AGUSTÍN FUENTES/ DIRECTOR DE CONTEMPOPRÁNEA
A partir de mañana, un pueblo de menos de cinco mil habitantes volverá a acoger un acontecimiento que hace apenas unas décadas parecía imposible y que hoy resulta irrepetible.
Contempopránea regresa a Alburquerque. No lo hace para competir con los grandes festivales del país. Tampoco para demostrar que cualquier tiempo pasado fue mejor. Regresa porque, treinta años después, sigue teniendo sentido volver al lugar donde empezó todo. Aquí, a los pies del Castillo de Luna, nació en 1996 una manera distinta de entender la música independiente. Cuando apenas existían festivales en España y mucho menos dedicados al pop independiente, un pequeño pueblo extremeño consiguió convertirse en punto de encuentro para miles de personas llegadas de todos los rincones del país.

Aquello no fue casualidad. Durante años Contempopránea descubrió artistas antes de que fueran cabezas de cartel, creó una comunidad fiel y demostró que la música no necesitaba grandes ciudades para convertirse en un fenómeno cultural. Pero el tiempo ha cambiado muchas cosas. La industria musical ya no es la misma. Los festivales tampoco. Hace apenas siete u ocho años, el Paseo de las Laderas podía albergar un festival con algunos de los grupos más importantes del país. Aquellos cachés, aquellas producciones y aquellos aforos hacían viable un modelo que hoy sencillamente ha dejado de existir.
La explosión de cientos de festivales en España ha disparado los costes de contratación hasta cifras inimaginables. Bandas que entonces actuaban por cantidades asumibles hoy multiplican por cinco o por seis aquellos cachés. A ello se suman producciones mucho más costosas, planes de autoprotección más exigentes y limitaciones de aforo que reducen considerablemente la capacidad de recintos históricos como el Paseo de las Laderas.

La consecuencia es evidente: para organizar hoy el Contempopránea de hace siete años serían necesarios aforos de entre seis y ocho mil personas, una infraestructura hotelera que Alburquerque no posee y un presupuesto completamente diferente. Por eso sería injusto comparar esta celebración con las grandes ediciones del pasado.
CPOP 30 nace con otra intención. No pretende reproducir un festival que pertenece a otra época. Pretende recuperar aquello que hizo diferente a Contempopránea cuando comenzó: la cercanía, el descubrimiento, el valor de las canciones y el encanto de un escenario que ningún gran recinto podrá sustituir.

Este regreso también tiene mucho de decisión sentimental.
Después de siete años sin celebrarse en Alburquerque y tras las dificultades que marcaron la última edición de 2019 —un año especialmente complicado debido a problemas con el ayuntamiento de entonces que acabaron, en los tribunales, resolviéndose a favor del festival-, lo más sencillo habría sido celebrar el treinta aniversario en una ciudad con más hoteles, más infraestructuras y muchas menos complicaciones.
Sin embargo, la organización decidió volver. No porque fuera lo más fácil, sino porque era lo que les dictaba el corazón. Porque un cumpleaños como este solo podía celebrarse donde nació la historia.

Y eso implica aceptar las limitaciones de un pueblo pequeño, pero también reivindicar todo aquello que solo un lugar como Alburquerque puede ofrecer. Quizá ese sea precisamente el reto de los próximos años. Entender que Alburquerque ya no puede competir con los macrofestivales, pero sí puede convertirse en un referente de otra manera de vivir la música: más cercana, más humana y más auténtica. Un festival donde el principal atractivo vuelva a ser descubrir a los artistas que dentro de unos años estarán encabezando los carteles de toda España. No sería la primera vez que ocurre.
Contempopránea lleva treinta años demostrando que sabe mirar antes que nadie. Quizá ahí siga estando su verdadera razón de ser. Porque el milagro de Contempopránea nunca consistió en traer a los grupos más famosos. Consistió en traerlos antes de que lo fueran. Y tal vez ese siga siendo, treinta años después, el mejor camino para que Alburquerque continúe ocupando un lugar único dentro de la historia del indie español.

So mos perfectamente conscientes de las dificultades que supone organizar un evento de estas características en una localidad de menos de cinco mil habitantes. Sabemos que faltan alojamientos, que las infraestructuras son limitadas y que la industria musical ya no es la misma que hace diez años. Sabemos que hoy sería mucho más sencillo hacerlo en otro lugar.
Y, sin embargo, aquí estamos.
No hemos vuelto para demostrar que podemos hacer el Contempopránea de hace diez años. Eso ya no lo permite la realidad de la música en directo. Hemos vuelto para recordar dónde empezó todo y para reivindicar que todavía es posible hacer las cosas de otra manera.
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FOTOGRAFÍAS. Distintas ediciones del festival. Francis Negrete. ARCHIVO AZAGALA
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