ELÍSABETH GARCÍA ROMÁN
-Madrid, 1919
A finales de febrero de 1919, conceden a Eusebio el traslado de su residencia a Madrid, en concreto a la calle Ponzano, 18, donde Encarna empezó a conocer a toda la intelectualidad de la capital. Su marido, tan aficionado al teatro, conocía a la mayor
parte de los escritores y actores de renombre y unas veces en su casa, y otras en la de su vecino Santiago Regidor (colaborador de Blanco y Negro), se celebraban tertulias en las que se charlaba, se recitaba, se criticaba.
En aquella época, Encarna conoció a tres grandes mujeres que serían siempre sus amigas: María Rodrigo, que la animó y la ayudó a investigar sobre las canciones infantiles madrileñas; María Martos de Baeza, que sería su mayor apoyo en unos años muy duros, y María Lejárraga, la primera persona a quien Encarna enseñó los cuadernos escolares donde había ido escribiendo las palabras que iba oyendo a los niños en el Retiro, y que, maravillada de la naturalidad y la gracia de aquellas notas, la ayudó a que se publicaran.

Por otra parte, Encarna no dejaba de estar preocupada por la salud de los niños, especialmente el pequeño Bolín, al que se le detectó una especial predisposición para las enfermedades respiratorias y un pulmón muy debilitado. Ella encomendó su curación a la medicina natural, pero el pequeño no mejoraba y se pasaba los días enteros echado en la cama, con los ojos cerrados, y ya no leía ni dibujaba. Murió en abril de 1920.
Su padre colocó debajo de la cabeza de su hijo muerto un ejemplo manuscrito de “Magerit”, el primer tomo de sus historias novelescas de Madrid, que sería la gran obra de su vida.

El matrimonio no se resignó a considerar la muerte de su hijo como una separación irremediable y durante bastante tiempo practicaron espiritismo para tratar de comunicarse con él, sin conseguirlo.
Encarna no tenía ganas de seguir viviendo, pero su otro hijo la necesitaba. De este modo, escribía a su amiga Mercedes una carta en la que confesaba su deseo de morir cuando su misión estuviera cumplida
Eusebio fue destinado a Zaragoza y Encarna y Luis se quedaron solos en Madrid pensando en reunirse con él cuando el niño terminara sus exámenes, pero ella quería sostener aquella casa por si el espíritu del niño quería estar con ella.
En junio se dio de baja Eusebio por enfermedad y los tres marcharon al pueblo

segoviano de Ortigosa del Monte a intentar recuperarse. Allí tuvo Encarna una noche una visión: su hijo, muerto cinco meses antes, llegó hasta la cama de la madre para decirle que se tranquilizara, que todo iba a pasar…
Pasaba el tiempo y Encarna solo encontraba consuelo escribiendo a su amiga Mercedes.
-Sueños de supervivencia. Madrid, 1922
EL tiempo fue mitigando el dolor de Encarna que se ilusionó con la decoración de una nueva casa y que centró su principal preocupación en el estado de salud de Eusebio, quien había recaído.
Mientras, su hijo Luis iba a un colegio cuyos profesores, discípulos de Giner de los Ríos, eran para Encarna los mejores del mundo. A su clase solo iban cinco chicos de 14 a 16 años y dos chicas de la misma edad. La cultura literaria que adquirían era enorme y visitaban museos y hacían excursiones interesantes.
En octubre de 1922. Eusebio de Gorbea fue destinado a Tenerife, donde vivía Mercedes, con lo cual Encarna vio cumplido su sueño de volver a ver a su gran amiga y conocer a sus niños.
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