EUGENIO LÓPEZ CANO
Retomando el caserío medieval, sería conveniente que desapareciesen del mismo los contenedores de basura, así como el aparcamiento de automóviles delante de la Puerta de la Villa -¿costaría mucho restaurarla de una vez?-, colocando obstáculos más firmes, o sancionando fuertemente a quienes incumplan las normas municipales. Igualmente debería mejorarse el entorno de la Puerta de Valencia y del Pozo de Alcántara, además de la puerta principal de la iglesia de Santa María, los dos últimos como muestra una vez más de la insensatez y del mal gusto de las autoridades, en este caso local y regional, motivos más que suficientes para recuperar cuanto antes el aspecto tradicional del pozo, y en el caso de la iglesia sustituir los poyetes de mármol por otros más acorde con su entorno.

Una vez traspasada la Villa Adentro nos encontramos irremediablemente con la primera línea defensiva del castillo, un terreno de considerables proporciones -más por su longitud que por la superficie- propio para sacarle un excelente partido. En mi trabajo «Del estado de la cerca y otras cuestiones» criticaba el abandono secular al que ha estado expuesto este espacio, al tiempo que resaltaba la importancia de dar buena imagen al forastero que nos visita. ¿Qué mejor embajador de nuestras tierras que aquel que se prenda de la belleza de un pueblo, capaz de ser respetuoso con su historia?

Respecto al CASTILLO, el pueblo de Alburquerque, con la Corporación municipal al frente, debiera involucrarse críticamente con las obras realizadas en el mismo, así como otras que puedan llevarse a cabo en el futuro, para que de esta forma no se permitan tantos desmanes como se han cometido, tales como la tristemente famosa «piscina pompeyana» a la entrada del castillo, ocupando la superficie del Pico del Diamante; la Batería de Santa Lucía, en el ala izquierda del Patio de Armas, convertida en dormitorios, con cuartos de baños; el antiguo cuartel de infantería, frente a la iglesia, derruido para levantar sobre sus cimientos la taberna, el comedor y la cocina, a cuya fachada, junto a la Torre del Arenal, se le ha añadido una especie de resguardo o vierteaguas, rematado por un tejadillo cubierto con teja portuguesa, el mismo material que la propia Junta de Extremadura, con acierto, prohíbe que se utilice en la Villa Adentro, y que sin embargo autorizó en su día para que se colocara, nada menos, que en el propio castillo, elevado a la categoría de Monumento Nacional, ocasionando con ello un impacto negativo. Otro tanto ocurre, entre otros desastres, con la que fue primera basílica de Alburquerque, junto a la taberna, cuadra que fue del cuartel de infantería, derribada en 1947, o la soberbia cisterna que existiera junto a la Torre del Homenaje, hoy convertidas en cuartos de baños, sin olvidar, entre otros desafueros, los derribos del horno y cuartel de infantería a ambos lados de la Torre de las Tres Esquinas, etc., etc.

Quizá para compensar tanto infortunio, se consiguieron dos logros que se perseguían hace tiempo: recuperar la iluminación artística del castillo, aprovechando en parte la infraestructura ya existente en 1977 -ojalá se consiga pronto el resto del recinto amurallado-, por cierto excelentemente conseguida, como muestra de la importancia de la estética, y la apertura, tantas veces reclamada, de una oficina de información dentro de la propia fortaleza, dirigida por un guía turístico, para mayor satisfacción.
Otra estampa que se echa en falta, al menos para quienes nos criamos entre estas piedras, son los piares y vuelos de los cernícalos -nuestros bellísimos zorramícales- que tan bien combinan con el paisaje medieval, y que tantos recuerdos nos evocan. Hoy, sin embargo, quizá para resarcirnos de su ausencia, nos complace ver de vez en cuando, como si de una pose se tratase, el vuelo majestuoso que nos brindan las águilas y buitres de las vecinas sierras de el Castañar.

Cuando escribí esto, no se podía imaginar que años más tarde se iban a llevar a cabo las obras más deshonrosas que vivieran los siglos, mucho más dañinas que los ataques que tuvo que soportar el castillo, ejecutadas, para más inri, por las autoridades regional y local, quienes precisamente deben velar por su restauración y conservación. Me refiero al intento de hacer una hospedería en el castillo desvirtuando su imagen con una torre de hormigón de 30 metros de altura junto a la fortaleza).
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PORTADA: Fotomontaje de Adepa en el que se visualizaba el proyecto de hospedería y cómo quedaría el castillo.
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