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EL DEBATE: X

JUAN ÁNGEL SANTOS

Menudo tema nos traes al debate, maestro y amigo Aureliano. El beso, ese acto tan humano de sentimientos dispares que corren desde la lujuria a la hipocresía o del afecto al despecho y la traición. “Un mundo nace cuando dos se besan” decía Octavio Paz, pero también “Un beso puede arruinar una vida humana” decía Oscar Wilde y entre ellos, don Miguel de Unamuno, a medio camino entre la alegría inconsciente de la juventud y la triste compañía de la soledad que anticipa la muerte: “Besos que vienen riendo, luego llorando se van, y en ellos se va la vida, que nunca más volverá”. Una tentación para románticos y nostálgicos, en todo caso.

Lo primero que se me vino a la mente cuando leí el título, no fue ni un cuadro, ni una novela, ni siquiera una película…tampoco el primer beso de amor que atesora cualquier amante. Antes que todo eso, me asaltaron los alegres acordes y la letra de un pasodoble muy español: “El beso”, también conocido como “El beso en España” o “La española cuando besa”, una copla que formaba parte de la revista musical española “La estrella de Egipto” de 1947. “El beso, el beso, el beso en España/ Lo lleva la hembra muy dentro del alma...”  Un pasodoble que no podía faltar en el repertorio de cualquier tuna y que algunos, con mejor o peor acierto, tuvimos el honor de cantar en las noches de ronda con la tuna de Alburquerque junto a un inolvidable y admirado paisano que nos dejó demasiado joven: Goyo Mariscal, una brillante y excelente persona que tuve la honra de disfrutar.

Y lastrado por la nostalgia, me fui años atrás para recordar la censura impuesta por una educación tradicional, que obligaba a ruborizarse con el mínimo roce que se deslizara en alguna escena de cine o televisión hasta llegar a hacerla incómoda, con aquellos rombos siniestros y amenazantes que advertían a los más chicos de la casa que, la hora de irse a la cama, había llegado. Y de ahí, de vuelta a la juventud y a los primeros escarceos amorosos, que despertaban la adolescencia con la misma fuerza con que España se desperezaba y salía a conquistar su democracia y su libertad… En fin, besos que abandonaban el blanco y negro para impregnarse de color y vitalidad.

Poner una fecha al primer beso de la humanidad es una tarea, no digo imposible porque en antropología y, en general en cualquier otra disciplina científica, el término imposible es solo un pequeño obstáculo a derribar, pero sí ardua y casi irrelevante. Si lo limitamos al contacto animal, parece sensato situar el origen del beso no muy lejos del mismo momento en que el género homo se presentó en sociedad hace más de 2,5 millones de años. Si buscamos algo de sofisticación social y cultural con una pizca de pasión, el beso romántico en los labios, sería algo más reciente y tiende a ubicarse en la India hace unos 3500 años. Así pues, a modo de resumen, el beso nace con el hombre y el beso pasional con la civilización.

Esta coincidencia en la fecha del nacimiento ocurrió también en la historia del cine, de manera que el primer beso proyectado fue el de John C. Rice y May Irwin en la película titulada, como no podía ser de otra manera “The Kiss” (El Beso), grabada en abril de 1896. El cine había nacido unos meses antes, en diciembre de 1895 de la mano de los hermanos Lumière con la primera proyección cinematográfica pública… Lo más difícil, ya estaba hecho.

Después la historia y el cine siguieron caminos paralelos en el arte de besar. En ambos casos ha ganado en diversidad, significación, naturalidad y libertad.

Cuentan que, en la antigua Roma, el beso en los labios tuvo su origen en el “ius osculi”, el derecho al beso, una obligación impuesta a las mujeres para que sus maridos o parientes pudieran comprobar si habían bebido vino al que consideraban causa del adulterio, y por lo que podían ser severamente castigadas. Como he leído en algún artículo, venía a ser una especie de “control de alcoholemia” y también una prueba de fidelidad.

En España, en la Edad Media, los hombres se besaban en la boca a modo de saludo y afecto anticipándose así al beso de tornillo entre Brezhnev y Honecker en junio de 1979. Este beso entre hombres aparece en los cantares de gesta como en el “Cantar del Mío Cid” o “La Chanson de Roland”. Entre los esposos, el beso en los labios, el “basium” de los romanos, está prohibido desde el III Concilio de Cartago en el año 397. El profesor George Fenwick relata en este sentido al hablar del beso en el cantar de gesta que “el Cid nunca besa a su esposa”, al menos, añadiría yo, en público. Eso se deduce del romance de Pedro Abelardo y Eloísa, dos intelectuales y amantes del siglo XII, del que cuenta el propio Abelardo que “intercambiaban más besos que ideas sabias”, eso sí de puertas para adentro. Mayor cuidado había de tenerse en territorios como Nápoles, donde el beso se penaba en el siglo XVI con la muerte… Ahora un beso napolitano también puede acarrear la muerte si quien te lo da pertenece a La Camorra.

La prohibición de besarse como instrumento de control de epidemias no es algo nuevo. Ya en el siglo I d.C. el emperador Tiberio intentó prohibir o, al menos limitar, su práctica como mecanismo para evitar la transmisión del herpes labial. De igual manera actuaría el rey Enrique VI de Inglaterra en el siglo XV para intentar frenar la epidemia de peste que sufría el país. Viejos remedios para nuevas epidemias.

En el cine también el beso tuvo sus limitaciones. En este caso las estrictas normas religiosas fueron adaptadas a través del “Código Hays” llamado así en honor de William H. Hays “ideólogo” de este código que controló el cine americano entre 1934 y 1967. En relación con las escenas de pasión, el código de 1934 establecía que “Las escenas de pasión no deben ser introducidas si no son absolutamente esenciales en la intriga. No se mostrarán besos, abrazos demasiado apasionados, poses o gestos sugestivos”. En cuanto a los besos, además de no ser lujuriosos ni con boca abierta, su duración máxima podía llegar a tres segundos, algo que el código no explicitaba pero que se estableció como norma consuetudinaria. Pero para sortearlo estaba el genio de los directores que, sin duda, se estimuló frente a esta y otras prohibiciones. Como ejemplo sirva la escena de un beso interminable (más de 2 minutos) pero interrumpido constantemente que Cary Grant e Ingrid Bergman disfrutan en “Encadenados”, la excelente película de A. Hitchcock.

En España la censura, a pesar de lo que pueda pensar cualquier lector, no la inventó Franco, de eso ya se encargó el abuelo de nuestro emérito, el rey Alfonso XIII que, paradojas de la vida, era un gran aficionado al cine porno. Algo más estricta, eso sí durante la dictadura, a tal punto llegaba que, por ejemplo, “Lo que el viento se llevó”, rodada en 1939, no se proyectó en nuestro país hasta 1950 porque “los censores observaron una alegría excesiva, que indicaba a las claras una delectación concupiscente, definitivamente pecaminosa, en la cara de la protagonista, Scarlett O´Hara, al día siguiente de su noche de bodas tras su matrimonio con Rhett Butler”.

Afortunadamente todo esto ha cambiado en la mayor parte del mundo. Hasta se celebra un día internacional del beso el 13 de abril, también del beso robado el 6 de julio, y es que el beso es pura química y, a decir de los expertos, es salud. Parece ser que al besarnos se incrementa en nuestro cuerpo el nivel de oxitocina, también llamada hormona del amor, relacionada con aspectos físicos y con comportamientos como el afecto, la generosidad, la empatía, la comprensión, la confianza y la reducción del miedo social. Si además es un beso apasionado se liberan endorfinas, las llamadas hormonas del bienestar. ¿Qué más podemos pedir y a qué estamos esperando?

Conociendo estos efectos, ¿qué necesita Alburquerque? Además de un cambio de gobierno municipal… Besos, mucho amor, mucha química, mucho bienestar y muchos besos sin censura.

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Portada: Brezhnev y Honecker. Dimitri Vrúbel, 1989

Foto 2: Primer beso de cine. John Rice y May Irwin, 1896.

Foto 3: Encadenados. Alfred Hichcock.

Foto 4: Mosaico romano. Villa del Casale. Siglo VI d.C. Sicilia.

Foto 5: El beso robado. Jean-Honore Fragonard. 1790.

Foto 6: Los amores de Eloise y Abelardo. 1819.

Foto 7: Lo que el viento se llevó. Víctor Fleming. 1939.