JOSÉ NARCISO ROBLES ORANTOS

Origen y patronazgo. Ascenso, decadencia y un epílogo
Aunque dispersos por múltiples archivos, ha querido la fortuna premiar al esfuerzo con el hallazgo de una digna colección de documentos –algunos inéditos– que nos van a permitir desenterrar una parte más de la historia de este mítico y ya olvidado convento. En sus buenos tiempos, los que transcurrieron años después de su fundación hasta la exclaustración de Mendizabal –exceptuando los periodos de la Guerra de Restauración portuguesa (1640 -1668) y la Guerra de Sucesión española (1701-1714)– vivió el cenobio tiempos de esplendor, vida y abundancia.
“…En esta villa hay un convento de religiosas titulado de Nuestra Señora de la Anunciación, monjas isabelas sujetas a la orden terciaria de nuestro padre San Francisco. Cada religiosa de velo negro paga, por razón de dote al tiempo de su profesión, seiscientos ducados y las educandas cien reales anuos por razón de piso. No comen de comunidad, por cuya razón da a cada una el convento anualmente seis fanegas y media de trigo, una cuartilla de garbanzos, una arroba de aceite, un cuarto de arroba de bacalao y setenta reales de dinero y por mitad de las legas, quienes no pagan dote, ni la organista, a quién se da de renta anual trescientos veinte reales. Asimismo, a los sirvientes como son capellán, sacristán, médico, botica, cobrador, lavandera, y demandadera –persona encargada de hacer los recados a las enclaustradas fuera del convento– dan por razón de salario dos mil reales. Los gastos ordinarios y de primera necesidad se regulan en cuatrocientos reales, los de sacristía ornamentos y lámparas mil quinientos, los que se invierten en reparo de fábrica de convento, por haberse fundado de un conjunto de casas antiguas, sin contar con las obras nuevas ascenderán en cada un año su coste a seiscientos reales por cuya razón, y están disminuidas las rentas del convento con motivo de las guerras del principio del siglo, en las que perdió más de seis mil reales de rentas anuales, se halla bastante atrasado, como también por no deber heredar de las religiosas al tiempo de su fallecimiento cosa alguna, aunque tengan grandes patrimonios según su instituto…”
Así se refería al convento el Interrogatorio de la Real Audiencia compuesto en 1791.
“…por haberse fundado de un conjunto de casas antiguas …”
Se corresponderían tales casas a la conocida hoy como la Tahona, con el 20 como número de gobierno, y los solares que ocupan actualmente las viviendas 18, 16, 14, 12 y 10, dando al conjunto una fachada en torno a 52 metros y un fondo de 18,5 que se iría ampliando, hacia la derecha, hasta alcanzar los 30. Este espacio que se describe hace referencia al primitivo asentamiento de la comunidad religiosa que les serviría de aposento, cocina, refectorio y sala capitular y hay que considerarlo, como veremos más adelante, el núcleo inicial del resto del complejo que se iría ampliando, por su ala izquierda, con la construcción de la iglesia (en torno a 1550) y el posterior añadido, después de 1642, del edificio que acabaría siendo conocido como Hospital Real, a consecuencia de la propagación de tales centros de beneficencia en España, pero que en un principio albergó las nuevas celdas de las monjas, quienes, a sus votos de votos de pobreza, obediencia y castidad, acabarían añadiendo con el tiempo el de las labores hospitalarias y docentes.

Por la Tahona, que aún conserva su estructura original, sabemos que el conjunto se edificó sobre lanchas de granito, resolviéndose los muros a base de gruesas paredes de mampostería encalada hasta alcanzar dos alturas. Cuatro ventanas en cada una permitían el paso de la luz y el necesario oreo, y una puerta, adintelada, el acceso a un zaguán escalonado conectado con el patio por un pasillo de lanchas de sabio. A ambos lados de este y pavimentadas de rojo ladrillo cocido, se abrían varias habitaciones en irregular disposición. En la primera pieza de la izquierda, según se entra, el techo quedaba compuesto por una bóveda de rosca sostenida por dos arcos de medio punto rebajado. Las restantes crujías con tablazón de buena madera. La cubierta, a dos aguas, en teja árabe, con la hoja delantera sobre la cocina y varios cuartos con cantareras, la posterior, sobre el doblao, cubierto a teja vana y tres pares de arcos transversales de medio punto que lo sustentan paralelos a la fachada principal.

Esta precisa y utilísima descripción —obra de D. Eugenio López Cano— ha hecho renacer remotos recuerdos que, pareciendo inertes, han bastado tan solo las gotas de unas cuantas palabras para desmentir tal estado y brotar, por un instante, del rincón de la memoria, aquel donde van a parar las cosas vividas con la plenitud que solo la niñez infunde a la conciencia.
Por los mismos lugares que evocan las palabras de D. Eugenio discurrieron también mis infantiles pasos. En una de aquellas piezas, solada de rojo ladrillo, recibí las más elementales letras, y en otra, donde una bóveda de rosca hacía de techo —y servía de acomodo a la señora María, la portera— me sacaron la primera fotografía como testimonio de mi estancia. Patios y corrales, a los que nos daban larga tras las clases, sirvieron de escenario para pueriles aventuras.
Y uno, que tanto se afana en arrancar al pasado el misterio de otras vidas y otros tiempos, empieza a ser consciente de que ese espacio compartido en épocas distintas, esa convivencia separada por el tiempo, las mismas estancias ocupadas, los mismos suelos hollados, el aíre, la luz, lo que se contempla al mirar… se han quedado, de algún modo, mágicamente impresos en lo más recóndito de la esencia interior y ahora reclaman ser contados.
Y quien podría negar que en la misma aula que se abría a la izquierda, al final del empinado pasillo, y en la que Dña. Pilar Lapeña nos iba domando como a potrillos, Dña. Ynés de Sequera, abadesa del convento, cuatrocientos años atrás, no se estaría ajustando con D. Juan Sánchez Bejarano el Viejo y el artista D. Hernan Gómez Román para la confección de un retablo con el que ornar la recién terminada iglesia.
Y quien podría hacer lo mismo con el lugar donde está tomada esta fotografía, privilegiada atalaya que durante tanto tiempo sirvió de a la Sra. María para vernos enfilar el enlanchado pasillo y cerrar, tras el último infante, el pesado portalón con sonoro cerrojazo, evitando así alguna que otra deserción de la bisoña tropa. No fue en esta misma pieza donde, en 1642, Dña. Catalina de San Joseph, abadesa del convento, remató a su favor la postura que D. Martin Hernández Coriano, maestro alarife, había hecho porque:
“…la dicha iglesia está mal parada y el coro alto y baxo se han derribado y tiene necesidad de hacer sacristía por no tenerla y encaducear todo el cuerpo de dicha yglesia y abrirle ventanas para luz della e lucirla de cal gorda, delgada e blanca y facerle puertas nuebas y otras obras de que tiene necesidad…”
A medida que el tiempo transcurre, arraiga en mí la certeza de que nadie escoge las historias que relata; son ellas las que nos encuentran y reclaman para ser contadas.
Origen
Antes de abordar esta cuestión que, por lejanía y falta de fuentes, es la que más sombras arroja, es necesario que nos formulemos una serie de preguntas: ¿Qué mueve a una comunidad religiosa a establecerse en un determinado lugar? ¿Cuál es el proceso que se sigue una vez tomada la decisión? ¿Por qué una determinada orden y cuál fue la que, finalmente, se estableció en nuestra villa?
La primera cuestión tiene una doble respuesta: por una parte, siendo el principal afán de la congragación rezar por la salvación de las almas, se hace necesaria su presencia –lo más próxima posible– a la comunidad de pecadores en cuyos cuerpos materiales encuentran acomodo tales esencias durante la etapa terrenal. Y por otra, el patronazgo. Rara vez una comunidad se movía sin la invitación de un noble o un rey que cediera tierras y privilegios a cambio de allanarle el camino hasta el ansiado paraíso. Razón esta que empieza a arrojar una pequeña luz sobre las grandes incógnitas a las que pretende responder este trabajo.
Una vez elegido el sitio y obtenido el apoyo, se seguía un estricto protocolo jurídico y religioso:
Era preceptivo, en primer lugar, pedir permiso al obispo de la diócesis y, dependiendo de la orden, la confirmación del Papa o del Capítulo General. Posteriormente se llevaba a cabo la toma de posesión, enviando un grupo pequeño de miembros (generalmente doce, más una superiora) para ocupar el terreno.
El siguiente paso lo constituía la construcción provisional del recinto –en el caso concreto de nuestras monjas, estas se instalaron en las casas próximas al edificio que hoy conocemos como la Tahona– mientras se diseñaba la traza del monasterio definitivo, empezando, generalmente, por la construcción de la iglesia.
En cuanto a la elección de la orden solía depender en gran medida de la intención del fundador: Cistercienses cuando se pretendía colonizar y explotar nuevas tierras. Cluniacenses si se buscaba prestigio litúrgico y una conexión directa con Roma. Órdenes Mendicantes (Dominicos/Franciscanos) para establecerse próximas a villas y ciudades en busca del contacto con los fieles a quienes predicar o combatir sus herejías.
“…En esta villa hay un convento de religiosas titulado de Nuestra Señora de la Anunciación, monjas isabelas sujetas a la orden terciaria de nuestro padre San Francisco…”
Esto afirmaba el Interrogatorio de la Real Audiencia en 1791. Denominación a la que hay que añadir que se trataba también de franciscanas menores observantes, es decir, comunidades femeninas que, dentro de la tradición franciscana, adoptaron la reforma observante: pobreza estricta, vida austera, fidelidad literal a la Regla y fuerte énfasis contemplativo frente a las conventuales, que aceptaban la propiedad común y un modo de vida menos austero.
San Francisco de Asís fundó tres órdenes:
La Primera (frailes), la Segunda (clarisas) y la Tercera, originalmente para seglares (laicos), pero que con el tiempo dieron lugar a las Terceras Regulares: mujeres que vivían en comunidad bajo los votos de pobreza, castidad y obediencia, pero con una regla menos estricta que la clausura papal de las Clarisas.
En cuanto a la denominación de Isabelas, es este el nombre popular que reciben las monjas de la Tercera Orden Regular de San Francisco en España, en honor a Santa Isabel de Hungría, su patrona. En muchos documentos históricos, se refieren a ellas simplemente como «Isabelas» para distinguirlas de las «Clarisas» (de la Segunda Orden).
“De fundación y patrocinio desconocido…”
Son muchos los estudios que al referirse al convento inician de este modo el esbozo de su historia.
Nuestro paisano, López Cano, en su trabajo Alburquerque Villa y Ducado, da un paso adelante afirmando que la Comunidad de las hijas de la Encarnación de Alburquerque se fundó en 1503 con licencia del señor obispo de Badajoz D. Alonso Manrique de Lara y Solís —natural de Segura de León y medio hermano del poeta Jorge Manrique— que extendió su ejercicio entre 1499 y 1516.
D. Juan Solano de Figueroa (Jaraicejo, 1610 – Badajoz, 1684), clérigo, historiador y erudito extremeño, considerado uno de los grandes documentalistas del siglo XVII, en su exhaustivo trabajo Historia eclesiástica de la ciudad y obispado de Badajoz (1661),se manifiesta así de lastimoso al hablar del edificio:
“Tan poco cuidado se ha tenido con los papeles del convento de religiosas de Albuquerque, que no tienen noticias de cuando se fundó…
… Solo dicen que fue su patrono Juan Sánchez Bejarano, pero no saben si fue su fundador. A los principios eran beatas sin clausura y estaban sujetas a los padres descalzos de San Francisco o, por lo menos, cuidaban de su aprovechamiento espiritual, y el último vicario que tuvieron se llamaba Fray Domingo Porto. Tomaron después mejor acuerdo y resolvieron votar clausura y guardar la Regla de Terçeras de Santa Ysabel, con que ya era convento formado y sujeto a la obediencia de nuestros prelados en tiempo del obispo D. Diego de la Madriz —que ejerció su ministerio entre 1578 y 1601— Vinieron de Salamanca para asentar la vida religiosa y plantar la perfección en esta casa Dña. Ysabel de Texeda y la madre Gutiérrez y a ellas se les debe los frutos de religión, recato y observancia que en todos tiempos ha tenido este convento. El cronista de la provincia de San Gabriel, libro 10 capítulo 6, hablando del de Santa Ana de Badajoz dice que a petición de nuestro obispo (y no señala quién era) fue a reformarlo Dña. Ana de Alvarado.
Finalmente, por nuestra parte, hemos localizado tres documentos en el Archivo Histórico Nacional de Madrid (AHN), fechados en 1576, 1641 y 1641, que llamaremos AHN I, AHN II y AHN III; otros tantos en la Fundación Casa de Alburquerque, en Cuellar, dos de 1577 y el tercero sin fecha conocida —pero que vamos a poder datar en torno a 1642 como se verá más adelante—, que serán Cuella I, Cuellar II y Cuellar III y un último, redactado en 1771, con el título Cofradías de la provincia de Extremadura (CONSEJOS,7091,Exp.8,N.2), a petición de D. Manuel Santos Aparicio y García, Corregidor e Intendente de la ciudad de Badajoz. Entre la documentación depositada en una de estas hermandades, concretamente la del Hospital del Espíritu Santo, existía una provisión del Supremo Concejo, bajo el reinado de Carlos V, donde, de manera indirecta pero utilísima, se hace mención al convento que nos ocupa. Este documento lo designaremos como Consejos.
Con las piedras de López Cano, la arena de Solano de Figueroa y la cal de Cuellar, Madrid y Consejos, vamos a levantar unos sólidos cimientos sobre los que asentar este edificio para verlo crecer, página a página, hasta alcanzar su momento de mayor gloria y relevancia.
Año 1503, bajo el magisterio de D. Alonso Manrique de Lara y Solís, la Comunidad de las hijas de la Encarnación de Alburquerque, con licencia de su Ilustrísima, se asienta sobre unas humildes casas de la calle a la que, años más tarde, darán nombre junto a la plaza aledaña. No son monjas, ni han fundado aún un convento. Se trata de beatas sin clausura, sujetas a los padres descalzos de San Francisco que, a la fecha, aún se encuentran en el lugar de su primera fundación, al sitio de Torregena o Laguna vinagre.
Un beaterio, pues esto constituyen las Hijas de la Encarnación en los momentos iniciales de su historia, es una comunidad femenina, devota y piadosa que hace vida en común sin llegar a profesar votos solemnes. Se rigen por unas reglas internas de disciplina y oración, pero no están sujetas a una clausura estricta y su supervisión eclesiástica, muy frecuente en este tipo de congregaciones, corre a cargo de los descalzos de San Francisco. A veces funcionaban como una alternativa para mujeres que querían una vida religiosa sin las obligaciones de un convento —así ocurrió con la Beatas de San Andrés (Badajoz, s. XVII)— otras, constituían un espacio previo a la vida conventual. Este será el caso de nuestras religiosas, a imitación del Beaterio de Santa Catalina (Cáceres, s. XVI).
“…Tomaron después mejor acuerdo y resolvieron votar clausura y guardar la Regla de Terçeras de Santa Ysabel…”, decía Solano.
Para esta evolución fue necesario el concurso de una serie de circunstancias: en primer lugar, debió producirse la necesaria consolidación espiritual y económica de la comunidad que movió al obispo a autorizar tal transformación, no sin antes tomar certeza de su disciplina, intenciones, utilidad pastoral y, también, de la solvencia económica de la institución. Obtenida su licencia, el paso decisivo lo constituía la adopción de una regla. Tenían nuestras futuras monjas donde elegir; franciscanas, dominicas, agustinas y clarisas, decantándose, lógicamente, por la influencia de quienes habían sido sus guardianes espirituales, por la primera orden. A partir de ahora habrían de jurar sus votos. Al de ayuda al necesitado, que había constituido el carisma principal durante su tiempo de beatas, añadían ahora el de pobreza, obediencia y castidad. Finalmente, habían de someterse a clausura y establecer una jerarquía formal constituida por las figuras de la abadesa, priora, discretas, monjas de velo negro y novicias. Ahora sí, el beaterio dejaba de ser una comunidad laxa convirtiéndose en monasterio.
“…con que ya era convento formado y sujeto a la obediencia de nuestros prelados en tiempo del obispo D. Diego de la Madriz…” (1568 – 1601), aseveraba D. Juan.
Pedro Ruiz de la Mota (1516 – 1520). Bernardo de Mesa (1521 – 1524). Pedro Sarmiento (1524 – 1525). Pedro Gonzlez Manso (1525 – 1532). Jerónimo Suarez (1532 – 1545) Francisco de Navarra (1545 -1556). Cristóbal de Rojas y Sandoval (1556 – 1562). Juan de Ribera (1562 – 1568). Diego de Simancas (1568 – 1578)
Esta es la relación de obispos que median entre dos evidencias: la fundación, como beatas, de la Comunidad de las hijas de la Encarnación de Alburquerque (1503), con licencia de D. Alonso Manrique de Lara y Solís, y la confirmación de la existencia de su convento, según Solano de Figueroa, en tiempos de D. Diego de la Madriz (1578 – 1601). 73 años para situar el paso de beaterio a monasterio y la construcción de su iglesia.
“…No habiendo luz de escrituras o instrumentos caminamos muy a ciegas…”
Se quejaba, finalmente, nuestro cronista.
Pongamos sobre la mesa la primera de nuestras siete cartas, Consejos. Aunque está datada en la fecha más reciente,1771, contiene la referencia más remota al asunto que nos ocupa. Con ella estaremos en disposición de dar una respuesta a la primera de la cuestiones que nos hemos planteado: origen y momento fundacional del monasterio, reservando el resto para los interrogantes que faltan.

“…Junto a una Cassa de Mugeres religiosas que se decían monjas, año de mil Quinientos Veinte y Quatro…”. —La expresión de la fecha es inequívocay la ambigüedad que pudiera derivarse del enunciado “que se decían monjas” se vuelve aquí certeza, pues no puede interpretarse de otro modo que no sea la reciente finalización de un proceso o, encontrarse inmersas en el mismo, —en este caso la transición de beatas a monjas y el paso, consecuente, de beaterio a monasterio—circunstancia que haría dudar a nuestro relator en el modo de referirse a la congregación religiosa que se asienta junto al lugar donde se ha de levantar el hospital.
No cabe duda, por tanto, o así lo experimentamos nosotros, que la fundación del convento de Nuestra Señora de la Anunciación se produjo en 1524 bajo el episcopado de Bernardo de Mesa (1521 – 1524).
En cuanto la edificación de la iglesia aún tendría que esperar el edificio algunos años más. La escasez de recursos con los que la comunidad religiosa inició su andadura a principios de siglo —las propias monjas lo reconocerán así en el tercero de los documentos de Cuellar— hizo que la construcción del complejo se llevase a cabo a un ritmo muy por debajo del que la congregación hubiese deseado y siempre al albur de algún de algún patrono o benefactor, como iremos viendo a largo de las páginas. Tiremos nuestra segunda carta, AHN I, para ponerle fecha al inicio de las obras.

El primero de los documento del AHN, de 1576, es esta escritura otorgada por el vecino de la villa, Juan Sánchez Bejarano el Viejo, en la que se ajusta con el pintor, retablista y clérigo Hernán Gómez Román –natural también de Alburquerque, pero afincado en Lisboa– para encargarle un retablo que sirviese de ornamento al, aún desnudo, altar de la iglesia del convento. Tal contrato, redactado en escritura cortesana, se mostraba inaccesible para nuestro conocimiento, sin embargo, en la carátula que envolvía el protocolo, aparecían unas esperanzadoras anotaciones….
Publicado en Revista de Estudios Extremeños por C. Pescador, aparece anotado en su esquina inferior derecha.
Se trataba, efectivamente de Doña Carmen Pescador del Hoyo (1911–1990), historiadora, archivera y profesora española, figura pionera dentro del Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos, y también una mujer cuya trayectoria estuvo marcada por la excelencia profesional.

Accediendo al listado de publicaciones de tal revista con su nombre, nos encontramos, en el volumen 10 del año 1954, con el tesoro de su transcripción completa, así como un breve estudio del encargo y sus protagonistas.
Se quejaba Doña Carmen, en el trabajo presentado en la revista que, con lamentable frecuencia, muchas de las obras de arte que ornaron nuestros monasterios y conventos fueron perdidas por la acción del tiempo, o extraviadas al ser sustituidas en siglos inmediatos por otras más nuevas, o, más tarde, por los riesgos de la desamortización, yendo unas veces a parar a manos de particulares o perdiéndose definitivamente por abandono de los guardianes a cuya custodia fueron encomendadas.
Y continuaba afirmando que cualquiera de estos casos pudiera ser el del antiguo retablo, del s. XVI, que hubo en el convento de la Concepción de franciscanas menores observantes de la villa de Alburquerque, cuyo paradero, si es que existe, hoy se desconoce —Si Carmen aún viviese, podríamos decirle que sí, que aún se conserva, incompleto y recompuesto con respecto a su composición original, pero luciendo en un lugar similar para el que fue concebido—.
Como eficiente archivera debió toparse con tales escrituras en el Archivo Histórico Nacional –donde desarrolló parte de su carrera por la década de los años 50 del siglo pasado– y al que fueron a parar, junto con los otros dos documentos procedentes del mismo centro religioso, en un milagroso traslado que ha permitido que lleguen intactas hasta nuestros días, salvándose así de la desidia, destrucción y expolio –interno y externo– que ha ido mermado paulatinamente nuestro archivo.
Por ellas hemos tenido conocimiento de los nombres del autor y del donante, fecha de la obra, parte del precio de coste y también traza y disposición de la misma, que se detalla minuciosamente:
…así, a 4 días del mes de abril del año 1576, el citado Juan Sánchez Bejarano el Viejo, vecino de la villa, encargó la ejecución de un retablo, al pintor Hernán Gómez Román, natural de la misma villa de Alburquerque y avecindado en Lisboa...
El deseo del donante era que tuviera en su tablero central una representación de la Anunciación de Nuestra Señora, a cuyos laterales deberían ir las imágenes de San Juan Bautista y San Francisco. Por bajo de este cuerpo tenía que llevar en medio la Sagrada Cena y a los lados, en uno San Jerónimo y en el otro la Magdalena, coronando toda la obra un Dios Padre con acompañamiento de ángeles, todo ello pintado al óleo.
En cuanto al ensamble de las tablas advierte que tiene que ser dorado y estofado en la misma forma y manera que el retablo del convento de los frailes franciscos de la Madre de Dios de la misma villa.
Pasan luego a fijar el plazo de entrega, conviniendo en que sea para la Virgen de agosto del mismo año, y se compromete el donante a pagar al pintor en el término de veinte días, para compra de materiales y comienzo de la obra, 40 ducados, equivalentes a 15.000 maravedís, ya que el precio total del retablo se deja al juicio de dos técnicos nombrados uno por cada una de las partes, que han de examinarla y tasarla una vez terminada.
De no llegar a un acuerdo, D. Pedro de la Rocha del Risco, vecino también de la villa y, posiblemente, la persona que pusiera en relación al donante con el pintor, podía nombrar un tercero que junto con los otros dos decidiera con su voto el valor merecido, debiendo percibir su importe el autor dentro de los seis días siguientes a la declaración del mismo.
Por su parte el pintor Hernán Gómez Román se compromete a no faltar a lo convenido, bien entendido que el plazo de la Virgen de agosto puede ser lo mismo quince días antes que después, pasado el cual, si no había hecho entrega de la obra, quedaba en libertad el donante de mandarla hacer a otro pintor a costa del propio Hernán Gómez Román.
Finaliza la escritura con las disposiciones corrientes en esos casos, en que se obligan a responder de lo convenido con sus personas y bienes, renunciando a toda ley o derecho que se oponga a ello.
Son testigos el clérigo Martín Alonso, Pedro Ximénez, Alvaro Rojas y Hernán Sánchez Casareno, vecinos todos de Alburquerque, figurando como escribano Martín González, que firma el traslado en cuestión, el que, según reza en su último folio, es el que se dio para su seguridad al donante Juan Sánchez Bejarano, el que debió entregarlo al convento para que lo guardara como escritura acreditativa de propiedad.
Razonemos. Una vez obtenida licencia del obispo — Bernardo de Mesa — para dar el paso de beatas a monjas a través del proceso ya descrito y con las implicaciones, también enumeradas, de tal transición, nuestras religiosas se ven en la necesidad de erigir una iglesia que atienda las necesidades de su recién estrenada condición, prioridad que se va a repetir en la mayoría de estas construcciones: beaterio – cenobio – templo.
Este documentado encargo nos está diciendo que en 1576 la iglesia del, ya convento de la Anunciación, estaba en disposición de albergar y recibir un digno retablo a semejanza del que lucía en el cenobio de los hermanos franciscanos — que ya se encontraba en el lugar de su segunda fundación, al sitio de la Piedra horadada o de los Frailes viejos— y que su benefactor, de cuya familia nos ocuparemos más adelante, andaba en tratos con un retablista que le construya tal ornamento para su desnudo altar.
Por todo ello debemos fijar, con la necesaria humildad, pero, al mismo tiempo, con la firmeza de los hechos, el comienzo de tales obras en torno al año 1560, teniendo en cuenta además que se trataba de una construcción modesta, mal planificada y medianamente ejecutada, como podremos comprobar más adelante, en el segundo de los documentos del AHN (1641), lo que la condenaría a una segunda y más meditada intervención, llevada a cabo en dicho año.
Con ella se intentó poner remedio a los males que aquejaban al templo desde su inicio y dotarlo de elementos de los que aún carecía. Obras que se ajustaron en un plazo de ejecución de cuatro meses.

Representación idealizada del encargo realizada al pintor y retablista.
Vamos a ver que nos cuenta D. Eugenio de tal iglesia:
De cabecera rectilínea y robustos contrafuertes de sillería exterior, el interior se manifiesta en planta única y cuadrangular de 20,70 x 60,70 metros, con bóveda de cañón y coro elevado los pies. La nave central se divide en tres tramos con capillas dispuestas entre los pilares semiocultos en los muros: la del lado del Evangelio —a la izquierda según se mira al altar— se adornaba con templete barroco de pan antiguo, bajo la vocación de la Virgen de Nuestra Señora de los Dolores, y las tres de la Epístola —a la derecha— con grandes lienzos enmarcados.
La capilla absidal, rematada con bóveda de crucería, se engalanaba con artístico retablo barroco —es el que aparece descrito en la escritura y sobre el que seguiremos abundando—. El presbiterio se completaba con un vano de luz en la Epístola, dos capillas laterales de carácter privado y la puerta de la sacristía, en cuyo interior se alojaban el hueco de acceso al púlpito y el correspondiente al deambulatorio o corredor situado detrás del altar mayor que se comunicaba con el convento.
Al exterior, la fachada presentaba varios huecos, sin contar con los de la espadaña, destinados al esquilón y la campana. El peraltado de la puerta principal labrado en cantería y precedido de cuatro espléndidas gradas, un par de óculos sobre su clave, el vano de luz de las escaleras del coro y campanario y las dos ventanas enrejadas a la altura del hastial.


Datemos en primer lugar el documento, —como nos proponíamos al principio—, para abordar después su contenido. Sabiendo, como ya hemos adelantado, que el convento sufrió una importante remodelación en 1641 (AHN II), que dejó vacías sus arcas, este exhorto dirigido a su Señoría el duque de Alburquerque, a la sazón Francisco Fernández de la Cueva y Enríquez de Cabrera (1637-1676) VIII duque, debe situarse hacia 1642.
Centrémonos, ahora sí, en los motivos que esgrime la abadesa del convento para justificar el estado de penuria en que se encuentran y solicitar su socorro:
“…lo que hasta ahora han llevado ha sido necesario para reparación del dicho monasterio y ampliar algunos ornamentos para con que celebrar los oficios divinos y otras cosas tocantes a la población del dicho monasterio…”
“… lo cual, y los años caros que han pasado, han sido ocasión que padezcamos, a mi parecer, grandísima necesidad y miseria sin poderla remediar ni tener de que…”
“…por causa y razón del dicho monasterio haber sido fundado sin renta alguna…”
Esta última afirmación nos va a dar pie para abordar la segunda de las cuestiones que constituyen el presente trabajo.
Patronazgo
“…Solo dicen que fue su patrono Juan Sánchez Bejarano, pero no saben si fue su fundador…” Se lamentaba Solano de Figueroa.
Los documentos ya expuestos, y algunos más que iremos presentado, nos van a permitir confluir con tal afirmación.
Ha sido costumbre, a lo largo de los siglos, la concurrencia de mecenas que, movidos por un piadoso deseo o un vanidoso afán de transcendencia han sufragado, con cargo a su fortuna, el desequilibrio que solía generar la magnitud del proyecto a erigir frente a los medios con los que se contaba para ello. Así, hemos visto ya como en 1576, Juan Sánchez Bejarano el Viejo, costeaba a su cargo los 15.000 reales que, en concepto de adelanto, exigía el pintor para la ejecución del retablo que adornase el altar de la recién construida iglesia del convento. ¿Quién puso el resto del dinero hasta satisfacer la cantidad total exigida por el artista?
Para responder a esta pregunta saquemos de nuestra pequeña baraja tres nuevos naipes: Cuellar I, Cuellar II y AHN III:
El primer de ellos, emitido en Cuellar en fecha 7 de octubre de 1577, es un libramiento de 6.000 maravedíes otorgados por el duque de Alburquerque a Hernando Alonso Bejarano, su mayordomo en dicha villa, para que los entregue al monasterio de la Anunciación. Firma autógrafa. (Beltrán III de la Cueva y Castilla (1571-1612): VI duque). Dice así:
“…Hernando Alonso Bexarano, mi mayordomo de la mi villa de Alburquerque y la Codosera, dad a la Abadesa y monjas contenidas de la petición desta otra parte escrita seysmill maravedíes que yo les hago de limosna para Ayuda a lo que en ella dicen y tomad su cara de pago que con ella y con esta mando a mys contadores, los reciban y pasen en cuenta los dichos seysmil maravedíes. Hecha en esta mi villa de Cuellar A siete días de octubre de mil quinientos y setenta y siete Años…”

El segundo, de 13 de diciembre de1577 y emitido en Alburquerque, es una carta de pago por el mismo importe otorgada por la abadesa y monjas del monasterio a favor dicho benefactor. Contiene también firmas autógrafas de la abadesa y discretas.

Avancemos unos años en el tiempo, hasta 1641 (AHN II), Bartolomé Bejarano, descendiente de Juan Sánchez Bejarano el Viejo, se ofrecía a sufragar parte de los gastos de las necesarias obra de mantenimiento y ampliación que el recinto ya demandaba. Veamos aquí como lo recogía la escritura, que volveremos a retomar cuando abordemos la etapa dorada del cenobio:
“…Don Ioan de Bustamante, maestro en ella e racionero de la Santa Iglesia Catedral de Badajos, provisor y vicario general en ella y su obispado, por quanto por parte de la abadesa e monjas del convento de Nuestra Señora de la Anunciación desta villa se nos agregó relación diciendo que, con licencia nuestra, ha otorgado escriptura de pacto y concierto con Don Bartolomé Bejarano, vecino desta villa sobre el derecho del patronazgo que susodicho pretendía tener a dicho convento porque la dicha iglesia está mal parada…”
En el tercero de los documentos del AHN, también de 1641, se redunda en la vinculación de esta saga de los Bejarano con tal convento. En su tenor, se recoge la reclamación que Bartolomé Bejarano hace sobre el vínculo instituido por su antecesor, Juan Sánchez Bejarano junto a su esposa Dña. Beatriz Arias en tiempos de la fundación del convento.
Vamos a incluir, en primer lugar, una traducción parcial de su contenido que debemos al erudito y profesor de latín D. Santos Protomártir, seguida de un análisis diplomático del mismo realizado por su homólogo D. Francisco J. Mañas. Al finalizar la exposición, con los fundamentos aportados hasta ahora y la humildad necesaria cuando se indaga entre sombras, ofreceremos una respuesta a la cuestión que da título a este segundo capítulo.

Aquí la traducción parcial del profesor Protomártir, dificultada por el estado del documento y el latín utilizado para su redacción:
“…César, favorecedor y adecuado de la sede del Papa Octavio, de dicha sede en el reino de las Españas, con potestad de legado de Letrán, colector general apostólico del Carmen, discreto vivo de… procurador de la paz de aquel… purificado. Salud… para memoria futura del asunto. Ciertamente, entre los fieles de Cristo, y especialmente entre las personas religiosas, se dice que los pactos y concordias han sido amistosamente establecidos, pues se evitaban los escollos de la contienda renovada; pero para que permanezcan firmes perpetuamente e intactos, cuando se nos pide, añadimos gustosamente la firmeza de nuestra autoridad…”.
“…En efecto, por parte del elegido para nosotros en Cristo, el abbad de los Montes de la Anunciación del orden de San Francisco, de la villa de Alburquerque, de la nulidad o paz, así como don Bartolomé de Bejarano, nos fue expuesto que este y la causa sobre lo pasado por dicho Bartolomé, del mencionado derecho de patronato, en virtud del cual se nombra o presenta a dos monjas o capellanes con la carga de celebrar cierto número de misas, y por este… de proveer lo necesario, de añadir las insignias de armas del mismo Bartolomé, como tal, de colocar un túmulo erigido, y no de diversos otros privilegios de la misma, como sucesores Juan Sánchez Bejarano y doña Beatriz Arias, cofundadores, y en virtud de competir ante el juez competente…”
“…Como Legado de latere de la Sede Apostólica y de nuestro Santo Padre el Papa Octavo, Colector General de la Cámara Apostólica en los Reinos de las Españas, al discreto varón Provisor de la Paz… Salud y para perpetua memoria del asunto…”
“…Ciertamente, se dice que los pactos y acuerdos entre los fieles de Cristo, y muy especialmente entre personas religiosas, se realizan amablemente para que se elimine el escollo de una disputa recurrente; pero para que estos permanezcan firmes, perpetuos e ilesos, añadimos gustosamente la firmeza de la protección apostólica cuando se nos solicita…”
“…Sane, por parte de los amados en Cristo del Convento de la Anunciación de los Montes, de la Orden de San Francisco de la villa de Alburquerque, y de Don Bartolomé de Bejarano, se nos ha expuesto que, sobre una causa pasada iniciada por el dicho Bartolomé respecto al derecho de patronato para nombrar o presentar a dos monjas y a un capellán, con la carga de celebrar un número determinado de misas, y de suministrar por medio de este lo necesario para las mismas; y también el derecho de colocar las insignias de las armas del mismo Bartolomé y erigir un túmulo como tal anexo, además de diversas otras preeminencias, como sucesor de Juan Sánchez Vejarano y de la señora Beatriz Arias, cofundadores, y en virtud de la competencia ante el juez…”
En cuanto a su análisis diplomático, nos ilustra D. Francisco afirmando que:
Se trata de un documento eclesiástico dictado por la “Divina Providencia” del papa Octavio a través de la Cámara Apostólica del Reino de las Españas. Este papa solo puede corresponder a Juan XII, quien desarrolló su ministerio en el siglo X.
En su nombre actúa un colector general, es decir, una especie de juez con autoridades eclesiásticas para resolver un conflicto entre dos partes. Estos eran nombrados por la Santa Sede para recaudar sumas de carácter religioso. También existía el colector de misas que distribuía las citadas misas entre los capellanes que debían oficiarlas previo pago de un estipendio. En el documento este colector general parece desempeñar ambas atribuciones. Su intervención se produce a instancias de la abadesa de las monjas de la Anunciación acerca de la paz o concordia con Bartolomé Bejarano y otras personas de la misma ciudad.
Se presenta un documento por parte de D. Bartolomé en el cual se establece la celebración de un número determinado de misas que deben celebrarse en el monasterio en memoria y sufragio de las almas (se entiende que las de su familia) por parte de un capellán que se debe nombrar para tal efecto.
Del mismo modo, se acuerda colocar y conservar en el monasterio las armas e insignias del citado don Bartolomé Bejarano, en calidad de patrono, con preeminencia sobre cualesquiera otras personas.
Como sucesor en vínculo se menciona a Juan Sánchez Bejarano y a su esposa Beatriz Arias. Todo ello se confirma ante la justicia ordinaria tras los testimonios de los testigos, la asunción de los gastos correspondientes y el consejo de personas importantes de la villa.
Finalmente se plasma un acuerdo entre las partes, ratificado por el colector general que actúa en nombre del Papa, y contenido en las actas firmadas por Francisco González Román en la sede de esta ciudad latina.
Ante las evidencias e indicios aportados creemos que existió una indiscutible relación entre la familia de los Bejarano y la fundación del convento de Nuestra Señora de la Anunciación, a modo de patronazgo o como favorecedores de la comunidad de religiosas en los difíciles tiempos de sus comienzos.
Patronazgo y beneficencia a los que se sumó el correspondiente duque de Alburquerque una vez asentado el cenobio y consolidada la sucesión del título. A partir de este escenario las dádivas y limosnas fueron ya constantes; asociación esta (rezos salvadores vs limosnas benefactoras) que seguiremos viendo hasta finales del Antiguo Régimen.
Por último, una breve mención a la saga de los Bejaranos, apellido que tomaron de su villa de procedencia y quienes llegaron hasta Alburquerque como mayordomos del duque para velar por los intereses de este en la su villa, como tantas veces de este modo la refería
El primer Bejarano del que tenemos constancia es Gaspar Sánchez Bejarano, según una inscripción existente en las campanas de San Mateo, afirmando que se hicieron en el año 1555 bajo su mayordomía.
En 1576, su hermano, Juan Sánchez Bejarano el Viejo, se ajustaba con el pintor y retablista extremeño, Hernán Gómez Román, para costear de su pecunio, una parte del importe del retablo con el que pretendía dar ornamento a la recién construida iglesia y en la que, junto su mujer, Doña Beatriz Arias, había fundado un vínculo (rezos por dádivas).
En 1577 era Hernando Alonso Bejarano, mayordomo del duque, quien entregaba a la comunidad de religiosas 6.000 maravedíes que, por la fecha, a buen seguro sirvieron para costear el resto del retablo.
Finalmente, en 1641, Bartolomé Bejarano se ofrecía a sufragar parte de las necesarias obras que el recinto demandaba a cambio de la preeminencia de sus armas e insignias a colocar en destacado lugar de su interior.
Ascenso
Este asunto lo abordaremos con nuestra última carta. Ya hemos desvelado anteriormente que uno de los documentos del AHN de 1641(AHN II) era otra escritura donde se recogían las obras de reparación y ampliación que el cenobio necesitaba. Aquí sus protagonistas:
“…Sepan los que vieren esta publica escriptura, como nos, de la una parte, Catalina de San Josep, abadesa, Ynés de Sequera, Ysavel Tejada e Doña María Duran e Felisiana Pereira e María de San Antonio, discreta e procuradora del Convento de Nuestra Señora de la Anunciación, estando en el locutorio del, y de la otra Martin Hernández Coriano, e Joan Andrés Coriano e María rrodriguez, su madre, como sus fiadores e prinsipales pagadores…”
Y aquí un resumen de los trabajos a ejecutar según la visita que realiza el maestro alarife –Martín Hernadez Coriano– junto al de cantería.


La obra le fue rematada al citado maestro albañil, Martín Hernández Coriano, en cinco mil reales y un plazo de ejecución de cuatro meses. Las monjas, por su parte, tuvieron que obtener licencia para tal intervención del provisor, D. Blas de León, firmando y dando fe de la escritura el notario apostólico D. Juan de Bustamante.
Una idea del estado en que se encontraba la iglesia del convento, dependencia sobre la que se centraron la mayor parte de las actuaciones, nos la da las condiciones facultativas que debía cumplir el maestro de obras:
Se hacía preciso rebajar el piso de tal iglesia una tercia -aproximadamente 20 cm- desde la puerta de acceso hasta la zona donde se ubica el arco toral, creando, en torno a él y de pilar a pilar una grada de cantería, con sus golfes e filis –molduras o salientes con sus correspondiente filetes- de manera que la capilla mayor quedase a una altura mayor que el resto de la nave.
El suelo debería ser de ladrillo cocido, dispuesto en forma de espina de pez -en espiga- y se hacía preciso lucir de buena cal blanca todo el interior de la nave, de suelo a techo, incluidas las capillas.
Las rejas del coro bajo estaban desbaratadas, siendo necesaria su sustitución, y las del alto requerían apuntalar su anclaje. Correspondía a las monjas dar fechas dichas rejas.
“…En la capilla mayor, al lado del evangelio, se ha de romper la pared para hacer una sacristía en una calleja que linda con la dicha iglesia y la del Espíritu Santo, que dicho maestro haya de erigir esta sacristía con todo el sitio que hallare entre los estribos y formar sus paredes de una vara de grueso y en la altura que más convenga serrara una capilla de luneta o de arista porque así conviene a buena obra…”
Así rezaba la condición cuarta, que hemos transcrito al pie de la letra porque, indirectamente, aporta un dato definitivo sobre la fundación de otro edificio, el conocido, a partir de 1700, como Hospital Real y más tarde, sobre 1800, como Hospital Militar, a raíz de las guerras de Sucesión e Independencia que obligaron a destinarlo a tal fin pues, en su origen, fue un anexo más del complejo religioso, levantado como espacio habitacional para las religiosas que componían la comunidad. Queda claro, entonces, que la antigüedad de tal construcción, aposento primero, hospital después, hay que situarla a partir de 1641.
En las siguientes condiciones facultativas se exigía que el tejado de dicha sacristía fuera puesto en la corriente necesaria, utilizando texas del Prado, y las canales recubiertas de buena cal, de manera que no se llueba la dicha Yglesia.

En cuanto a la nueva portada de acceso al templo se pedía añadir una basa de cantería que permitese salvar el nivel más bajo de la calle y, que “…por estar la portada mal adornada se haya de repilar, e porque la planta descoda, para ganar el cuadrado, se asentaran dos ynjustas -añadidos- conforme lo muestra la planta, para que después de ganado el dicho cuadrado, quede con buena perfección y se elegirá su arquitrabe, friso y cornisa con los vuelos e hombros que de nuestra la dicha planta, y que encima de la dicha cornisa se elegirá un encasamento de ladrillo, guardándose los anchos y altos y miembros e cuellos de sus molduras, bien guarnecidas de buena cal de arena, cortándose a las pilastras e traspilastras las fajas y artesones que la dicha planta demuestra. Que la fachada se ha de cubrir de cal gruesa e luego de cal delgada que corresponda con la demás obra de los miradores dándole sus manos de blanco y que en el dicho lienzo, a dos varas de alto, se haya de cortar de artesones conforme lo manda la dicha planta y a la entrada de la puerta de la dicha iglesia se ha de asentar una grada de cantería con la moldura que la dicha planta muestra…”
Continua la escritura revelando interesantes detalles que nos retratan el antiguo cenobio:
“…que el maestro en quien se rematare la dicha obra sea obligado a poner todos los materiales de cal e ladrillo e todo lo necesario para la dicha obra excepto el sabrio y agua, que ese sabrio se habrá de sacar de la guerta de dicho convento…” “… e que se ha de hacer un caño que vaya por debaxo del suelo de la sacristía por donde vayan las aguas a salir a el jardín porque así conviene a la buena obra…”
Y finaliza el contrato señalando los plazos y condiciones en que se han de hacer efectivo el importe de la obra:
“…Que el dinero en que se rematare haya de ser dado en cuatro pagas iguales, excepto los quinientos reales que queden en poder del dicho mayordomo –fianza que se entregaría tras la recepción de la obra si esta fuese conforme– y ha de ser la primera paga el día del remate, la segunda al tercio fecho de la obra, la tercera a la mitad fecha de la obra, y la cuarta a el fin de la dicha obra…”
En la villa de Alburquerque a dos días del mes de abril de mil y seiscientos e quarenta y un año ante mí Diego Hernández Havela escribano público del número en esta dicha villa de Alburquerque por el Rey Nuestro Señor.
Espléndidamente detallados, nos presenta Lino Duarte Insúa, en su obra Historia de Alburquerque 8 (pág. 511), el desglose de los gastos.

Su análisis confirma, como manteníamos al principio, que la construcción inicial fue apresurada, incompleta y mal planificada. Teniendo en cuenta el escaso valor de los jornales y los materiales en estas fechas, podemos formarnos una idea de la importancia de la obra llevada a cabo en el convento, asimilándola, casi, a una segunda fundación.
Mucho se ha dicho ya del convento y su edificio, fundación, obras, mecenazgo…, llegado es el momento de centrarnos en su verdadera razón de ser: la comunidad de monjas isabelas que, con audacia, hicieron posible su nacimiento y que, durante siglos, lo llenaron de vida, espiritualidad y servicio.
“…Vinieron de Salamanca para asentar la vida religiosa y plantar la perfección en esta casa Dña. Ysabel de Texeda y la madre Gutiérrez y a ellas se les debe los frutos de religión, recato y observancia que en todos tiempos ha tenido este convento. El cronista de la provincia de San Gabriel, hablando del de Santa Ana de Badajoz dice que a petición de nuestro obispo (y no señala quién era) fue a reformarlo Dña. Ana de Alvarado…”
A tales revelaciones de nuestro cronista, Solano de Figueroa, añadiremos nosotros:
En 1753, el Catastro de Ensenada recoge que en Alburquerque existe un Convento de Religiosas Isabelas compuesto por veintidós hermanas.
De 1769 cotamos con el Arreglo parroquial de la villa de Alburquerque, que afirma que existían dos conventos, uno de monjas Franciscanas de Santa Isabel y otro de Franciscanos Descalzos con la advocación de Madre de Dios de la Provincia de San Gabriel.
Y en 1791, el Interrogatorio de la Real Audiencia nos asegura su continuidad a finales del s. XVIII, aunque en esta ocasión aparece registrado como Convento de monjas Franciscanas de Santa Isabel. Comienza este documento revelando que hay un convento de religiosas titulado de Nuestra Señora de Anunciación, que son terceras de nuestro padre San Francisco Isabelas, sujetas al ordinario, con el número de veinte plazas de velo negro y tres legas, hallándose dieciocho de aquellas ocupadas y estas completas, con seis educandas a las que instruyen en diferentes labores de su sexo. Cada religiosa paga por razón de dote, al tiempo de su profesión, seiscientos ducados y las educadas cien reales anuos por razón de piso. Y termina haciendo una relación de sus rentas:
“…Tiene de renta anual setecientos ducados de réditos que le pagan trescientos y tantos inquilinos sobre casas, tierras, olivares y viñas. Asimismo, varias porciones de tierra de zafra y barro cuyo número de fanegas, de una y otra clase, ascienden como a mil cuatrocientas, repartidas en las cuatro hojas de este término –conocidas, de este a oeste, como Santiago, Chica, Fuentes y Manrey– que suelen sembrar con hueco de 3 años y actualmente se hayan arrendadas en cuatrocientos ducados anuales. Dichas rentas, unidas todas, vienen a componer la de doce mil reales en cada un año…”
Es preciso, en este punto, explicar el modo en que, tanto este convento como el resto de parroquias y cofradías, se habían hecho de patrimonios tan notables. En primer lugar, y como fuente principal de ingresos, contaban con los conocidos como vínculos y capellanías. Imbuidas en un profundo espíritu religioso, sintiendo próxima la hora de la muerte y, en algunos casos, tras una vida no muy ejemplar, no eran pocas las familias que legaban una parte importante de sus bienes a la comunidad, parroquia o cofradía de su devoción a cambio de rezos y oraciones perpetuas. Tales bienes, casas, olivares, viñas… se ponían después en arriendo o se vendían a quienes los demandase y pudiera pagarlos con el fin de rentabilizarlos. A esta fuente se añadían, otros dos caudales no menores: las generosas dotes que debían aportar tras completar el ingreso como hermanas de pleno derecho, y los habituales patronazgos que se sucedían de generación en generación. En algunas otras ordenes, no en esta, pues así lo prohibía su instituto, existía una cuarta fuente de ingreso; cuando una religiosa fallecía, el convento heredaba la parte legítima del patrimonio perteneciente a la difunta que, al proceder por lo general a familias adineradas, –monja no podían ser cualquiera– eran de consideración.
Una idea de los bienes que este convento disponía nos la aporta este inventario que se hizo tras la desamortización de Mendizabal (1836) y que también debemos a Lino Duarte.



En cuanto a la relación de empleados y sirvientes a disposición de la comunidad y los gastos de administración del complejo religioso, continúa así el Interrogatorio:
“…Asimismo, a los sirvientes como son capellán, sacristán, médico, botica, cobrador, lavandera, y demandadera –persona encargada de hacer los recados a las enclaustradas fuera del convento– dan por razón de salario dos mil reales. Los gastos ordinarios y de primera necesidad se regulan en cuatrocientos reales, los de sacristía ornamentos y lámparas mil quinientos. Los que se invierten en reparo de fábrica de convento, por haberse fundado de un conjunto de casas antiguas, sin contar con las obras nuevas, ascenderán en cada un año su coste a seiscientos reales por cuya razón, y estar disminuidas las rentas del convento con motivo de las guerras del principio del siglo, en las que perdió más de reales reales de rentas anuales, se halla bastante atrasado, como también por no deber heredar de las religiosas al tiempo de su fallecimiento cosa alguna aunque tengan grandes patrimonios según su instituto…”
En 1832 vuelve a tenerse noticias de él. Según las Actas de Santa Visita, realizadas con motivo de la Visita Pastoral efectuada en la villa bajo el episcopado de D. Mateo Delgado Moreno, se constata la pervivencia del cenobio. Además de algunas iglesias, también se efectuó la visita al convento de religiosas de Nuestra Señora de la Anunciación “…tanto en lo sacramental como en la clausura, según se previene en su ritual, advirtiendo S. Sía. a la abadesa lo poco que halló con algún defecto para su remedio…”
Decadencia
En enero de 1838, el convento se encontraba clausurado como consecuencia del proceso desamortizador de Mendizábal, hecho recogido en la petición solicitada por D. Manuel de Osma y Huertos, arcipreste de Alburquerque, en relación al cenobio y la posible aplicación del artículo 22 del Real decreto de 9 de marzo de 1836, en el que se especificaba que «los ordinarios podrían, con la aprobación del gobierno, dedicar a parroquias las iglesias de los conventos suprimidos que fueran necesarias»; de este modo, el templo anteriormente adscrito al conjunto conventual pasó a ser empleado como ayuda de parroquia, y el resto adquirido por el que sería su primer propietario, Tomás Reynols, para destinarlo a fábrica y almacén de corcho al año siguiente y quien, a la fecha, ya se encontraba arrendando dehesas de alcornoques entre los terratenientes locales.
El otrora orgulloso edificio se sabe herido y condenado. Tras su clausura, el preceptivo inventario que el arcipreste se ve en la obligación de elaborar con los objetos y bienes que aún atesora constituye una indiscreta y valiosa ventana que nos va a mostrar, por fin, todo cuanto, con sumo celo y discreción, se ocultó a nuestros ojos durante siglos. La curiosidad, satisfecha, no mitiga la tristeza que supone el haberlo conseguido de este modo:
“…Iglesia: Tres altares, sin contar el de la capilla de los Dolores y en el mayor se hallan las imágenes de Nuestra Señora de la Encarnación, Santa Rita, San Francisco y Santa Isabel. En los colaterales sus estampas de lienzo. En el Sagrario un copón de plata para el uso de las religiosas y una custodia de plata. Un confesionario, el banco del presbítero, seis más comunes para el uso de los fieles, una lámpara de lata, tres atriles con tres misales, ocho candeleros de metal amarillo y una colgadura de tafetán encarnado para adorno de la iglesia. Coros: una sillería con sus asientos correspondientes y un cuadro de Nuestra Señora de Guadalupe en el coro bajo y en el alto otra sillería también de madera de castaño, un facistol, un crucifijo y un vía crucis. Campanario: dos campanas de servicio, una mayor que otra, pero ambas pequeñas. Sacristía: un arca donde se hallan con cerradura y llave los efectos siguientes: seis manteles de hilo, diez albas de mediano uso de las cuales son cuatro de tela fina y las seis restantes de lienzo, once amitos los nueve de tela y los dos de lienzo de mediano uso, siete cíngulos, los cuatro de hilo y los tres de cinta y todos de mediano uso, cuatro vinagreras de estaño y sus platillos, un crucifijo. En otra arca más pequeña se encuentras cinco casullas completas, las dos inútiles y tres de mediano uso, y tienes sus correspondientes corporales en sus respectivas bolsas. En un baúl antiguo están cuatro ternos completos, uno blanco de primera clase, un incensario de plata con su copa de plata, que corresponde a la parroquia de San Mateo, de donde se trajo provisionalmente por no tener el convento, dos cálices de plata con sus patenas y cucharitas de los mismo, dos mangas de cruz de seda de mediano uso, una sotana y sobrepelliz viejas para el sacristán, una alfombra de mediano uso, un monumento de poco valor para la función de Jueves Santo y dos pares de escalera de madera común…”
Arreglo parroquial de la villa de Alburquerque (1769-1848) AAMB, Alburquerque, leg. 2, nº 59.
En 1845, Madoz lo cita en su Diccionario, indicando que era de propiedad particular.
En 1897 fue fábrica de corchos perteneciente a Juan Ulloa Gemio y Pedro Olivero Corón

Finalmente, y en un espacio más reducido, sirvió de escuela de primeras letras. En cuanto a la iglesia, con el nombre de nuestra señora de la Anunciación, permaneció abierta al culto y en propiedad del clero, hasta los años 60 en que otro industrial la adquirió para convertirla en taller y garaje de autobuses. Me cuentan que durante las misas que se celebraban en San Francisco, el párroco de entonces aprovechaba la concurrencia de fieles para promocionar su venta entre los asistentes.
En la actualidad se conservan, en ruinas, algunos restos del cenobio que estuvo ubicado en lo que conocemos como Llano de monjas.
Epílogo
Vamos a concluir este trabajo retomando la sugestiva aseveración con la que lo iniciábamos, refiriéndonos al retablo del convento: “…Si Carmen aún viviese, podríamos decirle que sí, que aún se conserva, incompleto y recompuesto con respecto a su composición original, pero luciendo en un lugar similar para el que fue concebido…”

Afirmaba Carmen Pescador, en su trabajo publicado en 1954, desconocer el destino de tal retablo, por lo que es evidente que en esas fechas ya no se encontraba presidiendo la nave de la iglesia de Nuestra Señora de la Anunciación, certeza que debió obtener en una fugaz e improductiva visita a nuestro pueblo. Sin embargo, la obra del maestro Hernán Gómez Román, desmontada y guardada en alguna sacristía o improvisado almacén, se había salvado de la ruina, que ya amenazaba a todo el conjunto y esperaba nuevo acomodo. Tardaría este en llegar más de dos décadas, tiempo suficiente para que cinco de sus tablas, Dios Padre, la Anunciación y las tres que componían su cuerpo inferior –María Magadalena, la Sagrada Cena y, la enigmática de San Jerónimo, traductor de los Evangelios y de rara aparición en retablos– acabasen desapareciendo.
En torno a 1965 y bajo el episcopado de D. José María Alcaráz y Alenda y el vicariato de D. Aquilino Camacho Macias, llega a Mérida, con destino a la recién erigida parroquia de Cristo Rey, el cuerpo superior del retablo para dotarla de tal ornamento, aprovechando el que se consumía, desde 20 años atrás, en Alburquerque.
Visitados ambos recintos, Cristo Rey y los restos que quedan de la antigua iglesia de la Anunciación, por gentileza de su actual propietaria, se entiende que a Mérida solo llegase la parte superior del conjunto, sencillamente, no había espacio para alojar la obra en su conjunto por una diferencia de altura a favor de esta última en torno dos a tres metros.
Este es el análisis de lo que nos hemos encontrado:
La imagen de Dios Padre ha sido sustituida por una tabla que representa a la Coronación de la Virgen, posiblemente de otro autor, ya que, afincado en Lisboa, resulta difícil que el pintor realizara otros encargos para algún particular o institución. Nada comentamos de los estilos entre tal obra y las dos únicas tablas originales que permanecen en el retablo pues, en esta materia, nos reconocemos legos.

Por temática y ubicación, las dos únicas imágenes que podríamos considerar como pertenecientes al encargo inicial son la de San Juan Bautista, en la calle izquierda y cuerpo superior, y la de San Francisco con el Niño, en la calle derecha del mismo espacio. Sobre esta tabla vamos a hacer una consideración con la más absoluta humildad. Desde la parroquia –donde desconocían el origen y la historia del retablo– sostienen que se trata de San José, por portar al niño, sin embargo, no son infrecuentes las representaciones de San Francisco en tal actitud por su conocida devoción a la Encarnación del Señor. En cuanto al habito, que en nuestro imaginario actual lo representamos como marrón, debemos saber que el gris fue el color oficial para todos los franciscanos hasta mediados del S. XVIII. Finalmente estarían el deseo expreso de que fuera un San Francisco, como bien deja claro la escritura, y el hecho de que se trata de monjas isabelas menores de la tercera orden de San Francisco, motivo más que suficiente para que la imagen del patrón titular estuviese representada en el conjunto.

Con respecto a las cinco tablas desaparecidas: … años de postguerra donde lo principal –y casi lo único– es asegurarse el alimento del día y seguir vivos. La religión, el dinero y el poder caminan de la mano como nunca antes lo han hecho. Casas y familias en las que, junto la riqueza, anida cierto interés por el arte y la cultura. Atractivo escenario donde elegir impunes.
“Con lamentable frecuencia, muchas obras de arte que ornaron nuestros monasterios y conventos fueron perdidas por la acción del tiempo, o extraviadas al ser sustituidas en siglos inmediatos por otras más nuevas, o, más tarde, por los riesgos de la desamortización, yendo unas veces a parar a manos de particulares o perdiéndose definitivamente por abandono de los guardianes a cuya custodia fueron encomendadas.” Se quejaba Carmen.

Imagen actual del retablo, procedente de Alburquerque, que preside la iglesia de Cristo Rey en Mérida.
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