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EL DEBATE: Extrema y dura

JUAN ÁNGEL SANTOS

Espíritu desunido / Domina a los extremeños, / Jamás entran en empeños / Ni quieren tomar partido: / Cada cual en sí metido / Y contento en su rincón, / Huyen de toda instrucción; / Y aunque es grande su viveza, / Vienen a ser, por pereza, / Los indios de la nación.” Francisco Gregorio de Salas (Poeta extremeño 1729 – 1808).

Este título que utilizo lo tomo prestado de la canción del grupo de rock extremeño Extremoduro, una canción que ofrece una visión crítica de nuestra región, muy distinta a la que Julio Llamazares deja entrever a través de esos párrafos de la Primavera extremeña que nos deja Aureliano en su artículo: “Hizo el mundo en siete días / Extrema y dura el octavo / a ver qué coño salía/y ese día no había jiñado. / Cagó Dios en Cáceres y en Badajoz”. Muy diferente del entusiasmo de Llamazares, “por la belleza de un lugar que, aunque familiar, apenas nunca habíamos disfrutado en esta época”, está esa otra Extremadura real que, aunque de manera poco refinada pero bien encaminada, nos canta el grupo extremeño: “Tenemos el agua al cuello con tanto puto pantano, las bellotas radiactivas, nos quedamos sin marranos. / Tierra de conquistadores, no nos quedan más cojones, si no puedes irte lejos te quedarás sin pellejo”.

Frente a la imagen estereotipada de conquistadores y bellos paisajes vírgenes que nos trasladan los turistas ocasionales y que vendemos los propios extremeños como reclamo, detrás de las fachadas señoriales de los edificios indianos y del contraste multicolor de nuestra primavera, se encuentra la realidad de un solar pobre con un pasado de aislamiento obligado, distinto del placentero retiro de Llamazares, y de unas gentes sufridas y calladas por años de olvido.

La visión bucólica de algunos escritores foráneos como Julio Llamazares y, en general, de cualquier turista que nos visita, es muy común y también generosa porque no rasga en la superficie y se queda en la impactante fugacidad de una fotografía.

En 2008, la Editora Regional publicó un libro titulado Miradas sobre Extremadura, una recopilación de textos de 15 autores nacionales en los que cuentan su particular visión de nuestra tierra: “Si tuviera que optar por una sola cosa de Extremadura, optaría por su cielo… Creo que nunca he sentido la noche tan cerca de mi alma como en Extremadura”, relata el poeta Luis Alberto de Cuenca.

“Porque Extremadura es, sobre todo, un espacio natural grande y esplendoroso… La generosidad de la naturaleza en Extremadura es un valor que deberíamos cultivar con mimo”, nos dice la ganadora del Nadal y finalista del Planeta, Ángela Vallvey.

Le basta a Extremadura con su extremoxidad, o sea, con aquello gracias a lo cual ha llegado a nosotros como es”, una palabra con la que el novelista y ensayista Andrés Trapiello que, como Llamazares, también tiene su particular refugio en las proximidades de Trujillo, combina la dureza y la hermosura de nuestra tierra, reparando, en los males que han condicionado el carácter de nuestras gentes: “Sin olvidarnos, claro, de la propiedad de esa misma tierra que ha condenado a un gran número de extremeños a formas extremas de la existencia: el hambre, la emigración, la servidumbre, contribuyendo, qué duda cabe, a la formación de su carácter como pueblo”.

Eduardo Moga Bayona, editor, crítico literario y poeta catalán, que ha mantenido una estrecha relación con nuestra región, publicó recientemente la obra El paraíso difícil. Siete años en Extremadura (2013-2019), en la que, como Trapiello, ensalza las maravillas y virginidad de nuestro paisaje, pero mirando siempre de cara al retraso atávico y ostensible que lastra nuestro día a día. “Extremadura es un paraíso difícil: una tierra en la que conviven los placeres y las injusticias, el afán de progreso y las servidumbres históricas, el esfuerzo y la indolencia, la feracidad de la naturaleza y la tragedia de la despoblación, las autopistas excelentes y las comarcas abandonadas, la voluntad de ser y la necesidad de marcharse para lograrlo, el turismo y la pobreza, la modernidad y el arcaísmo, el trabajo bien hecho y el trabajo anclado en un pasado polvoriento.

De los turistas que nos visitaron siglos atrás hay de todo, aunque, en líneas generales, predomina el color gris. Se coincide en la riqueza natural, la generosidad de sus gentes y la excelente gastronomía que ofrece; pero también en el despoblamiento, la escasez de manufacturas y en el escaso aprovechamiento de la tierra. “Su suelo es muy fértil (…). Si da algunas producciones, no se debe a la industria de los hombres; es ella sola quien actúa, y se puede asegurar que sería una de las provincias más fértiles de España, si no fuera la menos cultivada”, escribe el viajero francés conde de Laborde a comienzos del siglo XIX. Poco antes, hacia 1780, Sir John Talbot Dillon se refiere a la Hurdes como tierras de salvajismo y paganismo entre sus habitantes, de desdicha y miseria”.

En 1922, el documental Las Hurdes, país de leyenda que relata el viaje de Alfonso XIII por estas tierras, comienza con un intertítulo en el que puede leerse: “Entre Cáceres y Salamanca, en la abrupta Sierra de Gata, se encuentra el apartado rincón de las Hurdes, compuesto de 52 alquerías donde más de siete mil habitantes mueren de hambre y abandono”. Eso sí, poco hicieron el monarca y el obispo de Coria además de pasear sus caballos y recibir el agasajo de los hambrientos, “cretinos” y enfermos súbditos hurdanos, por remediar aquella situación.

Sobresale así nuestra punta de iceberg, la parte oscura de nuestra tierra, la misma, aunque desde diferente plano, que plasmó Buñuel en el documental Las Hurdes, tierra sin pan en 1933, donde trasciende la miseria crónica, el atraso secular y el subsidio como modo de vida. Obra criticada y censurada por el gobierno de la Segunda República, como criticada fue inicialmente La familia de Pascual Duarte de Camilo José Cela, publicada algunos años después (1942), con el trasfondo de la Extremadura de posguerra en la que se desenvuelven la pobreza y la marginalidad.

El mismo año que Buñuel retrataba La Hurdes, Rafael Alberti dedicaba dos poemas a Extremadura en su libro Consignas en los que, de nuevo, la miseria y la fatalidad del campesino extremeño, son protagonistas: “Campesinos de Zorita / fueron a los encinares / a coger esas bellotas / que ni los cerdos ya pacen. / Los llevaba el hambre”, comienza el poema titulado Romance de los campesinos de Zorita. “Los niños de Extremadura / van descalzos. / ¿Quién les robó los zapatos?”, abre el titulado “Los niños de Extremadura”, que cierra con estos versos: “Los niños de Extremadura/son serios. / ¿Quién fue el ladrón de sus juegos?”

Y pasados los años y mejorado el tiempo, Miguel Delibes publica, en 1981, Los Santos Inocentes que culmina el dibujo de la realidad del campo extremeño de los años sesenta, de la “España profunda” o de la Extremadura real que tanto nos cuesta dejar atrás y a la que pondrá un trágico colofón la matanza de Puerto Hurraco en 1990.

Un paraíso difícil, un equilibrio inestable, un contraste entre lo bello y lo añejo, así es Extremadura.

Quiero pensar, amigo Aureliano, que esta mirada extraña de nuestra tierra es cosa del pasado y que, tras siglos de confinamiento, Extremadura es algo más que un pacífico lugar en el que pasar una corta estancia. La lenta adquisición de una conciencia regional, la modernización de España, la integración europea y la globalización económica… han ayudado a nuestra región a ir abandonando, también de forma pausada, aquellos clichés tristes y sombríos que dibujaron los siglos. Hoy somos, según el CIS, los menos nacionalistas y los más regionalistas de España; eso sí, también la región más desfavorecida y atrasada. Pobres pero honrados.

Quiero pensar que la primavera, esa en la que “se me jincha la caja del pecho / se me jaci más grande la juerza”, como el poema de Gabriel y Galán, es una estación que llega cada año a Extremadura, pero miro a mi pueblo y sigo viendo la miseria vestida de modernidad, el “señorito” cambiado de cortijo, el subsidio cambiado de nombre, y el silencio, quieto y mudo, en el mismo sitio de siempre, y dudo si todavía es invierno.

En Alburquerque, Aureliano, la primavera está por llegar.

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Por orden cronológico:

Portada: Jornalero extremeño. Adelardo Covarsí, 1902.

Foto 1: Viaje de Alfonso XIII a Las Hurdes, 1922.

Foto 2: Las Hurdes, tierra sin pan. Luis Buñuel, 1933.

Foto 3: La familia de Pascual Duarte, 1942.

Foto 4: Los Santos Inocentes. Mario Camus, 1984.

Foto 5: Puerto Hurraco, 1990.