jueves, abril 23, 2026
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LAS REFLEXIONES DE MAQUEDA: «El Señor de los Espárragos»

ANTONIO MAQUEDA FLORES

Algo quedará para el que llegue detrás… O si no, que madruguen más. A punto’día Esteban ya está empuñando el arma, las cuerdas en el bolsillo’l gabán, la sonrisa medio helá hasta que el sol empieza a templar el aire que venía refrescando y sacando los buenos colores de la cara que al viento se ofrece -ya el manojo va creciendo y tira de la primera cuerda. Se relame el alma del buen esparraguero por lo que está por llegar, el verde -o negro, o blanco- fruto de la tierra, esa que pisan sus botas y marca su corazón. Para, respira y siente la savia de las encinas correr por sus venas abiertas al sol que ya, ahora ya sí, calienta. Gabán fuera, a la cintura atao, sobre una piedra sentao, un trago, dos recuerdos de amigos que con él hicieron buenas duplas camperas y media mañana aún por delante. Ya el primer manojo y el gabán descansan en el maletero del coche campero, estratégicamente aparcado en las inmediaciones de su reino tan conocido. Si sus botas hablaran… Hasta los bigotes se le emocionan mientras va creciendo el segundo manojo, las manchas boscosas llenas de las fuertes matas, madres del fruto que a cada dos pasos se le aparece por el arte poco mágico de su habilidad natural.

  Se le relamen las ilusiones, el corazón fuerte, la vista en plena forma; las piernas, si acaso, acusando de lejos el inicio de ese amable cansancio que el esfuerzo voluntario convierte en una leve sensación de pesadez.

  «Aquella piedra valdrá…» Cierra el segundo manojo, que en breve acarreará bajo el brazo, camino, una segunda vez, al maletero. No son ni las 11 y aún dará para un tercer manojo. A por él se dispone a patear el campo -nunca con tanto cariño se «pateó» la tierra que se ama y se lleva hasta en la última célula del ser, en este caso de pura cepa alburquerqueña, ese tipo de cepas que dan seres extraordinarios como el esparraguero en cuestión, como los buenos vinos que recompensarán el esfuerzo hecho, el disfrute ganado, la sonrisa que bajo el sol lució cientos de veces esa/esta mañana en la serena cara de este Señor de los Castillos Esparragueros.

  No hay en el Reino quien iguale -ni se arrime- a sus cosechas esparragueras. Pero él siempre dice que «quedan otros poquitos». Así de generosa es la tierra cuando ha recibido el dulce beso del agua, la suave caricia del sol. Generosos elementos, como Esteban, «El Señor de los Espárragos».

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