Aureliano Sáinz
Sería interesante que Agustín Fuentes realizara una lista de todos los grupos que han actuado a lo largo de la extensa trayectoria de Contempopránea. Seguro que nos llevaríamos más de una sorpresa comprobar que algunos de ellos, que parecían bandas con grandes promesas cara el futuro, con el paso del tiempo desaparecieron o cayeron casi en el anonimato. A fin de cuentas, el inflexible e implacable mundo de la música no perdona tropiezos y tampoco suele dar segundas oportunidades.
Estas reflexiones las hago en estos días pensando en grupo británico de los noventa que tras el enorme éxito de su tercer álbum, Urban Hymns, desapareció del mapa, de modo que no volvimos a saber de ellos, excepto en un fugaz encuentro en 2008, pues cuando una banda entra en crisis se hace difícil que sus capacidades creativas se mantengan.
Y si ahora los traigo como recuerdo se debe a que en ese álbum se encontraba “Bitter Sweet Symphony” (Sinfonía agridulce), un magnífico tema que a mí me encantaba y que ahora te invito a escuchar (y que, por cierto, recientemente, la cerveza Mahou ha tomado sus sonidos iniciales para la nueva campaña de promoción en los spots para televisión y medios digitales).
En el vídeo hemos visto al líder y vocalista de la banda, Richard Ashcroft, parado en el borde de una acera junto a un paso de peatones. A los pocos segundos, y de fondo, comienza un sonido ascendente que proviene de una orquesta sinfónica. En un momento determinado se escuchan los golpes secos y potentes de una batería, lo que da lugar a que comience a caminar absorto, ensimismado, ignorando a los personajes se encuentran en su camino, chocando o tropezando con algunos sin darle la más mínima importancia.
La cámara lo sigue, por delante y por detrás, en esa marcha impertérrita, lo que, a fin de cuentas, es el modo de expresar su indiferencia ante el mundo agridulce que supone todos vivimos, y que va desgranando en sus versos. Al final, acaban uniéndose los otros cuatro miembros del grupo como cierre de la filmación.
Conviene recordar que The Verve logró con Urban Hymns que fuera considerado el mejor disco del año, al tiempo que recibió el reconocimiento de mejor grupo en 1998. Por otro lado, recibiría un Grammy a la mejor canción de rock por “Bitter Sweet Symphony”.
Desde el momento que la escuché, la canción me atrapó, ya que notaba en ella un aire familiar que me remitía a algo ya conocido. Esa sensación que me rondaba de fondo se me aclaró cuando, tiempo después, leí que The Verve había sido denunciado por plagio, ya que tenía unos riffs provenientes del tema “The Last Time” de los Rolling Stones.
Debo apuntar que en mi adolescencia me encantaban tanto los Beatles como los Rolling Stones, ya que representaban una música que era seña de identidad de los jóvenes de aquella generación. En los inicios de ambos grupos, mi tema preferido de los Beatles era “Twist and Shout” y el de los Stones “The Last Time”. Y, de algún modo, lo siguen siendo.
Sobre la polémica que se suscitó, reconozco que hay algunas semejanzas entre “Bitter Sweet Symphony” y la canción de los Stones. Sin embargo, tiene más parecido con la versión que realizó Andrew Loog Oldham, mánager y productor de los Rolling Stones. Pero llegar a la consideración de plagio, tal como se sentenció, obligando a que el tema apareciera firmado por Richard Ashcroft junto Mick Jagger y Keith Richards, me pareció exagerado, pues se manifestaba que el líder de The Verve plagió de manera consciente, después de que saliera “The Last Time” treinta y cinco años atrás.
Lo cierto que esa sentencia, junto a los habituales conflictos de protagonismo y liderazgo de las bandas de rock, dieron al traste con un grupo prometedor, cuya luz se apagó antes de que llegara el inquietante año 2000. Un destino que, como he indicado al comienzo, están expuestos tanto cantantes como grupos, que después de brillar en el firmamento musical desaparecen como estrellas fugaces.
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