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EL DEBATE: Leyes fundamentales de la estupidez humana

JUAN ÁNGEL SANTOS

“No pierdas el tiempo en discutir con los estúpidos y los charlatanes: la palabra la tienen todos, el buen juicio solo unos pocos”, decía Marco Porcio Catón, un hombre de mentalidad tradicional, disciplinada y conservadora, en un tiempo (siglos II-I a.C.) donde la libertad de expresión no era un derecho fundamental sino una prerrogativa política de la que gozaban muy pocas personas.

Afortunadamente, amigo Aureliano, de la misma manera que la ciencia ha ido arrojando luz sobre las tinieblas de la ignorancia, las conquistas sociales y políticas han permitido convertir la libertad de expresión en un derecho fundamental y, en consecuencia, la estupidez, como ejercicio de la libre opinión, pasa a ser también un derecho inalienable amparado por las leyes humanas. La libertad es generosidad.

No es que la estupidez sea algo exclusivo de los tiempos modernos, ni que desde antiguo haya sido un rasgo exclusivo de la clase política. Sencillamente, es que el teatro del absurdo recorre ahora con mayor fluidez y solemnidad cada rincón de este planeta, sin distinguir sexo, edad, creencia o posición social. “La maldición de la humanidad: La estupidez no para de creer; la inteligencia no para de dudar.”

En favor de los tiempos antiguos juegan el temor, el desconocimiento y la indiferencia, de forma que la explicación de cualquier acontecimiento se movía entre la tradición popular de origen pagano y la postura oficial que imponía la jerarquía eclesiástica. Entre ambos polos, evolucionaba una precaria ciencia que, ya desde el siglo VI a.C., había referido la esfericidad de la tierra, y aunque el debate se mantuvo a lo largo de los siglos, cuesta entender, si no fuera por la estupidez, cómo en pleno siglo XXI haya mentecatos que sigan creyendo que la tierra es plana con argumentos tan sólidos, como el del jugador de baloncesto Shaquille O´Neal: “Yo conduzco de costa a costa, y la Tierra es jodidamente plana para mí”.

Escuchando los desvaríos de esto que, de manera eufemística, se ha llamado genéricamente “negacionismo” y que bien pudiera llamarse necedad o estupidez, uno se vuelve comprensivo y empático con la antigüedad.

Cómo no vamos a ser indulgentes con aquellos que siglos atrás, con sus miedos y sus carencias, sus intolerancias y limitaciones, creían que la tierra era el centro del universo si, a día de hoy, a la luz de una avanzada tecnología y de un ancho margen de libertad, hay quienes siguen pensando que el centro del universo se encuentra en su propio domicilio o en el despacho de su Ayuntamiento.

Que Isaac Newton fijara el fin del mundo para el año 2060 partiendo del estudio de la Biblia o que anduviera tras la piedra filosofal para convertir cualquier metal en oro, o que Robert Fitzroy, colega de Charles Darwin, culpara de la extinción de los dinosaurios a las estrecheces del arca de Noé, no dejan de ser anécdotas comparadas con el perjuicio que hoy causan los antivacunas, los antipandemia, los que rechazan o trivializan el Holocausto, los que niegan el cambio climático…

“Nunca atribuyas a la maldad lo que puede ser explicado por la estupidez”, reza el principio de Hanlon, pero cómo distinguir al malo del necio. ¿Es Donald Trump un malvado o es sencillamente un imbécil?, y, si es maldad y no estulticia, ¿deberíamos tipificar el delito de negacionismo? Los límites legales del negacionismo navegan entre el delito y la libertad de expresión. La negación del Holocausto podría aproximarse al delito de odio, determinadas actitudes de antivacunas y antipandemia podrían relacionarse con delitos contra la salud pública; pero, es posible, que se acabara vulnerando un derecho fundamental, colocando en ruta de choque el ámbito penal y el constitucional.

Por mi parte colocaría a los negacionistas, terraplanistas, conspiranoicos y demás criaturas cretinas, al amparo de las leyes fundamentales de la estupidez humana que, el historiador Carlo María Cipolla, publicó en su libro Allegro ma non troppo en el año 1988. Se trata de cinco sencillas leyes que podrían aplicarse al negacionismo, al ‘trumpismo’, pero también pudieran servir para explicar lo que acontece en Alburquerque, donde el grado de estupidez del ‘vadillismo’, ha alcanzado su nivel máximo.

Vamos con ellas:

1.- Siempre e inevitablemente cualquiera de nosotros subestima el número de individuos estúpidos en circulación.

Aunque pensemos que el número de estúpidos decrece con la evidencia, siempre quedarán suficientes estúpidos para continuar con la causa perdida. La inhabilitación no conlleva el destierro. No existe la vía rápida para terminar con la infección.

2.- La probabilidad de que una persona dada sea estúpida es independiente de cualquier otra característica propia de dicha persona.

Ser un necio no impide ser o parecer una buena persona. Tampoco ejercer un cargo. Incluso se puede colocar al frente de un gobierno a un zoquete con palique o a una inepta con encanto.  La cualidad de estúpido es compatible con otras virtudes y defectos. Mentira y seducción.

3.- Una persona es estúpida si causa daño a otras personas o grupo de personas sin obtener ella ganancia personal alguna, o, incluso peor, provocándose daño a sí misma en el proceso.

Si alguien ha pensado en algún exalcalde, es posible que acierte. El daño ha sido mutuo y ambos, rebaño y pastor, han perecido sin gloria: sic transit gloria mundi… no puede decirse lo mismo de la actual alcaldesa. Salario sin sudor.

4.- Las personas no-estúpidas siempre subestiman el potencial dañino de la gente estúpida; constantemente olvidan que, en cualquier momento, en cualquier lugar y en cualquier circunstancia, asociarse con individuos estúpidos constituye invariablemente un error costoso.

Aunque llegue tarde, es un buen consejo para todos aquellos navegantes que, alguna vez, pensaron que asociarse a un estúpido, podría llevarles a un buen destino. El mundo sigue lleno de gente estúpida ofreciendo caramelos a la puerta del colegio, y lleno de ingenuos e incautos deseosos de ser engañados. Vencer no es convencer.

5.- Una persona estúpida es el tipo de persona más peligrosa que puede existir.

Y como corolario o consecuencia lógica, el estúpido es más peligroso que el malvado.

El mayor error frente a todas estas formas de negar lo evidente es pensar que la estupidez es sinónimo de bondad y seguridad. Protegido por la presunción de inocencia, el mal se esparce por el mundo bajo la forma de estupidez. El malvado viene de frente, el estúpido siempre ataca por la espalda. “El que cree que en el mundo los diablos nunca andan sin cuernos y los locos sin cascabeles, serán siempre víctima o juguete de ellos”, dijo Arthur Schopenhauer. Lobo con disfraz de cordero.

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Portada: Extracción de la piedra de la locura. El Bosco.