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CARTA A AURELIANO: ¡Viva el vino!

JUAN ÁNGEL SANTOS

Nada tan festivo y apropiado en estos tiempos oscuros como traer el vino a colación. No solo por sus propiedades embriagadoras, afrodisíacas o terapéuticas, que también, sino por los aspectos sociales y culturales que rodean a este néctar de dioses. Según el historiador griego Tucídides, “los pueblos del Mediterráneo empezaron a emerger del barbarismo cuando aprendieron a cultivar olivos y vides” y es que el vino es tan antiguo como la propia civilización. “El vino es lo que más ha civilizado al mundo” dirá el escritor francés François Rabelais dos mil años después de Tucídides, y lo recalcará Ernest Hemingway hace algunos años, posiblemente, con una copa en la mano y una botella en la mesa. Louis Pasteur, considerado el padre de la enología moderna, señalaba al vino como la más sana e higiénica de las bebidas. Todo un sabio, sin duda.

Pero sigamos con la mitología por aquello de que ameniza el relato. Además del vino, los dioses griegos tenían una cierta afición por las relaciones carnales, y entre los amores de Dionisos, el dios griego de la fertilidad y del vino, se encontraba un sátiro, Ámpelo (la Vid) al que, según la versión de Ovidio, el dios regaló una parra que colgaba de la rama de un olmo. El joven subió al árbol para recoger el fruto, pero perdió el equilibrio, cayó y murió en el accidente. Apenado Dionisos, liberó al joven y lo convirtió en la estrella Vindemiatrix, la vendimiadora, de la constelación de virgo. En la actualidad la Ampelografía es la ciencia que se ocupa de la identificación y clasificación de las variedades de vid.

Los romanos más serios y prácticos, cuentan de Baco hechos menos amorosos y más didácticos. Parece que, durante un viaje, sembró una pequeña planta primero en el hueso de un ave, más tarde en el hueso de un león y, finalmente, en el hueso de un asno. La planta era una vid. Cuando Baco llevó la viticultura a los hombres, les recordó que, “si bebían moderadamente se ponían alegres, cantaban, y disfrutaban de la vida como pájaros. Si seguían bebiendo más de la cuenta, empezaban a ser como leones y comenzaban los problemas. Y si seguían consumiendo aún más vino, se volvían como asnos, cometiendo toda clase de insensateces y siendo el hazme reír de otras personas.” Los hombres, aunque mejor decir, las mujeres por ser ellas las que iniciaron estos ritos, tomaron cariño al Dios y, en su honor, comenzaron las bacanales, primero con sentido religioso y luego, bueno, pues hubo de todo incluida una cierta “caza de brujas” similar a la sufrida por los aquelarres que tanto disgustaban a nuestros piadosos antepasados.

Pero Baco no siempre ha sido escuchado en esto de la prudencia. Cuentan que, en la boda de Alejandro III de Escocia con Margarita de Inglaterra, en 1251, se bebieron 135.000 botellas de vino para acompañar 1.300 ciervos, 170 jabalíes, 7.000 gallinas y 70.000 hogazas de pan. Una buena forriola para un rey de 10 años y una reina de 11. Su muerte, por cierto, daría lugar a la invasión de Escocia por Eduardo I de Inglaterra y a la posterior rebelión de William Wallace, que tan apasionadamente interpretó Mel Gibson en la épica, dramática y oscarizada película “Braveheart”.

En fin, de aquellos polvos estos lodos y, a día de hoy, se consumen en el mundo más de 24.500 millones de litros vino y, aunque los extranjeros nos tomen por borrachos, no es España el principal consumidor, de hecho, en consumo per cápita, nos adelantan nuestros vecinos portugueses, también alemanes, franceses, italianos, griegos, suecos, belgas… y, curiosamente, el podio de los más bebedores lo ostenta Ciudad del Vaticano, según la revista Vinetur, con 71,25 litros por persona y año en 2018, frente a los 21,48 litros de España o los 46,56 de Portugal. Así que, fíjese maestro, si somos modosos y contenidos en esto de beber vino que, hasta los cardenales nos superan.

En todo caso, es cierto que tanto turista del norte de Europa, ha trastocado nuestras costumbres en un proceso de colonización y aculturación germánica, relegando el vino en favor de la cerveza para colocarla como preferencia a la hora de ir de bares. Yo creo que en el medio está la virtud, cada cosa en su momento, sin hacer ascos ni cometer excesos. Algo similar a lo que ocurre con nuestra lengua, extranjerismos sí, pero sin pasar por encima de nuestro castellano.

En el ámbito local también los tiempos, los métodos y lo gustos han cambiado. De aquellas pitarras artesanales y producción local de “Bellotina”, Gregorio, Matador…que deleitaban los veranos a emigrantes y residentes, alburquerqueños todos, con rondas eternas que enlazaban con la siesta y más allá, hemos avanzado, sin perder la esencia de nuestra tierra y nuestros frutos, a la producción sofisticada, moderna e internacional de una bodega que avanza en el camino de la excelencia, con el nombre de Alburquerque en su etiqueta, de la mano de Jose Rivero. Por supuesto sigue habiendo grandes y menos grandes pitarreros que mantienen viva la noble y alegre tradición de la vinificación para gozo particular y colectivo, pero la cerveza y un cambio de hábitos en el alterne, han colocado al vino a un honorable segundo lugar.

Frases elogiando el vino se han escrito y recitado a cientos. Yo me quedo con una muy castiza que popularizó Manolo Escobar, primero y el expresidente Mariano Rajoy después: ¡Viva el vino! Una expresión alegre y jovial, despreocupada, distendida, amigable, sincera, liberadora. Una llamada a la celebración, una explosión de júbilo y un arrebato de cordialidad, un canto a la felicidad.

“El mundo entero tiene más o menos tres vasos de vino de retraso” decía uno de los grandes bebedores de Hollywood, Humphrey Bogart, así que, pongamos en hora la vida y no hagamos enfadar al dios Baco y, como dice Aureliano, brindemos al lado de la gente que queremos por todo aquello que nos es grato y nos hace dichosos.

¡Brindo por todos ustedes! ¡Viva el vino!

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Portada: Fragmento de Baco (Caravaggio, 1598). Galería Ufizzi. Florencia. Abajo, cuadro entero.

Foto 2: Dionisos y Ampelo (Copia romana de escultura griega).

Foto 3: Humphrey Bogart e Ingrid Bergman (Casablanca, 1942).

 

Carta a Juan Ángel Santos

AURELIANO SÁINZ

Creo, amigo Juan Ángel, que es necesario que sea breve en esta ocasión, puesto que has dejado bien claro que los españoles no somos unos ‘borrachos’, sambenito que algunos foráneos nos han colgado y que, cargándonos con un montón de tópicos, nos relacionan con las juergas, los toros, las siestas y el flamenco.

Y es que en esas cifras que nos das de distintos países quedamos bien parados, en el sentido de que bebemos con más moderación de lo que se supone. Sin embargo, no me extraña que los cardenales nos superen ampliamente en eso de beber vino, pues quien vaya a Roma y se acerque a la basílica de San Pedro del Vaticano quedará sorprendido, no solo de la magnífica obra que realizaron los arquitectos Donato Bramante y Gian Lorenzo Bernini, sino que quedará anonadado contemplando los frescos que realizó Miguel Ángel.

Con tanto lujo y tanta exuberancia no es de extrañar que sus eminencias beban mucho y de los vinos más selectos; unas regaladas vidas que nada tienen que ver con las de esos curas de pueblo que, dentro de la austeridad con la se tienen que apañar, necesitan muchas veces el apoyo de los feligreses para mantener limpias las parroquias (la de San Francisco es un caso aparte, que, por cierto, conviene que se aclararen las razones por las cuales se la ha abandonado tanto).

De todos modos, después de haber leído Sodoma. Poder y escándalo en el Vaticano, del escritor y periodista francés Frédéric Martel, uno no se extraña de nada con respecto a lo que acontece en este pequeño Estado de 49 hectáreas en plena Roma y dirigido exclusivamente por hombres. Aviso a quienes se creen a pie juntillas todo lo que se les dice desde arriba, que no entren en las páginas de este extenso libro, escrito con todo rigor y cargado de detalles, porque lo más probable es que se lleven un susto de muerte. (Por cierto, este libro ha vendido más medio millón de ejemplares por todo el mundo antes de editarse en nuestro país.)

Por otro lado, ante tu magnífico escrito alguien se puede hacer la siguiente pregunta: “Me da la impresión de que estos dos se han equivocado y no se ponen de acuerdo cuando hablan del dios griego, uno llamándole Dioniso y el otro Dionisos, cuando yo tengo un primo que se llama Dionisio. Es más, también una vecina con el nombre de Dionisia. A ver si se aclaran de una vez para que no nos liemos”.

Creo que la respuesta es bien sencilla: al dios griego se le llama de ambas formas -Dioniso y Dionisos- y, por parte del santoral cristiano, que adaptaba nombres de la Grecia y Roma clásicas, tiene a san Dionisio que fue el primer obispo de París. Con lo cual, los tres nombres se utilizan: los dos primeros para el dios griego y el tercero para quien haya sido bautizado con el nombre del obispo parisino.

Bueno, voy cerrando y no me extiendo más, porque me conozco.

Como eres capaz de comenzar tu escrito remontándote más de dos mil años atrás y después acabar con la mítica película Casablanca, citando una frase del inolvidable Humphrey Bogart, no me queda más remedio que también alzar la copa y, si me lo permites, brindar por aquellos y aquellas que tengan el coraje de apoyar con su presencia a los trabajadores municipales el día 16 a las 11 en la puerta del Ayuntamiento. ¡Sería una gran noticia para todos saber que allí se concentró un nutrido número de gente!