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CARTA A AURELIANO: Paternalismo y patriarcado

JUAN ÁNGEL SANTOS

Resulta difícil para un lego en la materia abordar la cuestión de la figura del padre desde el ámbito de la psicología o de la sociología, campos desde los que se ha dedicado mayor tiempo y esfuerzo al análisis de la figura del padre como elemento nuclear de la familia y por tanto de la sociedad, así como a su categorización como referente de autoridad, ley y orden. Así que, siguiendo el consejo de mi buen amigo Rubén, quién siempre sentenciaba que “los peores males de nuestro siglo son, por este orden, psicólogos y abogados”, procuraré huir del cenagoso terreno de la psicología y me preservaré de caer en manos de unos y otros.

En estos debates que mantenemos, tiendo a resaltar la condición animal del ser humano que suele aparecer en todas las facetas de su actividad. En este caso y aunque no acabe de desprenderse de esa prisión biológica, de ese pelaje irracional que nos condiciona y nos gobierna, debo reconocer que, el hombre, en su torpeza, mantiene una dependencia de sus progenitores, particularmente del padre, que supera a toda especie animal. De manera que, desde nuestros ancestrales orígenes, hemos creado una concepción biológica del desarrollo humano, extendiendo el concepto romano del “pater familias” que refiere Aureliano, a todas y cada una de las facetas de nuestra vida diaria, desde la religión al Estado, pasando por la empresa, la escuela, la medicina… la figura del tutor, del “padre” se extiende como un río caudaloso para dominar, desde una posición privilegiada, primero al individuo, luego a la familia y, finalmente a la sociedad.

El primer libro de doctrina política que leí hace ya 40 años, “Dios y el Estado” de Mijail Bakunin, fue una recomendación de uno de los mejores profesores que han pasado por mi vida educativa, Pedro Bermejo, cuando cursaba el bachillerato. Una obra que, leída con la ingenuidad y pureza de una juventud libre de prejuicios y condicionamientos, me permitió plantearme y cuestionarme conceptos que, hasta entonces, daba por sentados. Un libro que, en cierta manera, podría explicar la decadencia de la figura del padre asociada al principio de autoridad, al colisionar, de manera frontal con el concepto de libertad individual. El cura, el alcalde, el médico, el maestro, el empresario… demasiados padres para un solo hijo, demasiadas ataduras para una vida en libertad. “Mi libertad, mi dignidad de hombre, mi derecho humano, que consisten en no obedecer a ningún otro hombre y en no determinar mis actos más que conforme a mis convicciones propias.” dirá Bakunin, en un tiempo histórico en que se cuestionaba, tanto desde el liberalismo como desde el socialismo, el paternalismo del Estado en materia económica para los primeros y en materia de libertades y derechos individuales para los segundos.

“Creo en Dios, Padre todopoderoso, Creador del Cielo y de la tierra. Creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo…”. El padre está en el origen de nuestra propia existencia, el hombre está en deuda con el hombre, no con la mujer que es carne de su carne. El panteón de Dioses Padre es infinito y en él, la mujer irá perdiendo terrero hasta desaparecer con el advenimiento de las religiones monoteístas.

Las culturas matriarcales son extraordinariamente escasas y remotas en el tiempo, salvo pequeños y anecdóticos reductos que todavía quedan. Según el historiador Fernand Braudel, el cambio definitivo hacia el patriarcado se produce en Mesopotamia, 5000 años antes de Cristo, la cultura nacida a orillas de los ríos Tigris y Eúfrates sustituye la adoración de la “diosa madre” por la veneración de los dioses y sacerdotes masculinos que dominan en Sumer y Babilonia. No se trató de un cambio político o cultural, sino de una evolución tecnológica que, con la introducción del arado, permitió un mayor control de la producción de alimentos. El culto a la fertilidad perdió relevancia y con él la mujer. Salvo contadas excepciones, pasó a ocupar un papel secundario, primero con cierta relevancia como compañera, tal es el caso de Isis, Hera o Frigg, incluso la mitología griega permitirá un pequeño espacio a la mujer para tener su propio reino, el de las Amazonas con nombres propios como Hipólita y Penstesilea, y después, sencillamente, desaparecerán del relato convirtiéndose en las tramoyistas de la tragicómica representación de la evolución humana, bajo la dirección y protagonismo del hombre.

“El Estado soy yo” dirá Luis XIV, el rey sol, en pleno predominio del despotismo ilustrado en toda Europa… Federico de Prusia, Catalina la Grande, Gustavo de Suecia…el paternalismo del Estado alcanza su máximo apogeo. “Todo para el pueblo, pero sin el pueblo” será la bandera y seña de identidad de estos regímenes que, en poco difieren de los precedentes en cuanto a ejercicio omnímodo del poder, salvo en la institucionalización histórica de la realidad. Seguridad y bienestar a cambio de fidelidad y dependencia, parece un trato justo… ¿les suena?. Pero hay gente que valora la libertad por encima de cualquier otro producto que se le pueda ofrecer, y es a partir de este momento cuando el paternalismo del Estado entra en crisis. Libertad individual frente a Interés colectivo. La propia pandemia que nos acecha y azota cuestiona estos principios. Limitar derechos y libertades individuales a cambio de promover la salud de los ciudadanos. Constitución versus Constitución. Demasiado complejo para una vida tan corta.

Por otra parte, no debe olvidarse que bajo las faldas del paternalismo y utilizando este como excusa y argumento, han maniobrado otros modelos políticos mucho más nocivos para la salud de la ciudadanía. El totalitarismo y el caudillismo de tan reciente e imborrable recuerdo en la memoria colectiva de los españoles, y tan de moda en las redes sociales donde los nuevos “padres de la patria” han encontrado suelo fértil para “educar a sus hijos”.

Creo por ello maestro que, la pérdida de autoridad de la figura del “pater familias” en sentido amplio, ha ido de la mano de un progresivo rechazo a la tutela y al principio de autoridad que representa la figura del “padre” en todos los ámbitos de la vida. Ha sido difícil conciliar las ansias de libertad, las pretensiones de autonomía individual con las ataduras bienintencionadas, no lo dudo, pero ataduras al fin y al cabo, de padres, maestros, sacerdotes, médicos, empresarios … y, por supuesto, psicólogos. El hijo, el alumno, el devoto, el paciente, el trabajador… el loco, todos se rebelan contra lo que entienden como una ocupación de su espacio y una limitación de su libertad.

De todos modos, teniendo en cuenta que en 1969 Honduras y El Salvador llegaron a enfrentarse en una guerra que causó la muerte de varios miles de personas por el resultado de un partido de fútbol, no seré yo quien atice este debate en el que todos llevan su parte de razón.

Alburquerque sabe mucho de paternalismo y patriarcado. Patriarcado de quienes vapulean, amenazan y menosprecian a la mujer desde una posición preponderante por oponerse a sus dictámenes, de quienes relegan a la mujer al papel de subalterno del maestro, al de regente del caudillo, al de doblaje del actor principal, de quienes hacen de la mujer una marioneta en manos de un ventrílocuo.

Paternalismo de los lobos que hacen de su pueblo un rebaño obediente y suculento. De tutores que, como aquellos de las novelas de Dickens, acogen con generosidad y rostro afligido para luego ofrecer sumisión, suplicio y pobreza. De caudillos que han anulado la capacidad individual de sus gobernados creando lazos de dependencia y clientelismo. De padres creadores que se convierten en el principio de todas las cosas y el final de toda esperanza.

Tenía razón mi amigo Rubén al atribuir los males de este mundo moderno a psicólogos y abogados, pero se olvidó de incluir, para completar la terna, a los malos alcaldes.

 

CARTA DE AURELIANO

 

Me temo, amigo Juan Ángel, que con la Psicología vas a tener que reconciliarte o, en todo caso, echar mucha paciencia (fíjate que lo escribo con mayúscula para referirme a la disciplina que estudia la mente y los comportamientos humanos; a diferencia de cuando lo hago en minúscula para indicar el modo de pensar de alguna persona en concreto).

Y la razón de esta posible reconciliación es que dentro de poco aparecerá una nueva sección en Azagala que se llamará La Tertulia, con cierto paralelismo a la de El Debate que llevamos ambos.

Lo cierto es que he invitado a un gran amigo, Juan Daniel Ramírez, que es catedrático de Psicología en la Universidad Pablo de Olavide para llevar adelante esa sección en la que abordaremos temas relacionados con la mente, el pensamiento, el lenguaje, las conductas, la educación, la enseñanza…, cuestiones muy distintas de las que aparecen en esta en la que se cuelan desde personajes mitológicos de las antiguas culturas, pasando por distintos personajes históricos hasta llegar a aterrizar en las vicisitudes de nuestro pueblo. Largos y amplios recorridos que no conviene perderse pues iluminan las sombras oscuras del pasado sobre las que hemos construido el presente, tan incierto y tan complejo.

Pero no debes preocuparte, pues Juan Daniel (fíjate que compartís la primera parte de vuestro nombre compuesto; luego algo tenéis en común) es una persona muy afable, tranquila y con grandes dosis de paciencia, por lo que creo que no tendrá ningún problema en aclarar aquello que no se le entienda o que se opine de modo distinto a como él lo hace. En fin, ya veremos…

Saltando a otro tema, qué decir de esa visión del padre-patrón que describes, comenzando por Mijaíl Bakunin y llegando hasta los mismísimos cielos. (Por cierto, ¿has visto la magnífica película Padre padrone de los hermanos Taviani?)

Creo que son explicaciones muy oportunas las que das en tu texto que ayudan a que después podamos aterrizar en algo más prosaico y cercano a nuestro mundo de hoy en día. Tengamos en cuenta que muchos de quienes nos leen son ya padres y madres, con criaturas con las que tienen que ‘lidiar’. Tarea nada fácil en estos tiempos, ya que, estoy seguro, que esta novísima generación prefiere la compañía de sus móviles a las de sus progenitores que siempre les están alertando del vicio que han cogido con estos dichosos aparatitos (y que, por cierto, padres y madres, en una amplia mayoría, también los utilizan de manera compulsiva).

Bueno, no me extiendo más, puesto que aparte de padre soy abuelo y, para colmo, profesor, por lo que me encuentro gran parte del día dando explicaciones y consejos, por lo que utilizaré los oportunos comentarios de quienes nos leen para ampliar el tema que traemos para esta ocasión, que, sinceramente, creo de gran interés.

 

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Portada: La creación de Adán. Miguel Ángel Buonarroti, 1511

Foto 2: Mijail Bakunin. 1809-1876

Foto 3: Saturno devorando a sus hijos. Goya, 1819-1823

Foto 4: Retrato Luis XIV. Rigaud, 1701

Foto 5: La batalla de la Amazonas. Rubens, 1618