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EL DEBATE: Tempus fugit

JUAN ÁNGEL SANTOS

 “carpe diem quam minimum credula postero” (Horacio – “Odas I -11)

“aprovecha el día no confíes en el mañana”

Uno de los problemas que plantea hablar del tiempo cronológico, a diferencia del tiempo climatológico, es que uno nunca sabe por dónde empezar. Lo sencillo parece ser emplear una obvia lógica evolutiva y comenzar por el principio para continuar, como los ríos de Jorge Manrique, hasta el final, pero no siempre es posible ni, mucho menos, obligatorio. Tiempo histórico, tiempo literario, tiempo cinematográfico, “tempo” musical, tiempo filosófico, tiempo religioso, tiempo físico…hay tiempo para casi todo y, sin embargo, no tenemos tiempo para casi nada. Afortunadamente esta elasticidad del tiempo de la que hablan los físicos o, ese “flow” temporal de los psicólogos, nos permiten ir en cualquier sentido con total fluidez, inconsciencia, placer y libertad. En ocasiones, incluso, comenzamos nuestra historia con un epílogo de tan corta que fue la trama y tan olvidado como quedó el comienzo, unas veces por intensidad y otras por el deseo de acabar cuanto antes. Tempus fugit.

¿Qué es el tiempo? Explica Aureliano que, dentro de sus muchas interpretaciones, podemos entender el tiempo “como los cambios que se producen en la realidad física externa, en la mental y en la corporal” visto así desde una perspectiva humana, no como magnitud sino, más bien, como una percepción que contempla el transcurso de los acontecimientos y sus efectos tanto en uno mismo como en el entorno. Es posiblemente la definición que más se acerque a nuestra cotidianeidad y que contiene esa triada esencial de la existencia que citaba Jean de la Bruyére cuando sentenciaba “No hay más que tres acontecimientos importantes en la vida; nacer, vivir y morir. No sentimos lo primero, sufrimos al morir y nos olvidamos de vivir”. Nacer, vivir y morir, tres brillantes escenas de la comedia humana o, para los más pesimistas, tres relatos trágicos de una vida. En todo caso, una trilogía encerrada en la esfera de un reloj bajo la atenta mirada del demiurgo. “Nuestra noción del tiempo está causada por la percepción del fluir de la hora, y la de la eternidad lo está por la idea de la hora permanente” decía Tomás de Aquino. Esperamos la eternidad para despreocuparnos del reloj mientras regalamos nuestro tiempo, nuestro único y más preciado tiempo. Tempus fugit.

Yo opino como San Agustín “¿Qué es, pues, el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; pero si quiero explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé”. Para los griegos el tiempo humano es Crono, al que hemos citado en varias ocasiones en estos debates y que aparece, con toda su crueldad en el cuadro de Romanelli que nos trae Aureliano y que con mayor crudeza y tenebrismo pinta Goya entre 1819 y 1823. Un Dios nacido de la tierra y el cielo, nieto del Caos, hermano de Titanes, Cíclopes y Hacatónquiros, padre de dioses olímpicos y gobernador del universo hasta que uno de sus hijos le arrebató el trono. Un dios retorcido y malvado, inexorable como el tiempo que se nos escapa. Un dios que devora a sus hijos como el tiempo devora todo a su paso, egoísta e implacable.

Pero una de las culturas más brillantes que ha dado la civilización humana no podía dejar el tiempo en las manos de un tirano semejante, de manera que, inventaron a Aión, el dios del tiempo eterno, de la vida que surge en primavera tras la muerte que acontece en invierno, el dios que regala tiempo frente al que lo quita. Aión es a la vez niño y anciano, pasado y futuro sin principio ni fin. En ocasiones se le representa rodeado de una serpiente enroscada, símbolo del eterno retorno del que siglos después hablará Nietzsche. Los mitos de Sísifo y Perséfone darán continuidad a esta visión cíclica y eterna de la vida. Tempus fugit.

Algo que ni los griegos a pesar de su nivel, ni las eminentes celebridades que han dedicado su tiempo a divagar sobre esta magnitud a lo largo de la historia han conseguido, es controlar el sentido de las agujas del reloj, ofrecernos un viaje en el tiempo, un deseo infantil para muchos y una fantasía inalcanzable para todos. Desde Einstein a Stephen Hawking, los físicos especulan, pero, a falta de resultados empíricos, mejor seguir soñando a través de la literatura y del cine. Cómo olvidar a Marty Mcfly (Michael J. Fox) en “Regreso al futuro” con el Delorean construido por Doc (Christopher Lloyd) para resolver asuntos familiares. O aquella película basada en la novela homónima de H.G.Wells titulada “La máquina del tiempo” que fue llevada al cine primero en 1960 con Rod Taylor como protagonista, y posteriormente con un “remake” en 2002. Sin artefacto mecánico viajaron al futuro Jean Reno y Christian Clavier, en la película francesa “Los Visitantes”, a ellos les bastó una pócima del mago Eusebius, Más agitado fue el viaje temporal que en 1984 realizó la tripulación del destructor americano Eldridge en “El experimento Filadelfia” y que, según cuentan, está basada en un hecho real mantenido en secreto por las autoridades estadounidenses. Tempus fugit.

El tiempo es relativo, no porque lo diga la física que trabaja con enunciados y magnitudes que para la mayoría resultan abstractos e incomprensibles, sino porque nuestra percepción así lo establece. No todos, ni en cada momento o lugar, contemplamos el discurrir de nuestra existencia de igual manera. Efímero cuando se goza y terriblemente largo cuando se sufre. Para los jóvenes el tiempo es una dimensión infinita, para los ancianos un viaje en tren plagado de estaciones que toca a su fin. Par los gobernantes el tiempo es una realidad que dura una legislatura, para los gobernados el tiempo es un constante deseo de cambio que dura una eternidad. Para el rico el tiempo es una posesión, para el pobre es la incertidumbre. Para el romántico el tiempo es ayer o es mañana, para el realista el tiempo es hoy. San Agustín niega la existencia del pasado y del futuro en sus “Confesiones” señalando que “el pretérito ha dejado de existir y el futuro no existe aún” o dicho de otra manera, “podría decirse que hay tres tiempos: el presente del pasado, el presente del presente y el presente del futuro”. También lo niega Stephen Hawking y Horacio exalta el presente como valor seguro. Por ello mejor disfrutar del ahora, ayer y mañana están demasiado lejos, “carpe diem tempus fugit”.

Lo mítico y lo filosófico también fluyen en Alburquerque, como el propio tiempo. En realidad, todo este relato, estas reflexiones temporales, guardan cierto paralelismo con los acontecimientos que gravan nuestro querido pueblo ¿No te parece Aureliano?

¿Acaso no es Vadillo una caricatura del mismísimo Crono? El más joven y el líder de los Titanes. Cuentan que cuando Crono alcanzó el poder se vivió la Edad de Oro de las cinco edades legendarias del hombre (ahora vivimos la última, la del hierro). Pero el poder ciega y corrompe y encoleriza, así que al final devoró a sus hijos por temor a que alguno de ellos pudiera arrebatarle su trono y por su ambición provocó una contienda en su propio universo para acabar derrotado y encerrado en la cárcel. Todo muy parecido al entuerto de la cosa municipal.

¿Acaso no es Murillo una cumplida y versionada seguidora de San Agustín? Para el santo todo es presente y para nuestra alcaldesa también, pero sin remilgos filosóficos. El pasado y el futuro no son sus tiempos, el suyo es el ahora, el que la coloca en el cargo, puro pragmatismo presentista. De momento, en sus manos está el tiempo de Alburquerque, dejando que el pasado se pierda y que el futuro se nos escape.

¿Acaso no vive Alburquerque un eterno retorno? Sufrimos de manera cíclica el tormento del desgobierno y la ruina social, económica y moral. Primero fueron los tiempos de Juan Viera, el Urano del relato, el padre de Crono. De su época quedó sembrado en nuestro pueblo el caciqueo y el clientelismo como forma de vida. Urano acabó castrado por su hijo, Juan Viera terminó condenado y olvidado. Ahora repetimos el ciclo, más largo, pero igual de decadente. ¿Somos como Sísifo, un pueblo condenado a repetir su trágico destino? El tiempo lo dirá.

Tempus fugit

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Portada: Alegoría de las tres edades de la vida. Tiziano (1512-1514)

Imagen 2: El tiempo cortando las alas de Cupido. Pierre Mignard (1694)

Imagen 3: Aion. Escultura del siglo II d. C., encontrada en la plaza de toros de Mérida a principios del siglo XX.

Imagen 4: Cartelera de Los visitantes no nacieron ayer. Jean Marie Poiré (1993)

Imagen 5: Cartelera de Regreso al futuro. Robert Zemeckis (1985)

Imagen 6: Vadillo y Murillo.