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¿SERÍAS CAPAZ DE DEFENDER EL CASTILLO DE ALBURQUERQUE EN 2026?

Sobre la atención que perdimos mirando pantallas

MANUEL PIJIERRO

Año 1350

Imagina que eres el encargado de vigilar las murallas del Castillo de Luna. Una luna llena brillante permite ver a mucha distancia en el horizonte. Solo el canto lejano de algún búho, el viento entre las encinas y el ocasional ladrido de un perro rompen el silencio a tu alrededor.

  Tu misión es sencilla:

Observar el horizonte y avisar si detectas cualquier amenaza.

Nada te interrumpe, tienes paciencia, pones atención a la tarea dada su importancia. La cumples con éxito. Lo habitual.

  Ahora traslademos a la actualidad la misma escena y misión.

Año 2026

22:00. Subes a la torre. Todo parece tranquilo. Consultas la aplicación del tiempo para comprobar si lloverá durante tu guardia.

22:02. Ya que tienes el móvil en la mano, respondes un WhatsApp pendiente.

22:05. Una notificación te recuerda que hoy has caminado 7.842 pasos. Te faltan 158 para alcanzar tu objetivo diario, así que te desplazas por la muralla hasta conseguirlos.

22:08. Tu banco te informa de un cargo de 1,99 € correspondiente a una suscripción que ni recordabas tener.

22:11. Mientras vuelves a guardar el móvil, ves una noticia: «Diez curiosidades sobre los castillos medievales». Parece interesante.

22:17. Descubres que el mayor castillo de Europa está en el quinto pino. No era la información que buscabas, pero ahora ya lo sabes.

22:23. Un vídeo te explica cómo sobrevivirías durante una invasión musulmana. Tomas notas mentales que olvidarás en diez segundos.

22:31. Tu reloj vibra. Alguien dio like a la publicación tuya de Instagram de la foto en el patio de armas de ayer por la tarde.

22:36. Un amigo comparte en el grupo una foto de una barbacoa. Empieza un debate sobre si la tortilla debe llevar cebolla.

22:40. Todavía no has mirado ni una sola vez al horizonte para cumplir tu misión.

22:44. Compruebas quién va ganando el partido que juraste no mirar hasta terminar la guardia.

22:51. Un vídeo de quince segundos muestra a un herrero fabricando una espada medieval.

22:58. Otro vídeo te enseña cómo era la vida de un guardia de castillo en el siglo XIV.

23:06. Ahora estás viendo la restauración de una armadura del siglo VIII.

23:14. Alguien comenta que la armadura es falsa. Entras a leer los comentarios para verificarlo.

23:21. Tras quince minutos de discusión entre desconocidos sobre metalurgia medieval, decides intervenir.

23:29. Redactas una respuesta de tres párrafos citando fuentes históricas.

23:42. En el horizonte aparece una columna de antorchas.

23:43. Piensas que seguramente alguien ya la habrá visto. Tu comentario para esos desconocidos es ahora lo más importante para ti.

23:47. La columna de antorchas sigue acercándose.

23:52. Buscas en Google: «¿Las invasiones suelen llevar antorchas?»

23:56. Las puertas de la villa empiezan a arder.

23:58. Por fin levantas la vista.

23:59. Te preguntas por qué nadie te avisó.

  Ahora, pregúntate ¿eres capaz de leer la página de un libro sin parar a mirar el teléfono móvil?, ¿Y de mantener una conversación de una hora sin mirar una pantalla?, ¿O de escuchar una canción o ver un vídeo completo sin pasar al siguiente de forma compulsiva? ¿Y de estar diez minutos sin hacer absolutamente nada? ¿Serás capaz de leer este artículo sin pensar en otras veinte cosas más o sin cambiar de pantalla varias veces? Si la respuesta es no, quédate, que vamos a hablar de ti. Con cariño, eso sí. Te lo prometo.

Problema estructural

El vigía medieval tenía algo que llevamos varios años perdiendo: la atención. Ahora, cabe preguntarnos: ¿la estamos perdiendo o nos la están robando? La escena anterior parece exagerada. No lo es tanto. Cambia el castillo por una mesa de trabajo, una comida familiar, un libro abierto o una conversación con algún ser querido. Ahora ya no nos amenazan antorchas a galope en el horizonte, al menos de momento. A veces, la amenaza viene en forma de vibración en el bolsillo o de una simple notificación sonora.

Motivos para buscar soluciones

Hay muchos motivos que nos ayudarían a justificar una lucha por volver a recuperar la atención sobre nuestra vida. Nos vamos a concentrar principalmente en dos:

-A nivel personal, una vida llena de interrupciones es una vida limitada. Leer y disfrutar de un buen libro o película es misión imposible si consultamos el teléfono móvil cada dos minutos. Disfrutar de tus amigos o tu familia, es complicado si de manera compulsiva revisas el correo electrónico cada poco tiempo. Si queremos hacer lo importante debemos prestar atención a lo que corresponda. Solo a eso.

-Como sociedad, esa pérdida de atención individual afecta a la capacidad que tenemos como conjunto de plantear soluciones a problemas sociales. Si no somos capaces de atender y comprender los problemas reales de nuestro pueblo, comunidad o país, ¿cómo vamos a encontrar soluciones o exigir responsabilidades?

Causas tecnológicas de la pérdida de atención

Entre estos motivos podemos encontrar el aumento del cansancio físico y mental general de la población, la caída en picado de la lectura sostenida, aumento del estrés a escala poblacional, los cambios en la dieta alimenticia o la exposición a una contaminación continuada. Son muchos, pero hoy nos vamos a centrar en los estrictamente tecnológicos.

  En este artículo nos preguntamos, ¿está el uso masivo de la tecnología, principalmente teléfonos móviles, limitando nuestra capacidad de atención y concentración?

  Estoy seguro que la respuesta corta a esta pregunta por parte de todos es un rotundo pero, ¿cabe una respuesta larga? ¿Qué hay detrás de todas estas sospechas e intuiciones que todos tenemos? ¿Somos débiles y nos distraemos o hay sistemas diseñados para capturar nuestra atención porque nuestra atención…vale dinero?

Veamos cuáles pueden ser esas causas:

Causa 1: Aumento de la cantidad, velocidad, alternancia y filtrado de la información.

No hay mejor forma de saturar la mente y debilitar la capacidad de atención de una persona que inundarla de información de forma constante. Cuanta más información seas capaz de entregarle, menos tiempo tendrá para concentrarse en un elemento informativo concreto. Estamos sacrificando atención, reflexión y pensamiento sobre información importante porque recibimos ingentes cantidades de datos cada día.

  Desde una simple notificación en el móvil, pasando por cientos de mensajes en WhatsApp, decenas de noticias entre periódicos, radios y televisiones, múltiples comentarios en redes sociales, decenas de impactos publicitarios, etc. ¿Recuerdas alguna noticia de ayer? ¿Qué fue importante para ti, para Alburquerque o Extremadura hace una semana?

  Esta saturación agota más rápido nuestros recursos de atención. Y una mente agotada analiza peor, reflexiona menos y se vuelve más vulnerable a la manipulación. Nuestro cerebro, hipersaturado de información, se encuentra agotado y pierde la capacidad de análisis y reflexión que necesita. Evolutivamente es el mismo que hace miles de años y esa evolución lo preparó para procesar mucha menos información. Tenemos una capacidad cognitiva limitada y, por supuesto, no somos multitareas. Es imposible estar con atención plena en una conversación, libro o película al mismo tiempo que miras la pantalla del móvil. De verdad, no somos multitareas. Olvídalo. Céntrate en una cosa. Haz lo importante y lo importante, casi siempre, suele estar en la vida real, no en la pantalla.

Causa 2: Cambios en los hábitos de lectura.

Hasta hace no muchos años el hábito normal de lectura era un libro, extensas noticias escritas en páginas de papel, revistas con amplios artículos, etc. Esta forma de lectura nos entrenó durante mucho tiempo a leer centrados en una sola cosa de manera sostenida en el tiempo.

  Las pantallas han cambiado estas reglas. La información que solemos leer en el dispositivo móvil nos acostumbra a leerla de forma diferente, como si fuéramos dando saltos eléctricos de una cosa a otra. Además, en una pantalla, tenemos mucho más cercana la posibilidad de seleccionar y descartar. De hecho, tras el boom tecnológico de hace unos años en los centros educativos y querer llevar ordenadores y tablets a cada alumno, en muchísimos lugares están dando marcha atrás a esta acción porque los resultados académicos de los alumnos en comprensión lectora han bajado de forma alarmante.

Al cambiar libros por pantallas comenzamos a perder capacidad de lectura profunda y, al perderla, cada vez nos cuesta más volver a los libros. Entramos así en un círculo vicioso: leemos menos porque nos cuesta concentrarnos, y nos cuesta concentrarnos porque cada vez leemos menos.

  El problema no está solo en la pantalla, sino en el tipo de lectura que muchas plataformas nos entrenan a hacer. Twitter -ahora X-, Instagram, Facebook o TikTok nos acostumbran a mensajes breves, titulares rápidos, bloques de información que consumimos en pocos segundos y contenidos que desaparecen al deslizar el dedo. Leer poco, pensar rápido y pasar a lo siguiente. Todo es fugaz.

  Un libro funciona al contrario. Exige tiempo, paciencia y continuidad. Nos obliga a seguir una línea, luego un párrafo, luego una idea completa. Requiere atención sostenida para que la lectura sea productiva y placentera. La tecnología móvil, tal y como solemos usarla, rara vez entrena esa capacidad. Más bien tiende a robárnosla.

3. Uso de la persuasión en el diseño de tecnología

A comienzos de los años 2000, B. J. Fogg popularizó desde Stanford el concepto de tecnología persuasiva, es decir, el estudio de cómo las aplicaciones informáticas podían diseñarse para influir en nuestras actitudes y comportamientos, muchas veces de manera casi imperceptible para el usuario. Una de las conclusiones a las que se llegó fue clara: era necesario crear un sistema de refuerzos inmediatos. Básicamente se trataba de moldear el comportamiento del usuario asegurando que, desde el principio, este recibía corazones, likes, notificaciones y alertas.

  Las grandes compañías como Google comprendieron rápidamente el fondo de la cuestión porque para ellos, era algo muy importante. Cuanto más tiempo pasaras delante de la pantalla, más anuncios verías y más dinero ganarían. Este sistema ha metido a la gente en una rueda de comprobación continua de notificaciones en su dispositivo móvil deseando obtener la siguiente gratificación.

  No todo es falta de voluntad. Parte de nuestra distracción está diseñada. Eso no nos elimina la responsabilidad, pero sí nos obliga a entender mejor contra qué estamos luchando. Nuestra distracción con cada segundo que dedicamos a las pantallas les alimenta y les hace ganar más dinero. Google llenó de notificaciones sus aplicaciones, Instagram añadió filtros, etc. El objetivo es distraerte para mantenerte pegado a la pantalla móvil.

  Crees que mirar una foto nueva, una nueva publicación de un conocido o desconocido, leer un “wuasa” solo te llevará un segundo pero no es así. Lo más probable es que pierdas la atención sobre lo que estabas haciendo y pases varios minutos casi sin darte cuenta pasando con el dedo pantallas en el teléfono de manera compulsiva.

  Uno de los peores inventos tecnológicos para los usuarios, y mejores para las empresas, es algo que pasa inadvertido para la mayoría, pero que desde que se instauró nos empuja a pasar horas pegados al móvil: el scroll infinito, ese mecanismo por el que una página nunca termina y siempre aparece algo nuevo al deslizar el dedo, eliminando cualquier punto natural de parada. Antes de su invención, la mayoría de páginas web dividían su contenido en páginas, es decir, lo paginaban. Esto tenía dos consecuencias positivas para el usuario: la primera es que el cerebro establecía un límite natural de final del contenido. Llegaba al final y punto, no había más. La segunda es que hacía falta una acción explícita (hacer clic en página siguiente) para continuar. El scroll infinito de Instagram, TikTok, elimina todo lo positivo, son infinitos y nos mantienen pegados demasiado tiempo a la pantalla robándonos nuestra atención de manera sostenida en el tiempo. El problema es que desaparece el momento en el que nuestro cerebro puede decir: “ya he terminado”.

4. Distraer, alterar y enfadar para ganar más

Las redes sociales ganan más dinero por cada segundo extra que pasamos dentro de sus aplicaciones. Y, del mismo modo, dejan de ganarlo cuando apagamos la pantalla, cerramos la aplicación o volvemos a mirar la vida real.

  Por eso, detrás de estas plataformas no trabajan solo programadores, diseñadores o ingenieros. También intervienen perfiles especializados en comportamiento humano, psicología, hábitos, atención, experiencia de usuario y análisis de datos. Su trabajo no consiste únicamente en hacer que una aplicación funcione bien, sino en conseguir que resulte más atractiva, más cómoda, más estimulante y, sobre todo, más difícil de abandonar.

  Nada está puesto por casualidad. La posición de un botón, el color de una notificación, el contador de likes, la reproducción automática, el vídeo recomendado, la vibración del teléfono o el scroll infinito forman parte de un diseño pensado para reducir al mínimo nuestra resistencia y aumentar al máximo el tiempo que permanecemos dentro.

  El negocio no consiste solo en que uses la aplicación cuando la necesitas. El negocio consiste en que sigas dentro cuando ya no la necesitas.

  Una vez condicionados y acostumbrados a recibir esos refuerzos como likes o comentarios, cuesta mucho más asomarse a la realidad porque la vida real no ofrece recompensas ni tan inmediatas ni frecuentes como ocurre en el mundo virtual. Hemos normalizado interrumpir nuestra conexión con la vida real solo para encender el teléfono móvil buscando estas recompensas. Y, por supuesto, estas interrupciones provocan una paulatina pérdida de la capacidad de concentración y atención ya que estamos constantemente alternando vida real y vida virtual.

  Pero eso no es todo, no solo al recibir, sino también al dar ‘likes’ o no darlos, estas plataformas conocen exactamente qué nos gusta, que no nos gusta o incluso qué nos enfada. Imagínate el enorme poder de llamar nuestra atención si conocen exactamente cómo nos comportamos en base a las publicaciones que nos muestran. Las redes sociales no te muestran contenido aleatorio, saben perfectamente qué mostrarte, dónde insistir.

  Muchas plataformas han comprobado que el contenido que despierta ira, miedo o indignación retiene nuestra atención con mucha facilidad. Además, cuando alguien se enfada, por lo general, presta menos atención a los argumentos que le rodean. Enfadados, pensamos de manera más superficial y con mucha menos atención.

  Haz un repaso mental al contenido digital que te suele llegar al teléfono móvil, ¿te produce sensaciones positivas o negativas? Muchas plataformas tienden a premiar el contenido que provoca reacción inmediata: indignación, miedo, culpa, ataque o conflicto, porque es el contenido que más nos retiene la atención.

Cuando pasamos un buen rato delante del teléfono móvil leyendo noticias, recibiendo cadenas de mensajes de WhatsApp, leyendo ciertos contenidos, tenemos la sensación de que nos rodea un ambiente lleno de ira y peligros.

  Esto, nos pone en alerta constante y, por supuesto, llevándolo al tema que traemos hoy, nos roba la atención sobre lo importante y real que tengamos en nuestro día a día. Si nos pasamos el día entre contenido negativo, falsedades y alertas diarias dejaremos de preocuparnos por la realidad de forma más continuada.

Recuperar la atención no es rechazar la tecnología

No se trata de odiar la tecnología ni de volver a una vida en la que nunca existió. La tecnología nos ayuda, nos conecta, nos informa y nos facilita muchas tareas. El problema aparece cuando dejamos de usarla como herramienta y empezamos a vivir bajo sus interrupciones alejándonos de nuestra vida real. Decidir cuándo miramos y respondemos o cuándo descansamos.

  Quizá hoy no tengamos que defender el Castillo de Luna de una columna de antorchas acercándose en el horizonte. Pero sí tenemos que defender algo igual de valioso: nuestra capacidad de atender a lo importante.

Bibliografía

Este artículo está inspirado principalmente en la lectura de El valor de la atención, de Johann Hari, obra en la que el autor analiza distintas causas de la pérdida de atención en la sociedad actual, desde el cansancio y el estrés hasta el diseño tecnológico, la alimentación, la contaminación o la pérdida de lectura profunda.

Además, han servido como referencia las ideas desarrolladas por B. J. Fogg sobre tecnología persuasiva, especialmente en Persuasive Technology: Using Computers to Change What We Think and Do, donde se estudia cómo los sistemas informáticos pueden diseñarse para influir en nuestras actitudes y comportamientos.

Para la parte relacionada con la lectura profunda, resulta interesante la documentación aportada en el trabajo de Maryanne Wolf, autora de Reader, Come Home: The Reading Brain in a Digital World, donde reflexiona sobre cómo el entorno digital afecta a nuestra forma de leer, comprender y pensar.

Sobre el diseño de productos digitales capaces de crear hábitos, otra referencia útil es Hooked: How to Build Habit-Forming Products, de Nir Eyal, un libro especialmente revelador porque explica desde dentro cómo se construyen productos pensados para que volvamos a ellos una y otra vez.

Escrito por Manuel Pijierro, 21 de Junio de 2026

IMÁGENES GENERADAS POR ChatGPT

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