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CARTA A AURELIANO: Oros y bastos

JUAN ÁNGEL SANTOS

Permítame, maestro, que huya de tan jugosa invitación, pero no habría espacio suficiente ni al lector le quedarían ganas de volver, si hubiéramos de repasar los 200 años, año arriba año abajo, que contemplan el reinado de la casa de Habsburgo o los Austrias como coloquialmente les bautizamos en España. Desde 1516, año en que Carlos I recibe la herencia española de manos de su abuelo, el rey Fernando II de Aragón hasta la muerte sin descendencia de Carlos II, el último rey de la dinastía, en el año 1700, se desarrolla una de las etapas, si no la más, importante en el devenir histórico de España. Un tiempo que a nadie dejó indiferente, ni a los coetáneos que les tocó vivirlo ni a los que, siglos después, contemplamos con interés sus glorias y sus miserias, sus grandezas y sus desastres, sus logros y sus flaquezas.

Su legado impregna la propia idiosincrasia de lo hispano. También es parte de las raíces de esta Europa común que pretendemos, y sus huellas, las que dejó su tiempo y plantaron sus súbditos, se pueden rastrear por todo el mundo. “Para bien y para mal, el mundo tiene un referente en la época de los Austrias. (…) Mientras nuestro tiempo se empantana en buscar orígenes y alterar pasados, la edad Moderna, donde los Austrias fueron actores principales, surge como un espacio ideal para entender de dónde procedemos”, señala el profesor Alonso García de manera certera. Bajo su gobierno se constituyó uno de los mayores imperios jamás conocido, “el imperio en el que jamás se ponía el sol”, que alcanzó su cénit a partir de 1581 año en que Felipe II fue reconocido como rey de Portugal y sus dominios pasaron a integrarse en la Monarquía Hispánica. Sin embargo, es esta enormidad y esta diversidad, donde radica buena parte de la fragilidad de un imperio que nació condenado al fracaso. Los Reyes Católicos prepararon a España para convertirse en un estado moderno, pero no para asumir una monarquía universal.

A los Austrias les tocó lidiar con lo que John Elliott denominó un sistema político “compuesto”, una multiplicidad de territorios agregados que conservan su propia organización, instituciones, leyes, costumbres…, un entramado, plurinacional o, empleando un lenguaje más actual, un “estado federal” de difícil gobierno. España no dispuso de medios ni de almas suficientes para ocupar y defender sus extensos dominios, lo que unido a una política sometida a la defensa de la fe y al destino imperial de la monarquía, la ausencia de una economía productiva, la fuga de los metales preciosos para costear unos gastos insoportables, la proliferación de una élite de funcionarios ineptos y corruptos al frente de la Administración y unos monarcas, cada vez, más deteriorados y ausentes, condujo al triste final de una dinastía que pasó del expansionismo del siglo XVI al repliegue y la decadencia del siglo XVII, acosada por los enemigos en el exterior y en el interior del imperio. Del triunfo de Pavía a la derrota de Rocroi. Del cardenal Cisneros al Duque de Medinaceli. España comenzó la partida abriendo en oros y terminó, perdiéndola, cerrando en bastos.

Pero el tiempo de los Austrias es también el tiempo de nuestro “Siglo de Oro”, término acuñado en el siglo XIX por el hispanista estadounidense y profesor de Harvard, George Ticknor, para referirse a la literatura española que florece entre 1492 y 1659, un período de tremenda creatividad, de una colosal expansión de la cultura, una “edad dorada” como refirió Cervantes en “El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha”: “Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados…”

Al mismo tiempo que crecía la “Leyenda Negra” espoleada por los enemigos del imperio, la cultura española inundaba con sus obras la posteridad. Fue el tiempo de Nebrija, Cervantes, Lope de Vega, Quevedo, Góngora, Garcilaso de la Vega, Calderón de la Barca… El tiempo de la mística castellana de Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz o San Pedro de Alcántara y de la ascética de Fray Luis de León o Fray Luis de Granada. La época de los grandes pintores españoles: Velázquez, Zurbarán, Murillo, El Greco, Berruguete, Luis de Morales… El Siglo de Oro fue también el de la universidad, en particular de la de Salamanca, de la que saldrían figuras de la talla del economista Martín de Azpilicueta o juristas como Francisco de Vitoria y arbitristas como Tomás de Mercado, Sancho de Moncada o González de Cellorigo quien sentenciará: “No sería fácil superar la decadencia que llega mientras abunden los ávidos de lujo, los acumuladores de metales preciosos para su propia riqueza, los pícaros y los especuladores.”

Y entre tantas letras y tanto arte también se desenvolvió la pobreza, la peste, la despoblación y la mendicidad, sobre todo en el siglo XVII. Aquella fue la época de los pasajeros a Indias como nuestro Juan Ruiz de Arce, por más conocido, pero también de Pedro de Barrantes, Juan Gómez, Juan Sánchez o Álvaro Galán, alburquerqueños que en 1594 se embarcaron camino de la provincia del Espíritu Santo. El momento de los miserables, pobres reales o fingidos, de los mutilados que regresaban de Flandes en busca de sustento para subsistir. La edad de pícaros como El Buscón, El Lazarillo de Tormes o Rinconete y Cortadillo y de bufones, la élite de los miserables para regocijo de la corte, bien pagados y reconocidos como Nicolasito Pertusato o Maribárbola (ambos presentes en el cuadro de Las Meninas de Velázquez), Velasquillo, Juan de Calabazas “Calabacillas” o Diego de Acedo “el primo”. El siglo de las tabernas, ventas y posadas donde se escanciaba vino, a veces “bautizado” (mezclado con agua), reservando los vinos “preciosos” para deguste en la corte. También se prodigaban las mancebías, particularmente en las ciudades, siendo las mancebas obligadas a andar con discreción cubriéndose de mantones marrones, cuyos picos darían origen a la conocida expresión de “irse de picos pardos”.

Fue la era de la Reforma y de la Contrarreforma, de la defensa de la ortodoxia y de la persecución de judíos, moriscos y herejes, tiempo de alumbrados y erasmistas. Fue el momento de los autos de fe como aquel celebrado en la Plaza Mayor de Madrid el 30 de junio de 1680 y “fotografiado” para la posteridad por el pintor español Francisco Ricci, y también de la caza de brujas y brujos que encontró su principal manifestación en el proceso de Zugarramurdi, en Navarra, en el año 1610.

Y, por supuesto, también fue una época para las mujeres, eso sí, desde el silencio y casi el olvido. Fuera de las tierras de Castilla y en el campo de la pintura, hay que añadir al nombre de Sofonisba Anguissola, los de Artemisia Gentileschi y Judith Leyster, italiana y holandesa, respectivamente. En España se las condenó al ostracismo, aunque es posible que hayan dejado huella sin firma la sevillana Juana Pacheco, hija del pintor Francisco Pacheco que fuera maestro del gran Velázquez, y esposa de este, o las hijas de pintores como de Juan de Juanes o Sánchez Coello. En literatura nombres desconocidos para la inmensa mayoría como los de María de Zayas, Ana Caro o Catalina de Erauso, mujeres que se atrevieron a abordar temas, hoy corrientes y entonces arriesgados, como el matrimonio, el sexo o el papel de la mujer en la familia y en la sociedad. Hasta en la propia corte, las mujeres jugaron un importante papel, desde un discreto segundo plano, convirtiendo el monasterio Real de las Descalzas y el monasterio de la Encarnación, ambos en Madrid, en auténticos centros de poder durante el reinado de los Austrias.

Oros y bastos, son el resumen de doscientos años de monarquía Habsburgo y podrían servir para abreviar los 25 años del reinado de la dinastía Vadillista en Alburquerque. Del júbilo de las mayorías absolutas a la más absoluta de las decadencias. Del dulce sueño de la utopía al amargo despertar de la realidad. De la abundancia y el regocijo, a la penuria y el pesar. Alburquerque, como la España del siglo XVI, no estaba preparado para ser gobernado desde la megalomanía y el despilfarro. La plata y el oro americanos se agotan como se agotan las generosas subvenciones que, a modo de exagerado riego, han podrido las raíces de nuestro modo de vida haciéndonos dependientes y lacayos. Los compromisos y las deudas que como injertos en árbol han difuminado la identidad del monarca sin que lleguemos a saber si es naranjo o limonero.

Concluyo con Francisco de Quevedo y con una frase de un pequeño texto que tituló “Las qvatro pestes del mundo, Embidia, Ingratitud, Sobervia, y Avaricia. Con las qvatro fantasmas, Desprecio de la muerte, Vida, Pobreza y Enfermedad.”:

“Más ayuda el conocer del malo lo peligroso que es el mal, que del curandero lo confiables que resultan los alivios.”

 

CARTA A JUAN ÁNGEL SANTOS

AURELIANO SÁINZ

Se ve, amigo Juan Ángel, que la historia te apasiona, pues basta que se tire un poco del hilo de algún personaje para que finalmente tú elabores un gran ovillo a partir de tus ricos conocimientos acerca de la senda de este complejo país que es España. Es por lo que uno llega cargado de información al final de tu muy documentado texto, razón por lo que intentaré ser breve en mi comentario, pues ya poco puedo añadir a lo que expones.

Solamente decir, puesto que lo citas, que en estos días he vuelto a leer La España Imperial del hispanista británico John H. Elliott. Libro totalmente recomendable para quienes deseen saber de la época dorada de nuestro país, por la claridad y fluidez de su escritura, lejos de la retórica de otros historiadores que acaban abrumando con nombres, datos y fechas, que hacen difíciles las lecturas de sus textos que parecen destinados a especialistas en la materia.

Quisiera apuntar que Elliott fue el director de la tesis doctoral de otro hispanista: Edward Cooper, sin lugar a duda, el mayor especialista en los castillos y fortalezas españoles de los siglos XIII y XIV. A este gran amigo de Adepa siempre le recordaremos con enorme cariño por el incondicional apoyo que nos prestó en la defensa del Castillo de Luna desde el mismo momento que nos pusimos en contacto con él llamándole por teléfono a su casa en Londres.

Lástima que cuando vino a Alburquerque, el entonces alcalde no quiso recibirle ni conocerle. “Para qué voy a recibir a otro traidor que viene aquí a desbaratar mi proyecto de la hospedería, el mismo que me hará pasar a la historia como el alcalde que tuvo la genial idea de transformar un castillo, que se había convertido en una tarjeta postal, en un auténtico filón para el pueblo…”, imagino que debió pensar para sus adentros cuando tuvo noticias de su llegada al pueblo.

¡Qué tiempos! Nunca se me olvidará que tras la primera mesa redonda que llevamos a cabo en la Casa  de la Cultura para que se conociera bien el valor de nuestra fortaleza, y en la que participamos algunos miembros de Adepa con este eminente historiador, el exedil, tras confundir su nombre con el de Héctor Cúper (que era por entonces el entrenador del Betis), apuntó que lo que quería era que todos los alburquerqueños fuéramos con boina y que su deseo último consistía en que el Castillo se cayera para saber qué había debajo.

¡En mi vida yo había sentido tanta vergüenza ajena! ¡Nunca había escuchado tantas majaderías dichas en tan poco tiempo! La desidia, la prepotencia y la falta de sensibilidad se unían en una persona que debía mostrar un poco más de interés acerca de nuestro rico Patrimonio. ¡Él no tenía nada que aprender porque, al parecer, se lo sabía todo!

En fin, todo esto forma parte de la triste historia de un pueblo que deberá recuperar sus mejores momentos. Mientras tanto, y como bien apuntas en tu escrito, seguimos activos y confiados esperando el final de la era (o dinastía) vadillista, que, extenuada, agotada y guiada sin rumbo por su discípula, se resiste a abandonar la nave en la que se acumulan los restos de un verdadero desastre que han cargado sobre un pueblo lleno de historia y que de ninguna manera se mereció tamaño castigo.

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Portada: Auto de fe en la plaza Mayor de Madrid. Francisco Ricci.

Imagen 2: Carlos V a caballo en Mülhberg. Tiziano, 1548.

Imagen 3: Las Meninas. Diego Velázquez, 1656.

Imagen 4: La Sibila. Posible retrato de Juana Pacheco.

Imagen 5: Niños comiendo uvas y melón. Bartolomé Esteban Murillo.

Foto 6: Aureliano Sáinz, con Edward Cooper, 2008.