CHARO CEBALLOS
Desde la perspectiva de género se ha constatado que son las mujeres las que cuidan, tanto en el ámbito doméstico, como en el público (López de la Vieja). Estadísticamente[1] los datos no dejan lugar a dudas, las mujeres emplean más tiempo en el cuidado y la crianza de la prole y, si alguien tiene que pedir una excedencia laboral para atender estas responsabilidades, son las mujeres las que lo hacen. Podemos decir que, tradicional y culturalmente, se ha asignado a las mujeres la práctica del cuidado en virtud de la excelencia y las dotes “naturales” que las mujeres tienen para cuidar y que parten, según nos índica Ana de Miguel, de la teoría de la naturaleza diferente y complementaria de los sexos que atribuye a la mujer cualidades morales que se pueden resumir en su capacidad ilimitada de entrega a los otros. La abnegación y la renuncia son interiorizadas por gran parte de las mujeres como responsabilidad propia, hasta el punto de cuestionar incluso la idoneidad del padre en el ejercicio de la crianza. El cuidado, por tanto, estaría interiorizado en la psique femenina, como señala Nicole Claude Mathieu a través de las disposiciones adquiridas, los “habitus”, los cuales nos permiten explicar la reproducción del sistema social y, dentro de él, las relaciones entre los sexos.

El concepto del cuidado como aquel que no tiene contraprestación adolece de unos costes invisibles que Teresa López de la Vieja entiende como costes de oportunidad y que se refieren a aquello que los cuidadores dejan de hacer para dedicarse a cuidar. En este sentido, la socióloga María Ángeles Durán ha puesto en valor el ingente trabajo no remunerado que realizan las mujeres dentro de los hogares y ha traducido en cifras los costes invisibles de este cuidado. Según esta autora, el tiempo que las mujeres dedican a cuidar equivaldría a 28 millones de empleos a tiempo completo; si el coste tuviera que ser asumido por el Estado, este tendría que incrementar el impuesto sobre la renta (IRPF)[2]en torno al 70% y, únicamente, para redistribuir una pequeña porción como pago a los cuidados que no están remunerados. Esta manera de entender el uso del tiempo, como donado a los demás, sin contraprestación y sin visibilidad, tiene repercusiones importantes para la vida de las mujeres. Estos costes invisibles que la “madre” ha de asumir hacen que el empleo, la educación o el ocio, entre otros, se pospongan o se abandonen para atender a su prole. En este sentido, para Ana de Miguel, la falta de correspondencia del cuidado sería el problema de la desigualdad sexual, porque implica una “falta de reciprocidad en las interacciones cotidianas y en las relaciones estructurales entre hombres y mujeres”.

Me pregunto, como lo hace Soledad Murillo, si existe una elección racional en el hecho de cuidar, de forma que se puedan repartir tareas y responsabilidades o si por el contrario, las mujeres no pueden desvincularse de una responsabilidad social inherente a un comportamiento de género. Parece que las mujeres hubieran asumido el cuidado como una obligación adscrita al género. Así, la mujer tiene que cuidar, no hay otra opción.
No existe ningún motivo para que un hombre no asuma la co-responsabilidad en las tareas del cuidado y crianza de los vástagos, pero las cifras están ahí. Las excedencias por cuidado de hijos e hijas en la Comunidad Autónoma de Extremadura en el año 2019[3] fueron solicitadas por 503 mujeres, sin embargo, durante el mismo periodo de tiempo lo hicieron 41 hombres. En el año 2005 solamente 10 hombres solicitaron la excedencia para cuidar de sus vástagos, siendo 217 las mujeres que lo hicieron para el mismo periodo de tiempo. Las cosas han cambiado poco en 15 años con respecto a quién se queda en casa cuando llega un nuevo miembro a la familia.

La ayuda de las redes de parentesco es fundamental como apoyo en el cuidado, sobre todo, por parte de abuelas y tías, es decir, mujeres. Las políticas públicas y el incremento de leyes relacionadas con permisos y excedencias para el cuidado de la prole no se traducen en avances reales hacia la co-responsabilidad. Si, además, la coyuntura económica del país prescribe la necesidad de hacer recortes presupuestarios, las políticas y los recursos públicos destinados al cuidado y a la conciliación familiar son los que prioritariamente disminuyen. Por tanto, son las redes de parentesco las que asumen la tarea del cuidado de forma altruista. Las mujeres concilian con sus familias de origen y con ellas mismas. Posponer la apertura de la guardería de Alburquerque justificando dicha situación por la contingencia Covid está suponiendo un obstáculo para que las madres y padres de esas criaturas que deberían estar asistiendo al jardín de infancia puedan aceptar trabajos fuera del ámbito doméstico, y también supone un coste para las madres y padres que, teniendo ya un trabajo remunerado, tienen que pagar a alguien que cuide de sus hijos e hijas o apelar a las redes de parentesco para que les ayuden en la conciliación familiar y laboral. Después de todo lo dicho, es una obviedad que mantener cerradas guarderías, centros de mayores o cualquier otra institución pública que mejore la conciliación familiar y laboral es un atraso para la localidad que lo padece y un hándicap para las familias que lo sufren, sobre todo para las mujeres, que ven como sus posibilidades de empleo se esfuman porque no tienen donde dejar a su prole mientras ellas trabajan.
NOTAS
[1] Fuente: Encuesta de empleo del tiempo. Instituto Nacional de Estadística.
[2] Impuesto sobre la renta de las personas físicas.
__________________
Bibliografía consultada
De Miguel, Ana (2015). Neoliberalismo sexual. El mito de la libre elección. Madrid: Cátedra- Feminismos.
Durán, María Ángeles. (5 de enero de 2019b). «Hay muchas mujeres que quieren tener hijos, pero no pueden». (Raúl Conde. Entrevistador). El mundo. https://www.elmundo.es/opinion/2019/01/05/5c2f57d421efa0bd0d8b45da.html
Durán, María Ángeles. (12 de febrero de 2019). «Se tendría que subir un 70% el IRPF para poder pagar los cuidados en el hogar que son gratis». (Amaya Larrañeta, Entrevistadora)
López de la Vieja, Teresa. (2012). El cuidado. Lo público y lo privado. En N. Konvalinka, Modos y maneras de hacer familia (págs. 55-65). Madrid: Biblioteca Nueva.
Méndez, Lourdes. (2008). Antropología feminista. Madrid: Síntesis.
Murillo, Soledad. (2003). Cara y cruz del cuidado que donan las mujeres. Instituto vasco de la mujer. Emakunde, 1-12.
Murillo, Soledad. (2000). La Invisibilización del cuidado en la familia y los sistemas sanitarios. Política y Sociedad, 35, 73-80.
[1] Fuente: Encuesta de empleo del tiempo. Instituto Nacional de Estadística.
[2] Impuesto sobre la renta de las personas físicas.
[3] Instituto de la Mujer y para la Igualdad de Oportunidades – Mujeres en Cifras – Conciliación – Excedencias, permisos y reducciones de jornadas (inmujer.gob.es)
Visitas: 0
