EUGENIO LÓPEZ CANO
A juzgar por los antecedentes que poseo, la familia Varela -aún quedan en el pueblo descendientes de aquella estirpe de emprendedores- gozó de una excelente tradición en el negocio del transporte de mercancías.
La saga de los Varela comienza aproximadamente sobre 1850 con don Gabriel Varela, continúa con don Andrés Varela Macías y se prolonga hasta don Francisco García Fargallo. Se desconocen los puntos exactos con los que, en un principio y años sucesivos, mantenían conexión. En cambio sabemos que entre 1920 y 1948 estuvieron transportando mercancías a la estación de San Vicente de Alcántara, en un carro de dos varales tirado por tres mulas, vehículo que acabaría por vender a un vecino de esta localidad por el precio nada menos de 4.000 pesetas. Las salidas se disponían los lunes, miércoles y viernes, por la tarde, y la vuelta se hacía al día siguiente, después de hacer noche en el pueblo vecino.

Otra de las personas que se dedicaba a estos menesteres era el tío Cobo -siento desconocer su nombre-, que en los desplazamientos a Sevilla -dos por semana- se hacía acompañar por su hijo. Durante el trayecto, para no agotar a las caballerías, uno de ellos iba montado mientras el otro caminaba junto al carro, un vehículo de dos varales tirado por tres mulas. Transportaban miel, queso y otros productos del pueblo, y a cambio se traían diversos artículos de comercio necesarios para la vida cotidiana, como escobas para barrer.
Al mismo tiempo existía en San Vicente de Alcántara un servicio de transportes que recogía frutas de las huertas de Valencia para llevarlas a Badajoz. Desde allí, a menudo por encargo de gente de Alburquerque, solía desplazarse a distintos puntos de la península, tales como a Cádiz para buscar sal, a Santiago de Carbajo para traer quesos, y a otras localidades, según los encargos.

Otro medio de comunicación, parecido al carro, y que como éste prestaría un excelente servicio a la comunidad tanto para transporte de carga, en especial los productos del campo (trigo, forraje, heno, etc.), como en menor medida para traslado de personas, fue la carreta, un vehículo de dos ruedas, tirada por una yunta de bueyes, uncidos al yugo, o por dos, cuatro o más caballos o mulas, apareados y en reata.
Dos vehículos más de carga vinieron a sumarse a los anteriores: la zorra, que era un carro más bajo que el tradicional, con dos ruedas pequeñas y gruesas que se utilizaba por lo común para el transporte de troncos de árboles con destino a los talleres de carro, y el volquete, que era un vehículo de dos ruedas, tirado por una o dos mulas en hilera, que habitualmente servía para carga y descarga de basura, ripio, etc., por cuyo motivo llevaba en la parte delantera, donde arrancan las varas, una aguja, colocada de extremo a extremo, que se quitaba para volcar la carga.

Al margen de los vehículos citados que, como hemos visto, servían tanto para carga como para traslado de personas, el status social de determinadas familias pudientes les exigía la tenencia y uso de determinados coches de lujo, tales como el tílburi (coche de paseo para dos personas, con dos ruedas y tirado por un caballo; poseía capota abierta en la parte delantera y maletero detrás), la giraldina (coche descubierto, a modo de calesa, con cuatro ruedas, tirado por un caballo), la jardinera (coche de paseo, descubierto, con cuatro ruedas, tirado por un caballo), la tartana (vehículo de dos ruedas, con capota o al descubierto, tirado por cuatro o seis caballos; tenía cabida para cuatro o seis personas), el cabriolé (una variedad de la anterior), la berlina (igual que la tartana, pero más cerrada), la serré (más pequeña que la tartana, cubierta o sin ella, tirada por uno o dos caballos; tenía capacidad para dos o tres personas) y el coche de colleras (vehículo de dos ruedas, tirado por mulas guarnecidas con colleras).
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