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Paso a la palabra

JUAN ÁNGEL SANTOS

“Hablar de crisis es promoverla, y callar en la crisis es exaltar el conformismo.” Decía el físico y premio nobel Albert Einstein, así que hablemos de crisis, mientras dura, para no caer en el conformismo. Bastante resignación nos embarga en nuestra vida diaria, como para no dar rienda suelta a nuestras pasiones y preferencias. ¡Liberemos tensiones y opinemos!

Nada como una catástrofe para desvelar qué se esconde en las alcantarillas de una ciudad y en las azoteas de los edificios. En condiciones de normalidad, aun cuando esta normalidad no sea más que una enorme mentira y una gran mayoría sea consciente de ello, la verdad se nos hace esquiva bien sea por su propia timidez o bien por nuestra propia conveniencia. “Para poner a prueba la realidad, hemos de verla en la cuerda floja. Cuando las verdades se hacen acróbatas podemos juzgarlas.”, decía Oscar Wilde.

La sinceridad, como la verdad, es un bien deseable, pero no abunda, especialmente en aquellos lugares donde el interés, el miedo, el conformismo y la negación, distorsionan cualquier interpretación o cualquier discurso que pretenda revelar la realidad o, simplemente, intente ofrecer una visión alternativa.

De un tiempo a esta parte, a medida que el desastre avanza, son muchos y muchas los que se despojan de sus ataduras, para intervenir en este macrojuicio de la verdad que se abre ante nuestros ojos. Mientras las ratas abandonan la escena del naufragio y los buitres sobrevuelan pacientes en busca de difuntos, una procesión de camaleones llegados cuando la batalla está a punto de concluir, se despacha con la serenidad de un inocente y la desfachatez de un cobarde. Es su derecho y su libertad.

El tiempo nos cambia a todos el rostro, pero apenas si talla nuestra personalidad, de eso se encarga la experiencia.

En la gran ágora pública de la libertad, rodeados de escombros y despojos, se concitan los que tuvieron la verdad enjaulada y ahora la ofrecen como garantía de su perdón, glotones que se sentaron a la mesa de la irregularidad disfrutando de sus caros manjares y hoy recomiendan dieta estricta, los que jamás se mojaron los pies tumbados cálidamente en la playa de la indiferencia y hoy sellan la puerta a los que se sumergieron hasta el fondo, los que encuentran la solución en el mismo lugar donde surgió el problema levantando muros a la alternancia, los que construyen un todo tomando solo una parte, los mismos perros con nuevos collares y viejos ladridos, el rancio olor a naftalina mezclado con un empalagoso perfume de pachuli progre, la oscuridad de los que siguen ocultando su rostro amparados en un silencio temeroso del que son protagonistas y también creadores. La penumbra.

Los que supieron reaccionar antes del desastre y con ello salvaron almas, los que se arremangaron con los primeros temblores y pusieron en riesgo su comodidad en favor del bien común, los que han hecho de la ingenuidad y la franqueza a través de la sencillez de sus palabras un muro de contención contra la avalancha, los que han sufrido en sus trabajos privados de derechos y sin decaer en sus obligaciones, los prudentes que nunca se rindieron, los valientes que siempre pelearon. La luz.

Los que han cambiado para cambiar, los que no cambian para seguir igual, la mediocridad y la excelencia, el estatismo y la mutación, culpables e inocentes, tigres y leones, como dice mi enconado amigo Emilio. Un todo armonioso sobre el que debe cimentarse el día de mañana. Nadie es mejor que nadie, todos somos jauría y todos somos inofensivas y tiernas mascotas. Esa será la convivencia de la manada.

Se antoja un futuro plural, diverso, complejo, concurrido, disputado. No muy distinto del pasado, pero emocionante por extraño y casi inédito. Una generosa oportunidad para todos y para todas.

“Toda persona debe decidir una vez en su vida si se lanza a triunfar, arriesgándolo todo, o si se sienta a ver el paso de los triunfadores.”. Después del desastre toca callar, es tiempo de descanso para los viejos. Paso a la palabra. Suerte a los que hablan, este es su momento.

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Portada: La balsa de la medusa. Theodore Gericualt. 1819