MANUEL PIJIERRO
Estamos viendo llegar el futuro que imaginábamos hace treinta o cuarenta años. Lo que ocurre es que todavía no nos hemos dado cuenta y, sobre todo, aún no hemos tenido que enfrentarnos a muchas de sus consecuencias.
Los avances tecnológicos basados en inteligencia artificial y robótica que veremos durante los próximos meses y años irán llegando, lentamente pero sin pausa, a todos los lugares del planeta. Lo queramos o no, no hay freno posible.
Nos enfrentaremos a cambios económicos, geopolíticos y sociales. A medio y largo plazo no tienen porqué ser necesariamente negativos. Simplemente sucederán y, como hemos hecho siempre, nos iremos adaptando porque no tendremos muchas más salidas. El problema quizás esté en el corto plazo: en la velocidad. Puede que determinados cambios lleguen antes de que hayamos tenido tiempo suficiente para pensar qué queremos hacer con ellos.

Y hay uno especialmente interesante porque no afecta únicamente al trabajo, a la economía o a nuestra forma de consumir información. Afecta a algo mucho más íntimo y humano: nuestra relación con los demás.
Nunca hemos sido tantas personas sobre la Tierra y, paradójicamente, la soledad se ha convertido en un problema cada vez más visible. Hemos cambiado parte de las reuniones con amigos y familiares por observar sus vidas en una pantalla. Muchos “buenos días” y “buenas noches” han terminado convertidos en un emoji. Algunos agradecimientos, felicitaciones o muestras de afecto y cariño se resumen ahora en un like. Cada vez hablamos menos por teléfono y escribimos más (y peor) mensajes.
No hemos abandonado completamente la vida real pero una parte creciente de nuestras relaciones ya sucede en una vida virtual.

La digitalización masiva de nuestras vidas nos enfrentará a dilemas totalmente nuevos para los que hoy no existe una postura compartida como sociedad. Antes de intentar construir un consenso común, cada uno de nosotros deberá reflexionar y definir su propia respuesta.
Por eso, durante las próximas semanas, escribiré una serie de artículos en los que iremos explorando algunas de las situaciones, dilemas éticos y morales y consecuencias que pueden surgir cuando la inteligencia artificial deje de ser solo una herramienta y empiece a ocupar espacios cada vez más cercanos a nuestra vida social, personal y emocional.
Lo siguiente que vas a leer, llegará más pronto que tarde.
Será nuestra premisa e historia de partida para todos estos capítulos.

Año 2036. La inteligencia artificial y la robótica se han integrado en nuestra sociedad hasta puntos inimaginables hace tan solo diez años.
Imagina ahora a un hombre o a una mujer, da igual. De Alburquerque. No importa su nombre ni su edad. Vive solo desde hace algún tiempo. Trabaja, tiene padres, hermanos, algunos amigos, sale de vez en cuando y lleva una vida perfectamente normal. No es una persona aislada del mundo ni alguien desesperado buscando compañía pero, de alguna manera, siente que la soledad le invade en muchos momentos de su vida y quiere cambiar esta situación.
Una noche, sentado tranquilamente en casa, abre el ordenador.
Entra en una de las páginas web más conocidas del mundo en ese momento. No es una moda, es algo natural porque ya se venden tantas personas sintéticas como coches.
Hace apenas unos años todavía las llamábamos robots. Después las tratamos como asistentes personales, compañeras artificiales o robots de compañía. Hasta que alguien empezó a utilizar otro término que terminó extendiéndose: personas sintéticas.
La página tampoco tiene nada particularmente inquietante. Es limpia, elegante y muy sencilla de utilizar. Se parece bastante al configurador de un coche. En principio, todo podría parecer normal.
Hasta que aparece una opción nueva.

¿Desea crear una apariencia completamente original o inspirarla en una persona existente?
Debajo hay un pequeño botón que indica:
Importar desde redes sociales.
La aplicación explica que basta con introducir el perfil público de una persona para analizar fotografías, vídeos, voz, expresiones, gustos, opiniones y patrones de comportamiento.
El hombre se queda mirando la pantalla pensativo.
Hasta hace un minuto estaba eligiendo una boca, unos ojos, unas manos, una personalidad…
Ahora está pensando en alguien.
Quizás sea su vecina. Quizás sea aquel amor de juventud nunca correspondido. Quizás esté pensando en la pareja que le dejó solo hace unos meses..
Justo aquí es donde empieza nuestra historia.
La tecnología lo permitirá pero…
¿Tendríamos algún derecho a construir a alguien utilizando la identidad de otra persona?
¿Qué pensarías si te cruzaras por la calle con un robot que replica tu cuerpo físico con una inteligencia artificial instalada que imita casi a la perfección tu forma de ser, voz, pensamientos, humor…? ¿Y si no fueras tú y en cambio fuera una réplica de tu hijo o de tu madre?
¿Qué seleccionarías si tuvieras que configurar su nivel de inteligencia? [Inferior a la tuya / Similar / Superior / Sin límite predeterminado] ¿Elegirías deliberadamente una pareja menos inteligente para sentirte más cómodo o conservar el control?

A partir de aquí, iremos avanzando poco a poco.
Inteligencia artificial y robots y el deseo ancestral del ser humano de jugar a ser dioses.
Cuando seamos capaces de crear entidades artificiales que rocen lo humano, ¿qué ocurrirá? ¿en qué posición natural quedaremos como especie respecto a las artificiales? ¿Los veremos como iguales?
Además, nos preguntaremos qué significa poder elegir el aspecto, la voz o incluso la cultura de una persona sintética. Qué ocurre cuando configuramos su nivel de inteligencia, carácter, su capacidad para discutir, para perdonar o para decir que no. Si puede existir consentimiento cuando una de las partes ha sido diseñada por la otra. Si el amor sigue siendo amor cuando puede programarse, y si una relación es real cuando solo uno de los dos ha nacido humano.
¿Qué ocurre cuando una máquina evoluciona como un ser humano o es capaz de imitar sus capacidades físicas y psicológicas?
Hablaremos de identidad, memoria, intimidad, celos, dependencia, propiedad, derechos, abandono, devolución, envejecimiento, muerte y continuidad.
Y quizás, al final de todo, cuando un día veamos a un hombre y a una persona sintética paseando juntos por las laderas de Alburquerque, la pregunta ya no sea si una máquina puede parecer humana, sino cuánto estamos dispuestos a cambiar nuestra idea de lo que significa ser alguien, de lo que significa ser realmente un ser humano.
Hablaremos de tecnología pero, sobre todo, hablaremos de personas porque todo lo anterior llegará. Todo lo anterior lo verán nuestros ojos y ha llegado el momento de pensar en ello.
Escrito por Manuel Pijierro Sa
29 de septiembre ce 2026
Visitas: 12
