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La peste negra y la pandemia de coronavirus

Por AURELIANO SÁINZ

Aparte de los enormes daños producidos en la población, la epidemia del coronavirus nos ha sorprendido a la mayoría de la gente, puesto que no teníamos una experiencia similar y no nos imaginábamos que en pleno siglo XXI nos encontrásemos ante un reto sanitario de estas magnitudes.

Sin embargo, esta situación que afecta a todo el planeta, con distintas intensidades, ha dado lugar a que recibamos noticias continuas del virus que la ha provocado y que, en algunos casos, nos informemos acerca de las epidemias que han afectado a la población a lo largo de la historia. Así, nos hemos dado cuenta de que han existido siempre, aunque los avances de la ciencia, la medicina y la sanidad las han reducido y han logrado controlarlas en la mayoría de los casos.

Una de esas epidemias que ha quedado fuertemente registrada en la historia es la peste negra. Según el historiador noruego Ole J. Benedictow, la peste negra o peste bubónica ha sido la pandemia más devastadora en la historia de la humanidad, dado que se inició en el siglo XIV, alcanzando su punto máximo entre 1347 y 1353, aunque en el continente europeo persistiría durante al menos 400 años, muriendo solo en Europa unos 25 millones de personas.

La razón de que le llamara ‘peste’ se debía a que quienes se contagiaban solían aparecérseles bubones o ganglios que al estallar destilaban una fuerte pestilencia.

Los primeros casos se dan en el desierto de Gobi de Mongolia. Posteriormente. se extiende a China, se traslada a la India, llega a Rusia, finalizando su recorrido en los puertos del Mar Negro. Sería, pues, la denominada ruta de la seda el camino llevado a cabo por tierra. A partir del Mar Negro, los navíos encargados de transportar las mercancías serán los que la propagarían al resto de los puertos del continente europeo.

La causante de la enfermedad, según Benedictow, fue una bacteria que anidaba en roedores como ratas, ratones y jerbos, transmitiéndose a través de las pulgas de dichos animales. Estos se subían a los barcos de los comerciantes en el Mar Negro y cuando arribaban a algún puerto descendían, transmitiéndose la infección de unas ratas a otras, hasta pasar a las personas a través de las pulgas.

La falta de higiene de entonces daba lugar a que fueran las clases más pobres las que padecieran las consecuencias de la epidemia, por lo que las familias adineradas intentaban ocultarla dado que se la asociaba a la pobreza, incluso estas familias pagaban a médicos para que la enfermedad se mantuviera en secreto.

Por otro lado, tratando de evitar pérdidas económicas, las autoridades encubrían el avance de la enfermedad, con las inevitables consecuencias de su posterior expansión, por lo que cuando quisieron reaccionar era demasiado tarde.

También las familias de los afectados negaban la existencia de los casos, de modo que, incluso, enterraban a los muertos en los corrales de las casas. La razón hay que encontrarla en que si informaban para evitar contagios, la solución adoptada por las autoridades era la de prender fuego a sus casas y a todas sus pertenencias. No sabían otro modo de atajar esta enfermedad de la que desconocían prácticamente todo.

Ante el pavor de la población y su total ignorancia de las causas que generaban esa terrible enfermedad, ¿qué solución buscaba la gente que no entendía los orígenes de ese mal, que hasta los propios médicos no sabían cómo atajarla?

Como era habitual por aquella época, acudiendo a la religión para hallar algo de explicación y consuelo. El clero, por su parte, solía atribuir estos males a los pecados de los hombres, con lo que agudizaban las angustias de aquellos que se sentían impotentes ante una desgracia que los desbordaba.

De este modo, eran habituales las rogativas a través de las procesiones de las imágenes de los santos y patronos locales, lo que, paradójicamente, daban lugar a que la epidemia se extendiera más deprisa al contagiarse las personas sanas con las infectadas cuando se juntaban en el mismo espacio.

Fueron años en los que se gestaron nuevas devociones, bajo la apelación a los milagros que podían realizar algunos santos. Es el caso, por ejemplo, de San Rafael, que se convertiría en el patrón de la ciudad de Córdoba.

Con respecto a Córdoba, quisiera apuntar que hubo tres importantes brotes de la peste negra, siendo el más fuerte el que se produjo a finales del siglo XVI. Hemos de tener en cuenta que la ciudad contaba con unos 50.000 habitantes en 1580, y un siglo después se redujo a unos 30.000 debido a la enfermedad.

Por aquellas fechas, y en medio del pavor generalizado, se da a conocer el sacerdote Andrés de las Roelas quien dice que el arcángel San Rafael se le había aparecido cinco veces para comunicarle que él sería quien salvaría a la población de la peste.

A partir de ese momento, la ciudad de Córdoba se vuelca en la devoción a San Rafael, que etimológicamente quiere decir ‘medicina de Dios’. De este modo, se celebran misas en su honor, se levantan monumentos llamados popularmente ‘triunfos’, se le dedican iglesias, también calles y plazas. Con el paso del tiempo, el nombre de Rafael se convierte en el más popular dentro de los cordobeses.

Las autoridades eclesiásticas afirman que con la devoción que promueve el padre Roelas, fallecido en 1587, desciende el número de contagiados; pero esto, por entonces, no era posible comprobarlo, dado que los datos conocidos se mantenían en secreto.

A pesar de la alta devoción que se promueve a San Rafael, lo cierto es que la peste no desaparece. Así, el segundo gran azote en Córdoba se da entre los años 1647 y 1652. Y para que nos demos cuenta del impacto que produjo en la ciudad, el médico Alonso de Burgos (el que aconsejaba como remedio a la epidemia Huir rápido, cuanto antes mejor y regresar cuanto más tarde”) hablaba de otros 16.000 muertos.

El tercer gran brote llegaría a Córdoba treinta años después, es decir, en 1682, produciendo, según distintos historiadores, la muerte de otras 12.000 personas.

Tal como dije al principio, la peste negra permaneció en Europa durante nada menos que cuatrocientos años. Y pensando en la que actualmente padecemos, sin haber siquiera cumplido un año entre nosotros, y con la posibilidad de que podamos tener algunas vacunas eficaces en un tiempo reducido, no deja de ser un abierto reconocimiento al enorme trabajo que se ha llevado, tal como he indicado, en los campos de la ciencia, de la medicina y de la salud. A todos ellos tenemos que estarles enormemente agradecidos por la labor que han realizado.

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El cuadro que ilustra la portada del artículo es del pintor francés Alexandre Hesse (1806-1879) titulado La muerte de Tiziano, en el que hace un homenaje al gran pintor italiano que falleció en 1576 a causa de la peste negra.

Las ilustraciones del interior pertenecen al también artista francés Michel Serre (1658-1733) en las que expresa escenas de la peste negra en Francia.