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ESCLARECIDOS SEÑORES DE ALBURQUERQUE QUE ILUMINARON LOS SIGLOS; CUANDO EL MUNDO CONOCIÓ NUESTRO NOMBRE (y III)

JOSÉ NARCISO ROBLES ORANTOS

Hijo del matrimonio entre Quirce Mestre, teniente del Regimiento de Mallorca, agregado a la plaza de Alburquerque, y Ana Carrasco Rodríguez. Como tantos otros militares, acabó don Quirce en estas tierras de frontera desde su Rosellón natal para, entre campaña y campaña, conquistar a la honesta Carrasco y matrimoniar con ella. Un 10 de junio de 1719 nacía su hijo Andrés.

Inspirado por la vida militar de su padre, a la temprana edad de dieciséis años, se inicia en la carrera de las armas, ingresando en el Regimiento de Aragón con grado de cadete. Su bautizo de guerra, ascendido ya a subteniente, no se haría esperar.

Italia, Guerra de Sucesión Austriaca (1740 -1748). Pretende la corona española arrebatar a Austria los ducados de Parma, Plasencia y el Milanesado, perdidos en Utrecht, y consolidar, al mismo tiempo, la presencia borbónica en esta península. En frente Austria y Cerdeña‑Piamonte, que cuentan con el siempre interesado apoyo británico. Ocho años de conflicto que concluyen con la definitiva renuncia de España al Milanesado, su objetivo principal. Como premio de consolación, Parma Y Plasencia.

Entre 1742 y 1746, en las campañas de Saboya, Piamonte y Lombardía, un oficial español, subteniente y de Alburquerque, por más señas, forma parte del uno de los dos ejércitos que operan en Italia, bajo el mando del infante don Felipe, hermano de Carlos III. Se llama Andrés Mestre Rodiguez. En 1744, durante la batalla de Madona del Olmo, cae gravemente herido, dos años después, en Codogno y Plasencia, prisionero. 

Portugal, Guerra de los Siete Años (1756-1763). Los imperios dominantes de la época,  Inglaterra y Prusia por un lado,  Francia,  Austria y España por el  otro, se enfrentan por el dominio del mar, y sus rutas   comerciales, también por  los mal resuletos conflictos  de las Guerras Sucesorias austriaca y española citadas anteriormente.

En 1760, ya con el grado de ayudante mayor, que ostenta desde 1754, intervine en el sitio y toma de la plaza fuerte de Almeida, donde permanece de guarnición hasta su entrega.

Italia primero, Portugal después, hacen que sea promovido a capitán, recibiendo los despachos de sargento mayor en 1764, empleo con el que ingresa en el regimiento America que se estaba constituyendo en Alicante para prestar servicios en el virreinato de Nueva España.

España mi natura, Italia mi ventura, Nueva España mi sepultura.

Llega Andrés a América, junto a sus hermanos, Juan Francisco y Félix, en 1766, siendo ascendido a teniente coronel graduado. Aunque no guardaría para siempre su equipo de campaña, como más adelante veremos, empieza a ocupar importantes cargos en la administración colonial: gobernador de Santa Cruz de la Sierra, en la actual Bolivia, en 1771, y en 1777 el mismo cargo en la región del Tucumán, perteneciente al Virreinato del Rio de la Plata (Argentina).

Apenas instalado en el gobierno se da cuenta del desorden que impera en la provincia. A la destreza con las armas añadirá ahora su valía de hombre ilustrado.

Una de sus primeras medidas que toma para afrontar el caso económico y administrativo que ahora constituyen su enemigo, consiste en modificar la reglamentación para recaudar el impuesto de sisa.

Este tributo, cuya recaudación resultaba vital para el mantenimiento de los fuertes, las reducciones y la pacificación de los indios, restaba un octavo de cada producto vendido de forma que el comprador pagaba el precio completo, pero recibía una cantidad menor, quedando esa merma para el fisco.

Consiguió también detener, por orden expresa de la corona, los excesos que ocurrían en las reducciones de los indios y terminar con los fraudes cometidos a causa de la introducción de mulas y otros animales para el Perú.

Año 1780, estalla la rebelión de Túpac Amaru al sur de Cuzco, en el adyacente Virreinato del Perú promovida por el curaca —máxima autoridad étnica y política en los Andes— José Gabriel Condorcanqui Noguera, más conocido como Túpac Amaru II, extendiéndose hasta confinar con las provincias del Río de la Plata.

Tras prevenir al virrey Vértiz del peligro que acechaba, pues la sublevación había triunfado en Jujuy, elabora un eficaz plan de defensa con el apoyo del comandante de la frontera, don Gregorio Zegada que culmina con la sofocación de los rebeldes a quien juzga y condena gobernador del territorio.   Por esta acción y otras muchas de su buen gobierno, en febrero de 1783, es ascendido a brigadier de los Reales Ejércitos.

Bajo su mandato se reedificaron las casas consistoriales y se ejecutaron diversas obras públicas, entre las que destaca el hospital provincial. Asimismo, impulsó la educación pública con la creación de una Cátedra de Filosofía.

En 1792, el último año de su gobierno, dispuso una expedición al Chaco bajo las órdenes del coronel Juan José Fernández . El éxito y los méritos de su gestión fueron ampliamente reconocidos por sus propios contemporáneos. (Véase Pedro Salgado Duran en la siguiente página)

Tras una longeva vida de lealtad y servicio, fallecía en su segunda patria, D. Juan Francisco Mestre Rodríguez, donde descansan sus restos, lejos de Alburquerque. Era el año de 1803.

“…Don Gabriel de Güemes Montero, Tesorero, Ministro principal de la Real Hacienda, Comisario de Guerra y Juez privativo de residencia que debe dar el señor don Andrés Maestre, Brigadier de los Reales Ejércitos y Gobernador Intendente y Capitán General que ha sido de esta provincia de Salta del Tucumán y de las ciudades de Córdoba y la Rioxa, según su antiguo pie, por cuanto el Rey Nuestro Señor (Dios le guíe) se ha dignado cometerme el juicio de la residencia que debe dar el citado señor gobernador intendente, don Andrés Mestre, por el tiempo que en propiedad gobernó esta provincia de del Tucumán, así en clase en clase de Capitán General, según su antiguo pie, como en la de Intendente, según actualmente se halla, y los que por su ausencia o enfermedad ejercieron los las funciones del mismo empleo…”

Hoja de Servicio.

1837.

Cruz de San Fernando de 1ª clase, jornada de la Peña de Maella.                    I Guerra Carlista, empleo de capitán.

1844.

 Cruz de San Fernando de 1ª clase, persecución del ejercito del general Zurbano, empleo de coronel.

1849.

Cruz de San Fernando de 3ª clase, operaciones en Cataluña.                          II Guerra Carlista, empleo de brigadier.

1851.

 Gran Cruz de la Orden de Isabel la Católica, por su lealtad a la causa isabelina, empleo de mariscal de campo.

1860.

Gran Cruz de la Real y Militar Orden de San Hermenegildo como premio a toda una trayectoria de servicio y entrega. Empleo mariscal de campo.

1863.

Nombramiento como senador vitalicio del Reino con trato de Excelencia

1865.

Nombramiento como gobernador capitán general de la isla de Puerto Rico

1866.

Nombramiento como gobernador capitán general de la isla de Cuba.

Aunque por poco, vuelven los biógrafos a equivocar el natalicio de otro de nuestros esclarecidos varones afirmando que lo hizo un 10 de marzo de 1805. Don Francisco Romualdo Pato y Lutre, beneficiario y cura propio de la iglesia parroquial de San Mateo, lo bautiza y unge con los Santos Óleos el mismo día de su nacimiento, un primero de marzo del antedicho año.

Nos encontramos ante una certificación literal de la línea de ascendencia, una copia íntegra y certificada de los libros parroquiales, hasta el grado de bisabuelos, expedida por encargo. Frente a las partidas bautismales al uso, este tipo de documento era una exigencia propia en los expedientes de nobleza, limpieza de sangre o, como en el caso que nos ocupa, para el desempeño de los más altos cargos de la administración. Para analizar su origen y contenido, sin adelantar más de lo necesario, diremos que la institución solicitante de tal documento fue la Alta Cámara de las Cortes Generales, como requisito previo, junto a otros méritos y documentos, para el futuro nombramiento del personaje a quien honramos con este trabajo. Tal documento descansa hoy en los archivos del Senado de España.

Y aunque tan remotas averiguaciones obedeciesen, como aclaramos, al propósito de habilitarlo para el desempeño de su cargo, descubrimos con sorpresa que participó don Joaquin de la estirpe aristocrática, heredera de la antigua nobleza que un día señoreó Alburquerque.

Afirma Pato que era nieto, por parte de madre, de don Cayetao del Manzano y Pestaña, Señor de la villa de Sto. Andrés y Cedeira (La Coruña) y Caballero Maestrante de Ronda. Podemos añadir nosotros, pues así nos lo dejó escrito don Pedro Salgado Durán, procurador síndico y responsable, en sus últimos años, del archivo del municipio, en su obra Varones Ilustres de Alburquerque, que lo fue por herencia, a la muerto de su tío, don Juan Francisco Pestaña, brigadier de los Reales Ejércitos y presidente de la Real audiencia de las Charcas, en el Virreinato del Perú.

Por otra parte, el ingreso como Caballero Maestrante de Ronda exigía un rigurosísimo expediente de nobleza e hidalguía para comprobar Filiación legítima, que todos los matrimonios de la línea ascendente hubieran sido legítimos y canónicos; Limpieza de sangre, que no hubiera antecedentes de conversos, judíos o musulmanes, ni penitenciados por la Inquisición en los últimos grado; e Hidalguía de varonía, demostrar que los antepasados varones pertenecían al Estado Noble en sus respectivos municipios.

Asentados los sólidos cimientos sobre los que descansa la cuna de nuestro esclarecido personaje, continuaremos el relato contando que, con apenas 16 años, precocidad habitual en la época, ingresa como cadete en el ejército (1821) eligiendo el Colegio de Artillería. En 1827 y empleo de alférez, se le dio colocación en el 2.º Regimiento de Granaderos de la Guardia Real de Infantería, prestando servicio ordinario hasta 1833, año en el que recibirá su bautismo de fuego defendiendo la causa liberal y el derecho al trono de Isabel II en el seno de las Guerras Carlistas, en las que participaría, con reconocido valor y acreditado mérito, en dos de sus tres actos.

Acto I, 1833 – 1840, I Guerra Carlista.

Como teniente, al frente del 4.º Regimiento de la Guardia Real, participa en las campañas de Cataluña y los territorios Vascongados, siendo herido de gravedad en la acción de Mendaza, lo que le reportaría su ascenso a teniente coronel de Infantería. En 1837, destinado esta vez al 2ª Regimiento del mismo cuerpo y con grado de capitán, lo localizamos en el Maestrazgo, territorio de caza del célebre tigre, el general Ramón Cabrera. En la Peña de Maella (1839), uno de los enfrentamientos más sangrientos y desastrosos para el bando liberal, le será concedida su primera Cruz de San Fernando de 1.ª Clase. Finalmente, en 1840, es ascendido a los empleos de comandante y teniente coronel por los méritos contraídos en la provincia de Teruel y el Levante.

Entreacto, 1841 – 1844.

Terminada la I Guerra, en 1841 es trasladado al Regimiento de América y en mismo año al de Aragón. En 1843 al de Galicia, en el que es ascendido a coronel, y posteriormente al de la Unión, con el que intervendría, el 11 de noviembre de 1844, en la persecución del general Zurbano, recibiendo como recompensa su segunda Cruz de San Fernando de 1.ª Clase.

Acto II, 1847- 1849, II Guerra Carlista.

El conflicto lo sitúa de nuevo en Cataluña, interviniendo con arrojo en un puñado de acciones que le facilitan el empleo de brigadier. El 16 de noviembre de 1849, durante la jornada de la Casa de Ariño (Barcelona), es hecho prisionero, siendo rescatado, nueve días después, por el general Paredes. Por su destacado comportamiento en las operaciones realizadas en Cataluña se le concedería su tercera Cruz de San Fernando, esta vez de 3.ª Clase, acompañada de su ascenso a mariscal de campo. Con este empleo fue nombrado comandante general de la provincia de Tarragona y al año siguiente de la de Gerona. Tal Cursus Honorum llama la atención del gobierno de la nación que lo pone a las inmediatas órdenes del capitán general de Cuba.

Epílogo, 1850 – 1867, Cuba.

En la isla desempeñaría, sucesivamente, los cargos de gobernador general del Departamento Oriental (1851) por dimisión del gobernador militar y político de Santiago de Cuba, José Mac- Crohon, y mariscal de Campo y segundo cabo y subinspector de Infantería del Ejército (1854) por Oficio del Ministerio de la Guerra dirigido al Ministerio de Estado.

En este intervalo, y como premio a toda una trayectoria de servicio y entrega intachables, sumaria don Joaquin la Gran Cruz de la Orden de Isabel la Católica, en 1851, distinción que llevaba aparejado el tratamiento de Excelencia. Premiaba, así, la Corona no solo su espada, sino su lealtad a la causa isabelina y su capacidad para la alta administración del Estado.

Y a finales de la década de 1850 —en los escalafones oficiales del Estado Militar de 1861 ya figura ostentándola con pleno derecho— la Gran Cruz de la Real y Militar Orden de San Hermenegildo.

En 1859, durante uno de sus viajes a España, se le concedería el mando de la 3.ª División del 2.º Cuerpo de Ejército y años después, en 1863, el empleo de teniente general. Si sus méritos militares y su vocación de servicio a la causa isabelina le habían granjeado tan altos desempeños, a partir de esta fecha alcanzará la cima de su magistratura. En 1864, por Real Decreto del 30 de diciembre es nombrado senador vitalicio del Reino contrato de Excelencia y en 1865 gobernador de la isla de Puerto Rico.

Finalmente, en noviembre de 1866, tras la dimisión del anterior gobernador y capitán general, Joaquín del Manzano alcanza la máxima autoridad de la isla, sucediéndole en el cargo.7

A pesar de que sus años de campañas militares quedaron atrás en la vieja España —aquellos donde empuñó las armas con valor como soldado y brilló en el mando por las audaces estrategias que la contienda sucesoria le exigió en tantas jornadas—  durante el tiempo de su presencia en Cuba, el panorama de la isla estuvo marcado por continuas conspiraciones anexionistas, intentos de invasión exterior e insurrecciones de esclavos — antesala directa de la Guerra de los Diez Años, que estallaría poco después de su muerte, en 1868—  poniendo a prueba, de manera continua, su experiencia  como militar y dotes de mando.

Justo es, llegado este momento, reconocer y hacer notorio el prestigio y los méritos alcanzados en la metrópoli; logros, quizás, de menor eco, que no relevancia, y que sin duda constituyeron los motivos para que el gobierno de la nación se fijase en nuestro general, enviándolo allí donde la situación empezaba a necesitar del valor, diligencia y lealtad que adornaban su proceder.

1850 – 1851.  El general de origen venezolano, Narciso López, busca la independencia de Cuba para anexionarla a los Estados Unidos. Un recién desembarcado Joaquin del Manzano participará en el despliegue del ejército colonial para desactivar la red de conspiradores locales y contener, de este modo, los focos de desembarco en la región occidental.

Año 1852. Tras la ejecución, a garrote vil, del derrotado general López, surge la Conspiración de Vuelta Abajo / Pinar del Río, vinculada fuertemente a sociedades secretas de La Habana y Pinar del Río.  Volvería don Joaquin a destacar en labores de patrullaje y desmantelamiento de redes clandestinas evitando su levantamiento en armas a gran escala.

1854 – 1855. Será en esta ocasión el descontento de los terratenientes criollos, quienes veían amenazada la rentabilidad de sus plantaciones de azúcar ante los primeros pasos abolicionistas, el causante de una nueva y vasta insurrección conocida como La gran Antilla. El traidor a su frente lleva en esta ocasión sangre patrita, se trata del catalán Ramón Pintó. Periodista, ilustrado y hombre culto, su posición social le permitía moverse con total soltura tanto entre la burguesía criolla como entre los funcionarios coloniales, constituyendo la pieza perfecta para actuar de puente entre la aristocracia azucarera de la isla, la Junta Cubana en el exilio de Nueva York y el general estadounidense John A. Quitman quien, desde los Estados Unidos, preparaba una gran expedición filibustera para anexionar Cuba. Pintó debía provocar un levantamiento interno en la isla en el momento en que las naves de Quitman desembarcaran.

Una red de espionaje implacable y la delación de algunos implicados permitieron descubrir la conspiración a principios de 1855 antes de que pudiera estallar. Ejerciendo responsabilidades directas sobre las fuerzas armadas coloniales que coordinaron la persecución de los implicados se encontraba, nuevamente, un tal Manzano. Descubierto, apresado y juzgado por traidor a la Patria, Pintó acabaría ejecutado, también a garrote vil, en 1855,

1866 – 1867. Hacia el final de su vida, ya investido como la máxima autoridad del gobierno colonial (Gobernador y Capitán General desde noviembre de 1866 ), la contienda se trasladó de los campos de batalla a los despachos, en los que tuvo que hacer frente a un importante conflicto político y social con la abolición de la esclavitud como telón de fondo. Sus últimos esfuerzos estuvieron destinados a apoyar a la Junta de Información de Ultramar, un organismo clave para la reforma de la economía ultramarina y la planificación de la abolición gradual de la esclavitud, exhortando a las autoridades y habitantes de la isla a perseguir el tráfico clandestino de esclavos. Así lo recogía la publicación La América en 1867.

Al tomar posesión del mando superior de esta isla manifesté mi propósito de perseguir con mano fuerte el tráfico de negros bozales que rechazan al unísono altos preceptos morales y los verdaderos intereses del Estado; y cuando se debía creer que nadie pensaría ya en empresas tan reprobadas por la ley la razón y la humanidad,  el país  sabrá con asombro que aún hay hombres,  que mal avenidos con el orden y faltos de todo sentimiento de honor, delicadeza y patriotismo, tratan de lanzarse a la aventura con su criminal comercio, perturbando la tranquilidad de este suelo sin importarles las complicaciones que puedan sobrevenir por el quebrantamiento de los tratados internacionales y la inseguridad que sus intentonas producen en una parte de la isla. Para impedir que lleven a efecto sus miserables especulaciones he resuelto adoptar cuantas medidas sean necesarias, sin detenerme ningún obstáculo que pueda paralizar la acción enérgica de mi autoridad y el uso de las facultades extraordinarias que me están concedidas para los casos en que se comprometa la tranquilidad de la tierra; y considerando que si la introducción de negros bozales es difícil sin la negligencia de las autoridades y funcionarios que, por considerarse no obligados a ocuparse de la persecución de este delito, se quedan exentos de coadyuvar a su descubrimiento, como es también imposible sin la complicidad de los dueños, arrendatarios o encargados de las fincas por donde pasan los bozales, ha llegado el momento de exigir a todos la responsabilidad para que todos sufran las consecuencias de su complicidad, omisión o apatía…

El 30 de septiembre de ese mismo año, el nuevo segundo cabo de la isla de Cuba, conde de Valmaseda, comunicaba al gobierno de la nación la toma provisional del mando de la isla tras el fallecimiento del gobernador capitán general don Joaquin del Manzano y del Manzano.  

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