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A Margarita Telo Bernal

Desde el profundo dolor que nos causa tu pérdida, HERMANOS RUBIO BERNAL

Nuestros saludos siempre tuvieron que ver con la alegría que nos causaba regresar al pueblo, a modo de recuerdo de aquel fandango tan nuestro ¡”Vamos a Alburquerque con mucha ilusión”!, o quizá rememorando vuestros regresos anuales de Palma de Mallorca. Justo así te recuerdo ahora: frente a mí, la mujer vivaz, parlanchina y alegre; momentos inolvidables con agradables palabras siempre en tus labios.

Déjame que te recuerde aquellas bodas de hijos o sobrinos, hablándome más con tus gestos que con tus labios; tú, allí, junto a Emilio, tu gran amor; tan cariñosa, linda, cortés. Aquellos mediodías en Las Alcabalas, comiendo con mi hermano Emilio, donde con creces demostraste tu buen hacer frente a los fogones, donde un saludo se convertía en instante inolvidable, hablando de nuestras madres, y siempre por tu parte:

-¡Primo!, ¿qué tal todos?

¿Por qué has tenido que ser arrebatada de entre nosotros de este modo tan atroz en época tan ardua? La respuesta, quizá a Dios le competa.

Leí en una ocasión que las únicas penas que merecen ser plasmadas en papel son las que se sienten, razón por la que, tras la noticia, me he puesto a escribirte. No volveremos a comentar mis escritos, tan exultante como me hacías sentir hablándome de ellos, aunque te sintieses apenada por lo que ocurría en el pueblo. Los nubarrones negros instalados en nuestros cielos aún tardarán en irse. Y tú añadiendo:

-¡Qué pena!, ¿verdad?

Te contaré, Margari. En mi última visita me sentí desdichado observando (al menos fue mi sensación) que nuestro pueblo había retrocedido, y no poco, en el tiempo, no sólo por el abandono de sus calles y fachadas –fiel reflejo de que no siempre la realidad respeta la estética, y mucho menos el decoro-, sino por el miedo que me trasmitía la gente a la que saludaba, miedo a expresarse, miedo a los políticos, miedo a la incertidumbre económica; así que ahora, con la enfermedad cohabitando, me lo imagino aún peor, lo cual me lleva a no saber cuándo escribo con la cabeza, cuándo lo hago con el corazón. La cabeza me lleva a expresarte que el pueblo es vida sucumbida en un mar de culpas; del corazón me brota un sentimiento que lo nubla todo y me retrotrae a épocas pasadas, cuando éramos adolescentes y veníais de La Sierra, vuestra finca en La Codosera (¡Qué inolvidables momentos pasamos todos los que allí estuvimos!) y hasta tengo que esforzarme por no tergiversar la realidad. Ya, desgraciadamente, no volverás a preguntarme por qué hablaba en semejantes términos; y como te dije: la culpa es de tu tía Luisa (¡Cuánto la amaste!), por infundirme desde la infancia valores religiosos y humanos que perduran toda una vida. De los primeros, a macha y martillo la humildad –modestia, le llamaba-; de los segundos, el sentido de la justicia –rectitud, para ella-. Amante de la probidad ética, deseaba fervientemente que todas nuestras acciones estuviesen impregnadas de honradez, moralidad e integridad personal, ofreciéndonos como espejo su propia persona, modesta y fraterna tanto en la riqueza como en la escasez.

Querida prima, querida fan tristemente perdida, erigiéndome en portavoz de los apellidos que llevo, te confieso que no será fácil sobrevivir sin tu presencia entre nosotros, quizás por ser tanta la grandeza que atesoraste siempre en tu ser. DESCANSA EN PAZ.

  Antonio L. Rubio Bernal

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Portada: Margari con su esposo Emilio e hijos.

Foto 2: Margari y Emilio, en Las Alcabalas.