitología griega, el padre de Atalanta solo quería tener hijos varones, por lo que al nacer su hija la abandona en el monte Partenio. Para suerte de la pequeña, una osa la cuida y le da de amamantar, hasta que es recogida por unos pastores que se hacen cargo de ella. Vivir en plena naturaleza y sin estar ligada a ningún hombre serán sus señales de identidad. Con el paso del tiempo, se convierte en una bella y ágil mujer que desea consagrar su vida a Artemisa, diosa de la cacería y de los bosques.
Para mantenerse siempre virgen idea una prueba: solo se casará con el que sea capaz de vencerle en una carrera. La belleza de Atalanta atrae a muchos hombres, pero, cuando saben que pone como condición que en caso de ser derrotados morirán, los hace desistir de competir con tan veloz mujer.
A pesar de ello, un joven llamado Hipómenes queda prendado de la belleza de Atalanta y decide competir con ella. Pero antes, acude a Afrodita, la diosa del amor de la Grecia clásica, con el fin de que le ayude. Esta le proporciona tres manzanas de oro, para que en la carrera las vaya tirando al suelo con el fin de distraer a su rival en la competición.
Efectivamente, a medida que van corriendo, Hipómenes las va dejando caer para que Atalanta, seducida por el encanto de las manzanas, las vaya recogiendo del suelo. Así, en el lienzo vemos que la figura femenina tiene una manzana de oro en su mano izquierda, al tiempo que se para y se agacha para recoger la segunda; mientras Hipómenes mira hacia atrás, intentando frenarla con mano derecha y escondiendo la tercera bola por detrás de su cuerpo. Finalmente, Hipómenes llega el primero a la meta, librándose de la muerte y logrando con engaños que Atalanta tenga que cumplir con su promesa de casamiento.
Cierro, indicando que a algunos les puede parecer desproporcionado comparar el engaño sufrido por el pequeño y el relato del mito griego. Sin embargo, ambos tienen el mismo trasfondo: lograr los objetivos que uno pretende haciendo trampas. Pero es que, por desgracia, la mentira y el engaño se aprenden, sea como autor o como víctima, desde edades tempranas, por lo que, lamentablemente, acabará formando parte de la personalidad.
Visitas: 28
