ELÍSABETH GARCÍA ROMÁN
Hija de Leocadio Aragoneses, segoviano, y Manuela Urquijo, vasca, quienes se conocieron en Madrid a donde ambos habían emigrado, nació en 1886 en dicha ciudad, donde fue inscrita en el Registro Civil con el nombre de María de la Encarnación Gertrudis Jacoba, según voluntad de los progenitores.
A los dos años de edad, la niña no caminaba y el médico lo achacaba a la debilidad, pero la madre temía que se quedara inválida como ella. Un día decidieron llevarla al pueblo de los abuelos paternos, Abades, en Segovia, ciudad en la que hicieron un alto y Manuela, mujer de sólidas creencias religiosas, entró con la pequeña en la catedral. Allí empezó a pedir porque su hija lograra andar y en un momento que se distrajo, dejó de ver a la pequeña y comenzó a buscarla aterrada. La encontró caminando tambaleante y feliz por las naves de la catedral. Pensaron que era un milagro y, así, rezos, milagros, rosarios, novenas… ése era el ambiente de la niña tanto en su casa de Madrid como en las de sus abuelos.

Poco después, Leocadio logró una mejor posición social y Manuela se trajo a Abades a una prima de su marido, Micaela García, de 16 años de edad, para ayudarla en las tareas domésticas. Ésta era demasiado mayor para jugar con Encarna y, dado que su madre no la dejaba jugar con los demás niños del barrio, la pequeña se aficionó a la lectura y a divertirse sola inventándose compañeros de juegos.
Sus abuelos paternos se llamaban Isidro y María. Tenían una sirvienta que se encargaba de todas las enfermedades y los enterramientos de la familia. Esta sirvienta, Valeriana, aparecerá en los libros de Celia, y Celia sentirá por este personaje de ficción el mismo amor que Encarna sintiera por el personaje real.

En el verano de 1892, antes de cumplir 6 años, Encarna tuvo el primer contacto con la muerte. Estando en Abades y a la luz de las velas vio a su madre a la cabecera de la cama del abuelo, rodeado de varias mujeres, con Valeriana a su lado, como una Gran Sacerdotisa, entonando las tremendas palabras de la Recomendación del Alma: “Sal, alma cristiana, de este mundo, en el nombre de Dios…”.
Aquella noche murió el abuelo Isidro y le enterraron al día siguiente. La niña recordará durante mucho tiempo el llanto de su madre, de rodillas al borde de la sepultura, y cómo su padre tuvo que hacer grandes esfuerzos por levantarla. Encarna conocía poco al abuelo y no sintió demasiada pena, pero se sintió obligada a llorar porque la estaban mirando las otras niñas del pueblo.

Poco tiempo después falleció Bárbara de Rivacoba, su abuela vasca, a la que aun conocía menos que a Isidro, aunque nunca olvidó la complicidad de esta con los habitantes del más allá, en concreto con San Antonio, y más adelante, en una dolorosa época de su vida, intentará por medio del espiritismo establecer una relación parecida.
Cuando cumplió 10 años y en vista de que no mejoraba su frágil salud, su madre decidió que irían juntas a tomar baños de mar a Santander y se hospedaron en una fonda familiar del Sardinero. El dueño tenía dos hijas mayores a las que Encarna admiraba porque salían con chicos y hablaban de trajes de modas. Un día fue a misa con ellas y, cuando estaban arrodilladas en el primer banco, Encarna se sintió llena de un dulce bienestar y sintió los párpados pesados y empezó a oír hablar a lo lejos. En realidad le había dado una bajada de tensión, algo a lo que su familia no le dio nunca importancia porque esos desvanecimientos se repitieron varias veces.
En septiembre de 1900, antes de cumplir los 14 años, la familia Aragoneses se trasladó al número 10 de la calle Villanueva, mejorando considerablemente su nivel de vida.

Tal vez la frágil salud de Encarna la hiciera poco amiga de salir a jugar con otros niños, y eso unido a que su madre no era partidaria de que jugara con niñas “de diferente condición social” (como la hija del portero), hacía que se pasase los días en casa leyendo cuentos maravillosos e inventando sueños.
En septiembre de 1903 tuvo un extraño sueño en el que dos hombres, uno de ellos su padre y otro un tío de su madre, Manuel Villachica, se disponían a pasar por debajo de un monumento que a ella le parecía de mucho peligro. Trató de avisarles, pero no le salía la voz. Entonces, el padre pasó por allí y desapareció en las sombras. Volvió a intentar gritar inútilmente para avisar a su acompañante, y oyó una voz que decía: “No, ése no entrará ahora. Su turno es en mayo”.

En ese momento se despertó bañada en sudor frío.
Leocadio Aragoneses murió cuatro días después y Manuel Villachica el primero de mayo del año siguiente.
Entonces tuvieron que trasladarse a una casa más modesta ya que la economía de Manuela no le permitía hacer frente a un alquiler alto.
En este momento vendrían muy bien las palabras que Encarna puso en los labios de Celia en Celia madrecita: “Lloré sobre mis catorce años, que habían sido felices hasta la muerte de mi madre (padre)… y los pájaros de mi cabeza, que aleteaban moribundos…”.
Encarna empezó a darse cuenta de que lo que le venía diciendo su madre desde que la sacó del colegio a los 12 años era verdad: para las niñas como ella, sin dinero ni padre que lo ganase, no existía más solución que el matrimonio.

La educación que había recibido hasta entonces debió ser muy similar a la de la protagonista del libro Aurora de sangre. Aurora Rodríguez, un personaje real, nacida en 1890, es decir, cinco años después que Encarna, debió tener una infancia muy parecida a la suya, ya que en el libro antes citado comentaba que su educación infantil dejó bastante que desear. Esta se queja de que fue unos años al colegio y le enseñaron lo poco que se enseñaba entonces a las chiquillas de clase media, cuya única salida era el matrimonio cuanto más rápido mejor. Aurora aprendió a leer, un poco de aritmética, geografía e historia, a coser y a bordar, tocar el piano y a bailar, pero nada más.
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