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Sentir vergüenza

AURELIANO SÁINZ

La falta de vergüenza es peor que el hambre” (Castelao, escritor y político gallego).

Cuando una persona estúpida hace algo que la avergüenza, siempre dice que cumple con su deber” (George Bernard Shaw, dramaturgo irlandés).

Ya sé que por estas fechas estamos hablando de un tema que es de tipo económico, social y político. La huelga de hambre que ha iniciado Juan Pedro Pulido ha sacado a la luz de una forma contundente los problemas que aquejan desde hace mucho tiempo a Alburquerque y que están relacionados con esas dimensiones que he citado; sin embargo, no me cabe la menor duda que las personas actuamos no solo por criterios ideológicos o de intereses personales sino que también nos movemos por principios éticos y por sentimientos íntimos.

Y es acerca de uno de ellos, la vergüenza. sobre el que quisiera hablar brevemente, dado que tratarlo en profundidad podría ser bastante largo. Me atendré, pues, a la mayor brevedad posible.

De entrada, quiero decir que el sentimiento de la vergüenza es algo básico en los seres humanos. Todos podemos imaginar a un niño que ha realizado un mal acto y que ha sido observado: inmediatamente se avergüenza ante la mirada del adulto que ha podido verle. Son pues, los inicios de una de las emociones que nos acompañarán a lo largo de la vida.

A medida que crecemos, no solo será la observación (real o posible) de alguien externo a nosotros la que nos paralice o nos frene ante la vergüenza que podemos sentir; también incorporamos el sentido del pudor, de modo que moralmente no aceptemos ciertos comportamientos, incluso, si sabemos que no vamos a ser vistos. Aquí reside la grandeza moral de las personas, tal como ya apuntaban algunos de los filósofos de la antigua Grecia, pues actuar del mismo modo, tanto si nos ven como si no, supone un carácter de integridad personal.

Pero la vergüenza o el pudor pueden irse perdiendo. Por ejemplo, quien miente una vez a sabiendas de lo que dice es probable que ya lo haga en el futuro sin ningún problema, siempre que entienda que no va a ser descubierto. Así, las mentiras, los engaños, las artimañas, las faltas de explicaciones, etc., pueden acumularse de modo que se entra en una dinámica de la que es difícil de salir de ella, puesto que forma parte de la personalidad.

También, es cierto, que es posible que se malogre el pundonor a medida que se deterioran los principios morales o los ideales que pudieron tenerse en los años jóvenes y acaben como un lejano eco de lo uno fue mucho tiempo atrás. Esto, lamentablemente, es muy frecuente en el ámbito político; aunque sería injusto que solo aludiera al mundo de la política, ya que en cualquiera de los trabajos o aspectos de la vida se puede ir perdiendo la honradez y acabar aceptando actuaciones que años atrás no se hubieran admitido.

Aparecen entonces expresiones que las solemos utilizar con frecuencia: “poca vergüenza”, “no tener vergüenza”, “falta de vergüenza”, “ser un sinvergüenza” que se aplica a las personas que consideramos inmorales o de escasos principios.

Con relación a esto, creo que tiene bastante interés la frase de Bernard Shaw que he puesto al principio, ya que nos encontramos que algunos se refugian en el apoyo de los votos para justificar sus faltas de escrúpulos o buscando los apoyos de instancias superiores, tal como vemos en Alburquerque.

Nos quedaría por hablar de la “vergüenza ajena”, sentimiento que nos embarga cuando contemplamos o asistimos a una actuación ridícula o a un hecho reprobable, y que, de algún modo, nos sentimos afectados por ellos.

Quizás este sea el sentimiento más extendido en mucha gente de Alburquerque durante estos días: vergüenza ajena mezclada con un profundo enojo al contemplar el indigno espectáculo que están dando las autoridades locales (y quienes les respaldan por activa o por pasiva) ante la huelga de hambre que mantiene un policía municipal que, sin conocer la frase de Castelao, ha entendido que su dignidad personal está por encima del hambre al que se ha sometido voluntariamente como forma de protesta.

Y es que irrita la poca vergüenza, la caradura y el bochorno que provocan quienes tendrían que escucharle (o atender a los que se encuentran en situación similar) y pasan olímpicamente y sin ningún pudor de buscar soluciones reales al problema de los sueldos que no les han sido pagados… Mientras tanto, ellos o ellas reciben puntualmente sus nóminas, sin que eso les llegue a crear ningún problema de conciencia.