ANTONIO MAQUEDA FLORES
Yo al amanecer le quitaría el estruendo del asfalto, la contaminación acústica de un viento que no nació así, aunque así nos llegue. Todo, pasado por el filtro humano, se deteriora. Ahora bien, cabe cerrar los ojos y aguzar el oído: ahí aparecerá el chirriar de los vencejos, el graznido de unos córvidos, el alegre son del ruiseñor. Nunca como en mitad del campo, de nuestras dehesas, junto a nuestros ríos y arroyos, aún bien surtidos del imprescindible elemento. No existe sonido que sustituir pudiera al rasgar de las ramas mecidas por la brisa, al leve fluir del agua entre las piedras de un cauce, al dulce canto de las aves. Y si acaso a corroborar estas realidades alguno se acercase a un amanecer en el campo, hágase con respeto, pues hasta el más mínimo incumplimiento de las normas de la naturaleza acaba siendo un agravio a la misma. A nuestra Madre Naturaleza, a la que como tal hay que tratar, cuidar y querer.
Yo hoy al amanecer le restaba prisa, sí, esa, la inevitable tantas veces. Pero como en todo existen grados, hay prisas con pausas y hay prisas que se pueden dejar para mañana, ¿para qué tenerlas hoy si podemos aplazarlas? Seamos procastinadores de la urgencia, practicantes del sereno transcurrir de los momentos. Sí, sí, lo sé, no siempre se puede… Pero ya el intento será un valor.
Disculpen el tono «aconsejador» de estas palabras, pero en bandeja me las sirvieron el fluido vuelo de las aves, la acompasada danza de los árboles al viento, el lento amanecer de hoy, ya casi lejano, ya casi olvidado. ¿No os digo…? Hasta para olvidar llevamos prisa. Pero no todo son malas noticias. Cualquiera las ignora, ¿verdad? En todo caso, la buena noticia, no sé si de las pocas (por barrios irá la cosa), es que amanece todos los días, al igual que cada día atardece. A veces las mayores de las evidencias nos pasan inadvertidas.
Yo al amanecer de mañana, allá por las 7 y cuarenta y algo por nuestras latitudes rayanas, me haré el encontradizo, como quien no quiere la cosa, y asomaré la gaita por mi ventana y saldré raudo al encuentro con la luz naciente. No somos mucho más y ese poco… ¿cómo no disfrutarlo? Aunque sea de vez en cuando, aunque sea entre el estruendo del asfalto y el ruido de la modernidad.
Amanecerá y seguirán los pájaros cantando. Yo elijo estar cuando vuelva a ocurrir.
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