EUGENIO LÓPEZ CANO
A nuestra hija, Elisa María, que fue para nosotros un canto a la belleza. In memoriam
Del ensueño a la evidencia
Aproximarse a Alburquerque desde cualquier punto es contactar desde la inmediatez con los sentimientos más profundos a través de la emoción y la belleza. Después vendrán, qué duda cabe, otras sensaciones placenteras, pero con la espontaneidad del primer momento cuando el alma se sobresalta ante el espectáculo que nos ofrece la vista, te aseguro –vecino o forastero, ¡que igual da!- que no volverás a sentir lo mismo hasta que de nuevo recales a estas tierras. Es -cómo te diría yo- la pompa de jabón que a veces, como en esta ocasión, nos estalla dentro de nuestra infantilidad cada vez que entre los árboles, tras las colinas, aparece y desaparece el castillo jugando a esconderse entre la naturaleza, en unos instantes que después, al abrigo de la soledad, conservarás entre las imágenes más hermosas de tu vida.

Ante este pequeño milagro, que diríamos, ¿habrá todavía quién dude de la fantasía del niño que llevamos dentro? Y si así fuera, confía por una vez en ti mismo porque te prometo que no tardarás en recuperarla, si no para siempre al menos cada vez que nos visites o lo recuerdes en la soledad confortable del rincón de tu casa.
En presencia de este inmenso paisaje de encinas viejas que te arropa y ante aquella mole de piedra que se vislumbra a lo lejos, convertida por capricho en un castillo de cuentos -sencillamente porque así lo quieres-, yo te aseguro que, aquí y ahora, por mucho que la vida te haya arrebatado la inocencia de los días perdidos, hoy recuperarás conmigo y para siempre el mágico ejercicio de la fantasía de antaño, cuando el mundo era -¿recuerdas?- un inmenso teatro a nuestro antojo.

Cierra, pues, por un instante los ojos del raciocinio y deja, mientras te vas acercando, que se despierte la imaginación que creías haber perdido para siempre. Te prometo entonces que de nuevo irás viendo -porque lo verás-, asomándose entre los árboles y las piedras del risco, a los antiguos hombres que lo poblaron, unos interrogando a las miles de estrellas rutilantes que extrañamente se descuelgan de la bóveda celeste y otros escudriñando el bosque que se extendía generoso bajo sus pies, mientras construían la primera empalizada, las primeras viviendas, la primera fortaleza… Y si prestas bien el oído, hasta escucharás el eco de las voces de la guardia de turno, el trotar de los caballos, el griterío, los alaridos, el entrechocar de las espadas, la trompetería… Al tiempo que irás repasando en la memoria cada página de la historia del hombre, impresas para siempre en estas tierras: el odio, el poder, la ambición, la miseria, el heroísmo…, la cotidianidad, el músculo, el amor…, la vida.
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PORTADA: Alburquerque, a la caída de la tarde (Autor: Francisco José Negrete Castro)
FOTO 2: Francis Negrete/ ARCHIVO AZAGALA (Todos los derechos reservados)
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