Press "Enter" to skip to content

Discurso sobre la servidumbre voluntaria

AURELIANO SÁINZ

En un reciente y oportuno artículo, Juan Ángel Santos acudía a una frase extraída del pequeño libro Odio a los indiferentes del italiano Antonio Gramci para reflexionar sobre la situación a la que se había llegado en Alburquerque y el comportamiento de cierto sector de la población que con sus actitudes la han potenciado o conducido, de modo directo o indirecto, hacia la catástrofe que se vive en el pueblo.

Por mi parte, siempre me he preguntado las razones íntimas por las que hay gente que acepta subordinarse, por no decir humillarse, ante ciertos personajes cuyas ambiciones de poder son desmedidas, aunque, lógicamente, las disimulan, transformándolas en supuestas actitudes de generosidad y de entrega hacia el pueblo que lo ha elegido.

Es posible que en un principio no se conozcan sus intenciones más ocultas; pero, pasado el tiempo, los hechos son inapelables, de modo que estos nos hacen ver que no nos encontramos ante esa persona generosa y entregada con la que se había mostrado, por lo que la imagen acaba siendo una máscara que solo quienes le siguen sumisamente la aceptan como modelo de virtudes que, a fin de cuentas, es una forma de autojustificarse ante quienes denuncian sus atropellos.

Sobre estos personajes, ya en el siglo XVI, se escribieron dos textos completamente distintos. Uno de ellos, el que justificaba que el poder debería separarse de todo principio moral, fue escrito por el italiano Nicolás de Maquiavelo, siendo publicado en el año 1513.

En sentido contrario se muestra Discurso sobre la servidumbre voluntaria, del francés Étienne de La Boétie que lo escribió en 1548, pero que no vio la luz hasta que su gran amigo, el escritor y filósofo Michel de Montaigne, lo publicó en 1572, porque, en cierto modo, era muy provocador en aquella Francia que se desangraba en la lucha de religiones entre los católicos y los protestantes (estos últimos denominados hugonotes en el país galo).

Puesto que Étienne de La Boétie tuvo una vida muy corta, ya que falleció a los 33 años, en su opúsculo lleva a cabo una apasionada defensa de la libertad de los individuos y de los pueblos que se ven sometidos a tiranos, pero que no son capaces de rebelarse contra quienes los humillan.

Para que se entienda sus ideas fundamentales, me he permitido extraer ocho párrafos, ordenados según la lectura, de su corta obra. Con ello podemos comprobar cómo al cabo de los siglos hay gente y pueblos que prefieren la servidumbre ante el reto de vivir con los derechos de dignidad y libertad.

  1. Ahora solo quisiera entender cómo es posible que tantos hombres, tantos pueblos, tantas ciudades, tantas naciones soporten en alguna ocasión a un tirano, cuyo poder surge del que ellos le quieran dar, y que solo puede hacerles daño mientras quieran soportarlo; ya que no podría hacerles mal alguno si no eligieran padecerlo antes que contradecirle.
  2. Es realmente sorprendente (y no obstante tan corriente que no merece la pena afligirnos por ello, y mucho menos sorprendernos) ver hombres servir miserablemente con el cuello bajo el yugo sin estar obligados por una fuerza mayor, sino únicamente por estar encantados y fascinados por el nombre de uno, del que no deberían temer su poder, puesto que está solo, ni ensalzar sus cualidades, ya que hacia ellos se muestra inhumano y cruel.
  3. Son los propios pueblos los que se dejan o, más bien, se hacen reprimir, pues al dejar de servir se verían libres. Es el pueblo el que se somete, quien se degüella. El mismo que pudiendo elegir entre ser siervo o libre, rechaza su libertad y se unce al yugo; quien acepta su mal o, más bien, lo busca.
  4. Solo los cobardes y los torpes no saben soportar el mal, ni recobrar el bien, limitándose a desearlo. La virtud de pretenderlo les es arrebatada por su propia cobardía, no quedándoles más que el natural anhelo de poseerlo.
  5. Y todo este desastre, toda esta desgracia y ruina no proviene de vuestros enemigos, sino de un solo enemigo, aquel a quien vosotros habéis elevado a la grandeza.
  6. Hay una sola cosa que los hombres, no se sabe por qué, no tienen siquiera la fuerza de desear. Se trata de la libertad, que es siempre un bien tan grande y placentero, que el perderlo es causa de todos los males. Sin ella, todos los demás bienes pierden su gusto y su sabor, corrompidos por la servidumbre. Únicamente la libertad es menospreciada por los hombres, por la sola razón, al parecer, de que si la deseasen la obtendrían; como si rehusasen conquistar tan precioso bien porque es demasiado fácil.
  7. Sin embargo, el que tanto os domina no tiene más que dos ojos, dos manos y un cuerpo, todo lo que tiene hasta el último de los hombres que habita el infinito número de nuestras ciudades, además de las ventajas que le proporcionáis para destruiros. ¿De dónde, pues, hubiera sacado tantos ojos para espiaros si no se los hubierais dado vosotros?
  8. Os debilitáis para que él sea más fuerte y duro a fin de manteneros a raya más fácilmente, y con tanta indignidad, que hasta los animales se avergonzarían de sufrirla. Decidíos, pues, a dejar de servir, y seréis hombres libres. No quiero que lo pulvericéis o le hagáis tambalear, sino simplemente que dejéis de sostenerlo y lo veréis desplomarse y romperse por su propio peso, cual coloso privado de la base que lo sostiene.

Poco podría yo añadir a las apasionadas y contundentes frases de  Étienne de La Boétie. Solo que, tristemente, tras casi quinientos años de ser escritas, confirman su total vigencia en un rincón de Extremadura; aunque, ahora, paradójicamente vivamos en un sistema democrático que el autor francés no llegó a conocer.

Quizás, podría decir que La Boétie, pasados los siglos, se le recuerda como el vehemente autor de un texto que tuvo grandes problemas durante su vida. Sin embargo, con el paso del tiempo, se le reconoció su coraje y valentía, de modo que en Francia cuenta con esculturas que le honorifican. En cambio, los dictadores, los represores, los embaucadores y los falsos demócratas, finalmente, quedan borrados de la historia, y solo aparecen, de vez en cuando, como males recuerdos o pesadillas a olvidar.

AURELIANO SÁINZ