martes, marzo 10, 2026
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 Niños de la calle

Aureliano Sáinz

En cierta ocasión comenté, en un artículo aparecido en Azagala, que en la Facultad tenemos una tertulia diaria entre docentes, administrativos y personal de servicio, miembros de ambos sexos y de distintas edades: desde los que se acercan a los treinta años hasta los que han superado los setenta, como es mi caso.

Lo cierto es que a la hora del café nos reunimos para charlar dejando de lado los móviles, pues entendemos que hay que recuperar ese ambiente en el que es posible hablar de todo, o casi todo, con buen sentido de humor, alejándonos de las confrontaciones tan frecuentes cuando de por medio se encuentran las denominadas redes sociales, en las que no existe ese control emocional, o la precaución, que solemos tener en las relaciones directas.

Lógicamente, el que haya edades tan dispares en el grupo da lugar a que en algunos momentos surjan las referencias a los tiempos que quedaron atrás, y que se compare lo que nos aconteció a los que tenemos más edad con lo que han vivido quienes son más jóvenes. Todo esto, en el fondo, no tiene nada de malo si no entramos en la “nostalgia del tiempo perdido”, parafraseando el título de la gran obra del escritor Marcel Proust.

Pues bien, en uno de esos encuentros matinales acudo con el excelente libro, recién publicado, de Evȃnia Reichert, que lleva por título: Adolescencia. La edad de la potencia. Con cierto aire de polemista, les indico que me gustaría leer un par de párrafos del libro para saber qué piensan ellos de este mundo que les ha tocado vivir a los chicos y chicas de hoy. También, les indico que me gustaría conocer qué opinan quienes son padres o madres de hijos en esa edad tan complicada como es la adolescencia.

Pido un poco silencio, pues en ocasiones hay bullicio, y me pongo a leer:

Investigaciones recientes demuestran el crecimiento exponencial de los trastornos mentales en la infancia y la adolescencia en todo el mundo. Las conclusiones de los estudios apuntan como causa a la exposición temprana, excesiva y adictiva a las redes sociales y a los teléfonos inteligentes; como consecuencia, también revelan el secuestro virtual de los vínculos familiares, en gran medida reemplazables por la superficialidad de las redes sociales”.

Antes de que se inicien los comentarios, que imagino irán en la línea de reafirmarse en las preocupaciones que genera la adicción a los móviles y las pantallas, tan omnipresentes en el mundo digital en el que vivimos, con cierto aire provocador les indico que en mi caso soy un “niño de la calle”, haciendo referencia a los juegos que nos inventábamos o que ya conocíamos por tradición heredada de otros muchachos que nos antecedían.

A continuación, muestro al grupo una fotografía que tiempo atrás realicé de los entornos de Alburquerque para indicarles que esta imagen es la que aún tenemos quienes nacimos en el pueblo y que no solo eran las calles, las plazas o las Laderas los territorios de nuestras aventuras, sino también los campos que rodeaban al pueblo, dado que por aquella época había pocos automóviles y en las casas solo les preocupaban que estuviéramos a la hora de comer o cenar, ya que sabían que podíamos estar por cualquier sitio.

Quienes del grupo han superado los sesenta, afirmaron haber conocido bastante de esa época de “niño  de la calle”, en la que la televisión todavía no había adquirido la relevancia como para ser el centro de las atenciones dentro de la familia; aunque, apuntan, por entonces las tecnologías comenzaban a ser relevantes e iniciaban la escalada que nos ha conducido a un tiempo en el que se han convertido en punto neurálgico de nuestras vidas.

“Aunque recomiendo la lectura completa del libro”, les añado tras el debate que se ha abierto, “si me permitís, os leo otro párrafo que puede ampliar o complementar el anterior:

El mayor desafío entre generaciones siempre ha sido, y sigue siendo, la comunicación. Uno de los mayores temores de las madres y los padres es perder su lugar de influencia, de orientación y apoyo parental en la adolescencia de sus hijas e hijos. Temen que ya no los escuchen y que sus voces sean sustituidas por las de los youtubers e influencers.

Tiene razón esta autora. Como bien suelo comentar en clase, el desarrollo de la infancia tradicionalmente se ha producido en tres ámbitos: la familia, la escuela y los amigos (o el espacio social, en el que se encuentran los amigos). Pero de un modo, vertiginoso, ha aparecido el ámbito o espacio virtual que escapa, en gran medida, a los padres, lo que ha dado lugar a un gran desajuste en el desarrollo cognitivo y emocional, siendo motivo de preocupación familiar, también entre los docentes, ya que les desborda, conociendo la influencia que tiene en la infancia y la adolescencia.

Sé que ese tiempo, en cierto modo tan recordado por Luis Landero en sus novelas, ya solo queda en la memoria de quienes lo vivimos. Y si algo tuvo bueno era que para divertirnos bastaba con la presencia de los amigos para echarnos partidos de fútbol o jugar a los cualquiera de esos juegos a los que he aludido; eso sí, sin tener ni una “perra gorda” en el bolsillo, ya que las palabras consumo o consumismo por entonces no sabíamos qué querían decir.

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