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Y ahora ¿qué?

JUAN ÁNGEL SANTOS

Entre los fugaces recuerdos de la infancia, guardo, con cierta nitidez, la angustia de nuestra inolvidable vecina en la calle san Juan, la señá Juliana (la mejor churrera de Alburquerque) el día que se comunicaba la muerte de Franco, aquel 20 de noviembre de 1975. Con el rostro alterado por el temor y con lágrimas que delataban la incertidumbre, aquella entrañable mujer expresaba su estado de confusión con un interrogante: “Y ahora ¿qué?”, una pregunta que, sin duda, se hacían muchos españoles a los que le tocó sufrir las duras consecuencias de un conflicto civil y de una interminable posguerra, en la que el hambre y el miedo presidieron la vida diaria de los pueblos de España. Después de 40 años de franquismo, el país se quedaba huérfano.

De aquel 20N han pasado 46 años y pico. Tiempo suficiente para enterrar el miedo y consolidar la democracia. Tiempo suficiente para prevenir la incertidumbre y curar los recelos y las rencillas, para evitar recaídas. Tiempo suficiente para encontrar respuestas y, sin embargo, seguimos con dudas porque no hemos sabido o no hemos querido aplicar soluciones.

Nuestro querido pueblo se encuentra en una encrucijada, en una situación de punto muerto, en la que, el grupo gobernante sufre una parálisis institucional, un desbarajuste administrativo y financiero, y un razonable cuestionamiento de su legitimidad. Todo hace pensar en la necesidad inmediata de un cambio, pero después de un cuarto de siglo acostumbrados a vivir bajo la sombra del vadillismo, resulta razonable entender las dudas y las inquietudes de los ciudadanos ante esta nueva orfandad: “Y ahora ¿qué?”.

Desde el punto de vista político, asistimos a una improvisada danza de reclamo, en las que cada pretendiente muestra sus colores más vistosos para seducir al votante. Por delante hay un pueblo que reconstruir.

El PP busca sacar rédito a nivel local y regional tras el buen trabajo realizado por Víctor Píriz en los últimos años, y no duda en colocar a su rival directo, el PSOE, como responsable casi único de la situación municipal, evitando señalar al pueblo como partícipe necesario.

El PSOE, por su parte, intenta desmarcarse del pesado lastre que supone la convergencia de intereses y el incondicional e indiscriminado apoyo concedido a Vadillo durante años, mediante un distanciamiento que se antoja tardío y el recurso, siempre socorrido, del respeto a las normas y a los límites competenciales.

En ambos casos son caras nuevas (Paniagua y Prieto) las que intentarán convencer al pueblo con una mirada hacia delante y con la obligada retórica de que “agua pasada no mueve molino”. ¡Bienvenidos!

IPAL, desde la independencia ideológica y la práctica política, ha ido creciendo como alternativa, empujado por la atropellada concatenación de sucesos de los últimos meses. Desde la discreción y desde el coraje, han interpretado de manera muy decente el papel de oposición en los momentos, probablemente, más difíciles que institucionalmente ha vivido Alburquerque y, ahora, se reivindica como justo sucesor y reclama la confianza del electorado.

Finalmente queda por desvelar que sucederá con ese número indeterminado de votantes que mantienen intacta su fidelidad a Ángel Vadillo. Hacia donde decantarán la balanza y, sobre todo, que reclamarán al nuevo elegido. Toda una sorpresa digna del mejor cine de suspense.

Aunque pueda parecer lo contrario a tenor de la nutrida concurrencia en redes sociales de perfiles disonantes que, de un tiempo a esta parte, participan de manera casi festiva del anticipado funeral del vadillismo, incorporando una carga ideológica específica y una inclinación política más que evidente, Alburquerque es, mayoritariamente, un pueblo de izquierdas o, al menos, eso se deduce de los resultados electorales de los últimos cuarenta años.

“Si los ciudadanos practicasen entre sí la amistad, no tendrían necesidad de la justicia”, que decía el filósofo.

No debemos olvidar que, en nuestro pueblo, no solo hay divergencias políticas, también se mantienen distancias sociales centenarias que, de momento, han sido tenidas en cuenta a la hora de elegir regidor. La sociedad alburquerqueña sufre de endogamia de clase, y negarlo o minimizarlo es cerrar los ojos a una evidencia. Algo que, ni siquiera cuatro décadas de democracia han podido enterrar y que no deja de ser un arcaísmo y una anomalía pendiente de revisión para generaciones venideras.

A esta singularidad social se añade ahora la conflictividad que provoca un vecindario dividido entre pros y anti vadillistas. Una situación que podría envenenarse el día en que, los ahora gobernantes, pierdan sus privilegios y las duras medidas de recuperación comiencen a afectar a los vecinos. Por tanto, traer al escenario local las reyertas y los desafueros de la política nacional, resulta una irresponsabilidad y un error mayúsculo, sobre el que muchos y muchas debieran reflexionar.

“…detrás de Franco no hay un monstruo, sino un reflejo de media España.” dice Enrique Moradiellos, Premio Nacional de Historia de España 2017 y profesor de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Extremadura. Una frase que podría individualizarse en Ángel Vadillo, incluso, cambiando la media por una entera. Al fin y al cabo, qué son nuestros queridos y odiados gobernantes, sino un retrato de la sociedad que, a partes más o menos iguales, los encumbra o los destierra, los santifica o los sataniza, con la ligereza que proporciona la libertad o el interés individual de cada uno.

Nadie más que el pueblo es protagonista de sus vidas y responsable de sus actos. La mejor manera de elegir buenos gobernantes es procurar ser buenos ciudadanos. Tenemos 2022 para enderezar el rumbo.

¡Feliz año y feliz convivencia a todos!

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Portada. Vista de Alburquerque.

Foto 1: La incredulidad de Santo Tomás. Caravaggio, 1962.

Foto 2: Periódico con el titular sobre la muerte de Franco.

Foto 3: Ayuntamiento.

Foto 4: Oposición en un pleno.