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EL DEBATE: No es país para héroes

JUAN ÁNGEL SANTOS

“La muerte no existe, la gente sólo muere cuando la olvidan; si puedes recordarme; siempre estaré contigo.” Isabel Allende

Fama, poder, felicidad, éxito, gloria, fugacidad, inmortalidad… demasiados ingredientes para un sencillo debate donde cocinamos a fuego lento, con guisos tradicionales y sin entrar en sofisticaciones.

Nuestra Academia de la Lengua, en cambio, es más parca, más de gastronomía minimalista, de esa con la que se rasca hambre, y reduce el concepto de fama al de opinión o reputación, algo que, por otra parte, es perfectamente entendible en un mundo cada vez más elemental en esto de adquirir renombre. Y es que, en el último siglo, gracias a los medios de comunicación y a la revolución digital, conseguir esos quince minutos de gloria de los que hablaba Warhol se ha convertido en una obsesión. Se busca salir de la mediocridad sin haber hecho nada relevante por merecerlo, se pretende alcanzar la gloria efímera con artificios de fugacidad y, mientras tanto, la vida se escapa disfrazada de engaños.

Para los griegos, Feme era la diosa de la fama y, junto a Hermes, la mensajera de Zeus. Encargada de difundir noticias, rumores y cotilleos, la verdad y la mentira; lo mismo ensalzaba que hundía y por ello era temida y adorada.

Los romanos que adoptaron esta deidad, como no podía ser de otra manera, la llamaron Fama, y le atribuyeron los mismos rasgos y competencias que los griegos. Para ellos era “la voz pública”, pero Virgilio, en La Eneida, la dibuja como un horrible monstruo que acarrea la desdicha a los pueblos con sus “chinchorreos”. Eneas la llamaba “la peor de los demonios, y el más rápido”, lo que vendría a ser hoy un Jorge Javier Vázquez, pero con alas y trompeta.

No obstante, la fama, la reputación y el éxito, son algo más complejo que un canal de Youtube o un programa de Telecinco. No se gana la inmortalidad con quince minutos de gloria. Como decía aquella famosa serie norteamericana de los años 80 titulada Fame que tanto enganchó a los de mi generación: “Buscáis la fama, pero la fama cuesta, pues aquí es donde vais a empezar a pagar: con sudor”, un mensaje muy distinto al que circula hoy por las redes, y que, si no te garantiza el éxito, al menos, te prepara para el fracaso.

Al margen de la mitología, tanto griegos como romanos eran conscientes de que el éxito y la gloria requerían del esfuerzo y del sacrificio en buena parte de los casos: “Alcanzarás buena reputación esforzándote en ser lo que quieres parecer”, decía Sócrates. Los atletas olímpicos griegos comenzaban desde muy jóvenes su preparación para alcanzar el triunfo en los juegos, en los que podían participar a partir de los 20 años. Corebo de Élide fue el primer plusmarquista mundial en una carrera de 192 metros, casi tres mil años antes de que Usain Bolt estableciera el actual record mundial de los 200 metros.

Además de la rama de olivo que les ungía como vencedores, los atletas recibían algo mucho más relevante: prestigio y reconocimiento social; algo similar a lo que ocurría con los aurigas y gladiadores romanos. De los primeros nos queda en el “paseo de la fama” de la historia, la figura del lusitano Diocles, el Michael Schumacher de las cuadrigas que, en palabras de Antonio García y Bellido, se convirtió en el “héroe de las muchedumbres más apasionadas, ídolo de un pueblo que cifraba su felicidad en estas dos solas palabras: panem et circenses”. En nuestra tierra extremeña, eran famosos Marcianus y Paulus, dos aurigas del siglo IV d.C. que quedaron inmortalizados en un bello mosaico que puede visitarse en el Museo Nacional de Arte Romano de Mérida.

Pero la fama raramente viaja sola y, además de opinión, reputación y prestigio social, lleva aparejada otros términos con los que suele mantener cierta familiaridad. Así, desde la antigüedad, la fama se asocia a los conceptos de honor y gloria, el primero a título individual, el segundo a título póstumo. Dicen que Aquiles, el héroe griego, renunció a una vida larga, pero sin gloria, en la que solo sería recordado durante tres generaciones, a cambio de una vida breve, pero con fama imperecedera. La figura del héroe es así el paradigma de la fama en los tiempos antiguos a pesar de que, como señala Carlos García Gual, autor de La muerte de los héroes, en el momento final de sus vidas destaca más el sufrimiento que la gloria.

Durante la Edad Media, al honor y la gloria personal se añadirán los conceptos de honra y Dios, de forma que la fama es menos individualista que en la Edad Antigua. El héroe, el caballero, es más solidario y comparte su triunfo con la sociedad, con su Rey y con su religión. De esta manera, acontecimientos como las Cruzadas o la Reconquista se convierten en un salvoconducto para alcanzar la inmortalidad poniendo el honor y la honra, pero también la vida al servicio de Dios y del Rey.

La Ilíada de Homero sería la catapulta a la fama de Aquiles, mientras que los cantares de gesta como el Poema del Mío Cid o el Poema de Fernán González, serían en la Edad Media, el instrumento narrativo para ensalzar la figura de los héroes de aquel tiempo. En Inglaterra sería la Materia de Bretaña o Mito Artúrico, mientras que en Francia serían las Chansons de Geste y los Ciclos como el de Carlomagno o el de las Cruzadas.

A partir de los siglos XV y XVI con el surgimiento del Estado moderno, la fama se sigue enriqueciendo y ya suma honor, honra, rey, Dios y añade patria. Un concepto este de patria que es rescatado por el humanismo renacentista, y que alcanzará plenitud a partir del siglo XVIII. En su nombre, en nombre de todos ellos, nuestros conquistadores se lanzarán a la aventura americana y nuestros tercios dominarán los campos de batalla de Europa.

No obstante, en España hay que hacer un doble esfuerzo para ser recordado. A nadie escapa que este no es país para héroes, al menos no para los héroes domésticos. “España no es un país, no tiene ni un solo héroe”, se quejaba el historiador británico e hispanista Henry Kamen, quien nos achaca la falta de una “ética del patriotismo” y de sentirnos atraídos por la ficción ideológica o el personaje literario, mientras negamos “un papel reconocible” a nuestros héroes reales.

Francia, Portugal, Inglaterra… todos honran a sus héroes y a sus hijos ilustres. El Panteón de París alberga los restos de Voltaire, Rousseau, Víctor Hugo, Émile Zola, Jean Monnet o Marie Curie. El Monasterio de los Jerónimos, en Lisboa, guarda, además de los restos de la monarquía portuguesa, los de Vasco de Gama y Luis de Camões. De igual manera, la Abadía de Westminster, en Londres, además de dar descanso a la realeza británica, acoge a grandes personalidades como Charles Dickens, Isaac Newton, Charles Darwin o Stephen Hawking.

En España, si bien tenemos un lugar para recordar a nuestros monarcas en el Monasterio de El Escorial, nos ha costado siglos localizar el enterramiento de Miguel de Cervantes o de Francisco de Quevedo, cuyos restos reposan en dos lugares distintos. Y es tal nuestro desdén que hemos perdido los restos de Lope de Vega, de Calderón de la Barca, de Velázquez, de Luis Vives, de Tirso de Molina, de Juan de Herrera….

Mientras los norteamericanos dedican un paseo de la fama a sus estrellas de Hollywood, en España olvidamos a Gonzalo Fernández de Córdoba, Inés Suárez, Ambrosio Spínola, Blas de Lezo o Bernardo de Gálvez, por pereza o porque recordarles no es políticamente correcto en un país donde la única incorrección, lo único realmente disonante es la propia política. “De hecho, con esta clara instrumentalización, los periodistas han llegado a arrinconar a los profesionales de la Historia”, afirma Álvaro González Esteban al referirse a la ideologización de la historia, en la que periodistas y escritores en busca de la fama, han prostituido la gloria y han contaminado con su intrusismo, la propia realidad inundándola de prejuicios y apriorismos.

“Porque hay olvidos que queman y hay memorias que engrandecen…”

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Portada: Por España y por el Rey, Gálvez en América. Augusto Ferrer Dalmau

Foto 1: Representación escultórica de la fama. Cayetano da Costa, 1755.

Foto 2: Fama. Serie de Tv. 1982-1987.

Foto 3: Detalle mosaico de las Aurigas. Museo Nacional de Arte Romano. S. IV d.C.

Foto 4: La muerte de Aquiles. Peter Paul Rubens, 1630.

Foto 5: Panteón de París. S. XVIII.