EUGENIO LÓPEZ CANO
El ancho territorio que circunda a esta Villa, la misma que un día fuera adelantada de Castilla en tierras de moro, se pierde como tantos otros en la noche profunda de los tiempos para resurgir en una tierra de nadie, plena durante siglos de conflictos entre Castilla y al-Ándalus, justo en la franja que divide el Tajo del Guadiana. Una historia fantásticamente envuelta -sobre todo, para quienes amamos la imaginación creadora- en una nube de hechos heroicos y de batallas sin fin, entre relinchos y galopes, en un inmenso campo de cruces y lunas… Hasta su conquista definitiva en 1217 por Fernando III el Santo que la entregaría a su pariente Alonso Téllez de Meneses con el título de Señor de Alburquerque, constituyendo este enclave mozárabe en el primer señorío laico importante en pleno país musulmán. La Villa pasaría durante medio siglo de padres a hijos hasta que Alonso Sánchez se vio en la necesidad de iniciar en la era de 1314 le reedificación del castillo y la construcción o reconstrucción del recinto amurallado.
Después de unos años de paz, las luchas volvieron a reverdecer en estos campos y entre estos muros, como consecuencia de la donación que el Rey hizo de esta Villa a Beltrán de la Cueva, quien al fin la tomaría en posesión en 1465 con el título de Duque de Alburquerque, primero de su dignidad nobiliaria.
Durante el reinado de Felipe IV, Portugal proclamó su independencia prendiéndose de nuevo la mecha, esta vez a lo largo de la frontera, iniciándose de este modo una prolongada conflagración que prácticamente coincidiría con la toma en 1705 de esta Villa por las tropas portuguesas, disfrute que se alargaría hasta 1716.

Y una última página para no cansar al lector y sí en cambio para gozo de su propia fantasía: la Guerra de la Independencia contra los franceses -en estas tierras en 1809 y parte del siguiente-, en cuya contienda la intervención de la Junta de Defensa y Armamento de Alburquerque supuso días de gloria para la Patria.
Hasta aquí los someros recuerdos de la historia que el castillo nos sugieren, mientras vas aproximándote al Puerto de Albacar, impaciente por subir a la torre más alta y percibir desde ella los latidos de cada piedra, mientras la vista y el alma, en una comunión perfecta, se ensanchan ante la paz del inmenso paisaje que en redondo se desborda en la lontananza más lejana.
En cambio la cotidianidad histórica -el pulso de la vida, que diríamos- la sentiremos recorriendo a pie las calles y plazas, no sólo en su concepción y arquitectura, hermosas sin duda, sino buscando, os lo aconsejo, las sensaciones que emanan de cualquier rincón, siempre, por supuesto, si guardáis por un momento la evidencia y echáis a volar la imaginación y los sentimientos.
Entonces veréis, y sólo entonces, cómo la perspectiva cobra otro sentido mucho más enriquecedor, descubriendo, por poner un ejemplo, la emoción de la luz y la sombra sobre la cal de la pared desconchada. Y aprenderéis, sin duda, a conmoveros con la sencillez -no exenta de elegancia- del balcón volado, la prestancia de la piedra cincelada, la belleza en la tosquedad de la forja, la ingenuidad del canalón y la cornisa, la chimenea, las tejas, las veletas, el postigo, la gatera y los mil y un detalles que el paseo os irá sorprendiendo con sólo dejaros llevar por los ojos de la curiosidad, abiertos de par en par.
PORTADA: Imagen antigua del castillo.
IMAGEN 2: D. Beltrán de la Cueva.
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