Aureliano Sáinz
Ayer, miércoles, por la noche -hora española- se celebró en Atlanta la semifinal entre Inglaterra y Argentina. Tal como todos sabemos, salió ganadora la segunda, de forma que se medirá contra la española el domingo, día 26, en el estadio MetLife de Nueva Jersey y Nueva York.
Escribo esto tras haberme visto con los compañeros de la Tertulia de la Facultad en la hora matutina del café. Debo apuntar que soy del Barça desde muy pequeño y, como bien sabemos, uno permanece fiel al equipo que ha elegido para el resto de su vida. Pero esta fidelidad que mantenemos los aficionados no se suele corresponder con las de los jugadores profesionales.
En la charla que mantuvimos, algunos, especialmente los madridistas, que son mayoría en el grupo, insinuaban que yo quería que ganara Argentina, puesto que dentro de su selección se encontraba Messi.
“¿De dónde sacáis que yo admiro a Messi tanto como a Johan Cruyff que ha sido un referente del Barcelona, como también lo fue Kubala en los años de mi niñez?”, les digo, sabiendo que los seguidores del Madrid no quieren ver a Messi ni en pintura.
Les comento que reconozco que es el que más Balones de Oro tiene entre los jugadores del fútbol de élite. Un fútbol que se ha profesionalizado a unos extremos tremendos, pues las cifras de los fichajes son mareantes, dado que ha acabado siendo un espectáculo con muchos millones en juego, por lo que la fidelidad a los colores del equipo brilla por su ausencia.
El caso de Messi fue paradigmático de este tipo de jugador, pues habiendo venido, con su familia desde Argentina, siendo un niño de 13 años a los infantiles, se formó en la cantera del Barcelona, de modo que estuvo en sus filas durante 21 años, desde el año 2000 hasta que la crisis económica generada por la gestión nefasta de una dirección puso al equipo contra las cuerdas.
El jugador, cuyo padre es su representante, no tuvo la generosidad de rebajar su contrato, al menos por una temporada, por lo que fue fichado por el PSG parisino, comandado por Luis Enrique, pasando después al estadounidense Inter de Miami, equipo en el que ahora milita.
“¿Entonces qué resultado firmarías en el encuentro del domingo?”, me pregunta una compañera. “Por supuesto, que cualquiera que diera el triunfo a la selección española. Es más, firmaría un 4-0 con los ojos cerrados”, respondo sabiendo que esa cifra sería casi inalcanzable…, aunque todo es posible en el mundo del fútbol.
Como prueba de la pasión que ha suscitado la selección de nuestro país tras su triunfo sobre la de Francia, he acudido a un conocido dibujo que realizó Almudena y al que, con IA, he incorporado la supuesta figura del hermanito de Lamine Yamal, al que vimos agitando sus brazos cuando las cámaras lo avistaron en el partido contra Bélgica, reflejando el entusiasmo generado por el conglomerado español, incluso entre los más pequeños.
Y puesto que escribo con anticipación al encuentro del domingo, espero que, aunque no se llegue a ese resultado tan rotundo que vaticino, podamos ganar un segundo Mundial después del logrado en 2010 con el inolvidable gol de Iniesta. Sería todo un logro para los equipos del fútbol español.
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