domingo, febrero 8, 2026
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Luis Landero: «La música del lenguaje oral, que conozco de mi infancia campesina, es fundamental»

ANDRÉS SEOANE. EL MUNDO

Una charla con Luis Landero (Alburquerque, 1948), además de un placer y un privilegio, es una conversación que piensa, eso cada vez más raro hoy en día. Un intercambio de tiempo lento y demorado, aliñado con una atención generosa y un disfrute por la palabra compartida. Hoy en día, casi un acto de resistencia. Sabio y elocuente, pertrechado con un par de cervezas pese al inusual frio madrileño, el escritor abre las puertas de su casa para conversar sobre su último libro, Coloquio de invierno (Tusquets), un compendio de diversas historias que, como siempre logra, apelan a lo más hondo e inmutable de la experiencia humana. Y es que, como dice: “la literatura existe para explorar esas zonas de la vida en las que no hacemos pie”.

  Así, siguiendo la técnica literaria del relato enmarcado, tan grata a ese mundo medieval y renacentista donde todavía existía el valor de compartir una historia, el escritor nos sitúa frente a siete personajes de muy diversa índole que, atrapados en un refugio de montaña durante la histórica tormenta Filomena se ven impelidos a reunirse y comenzara contar, con marcado tono oral, historias propias y ajenas que van tejiendo el tapiz de la vida humana y planteando los grandes dilemas sociales históricos y contemporáneos. «La música del lenguaje oral, que conozco de mi infancia campesina, es fundamental, es donde está realmente el genio de la lengua», asegura.

 De modo que la idea del libro es la más sencilla y más antigua del mundo: personas que hablan. Eso que vemos todos los días», resume Landero. «Sólo hacía falta poner una nevada, algo que les impidiera marcharse y los obligara a recurrir al modo más antiguo de entretenerse, que es hablar. En el fondo, todos los seres humanos somos narradores, todos tenemos una historia y la necesidad de contarla», insiste.

-Pregunta. Y sin embargo, como denuncia, cada vez hay menos conversación. ¿Por qué?

R. Es cierto que va a peor, pero no es algo nuevo, empezó a perderse ya con la televisión. Recuerdo en mi pueblo que fue aparecer la televisión y desaparecer los corros de gente en la calle. La televisión ocupó el lugar de la lumbre y las historias pasaron a ser vendidas, no compartidas. Luego llegó el móvil y remató todo. Hoy ves en el Metro o en el tren a la gente con la cerviz caída sobre el móvil, iluminados por una pantalla azul. Para alguien que viniera de nuevas sería una escena distópica, como si fueran personas enfermas o condenadas a mirar hacia abajo. Antes, en la hora del bocadillo, la gente comía y hablaba; ahora come mirando el móvil. Eso ha empobrecido mucho las relaciones sociales

-P. ¿Empobrecido en qué sentido?

R. Es innegable que es un aparato muy útil, pero también es una adicción casi inevitable. Hoy en día, cuando vivimos en una epidemia de actualidad constante, parece que, si no miras el móvil cada rato, te estás perdiendo algo. Alguien dijo, exagerando un poco, que el móvil es la heroína del siglo XXI. Y quizá no le falte del todo razón, pues tiene algo de droga. La mente cada vez trabaja menos, crea menos, elabora menos sus propias ideas. Eso deteriora la capacidad de pensar. Como herramienta es maravillosa, pero como tantas otras cosas, depende del uso que hagamos de él.

P.¿Y no cree que hay en estas críticas algo de ludismo, de fobia tecnológica? También en su día se echaban pestes de la imprenta…

R. No es lo mismo. La imprenta facilitó el acceso al libro, pero el libro había que leerlo. Internet es otra cosa. Siempre pensamos que la Edad Contemporánea empieza con la Revolución francesa y termina en 1989, con la caída del Muro de Berlin. Pero yo creo que la verdadera revolución ha sido internet, la más extraordinaria de la Historia, y está cambiando nuestra mentalidad, nuestras relaciones personales y nuestra experiencia del mundo, que se ha empobrecido. La sociedad se ha empobrecido porque ha muerto el diálogo.

-P. Y en la creación, en la literatura, ¿ve peligro en herramientas como la inteligencia artificial?

R. No, para nada. Como ayuda técnica pueden servir. para documentarse, buscar un matiz, un sinónimo. Pero en la creación no hay peligro. Una máquina puede imitar estilos, pero no puede crear un estilo propio ni tener dudas sobre el existir, sobre el ser. El mundo de los sentimientos, de las incertidumbres, no es su mundo. El peligro está en la educación: que los alumnos deleguen el trabajo y luego maquillen el resultado. Pero fuera de eso, la literatura no corre peligro. El estilo solo existe si hay alguien detrás que lo ha creado antes.

-P. Hablando de sus personajes, incluye perfiles muy distintos. ¿Cómo se fue formando ese elenco?

R. Toda escritura consiste en sentarse cada mañana a la mesa y escribir. Los personajes van saliendo por azar, por carambola, a veces inspirados en alguien que conoces, por su manera de hablar o pensar. No hay una fórmula. Sí quería variedad: distintos niveles culturales, distintas mentalidades. No podía ser un diálogo de sabios. Primero pensé en las historias que podian contar. Ese es mi oficio: inventar historias, estructurarlas y escribirlas.

-P. Insiste en que la vida está hecha de momentos decisivos. ¿Es una convicción o un recurso narrativo?

R. Es una mezcla. Somos hijos de nosotros mismos y también hijos del azar. Hay vidas donde el azar apenas interviene y otras donde lo decide todo. Basta un encuentro, un cambio mínimo, para que la trayectoria se desvíe. Somos como bolas de billar lanzadas con efecto: basta un roce para salir disparados hacia otro rumbo. Eso le pasa a Iván llich en Tolstói y nos pasa a todos. Son aguas donde no se hace pie y para esas profundidades están la literatura y la filosofía. El destino es ciego, como decía Borges comparándolo con un camello poderoso que no distingue lo que atropella. A veces incluso nosotros le servimos de lazarillo.

-P. En varias historias aparece el idealismo, sobre todo en el amor, y casi siempre acaba mal. ¿Qué peligros entraña este sentimiento?

R. El idealismo hay que mirarlo con cuidado. En política ha terminado muchas veces en pesadillas. En el amor es inevitable, sobre todo al comienzo. El amor es una invención, una fantasía. Uno se enamora de oídas, de una mirada, de un personaje literario. Yo estuve enamorado de Madame Bovary y, cómo no, de Marisol. Como decía Machado: «Todo amor es fantasía. No hace falta que la amada exista. Basta con que ponga en marcha la imaginación». Eso es hermoso, pero también peligroso.

  Hoy el idealismo quizá esté descatalogado, pero el irracionalismo no. Y el irracionalismo en política es perverso, porque despierta los peores instintos. Freud lo explicó bien: la civilización es una capa frágil. Basta rascar un poco para que salga la violencia.

  Algo de este pesimismo está puesto en el libro en boca de don Claudio, un profesor mayor protagonista de uno de los cuentos, que «en la vejez se da cuenta de que todas las ilusiones juveniles han terminado en desencanto. Eso nos ha pasado a muchos», lamenta Landero, profesor de Secundaria hasta su jubilación.

  El autor mira con añoranza «esa época, hasta los años 90, en que había referentes culturales y morales claros: periódicos, periodistas, intelectuales y filósofos de referencia e instituciones que aún conservaban prestigio. A partir de los 2000, ese sistema se resquebraja. El intelectual es sustituido por el comunicador, el tertuliano o el youtuber. El prestigio cultural se diluye y la sociedad deja de conceder autoridad moral a quienes escriben o piensan con profundidad», critica. «Hoy, un escritor solo obtiene resonancia si va acompañado de polémica. El ruido ha sustituido al sosiego, la velocidad a la reflexión. Todo se olvida con rapidez porque el sistema necesita pasar página constantemente».

-P. Muchos relatos incluyen evocaciones de otros tiempos. ¿Cuánto hay de nostalgia y cómo la dosifica?

R. Sin duda hay nostalgia. Yo me siento un poco desarraigado culturalmente en el presente. Eso no quiere decir que no participe en ella: escribo, hablo contigo, vivo en mi tiempo. Pero siento que no es del todo mi época, porque mis referentes son 3.000 años de civilización que ahora parecen desprestigiados.

  Ojalá ese legado, ese tesoro, no se pierda. Es nuestra herencia más preciada.

-P.¿Y dónde deposita esa esperanza?

R. En los jóvenes. Cuando voy a un instituto encuentro motivos de esperanza. Incluso pienso, no sé si ingenua mente, que puede haber un renacimiento, como en el siglo XVI. Ahora hay mucho desbarajuste: internet ha creado confusión y desorden. Habrá que esperar a que las cosas se posen. Los jóvenes empiezan a cuestionar las redes y eso me alegra. Pero también tendría que ayudar el periodismo, que hoy sirve a la actualidad inmediata. Esto no puede seguir así eternamente. Igual que ciertas aberraciones políticas no pueden durar. Son tan escandalosas que acabaran cayendo.

-P.Además del idealismo, hay dos palabras muy presentes en el libro: irresponsabilidad e impunidad. ¿Son signos de esta época?

R. Sí, pero eso atraviesa todas las épocas. El poder siempre ha coqueteado con la impunidad. La irresponsabilidad quizá sea más personal, depende de la calaña ética de cada uno. Hay quien no siente culpa y quien tiene un exceso de responsabilidad. La responsabilidad es hacerse cargo de los propios actos. Parece una obviedad, pero es fundamental para que una sociedad funcione. Desde el camarero hasta el político. La sociedad agradece que alguien dé un paso al frente y asuma responsabilidades. Aquí en España, sin embargo, todo el mundo escurre el bulto. Hay países donde por muy poco alguien dimite. Aquí puedes hacer casi cualquier cosa y no pasa nada. Es una cuestión de higiene democrática, de vergüenza. La sociedad acepta con resignación que nadie asuma responsabilidades, pero existe una demanda ética latente.

-P. Quería volver a la esperanza, que siempre es el broche final de sus libros. Más allá de la juventud, ¿cómo podemos recuperarla?

R. Mis historias son muy humanas, a veces tristes, a veces pesimistas, como la vida. Pero el final apunta a que lo que nos puede salvar es recuperar la humanidad: hablar, contarnos cosas, compartir la vida. Las relaciones humanas, la vecindad, las pequeñas tribus, son un motivo de esperanza. Recuperar los valores que llevamos dentro, no los de los medios ni las redes. El valor de la concordia, de las palabras, de escuchar y contar. Y una palabra clave: la piedad. Lo que más echo en falta en este mundo hiperacelerado es la piedad, la compasión hacia los que sufren. Sería un buen primer paso.

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