sábado, febrero 14, 2026
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Coloquio de invierno

Aureliano Sáinz

Echo una mirada hacia atrás para situarme a finales de los ochenta. Me viene a la memoria una conversación telefónica que tuve con mi hermano Benigno, que vivía en Sevilla y yo en Córdoba. “¿Sabes que Luis Landero ha publicado un libro de poesía?”, me indica recordando nuestros años de infancia y adolescencia en Alburquerque. “¿De poesía? Me parece muy raro, pues creo que lo que ha publicado son relatos en prosa”, le respondo, esperando informarme con posterioridad en alguna de las buenas librerías que por entonces había en la ciudad en la que resido.

Por aquella fecha, Luis había cumplido 41 años, lo que, en principio, parecía una edad algo avanzada, dado que los novelistas suelen publicar su primer trabajo en edades más tempranas. De todos modos, quisiera apuntar que esta regla no tiene nada de universal.

Cuando me acerco a la que tiene en nombre de Anaquel, veo en el escaparate ya colocado un libro de la editorial Tusquets con el título de Juegos de la edad tardía. Lo primero que se me vino a la mente es que tenía que ser una excelente novela, pues esta editorial se encuentra entre las más prestigiosas de nuestro país.

Entro y ojeo un ejemplar. Poco después me acerco a la caja para abonarlo, ya que una breve mirada no puede ofrecerte el valor del relato que yo tenía entre manos.

Decir que empecé a entusiasmarme con esta obra es poca cosa. Fue un flechazo, la convicción de que me encontraba ante algo distinto, magistral, que fui deleitando línea a línea, página a página, al tiempo que esperaba que no acabara la historia de Gregorio Olías, transmutado en Faroni, y Gil, personajes fundamentales de la historia. Pero, el final llegó y quedé asombrado, ahora con la seguridad de haber cerrado la lectura una de las grandes obras literarias en castellano de finales del siglo pasado.

Landero, con esta su primera novela, a semejanza de un gran pertiguista, había conseguido en su primer intento un enorme salto que yo pensaba sería difícil de repetir. De todos modos, me apunté a lo que posteriormente iría saliendo de este magnífico fabulador, de este artesano de historias insólitas. Así, en la que aparecería cinco años después, en 1994, con el título de Caballeros de fortuna, comprobé que, paso a paso, comenzaba a gestarse un mundo muy personal en su forma de narrar esas historias fabuladas, dando lugar a que lograse un numeroso grupo de  fieles seguidores que lo han acompañado en su aventura literaria.

Han sido, pues, catorce novelas, junto a otras formas de publicación, las que han visto la luz, surgidas de esa privilegiada mente narrativa. Son relatos, en gran medida, nacidos de los aprendizajes de su infancia y adolescencia en Alburquerque. Incluyo en ellas El balcón de invierno y El huerto de Emerson, que están dentro de lo que se denomina como ‘autoficción’, ya que, a partir de vivencias personales, el autor elabora un mestizaje, mezcla de realidad y fantasía, sin que el lector finalmente sepa qué partes corresponden a la realidad y qué otras al mundo de la ficción.

En este transitar por su obra, quisiera hacer un aparte en su novela de 2019, o lo que es lo mismo, la del año anterior al del confinamiento en nuestro país por el covid. Se trata de Lluvia fina. Espléndida novela que rompe con el hilo que sutilmente engarzaba a todos sus relatos hasta ese momento. Nos encontramos con una historia dura, despiadada, violenta, ubicada en nuestra época, es decir, en la de internet, la de los móviles y redes sociales, algo que a Landero le resulta un tanto difícil de aceptar, pues el mundo que él prefiere es el de la comunicación verbal, el de las charlas al calor de la lumbre, el de las resonancias de las voces de los mayores que los pequeños escuchaban con una mezcla de atención, miedo y sorpresa.

Y llegamos a 2026. Tal como se había anunciado, el día 4 de este mes de febrero salía a la venta su última novela Coloquio de invierno. Puesto que las clases escolares y de bachillerato se habían suspendido en Córdoba, también en la universidad, por las lluvias que se anunciaban, me acerqué a una conocida librería para adquirir un ejemplar. De allí, una vez con el libro en mis manos, me fui a una cafetería del centro para leerlo tranquilamente.

Su contenido ya había sido explicado en distintos medios: durante la tormenta de nieve Filomena, en los inicios de 2021, siete personajes se encuentran atrapados en un pequeño hotel rural. Puesto que no tienen cobertura para los móviles, durante los días de reclusión, quedan de mutuo acuerdo en volver a un ritual que ya nos parece anticuado: charlar entre sí, hablar de forma distendida, contándose hechos o anécdotas que han marcado sus vidas.

Los siete personajes, junto a la pareja de hosteleros, (seis hombres y tres mujeres), son presentados en el inicio de la novela con sus nombres y oficios para orientar al lector en ese deambular por recuerdos singulares y sorprendentes que han quedado anclados en sus memorias.

Puesto que no tiene sentido que yo los sintetice, solo quisiera hacer un apunte final sobre algo que aparece con el tiempo a lo largo de sus obras: son nombres de personajes muy relacionados con Alburquerque y que el autor ha ido desparramando en las páginas y que se han reencarnado en sus personajes de ficción.

Así, en Coloquio de invierno aparecen Monroy, don Leandro, Dorita… Pero lo que más me llama la atención es que este último nombre (que yo lo asocio con el de una de mis hermanas) aparece, fugazmente, en Juegos de la edad tardía; más tarde, asoma en Lluvia fina, correspondiéndose con un personaje secundario; y, por tercera vez, encontramos a Dorita en Coloquio de invierno, de la que el autor nos dice que era la hermana mayor de Eloy, protagonista de uno de los relatos.

No sé si Luis ha sido consciente de que ese devenir de Dorita, quien, apareciendo en 1989, vuelve a asomar en 2019, para hacerlo finalmente en 2026. Claro, en tres personajes y tres historias distintas…, pero a mí me confirma su apego a nombres que se remontan a sus primeras andadas en el pueblo.

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