ELÍSABETH GARCÍA ROMÁN
-Sueños filosóficos. Barcelona y Madrid, 1950
Encarna llegó a Barcelona el 28 de mayo de 1950, donde se encontraba muy bien pese a que su salud estaba quebrantada. A veces, en la cama, se ponía a temblar sin razón aparente y tenía que tomar algo para tranquilizarse; además, casi no podía tragar de dolores y quemazón en la garganta. Sin embargo, su situación económica era boyante y es que, en este sentido, su vida estuvo siempre llena de altibajos: tan pronto estaba nadando en la abundancia como angustiada porque no sabía cómo hacer frente a los pagos.
Más tarde, el 24 de julio, viajó a Madrid para firmar el contrato con Aguilar. No tuvo más remedio que reconocer que la ciudad estaba preciosa. El Año Santo con sus turistas había obligado a los municipios a un esfuerzo: las calles estaban limpísimas y había jardines por todas partes. En cambio se llevó una desilusión con las iglesias: las más antiguas, de los siglos XVIII y XIX, que fueron quemadas durante la revolución, al haber sido reconstruidas resultaban aún más sórdidas que antes.
Mientras, continuó haciendo los diálogos de Celia y Miguelín y, a principios de agosto, marchó a Ortigosa del Monte.

-Sueños místicos. Ortigosa del Monte, 1950
Después de haber veraneado varios años con la familia en Ortigosa, donde siempre se encontraban con el Dr. Carreño, que se convirtió en un gran amigo, era la primera vez que volvía allí ella sola, y no a la pequeña casa que solían alquilar, sino a la espléndida finca de la suegra del doctor. El lugar era como un paraíso y el primer día se despertó con una sensación de felicidad como no recordaba desde que era muy pequeña.
Desde su tranquilidad campesina recordaba lo insoportable que se le había estado volviendo Madrid, una ciudad llena de terribles recuerdos.

En la revista Fotos, donde estuvo a su paso por Madrid, le dijeron que en verano se vendía menos y que, por tanto, habían suprimido unas páginas, por lo que, habiendo terminado ya Mila, Piolín y el burro no empezarían con Celia y Miguelín hasta mediados de septiembre, y pensó entonces en escribirlo despacio e incluso terminarlo durante su estancia en Ortigosa.
Manuel Aguilar le quitó de la cabeza la idea de “Celia bibliotecaria”, en la que Encarna pensaba contar sus experiencias como bibliotecaria en Buenos Aires, y le dijo que escribiera Celia se casa.
Las finanzas seguían estando bien, pero la salud no mejoraba. No digería la comida y seguía sintiendo dificultad para tragar. A pesar de ello, paseaba todas las mañanas por la huerta, rezando el rosario. Le parecía que de la tierra brotaba un misticismo que la invadía como algo material: hasta las rosas tenían un olor cándido que no era el de las rosas de las floristerías.
Por aquella época, una señora, Matilde Ras, hablaba mal de Encarna y, en el fondo, las habladurías le preocupaban. Ella temía que se refirieran a una velada acusación de lesbianismo que apareció alrededor de algunos miembros del Lyceum Club antes de la guerra, en la que Encarna estaba implicada.

Estas cosas sólo podía decírselas a Inés, cuyas cartas eran para Encarna como el oxígeno y su amistad como la savia que le diera la vida.
El día 4 de septiembre regresó Encarna de Ortigosa y lo primero que hizo al volver a Madrid fue ir de médicos y mejoró inmediatamente con el tratamiento.
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PORTADA: Fundadoras del Lyceum Club: Carmen Baroja, María de Maeztu, Isabel Oyarzabal “Beatriz Galindo”, Victoria Kent, Zenobia Camprubí, María Lejárraga, Clara Campoamor, Matilde Huici, Josefina Blanco, Concha Méndez y Encarnación Aragoneses más conocida como Elena Fortún. Todas son distintas, unas licenciadas, otras profesionales, otras amas de casa, unas solteras y otras casadas, pero, entre ellas existe un nexo común: fueron las socias fundadoras del Lyceum Club en Madrid 1926.
¿Un Club exclusivo de mujeres? Sí. Siluetas rectas a lo mancebo, pelo a lo chico, cigarrillos egipcios…, ¡la mujer española se lanza a la modernidad!, resaltaba la prensa del momento. Una prensa que, bajo la directriz de un catolicismo tradicional criticó y calumnió la iniciativa.
Desde su constitución estuvo el Club vilipendiado y señalado, por su modernidad, por ser apolítico y aconfesional, por tener una gran biblioteca que eludía la censura eclesiástica, por tener fines culturales, y por motivar, dignificar y querer construir una nueva mujer con derecho al voto que reclamaba cambios en el código civil. (María Pérez Herrero)
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