Aureliano Sáinz
Quisiera comenzar este artículo recordando un dicho de nuestros vecinos franceses que suelen decir: “Bȃtir des châteaux en Espagne», cuya traducción literal sería “Construir castillos en España”, pero cuyo significado es el de “soñar despierto” o de “imaginar cosas imposibles”.
Como los orígenes de los proverbios, refranes, locuciones, etc., en ocasiones son difíciles de rastrear, yo me imagino que esa expresión viene referida a que hay tantos castillos en nuestro país que es casi imposible encontrar lugar en el que no haya alguno de ellos. Hemos de tener en cuenta que la Asociación Española de Amigos de los Castillos tiene registrados más de 10.300 y que, como dato curioso, solo la provincia de Jaén cuenta con 237 fortalezas.
Teniendo en cuenta las cifras indicadas, cabe hacerse la siguiente pregunta: ¿tiene sentido el que una Diputación provincial se gaste el dinero en la compra de un castillo? ¿No sería mejor que lo destinara a otros menesteres que se suponen que son más perentorios? ¿Le interesa a la gente la conservación del Patrimonio arquitectónico o esto es cosas de unos pocos empeñados en algo que no tiene relevancia en el mundo digital en el que actualmente nos movemos?

Estas preguntas vienen a cuento cuando pienso en que la Diputación provincial de Granada, en el año pasado, es decir, en 2025, adquirió el pequeño castillo de La Calahorra que se encuentra en la zona norte de la provincia de Granada y a los pies de Sierra Nevada.
Pero antes de dar una respuesta a los interrogantes con los que he comenzado este artículo, quisiera indicar que, en lo que a continuación expondré sobre el castillo de La Calahorra, me apoyaré en un capítulo del primer volumen de Castillos de España, extensa obra coordinada por el historiador Edward Cooper; aunque, lógicamente, abreviaré al máximo para que la segunda entrega de esta serie sea lo más amena posible.
Como podemos comprobar, la imagen que nos ofrece externamente es la de una fortaleza medieval preparada para soportar los ataques de la artillería, de ahí la solidez de sus robustos muros con cuatro torres cilíndricas, y con escasas aberturas que permitan el paso de la luz hacia el interior, de modo que resistan los impactos de los obuses de este nuevo sistema de ataque.

Su construcción se inicia a comienzos del siglo XVI, años después de la conquista de Granada, a instancias de Rodrigo Díaz de Vivar (no confundir con el mismo nombre que lleva El Cid Campeador), marqués de Zenete o Cenete e hijo primogénito del afamado Cardenal Mendoza.
Recordemos que ya a mediados del siglo XV se había incorporado la artillería al armamento militar, por lo que muchas fortificaciones medievales empezaron a adaptarse a sus potenciales impactos, como podemos comprobar en la forma angular que adquiere la Torre de los Tres Picos del Castillo de Alburquerque. Este cambio, por otro lado, condujo a que los castillos comenzaran a perder las funciones estrictamente defensivas para las que se habían creado.
Ahora, el prestigio se mide por otras consideraciones que no se limitan estrictamente a la componente militar. La nobleza empezaba a adaptarse a los nuevos cambios, reflejando el interés por manifestar ante los demás su inclinación por las distintas formas de cultura, entre las que se encontraba la arquitectura.
De este modo, tras los gruesos muros de piedra que ofrecen una imagen compacta, en su interior aparecen un patio y unas estancias de corte renacentista, imitando los gustos de las famosas ciudades italianas, ofreciendo un contraste enorme. Esta es la razón por la que el castillo de La Calahorra, a pesar de su apariencia externa, está considerado como la primera obra relevante del Renacimiento en tierras hispanas.

Así, quienes visitan un castillo con rango de Monumento Nacional, tras haber apreciado sus robustas torres, los muros gruesos y las pocas ventanas que posee exteriormente, al pasar al patio interior se sorprendan del contraste que perciben. Ahora contemplan un patio central de dos pisos, hecho de mármol blanco de Carrara, marcado por su simetría y sus estudiadas proporciones, correspondientes a una nueva estética en los edificios militares.
Tras la muerte del marqués de Zenete, el castillo perdió protagonismo como residencia, de modo que, durante siglos, su uso fue irregular y entró en un prolongado periodo de abandono. De todos modos, su estructura se conservó bastante bien, sin que hubiera que realizar modificaciones importantes en el patio renacentista y en otras zonas del edificio.
Cierro, pues, con la interrogante que me hacía al principio: ¿merece la pena que las instituciones públicas conserven, restauren e, incluso, adquieran, castillos y fortalezas para que formen parte del Patrimonio arquitectónico público? No me cabe la menor duda que los alburquerqueños, ante esta pregunta, la respuesta que debemos dar tiene que ser muy clara y contundente.
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